No estoy a favor de la cancelación, entendida en un sentido muy preciso: el de eliminar de la escena pública a los presuntos culpables, sin apelación posible. En este sentido, la cancelación no se dirige tanto a las acciones como a la persona. A pesar de que se le trate a veces como si fuera un fenómeno inédito, hay que señalar que la cancelación ha existido siempre, aunque hoy el fenómeno suscite más escozor y sea más visible. Hay que advertir, también, que se produce en todos los espectros políticos, aunque no se produzca de la misma forma. Es distinta la cancelación que ejercen quienes son los dueños de los micrófonos o quienes tienen una posición legitimada de autoridad en la que no se ensucian las manos, que la que ejercen ciertas minorías en protesta. Me parece crucial reconocer esa diferencia. Y, sin embargo, igualmente crucial me parece advertir que, en todos lados del espectro político en los que hoy en día se juega la cancelación, hay asimismo una semejanza: quienes ejercen la cancelación se identifican con la “posición de víctima”. En el espectro reaccionario, el victimismo se dirige contra identidades vinculadas con la “raza” o las disidencias sexogenéricas, que se presupone quitan el trabajo, o atentan contra la identidad y los valores de cierto grupo. En el espectro de izquierdas, la posición de víctima permite la canalización de la exigencia de la voz y la visibilización de quienes han sido excluidos. Por supuesto, no son iguales. Por supuesto existen víctimas y lamentablemente seguirán existiendo. Pero lo que trato de decir, es que esa posición es lo que se disputa políticamente en la cancelación, y que es una posición que se revierte fácilmente. Un ejemplo: una amiga me recordaba hace días que en Alemania ha habido cancelaciones (expulsiones de eventos, trabajos, universidades) de quienes protestan contra el genocidio en Gaza, en nombre de la sensibilidad ante las víctimas del holocausto. La disputa política parece, así, en muchos casos, una competencia del agravio. En algunos la impostura es más fácil de desenredar que en otros. No estoy a favor de la cancelación porque considero que impide interrogarnos, con todas sus complejidades, acerca de esa semejanza incómoda y de la “posición de víctima” como reivindicación política. No lo estoy, porque favorece que quien es cancelado pueda transformarse en mártir de su causa, revirtiendo esa misma posición que, a mi modo de ver, tiene pocas salidas. Prefiero incluso que las ideas más repugnantes se visibilicen y tener ocasión, así, de ver cómo y dónde se producen y cómo desactivarlas.

Margo Glantz tiene 95 años. Es una persona lúcida y capaz que sigue activa en el medio cultural y editorial y sigue escribiendo. Tiene una trayectoria consolidada y amplia que le ha ganado —justificadamente— respeto, admiración y estima. Como es bien sabido ya, el pasado 8 de abril, en el Centro de Estudios para Extranjeros (CEPE) de la UNAM, a donde fue invitada a dar una plática, fue interrumpida por estudiantes que protestaron por su posición en torno al genocidio en Gaza y el desplazamiento de los palestinos. Inmediatamente, el CEPE y miembros destacados de la comunidad académica e intelectual se posicionaron en su defensa. Lo primero que quiero señalar es que Margo Glantz no fue cancelada. No se le cerraron los espacios: al contrario, hubo posicionamientos a su favor —y me refiero a posicionamientos oficiales e institucionales—. Margo Glantz cuenta, pues, con el respaldo de autoridades, editoriales y medios oficiales. Lo que sucedió en el CEPE no fue un acto de cancelación. Fue un acto de repudio o de rechazo público a un posicionamiento concreto. Las figuras públicas, en tanto públicas, pueden ser cuestionadas en sus posicionamientos, siempre y cuando no se atente contra su integridad.

Es necesario, sin embargo, un poco de contexto. Lo que sucedió el 8 de abril tiene que ver con las posiciones que públicamente Margo Glantz ha sostenido en X, especialmente mediante reposteos, sobre Israel, el Islam y, si bien de manera un tanto oblicua, sobre Gaza. Posiciones en las que efectivamente, algunos pensamos hay un punto ciego atroz, y que duelen más, por venir de quien viene. Entiendo perfectamente que se crucen nudos biográficos, históricos, afectivos, miedos, y resistencias. Sin embargo entender no es justificar. Margo Glantz se expresa públicamente y públicamente en X hay quien le ha revirado (de peor o mejor manera). Ella no responde. Si el propósito era exponer sus ideas y dialogar, hubiera podido ver en esas respuestas la posibilidad de afinar un posicionamiento claro y de invitar a platicar, sí, incluso a otros colegas y escritores que están en desacuerdo con ella. Yo no he visto nada en esa dirección. Tuiteaba y hacía oídos sordos. Y ante las expresiones que se emiten públicamente no hay otro remedio que responder públicamente. Habrá, por ello mismo, quien vaya a mostrarte su rechazo o repudio. Si una no avanzó en dirección al diálogo, no cabe demasiada sorpresa en el hecho de que ese repudio o rechazo se lleve a cabo de un modo en el cual el diálogo ni siquiera se atisba como posibilidad. Es distinto estar inscrita en una conversación pública y en un intercambio donde se quiere expresar lo que se piensa en un toma y daca, que expresarse sin que importe lo que piensen los demás. En el primer caso, y aunque lo que se exprese sea penoso, se puede exigir ser escuchado/a y reclamar un diálogo todo lo ríspido que se quiera. El diálogo no necesariamente debe ser conciliador. A veces sirve para afinar y tener claridad con respecto a la lógica del desacuerdo. No obstante, si no se han dado pasos en esa dirección, me parece que interlocución es mucho más difícil de exigir, y que en cambio sí cabe dentro de lo posible que otros manifiesten públicamente su repudio y su rechazo.

No me parece inesperado lo que pasó en el CEPE. Me sorprende que sorprenda. Qué bueno que Margo Glantz quiso hablar en ese momento con los estudiantes. Ojalá y ese gesto se hubiera producido desde que, mucho antes, empezaron a reclamarle en X y a preguntarle por sus tweets. Vuelvo a reafirmar que la exigencia de diálogo es más creíble y tiene mayor legitimidad cuando una ha estado en ella desde el inicio. Es más problemática cuando no la tomas en cuenta, hasta que el rechazo o el repudio se evidencian en un acto público.

  Dicho esto, no está de más preguntrnos si lo sucedido el 8 de abril tuvo alguna trascendencia. La respuesta es que no. Si acaso sirvió de catarsis o de “satisfacción simbólica” momentánea. Pero la discusión colectiva se volvió ahora en torno a Margo Glantz, y la vida sigue. Hay una impotencia hasta en la protesta. Nuestras protestas son ínfimas, casi sólo para sentir que se hace algo, frente a la magnitud de lo que sucede: un genocidio, la violencia que nos asedia. A veces creo que sostener ciertos modos de protesta no es sino un modo de atajar la angustia, y de allí su escasa eficacia. Quizá haya que empezar a pensar cómo protestamos y cómo nos manifestamos. Y quizá no haya que apostar por la espectacularidad del gesto o del momento que no dura, sino por la persistencia anudada con los demás, invisible, incisiva y terca.

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