Es martes 20 de mayo por la mañana. Se difunde la noticia del asesinato de dos funcionarios del gobierno de la CDMX. Una de las víctimas, Ximena Guzmán, es secretaria particular de la jefa de gobierno Clara Brugada. De inmediato se comenta el hecho en las redes sociales. Hay condolencias y reclamos de justicia, por supuesto, pero también hay burlas, teorías sin ningún sustento, comentarios que revictimizan a los funcionarios o aprovechan la tragedia para usarla como propaganda. Alguien ironiza sobre la marca del auto en el que fueron atacadas las víctimas, pues el gobierno presume de austeridad; otro más desliza la suposición de que las personas “sabían algo” o “estaban metidas en algo”; unos más se burlan abiertamente de lo que pasó sin que haya consecuencias visibles, incluso para perfiles que no son bots ni cuentas anónimas. Algunos de estos comentarios se hacen virales. No es la primera vez que un grupo en las redes sociales se burla de la desgracia ajena. De hecho, es la norma en internet.
Siempre ha existido el discurso de odio en el mundo. La diferencia es que ahora parece ser un acto que legitima. Si antes era inconcebible que una figura de la política tuviera un exabrupto en público, en nuestros tiempos, personajes como Donald Trump durante su campaña por la candidatura republicana en 2016 pueden declarar, tranquilamente, que podrían dispararle a la gente en la Quinta Avenida de Nueva York y, aun así, no disminuir su base de votantes. El artista Mauro Entrialgo publicó el año pasado Malismo. La ostentación del mal como propaganda (Capitán Swing), un libro que aborda el discurso de odio en la política y el ámbito mediático español. Este fenómeno es global, como se puede comprobar todos los días. “Malismo” es definido por el autor “como el mecanismo propagandístico que consiste en la ostentación pública de acciones o deseos tradicionalmente reprobables con la finalidad de conseguir un beneficio social, electoral o comercial”. Disfrazados de rebeldes, los practicantes del malismo combaten a los defensores de lo “políticamente correcto” probando el termómetro del rechazo social por medio de un arsenal en el que echan mano de cualquier tipo de prejuicio. Muchas veces, como afirma Entrialgo en su definición, la razón de ser del malismo es la propaganda, pero también funciona para quien quiera lograr un poco de popularidad en las redes. Por supuesto, su notoriedad también afectará su reputación, aunque logrará aplausos de un sector creciente de malistas que respaldan a sus compañeros de batalla.
Una de las justificaciones para decir o escribir cosas reprobables en las redes es que se dice la “verdad”. Los malistas viven en un mundo maniqueo en el que existe un combate entre los hipócritas y los que dicen las cosas por su nombre, aunque las buenas conciencias los reprueben. De esta manera, se dice la verdad, a pesar de que muchos se sientan ofendidos y los evidencien como clasistas, racistas, xenófobos, machistas o, simplemente, agresores del prójimo. Lo que antes se decía en voz baja, ahora se presume, porque es una medalla de honor. Los líderes reaccionarios del siglo XXI como Benjamín Netanyahu hablan de limpieza étnica o de ocupar Gaza para crear un centro turístico sin importar el exterminio de miles de vidas. Se podrá estar de acuerdo o no con la violencia verbal que vemos cotidianamente, dicen los normalizadores del malismo, pero no se puede acusar a quienes la ejercen de no ser congruentes entre lo que piensan y lo que dicen, algo invaluable en un mundo en el que la doble moral es la regla. El poder político, al menos en las décadas anteriores, era enfrentado con rebeldía para defender la libertad de expresión y ciertos derechos humanos fundamentales, como la igualdad de género. Ahora se usa la libertad de expresión para que muchos ejerzan el papel de verdugos disfrazados de rebeldes, heterodoxos o iconoclastas. En realidad, son defensores del statu quo. Un programa de Radio UNAM fue cancelado en el 2017 después de que el conductor principal, Marcelino Perelló —exlíder estudiantil del 68 para más señas— dijera al aire comentarios abiertamente misóginos relacionados con la violación de una joven en el 2014. El programa se llamaba Sentido Contrario y, lo mejor de todo, Perelló tenía como apodo “El Salmón”, por navegar a contracorriente. En su momento, a pesar de lo atroz de sus declaraciones, hubo quienes defendieron a Perelló, bajo el argumento de que despedirlo era un atentado contra la libertad de expresión.
Otra justificación para difundir opiniones reprobables en internet o en cualquier medio es apelar al mundo real y la necesidad de verlo sin filtros. La realidad, nos dicen, es demasiado cruda para disfrazarla con eufemismos. Hay que decir las cosas por su nombre. A los que critican la andanada de opiniones discriminadoras y violentas se les acusa de “buenistas”. Los buenistas son ingenuos que viven en un mundo ideal y, por lo tanto, irrealizable. Son propagandistas de una pureza que no encaja con la realidad. El realismo malista implica aceptar que el lodo es el único ecosistema posible en la comunicación: gana no el que tiene mejores argumentos, sino el que habla más fuerte y el que no teme exhibir su cinismo. Así es la vida: el pez grande se come al chico y es mejor aceptarlo pues nos dirigimos a un futuro muy cercano en que la regla será el “sálvese quien pueda”. Al igual que los agresores en las novelas del Marqués de Sade, algunos propagadores del malismo se asumen como guardianes de una naturaleza que los ha bendecido colocándolos en lo más alto de la pirámide.
Políticos y empresarios se suman al evangelio malista a partir de la política de mano dura y la ostentación obscena de su dinero. Sandra Cuevas, exalcaldesa en la alcaldía Cuauhtémoc en la CDMX, encabezaba giras promocionales y operativos policiales montada en una cuatrimoto y demás parafernalia que recuerda la fantasía futurista mostrada en el filme El Juez (Judge Dredd) de 1995, en el cual Sylvester Stallone personifica a un defensor de la ley en un escenario distópico, donde no hay más opción que la intransigencia. Por si no fuera suficiente, Cuevas intentó crear un partido político a partir de una plataforma llamada Organización Política por la Familia y la Seguridad de México. La presentación en la Arena México fue en enero del 2024 y se dispuso de toda la estética vinculada a la ideología neoconservadora, particularmente la estadounidense: colores blanco, azul y rojo; militarismo, culto a la personalidad y la aparición de Cuevas en medio de fuegos artificiales, no como estrella de rock sino como una supervillana de Marvel. La organización no prosperó, pero nos legó un nuevo tipo de malismo: el “malismo kitsch”, una nueva etapa que quizás nos demuestre, una vez más, que la política de la agresión puede hacerse de un lugar en una sociedad volcada a la superficialidad y a la falta de ideas.
