Hace unas semanas, se hizo viral la historia de Macario, un barrendero de la CDMX que subió a su cuenta de TikTok un video de él cantando “Sueña lindo, corazón”. La canción, de su autoría, tiene al día de hoy más de un millón de reproducciones en Spotify, luego de la difusión masiva de aquel video. Como es normal, los medios comenzaron a difundir su historia. La gente festejó que el talento del barrendero —quien había intentado, por cierto, entrar a la universidad— haya llamado la atención en internet y que ahora tenga suficientes reflectores como para entrar en la programación de estaciones de radio, además de participar en algunos festivales de música.

Macario y su éxito ocurrido de la noche a la mañana son parte de un fenómeno propio de las redes sociales: un video, si es lo suficientemente visto, puede sacar del anonimato, así sea por un breve periodo, a cualquiera de sus usuarios. A veces, la situación surge de forma incidental: en el 2016, Francisco Orihuela Martínez, conocido a partir de entonces como “Paco, el de las empanadas”, se hizo viral gracias a un video en el cual ofrecía su producto en Acapulco. Fue tal su fama que Arturo Elías Ayub, yerno del magnate mexicano Carlos Slim, le ofreció ayuda. Como suele suceder, la historia estuvo algún tiempo en las redes sociales, hasta que fue sustituida por otro fenómeno viral. Tiempo después, Paco volvió a ser noticia —aunque sin alcanzar el éxito de antes—, al contar los abusos y malos tratos que sufrió a manos de su padrastro

En el tiempo de la emocionalidad potenciada por las redes sociales, la apuesta existencial de aquellos defraudados por la meritocracia es llamar la atención en internet y convertirse en el siguiente fenómeno viral, aunque su naturaleza sea efímera. Por otro lado, la gente está ávida de historias que muestren que la justicia sí existe. Esperanzados en los algoritmos, hay cada vez más competidores deseosos por llamar nuestra atención para monetizar la fama. Algunos, como Macario, apuestan por la música; otros apuestan por cualquier tipo de conducta extravagante. Sea como fuere, hay un mensaje problemático en las historias de fortuna que aparecen cotidianamente en nuestras pantallas: la idea de que hay una suerte de justicia que, tarde o temprano, llegará para quien sea lo suficientemente talentoso o trabajador. Si te esfuerzas y eres creativo, los engranajes de las redes sociales se moverán para que asciendas en la escalera del éxito. Muchas veces, como se puede comprobar en estas historias que emocionan a los internautas, es necesario vender tu talento acompañado por una biografía que muestre, por medio de la intimidad, que la adversidad es sólo una etapa anterior a la felicidad. El remate de la aventura de Macario no pudo ser mejor para los espectadores sedientos de escenas conmovedoras: el ahora cantante se reunió con sus excompañeros en la CDMX. Vestidos con sus chalecos fosforescentes y rodeados por escobas y otras herramientas de su trabajo, los barrenderos ovacionaron a Macario. La noticia, por supuesto, fue transmitida por Televisa.

La historia del barrendero cantante me remite al libro del antropólogo David Graeber Trabajos de mierda. Una teoría. El intelectual —fallecido en el 2020— hace una necesaria reflexión sobre el valor del trabajo en el capitalismo. Por un lado, hay una casta de empleados pertenecientes a la élite, cuyo aporte a la sociedad es mínimo —y el cual, incluso, puede ser nocivo—. Estos empleados de lujo viven sus existencias vacías ganando sueldos de ensueño. Sin embargo, si ellos no acudieran a su trabajo, las ciudades seguirían funcionando. Debajo de la pirámide están los barrenderos, choferes, agricultores, dependientes de supermercados, enfermeras… Sometidos a jornadas extenuantes, tienen que sobrevivir con salarios cada vez más precarios. Muchos de ellos son trabajadores de un Estado cada vez más sometido a políticas empresariales, como el rendimiento y la austeridad. Sin embargo, las ciudades colapsarían si estos trabajadores faltaran a su jornada. El grado de dependencia hacia estos empleados que hacen labores, en apariencia, “poco calificadas”, se pudo comprobar durante la pandemia por el Covid-19.

Por estas razones hay algo agridulce en la historia de Macario y de muchos otros trabajadores, invisibilizados por una sociedad que idealiza a aquellos que amasan grandes fortunas sin importar cómo lo hagan. Un barrendero cumplió su sueño —al menos de forma momentánea—, ¿pero qué será de los demás? Parecería que el único escape es luchar por un espacio en las redes, grabar un video, vender una vida conmovedora y esperar la ansiada popularidad. Es, por supuesto, una dinámica en la que por cada ganador hay millones de perdedores: una especie de lotería que nos ofrece una idea de justicia social. Los barrenderos amigos de Macario pensarán, quizás, que llamar la atención en las redes —propiedad de dos o tres magnates— es la única forma de sobresalir para escapar de la pobreza.

En lugar de la organización colectiva para dignificar trabajos esenciales para todos, queda la singularidad, la extroversión, la exhibición de la intimidad o la tragedia: cualquier cosa que sirva para mover las emociones de la persona que está frente a la pantalla de su celular o su computadora.