A mi amigo Saúl Hernández-Vargas

Siempre repetimos los gestos heredados. En la sorpresa, la risa, el espanto, la ira, las arrugas de la cara, se narran las historias de otros cuerpos. En mi caso, sólo puedo reconocer las de mi lado materno. Como muchos padres mexicanos, el mío decidió desentenderse por completo de mis cuidados muy pronto. Crecí lejos de él, suponiendo una mitad original. Ante la imagen de mi mamá, a menudo me entretenía analizando sus formas de moverse, la prosodia de su voz. Después la imitaba frente al espejo. A la comparación de mis gestos con los suyos seguía una operación matemática: en la ecuación todos mis gestos y actitudes que no recordaran a las de ella eran herencia de mi papá.

Un día empecé a leer filosofía, alrededor de los quince años, y la imagen de mi mamá se transformó en mi interior. De un momento a otro, comencé a sentir vergüenza cada vez que yo, como una jueza inapelable y cruel, consideraba que ella decía cosas “incultas”. La juzgaba porque desconocía “lo básico” sobre Descartes, Kant, Nietzsche, autores que yo apenas identificaba por una antología engargolada con selecciones de sus obras que rolaba por los salones. La menospreciaba porque no había leído a Gabriel García Márquez, a Julio Cortázar, a Carlos Fuentes o a Mario Vargas Llosa. Su ignorancia me parecía ridícula. Algo que debía esconderse. Mientras escribo esto, mis manos tiemblan de culpa. No quisiera que ella se enterara de esto jamás. Pero es un deseo absurdo, porque lo vivió a mi lado.

Es la primera vez que escribo sobre esto y sólo me atrevo a hacerlo después de traducir un ensayo de la muchas veces equivocada Andrea Dworkin. La feminista que hoy es estandarte del discurso de odio contra las personas trans dio una conferencia en 1974 sobre su conversión al feminismo, titulada “Feminismo, arte y mi madre, Sylvia”. Al inicio del texto, describe el nacimiento de su fascinación por “el mundo de su padre” y el creciente desprecio por el de su madre. A él pertenecían las cosas interesantes, los grandes temas, la buena literatura, las discusiones verdaderamente apasionantes; a ella, los reclamos por asuntos domésticos, por las reglas a seguir en la casa para hacer posible la convivencia entre toda la familia, la expresión de emociones como tristeza o desesperación o aburrimiento. Conforme Andrea Dworkin se acercó a movimientos encabezados por mujeres que buscaban un lugar digno en la sociedad, reparó en la violencia que ejerció durante muchos años contra su propia madre y contra sí misma. Identificó la pedagogía que la enseñó a ser mujer despreciando en primer lugar a la mujer más cercana. Las madres son un reflejo al que las hijas rara vez podemos renunciar.

Recuerdo haber llorado mucho mientras traducía ese discurso al español. Me reconocí en las acciones de Andrea Dworkin y en la lección que aprendió al darse cuenta de que ese desprecio hacia su madre era una forma en la que la sociedad “culta” la enseñaba a ser cruel con ella misma. A identificar que lo importante, lo real, lo bello eran cosas de hombres. Al terminar mi traducción, le llamé a mi mamá para pedirle perdón en un balbuceo de explicaciones truncas y le envié mi traducción.

El rechazo hacia mi mamá tenía que ver con que ella me parecía el ejemplo clásico de “sexo débil”, mientras yo quería ser inteligente, articulada, guiarme por la razón y jamás por las emociones. Mis modelos a seguir eran hombres. Recuerdo discusiones con mi mamá que terminaban cuando yo decía: “Ya vas a llorar”, frase que la desarmaba ante la parsimonia con la que yo pronunciaba cada palabra en el momento justo en que ella estaba por desbordarse. Pasaba por alto la tremenda fortaleza que mostró, por ejemplo, al criar sola a una hija. Ella solía quedarse dormida apenas comenzaba a leer cualquier cosa y, aunque muy seguido decía “Estoy cansada”, yo pensaba que era una excusa muy débil para cubrir su flojera por aprender y “superarse”. La juzgué como probablemente nadie lo había hecho antes y aprendí a medirme con esa misma vara. Aún más: ensayé en ella lo que yo debería aguantar de una sociedad machista como la mexicana si quería ser tomada en serio.

Después, mi relación con mi mamá fue el campo de prueba de la violencia de clase. Mientras estudiaba en la universidad, yo aspiraba a pasar por la hija de una familia de escritores o políticos, donde fuera “natural” que me gustaran el arte y los buenos libros. Absorbí y me apropié del clasismo característico de la ciudad letrada latinoamericana. Modificaba las anécdotas de mi vida cotidiana para parecer una mujer “de mundo”, borrar indicios de todas las actividades que mi mamá o yo hacíamos para la reproducción de nuestra vida diaria: lavar el baño, modificar la lista del súper según las rebajas de temporada, andar a pie los trayectos que no cubría el transporte público. Sufría de ansiedad por querer pertenecer al grupo de personas que maneja y dirige el circuito literario en México (aunque mi referente inmediato era el conjunto de quienes se dedican a estudiar y criticar la literatura), y eso implicaba ocultar los detalles materiales de mi día a día. Muy rápido aprendí también a inventarme razones para desconocer mi árbol genealógico. No sé si hoy, después de la cuarta oleada feminista, siga siendo común que te pregunten por el origen de tus apellidos o por los oficios de tus abuelos, pero en el momento en que yo entré al mundillo era una moneda de cambio común.

Durante varios años, quizá una década, cada vez que alguien me preguntaba (cosa que también era muy usual) a qué se dedicaban mis padres, aclaraba que él había muerto (no era cierto, sólo me había abandonado) y que ella trabajaba en una universidad de pedagogía. Siempre que me resultaba posible ocultaba los detalles de su puesto y dejaba que en mi contexto de estudiante de letras la gente imaginara que se trataba de una profesora o investigadora. Mi mamá trabajó casi cincuenta años como secretaria. En aquel tiempo eso me parecía el menor de los eslabones en la cadena de producción intelectual. “Una secretaria no piensa, hace una labor mecánica”, “Una secretaria no toma decisiones, sigue órdenes”, “Una secretaria no emite discurso, toma dictados”. Cuando la verdad “se me salía”, las reacciones de mis interlocutores me daban la razón, hacían caras de extrañeza y, si bien me iba, se cambiaba el tema. Otras veces, seguía un interrogatorio para que yo justificara de algún modo que la hija de alguien “así” terminara estudiando literatura. Recuerdo una vez en particular que alguien dijo: “Bueno, pero tu papá seguro daba clases ahí”. Me sonrojé porque era verdad. Mis padres se enamoraron “a pesar” de que él era profesor y ella era secretaria. En ese momento, los dobles turnos, las horas extras, la privación de sueño, las deudas constantes y el aplazamiento de la vida personal a los que mi mamá se sometió para sostenerme eran borrados por el tranquilizante efecto del patriarcado. La hija de una secretaria sólo puede “escalar” en el circuito intelectual si de algún modo lo trae en la sangre. Y, sobra decirlo, una secretaria sólo podía ser pasajeramente, informalmente, atractiva para un Maestro (así, con mayúsculas). Implícitamente, el abandono de mi papá pasaba a ser culpa de mi mamá, por meterse con alguien “fuera de su alcance”.

En la universidad (pública, por cierto) donde estudié, me sentía una advenediza entre los apellidos compuestos y las infancias de colegios privados de mis compañeros. Me parecía que mentir sobre mi mamá era una forma de “protegerla” de las miradas ambiguas que yo recibía, sin darme cuenta de que yo estaba replicando sobre ella la violencia que aprendí a soportar. En un ambiente aspiracionista, preguntas en apariencia simples como “¿Qué hacen tus papás?” o “¿A dónde fuiste de vacaciones?” pueden remarcar la diferencia de clases entre los miembros de una comunidad y establecer pactos que no es fácil nombrar, mucho menos romper. Hay cierta complicidad no tan discreta entre quienes encuentran experiencias en común, como conocer alguna ciudad de Europa o haberse tomado un “año sabático” entre la preparatoria y la universidad, que comienzan a dibujar a qué puede aspirar cada quien. Sólo los hijos de gatos cazan ratones.

En 2017 Bruce Holsinger (y quizá alguien anónimo antes que él) propuso el hashtag #ThanksForTyping para recopilar imágenes de los agradecimientos que solían aparecer en libros firmados por hombres para reconocer el empeño que alguna mujer cercana a ellos puso en la escritura de la obra: esposas, hermanas, hijas, secretarias, ayudantes (que muchas veces aparecen sin nombre propio) se hicieron visibles en esa colección. El ejercicio mostró que la tarea “menor” de teclear un manuscrito por medio de una máquina es tan fundamental que, sin ella, la obra no existiría. Los casos que se registraron fueron tantos que se convirtió en un movimiento dentro de las redes sociales y Juliana Dresvina editó para Bloomsbury una antología al respecto. Pronto se hizo obvio que teclear, transcribir, copiar, corregir, cotejar, pasar en limpio, meter cambios (en otras palabras, editar) eran labores que nada tenían de carácter menor.

Parecería que las cosas han cambiado porque si alguien ya reparó en las mujeres de los paratextos seguramente quedaron borradas las castas en la cadena de producción de un libro. Sin embargo, incluso en otros movimientos que tratan de desarticular distintas violencias (pienso en #MeTooEscritores) sigue habiendo niveles: hay violencias que merecen nombrarse y resolverse más que otras. ¿Por qué no escuchamos con el mismo volumen la voz de una autora que la de una traductora, una editora, una correctora, una secretaria o una mensajera?

Hoy sé que mi mamá no necesita mi mirada de aprobación. Durante cinco décadas ella redactó, intercambió y clasificó oficios que marcaron el rumbo de la Universidad Pedagógica Nacional y las oficinas de la Secretaría de Educación Pública en las que trabajó. Fue ella la que determinaba la prioridad de las respuestas a distintas peticiones y anunciaba quiénes debían estar incluidos en cada conversación. Ella conocía la caducidad de los ciclos que organizan la política estatal en las oficinas. Hay asuntos que se repiten de manera periódica y deben sobrevivir a pesar de los cambios de sexenio. No fueron pocas las veces que era ella quien educaba a sus jefes para que entendieran la vigencia de un acuerdo o cuáles eran los trámites para renovarlo.

La burocracia funciona así: hay rituales y costumbres cifrados en discurso que deben conservarse para el funcionamiento de las instituciones. Y las secretarias son la fuerza de trabajo menos reconocida pero más fundamental del sistema institucional. Un sello de mi mamá, una recabación de firmas, eran elementos necesarios para abrir, por ejemplo, un nuevo plan de estudios, un área de investigación o una materia universitaria. Si un coordinador de zona hacía un requerimiento a otro, era prudente mandarle una copia del documento al subdirector para que estuviera enterado. Si un asunto merecía atención urgente, había extensiones telefónicas clave para su pronta resolución.

Como secretaria, mi mamá podía calcular quién sería el nuevo jefe de jefes con el cambio de administración porque frente a ella desfilaron varias generaciones de políticos en ascenso. Ella también se encargaba del catálogo y la organización en carpetas de la correspondencia. Las investigaciones de transparencia que vendrían después fueron posibles sólo gracias a las manos que marcaron cada legajo y pusieron identificadores por asunto en las pestañas de los fólderes. Además, estaba su trabajo frente a la máquina de escribir: fue ella quien encontró las palabras precisas, el orden indicado, el tono persuasivo que muchos documentos necesitan alcanzar en las comunicaciones oficiales. Mi mamá homologó muchos documentos que se hacen por protocolo y requieren cubrir siempre la misma información. O tomó notas de taquigrafía para discursos escritos por ella, que se pronunciarían en la apertura de una escuela o en la visita del secretario de Educación a las oficinas.

No puedo imaginar trabajos mejor valuados hoy en la producción del pensamiento y la literatura que la escritura y el archivo, cuando se nombran así y no como trabajo secretarial. Es difícil recuperar los pormenores de su labor porque uno de sus códigos de buena secretaria era la discreción. Pero hay un par de anécdotas. Ella sabía distinguir a un buen funcionario público de los demás por los cambios en el trato que le daban. Había quienes nunca olvidaron su nombre y quienes pasaban de largo una vez que ascendían. Mi mamá observa ese tipo de gestos, dice que la gente muestra su naturaleza cuando actúa frente a quien considera de poco valor y ese signo es más revelador que cualquier plan de campaña.

José Emilio Pacheco dedicó la entrada del 18 de septiembre de 1978 de su “Inventario” a celebrar el centenario de la máquina de escribir: “En 1878 […] nació la Remington modelo 2 y su éxito fue tan avasallador que, sin exageración, cambió el mundo. Tal vez sin ese resortito [que permitía distinguir entre mayúsculas y minúsculas] las mujeres hubieran tardado mucho más tiempo en abandonar la esclavitud doméstica e industrial”. Fue un poeta mexicano de medio siglo quien sugirió que la libertad de las mujeres en el terreno intelectual guarda una fuerte relación con la máquina de escribir. Las mujeres —explica Pacheco— “entraron por millares en el mundo del trabajo de oficina y desde entonces no han hecho sino ganar los puestos que legítimamente les corresponden”. Según él, la máquina de escribir democratizó el acceso a la escritura literaria, en especial para las mujeres.

En un giro de pensamiento que haría sonreír a Donna Haraway, el autor identifica la profunda relación que hay entre la emancipación femenina y las tecnologías. Al permitir la aceleración de un trabajo manual que, como todo castillo de construcción, debe ocultarse, la máquina de escribir ofreció un espacio ajeno a la casa, la escuela o la iglesia, para que las mujeres se desarrollaran como los seres complejos que son. ¿Qué de la máquina de escribir hizo legibles las capacidades intelectuales de las mujeres, tan superiores y fascinantes como las de cualquier hombre? Quizá algo relacionado con la igualación de la escritura en su sentido tipográfico. El teclado QWERTY y la letra Courier son los mismos sin importar quién presione sus yemas sobre las letras. Quizá haya sido un tiro por la culata del prejuicio de que las mujeres somos administradoras natas, ágiles para las “manualidades” por naturaleza o de una paciencia apta para tareas repetitivas como bordar o mecanografiar.

En la novela Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk, la narradora hace una clasificación de las personas de acuerdo con el público al que se dirige el presentador del clima en el canal de televisión local: en invierno se enfocaba en los esquiadores; en el verano, en las personas que sufren de alergias, y el resto del tiempo en los conductores que atravesaban las carreteras de la región. “Los esquiadores son hedonistas. […] Los conductores, en cambio, prefieren tomar el destino en sus manos. […] Los alérgicos, por su parte, siempre andan metidos en una gran guerra”. Yo, como esa narradora, pertenezco al último grupo. Mis guerras más letales han sido contra mí misma, hasta que descubro que el problema no soy yo. Mi malestar no es individual, está generado por una superestructura que encuentra la manera de expresarse en mi cuerpo como síntoma de que algo está mal en mí.

Ahora no me resulta extraño pensar que mi mamá siempre estuvo detrás de mis decisiones profesionales, aunque durante mucho tiempo yo las consideraba una forma de cercanía con mi papá ausente. La influencia de mi mamá siempre ha tenido la suavidad de la insinuación: un libro de cuentos ilustrado cuando entré a la primaria, un set de doce plumones brillantes con un cuaderno de hojas gruesas para la secundaria, y un espacio para mí en la prepa. Siempre vivimos en departamentos de un cuarto, que llamábamos “la recámara”, y el resto del espacio, que llamábamos “el comedor”, donde convivían por igual la estufa, el refrigerador, la televisión y un sofá cama de supermercado.

Cuando me admitieron en el bachillerato, mi mamá se mudó al comedor y me dejó la recámara. Esa fue la primera habitación “of my own” en la que pude garabatear mis reflexiones de vergüenza y ridículo ante todo lo que saliera de su boca. En ese tiempo yo sólo aceptaba el tipo de cuidado que se les da a las plantas de banqueta o a las gatitas ferales. Hay que quererlas, ofrecerles calor y comida, pero nunca esperar nada a cambio. Durante mi adolescencia interpreté que lo de la separación del cuarto tenía que ver con quedarse con la televisión y el teléfono para ella sola, pero ahora sé que lo hizo para darme un espacio de libertad y de intimidad.

A mi mamá nadie la animó a leer, mucho menos a escribir o a enunciar lo que pensaba. Cuando terminó la primaria pasó un par de años en su casa, cumpliendo labores domésticas. Después consiguió su primer trabajo como secretaria de una ferretería de migrantes alemanes en la Ciudad de México. Su entrada al mundo laboral le abrió la posibilidad de escapar al matrimonio y a la maternidad temprana. A su manera, con hechos y no con argumentos, ella defendió ante su familia que su capacidad productiva era más importante que la reproductiva. Se refugió en su fuerza de trabajo y logró entrar a una universidad desde el discreto lugar de la secretaria. Para mi mamá su empleo siempre ha sido una fuente de libertad. Supongo que esa autonomía, ganada a base de una ética protestante de trabajo, es el antecedente de las condiciones que ella creó para el desarrollo de mi elección. Yo crecí junto a una mujer que pagaba sus cuentas y no noté lo extraordinario del hecho hasta que comencé a pagar las mías.

Alrededor de los veinte años decidí estudiar literatura. En realidad, decidí que quería escribir, y lo más lógico para mí fue ponerme en situación de leer todo lo que se pudiera. Nunca me pasó por la cabeza pedirle a mi mamá que me enseñara la técnica para mecanografiar que manejaba a la perfección. Nunca le pregunté qué opinaba de mis primeros escritos. Ahora no publico nada si no ha pasado por sus ojos antes. Tiene una sensibilidad a la estructura y a la intención de los textos que me sorprende, ya no con la sorpresa desdeñosa de quien no espera nada de ella, sino con la sorpresa de lo que es asombroso por ser extraordinario y difícil de encontrar. Conozco a pocas lectoras con la sagacidad de ella. Desarrolló por repetición un olfato que es difícil de replicar. Mi mamá se llama Verónica García Sánchez, pero firmaba los documentos elaborados por ella con sus iniciales en minúsculas, siguiendo un acuerdo tácito en el gremio, una huella discreta de sí mismas en un aparato construido para borrarlas. Entre sus muchas labores secretariales estuvo la de transcribir las grabaciones del trabajo de campo de un científico heterodoxo llamado Jacobo Grinberg. Ella se ponía la diadema de audio en la cabeza y, en un trance parecido a los que escuchaba, transformaba en texto el registro sonoro de entrevistas entre el investigador y chamanes de diversas regiones de México. ¿No se parece eso a escribir poesía? ¿No es esa la tarea de los antropólogos? ¿De los periodistas? ¿Hasta qué punto quien lee las investigaciones de Jacobo Grinberg está leyendo la escritura de mi mamá? ¿Qué de sus ideas atraviesan las descripciones que hay en esos libros? En La meditación autoalusiva aparece un agradecimiento de Grinberg a ella y a otra secretaria. Como parte del proceso de elaboración del libro, él les enseñó a meditar a ambas y las incluyó en los registros de sistematización que hacía con diversos grupos de informantes. No hablo de restablecer la autoría de los textos, sino de revalorar a las personas que participan activamente en el proceso de producción.

Algún día tendré que enfundarme las manos en guantes de látex y recorrer uno por uno los archivos de las instituciones en las que trabajó mi mamá entre 1965 y 2015. Me encantaría reunir todos los oficios con sus iniciales al pie, todos los mecanuscritos que ella tecleó. Las pruebas de imprenta en las que interpretó capas de tinta y agregados de papel para formar de nuevo un capítulo. Leer su biografía narrada por su trabajo como secretaria. En una serie de fotos de juventud, ella aparece con el pelo en un afro y una máquina de escribir IBM de esfera al frente. Sus dientes amarillos de nicotina y sus labios rojos en una expresión de que lo tenía todo bajo control. Me gusta recordarla así, antes de mí, a pesar de mí, conmigo. ¿Qué historia contaría el archivo de una secretaria? ¿Cómo se lee la vida discreta de las minúsculas al pie? ¿Cuáles son las obras completas de quien sostiene obras “ajenas”?

Después de terminar un doctorado en literatura, consideré que yo ya había leído “lo básico” y ahora sí podía sentarme a escribir. Mientras tanto, para vivir cumplo con la vocación que heredé de mi mamá: editar. Yo también tecleo, transcribo, copio, corrijo, cotejo, paso en limpio, meto cambios. Y en cada una de esas acciones me reencuentro con ella. Vuelvo a conocerla al re-actuar los movimientos corporales que realizó durante años frente a la máquina de escribir. Me duelen las mismas partes de las manos, mi cuello está doblándose en un ángulo parecido al suyo, tengo vista cansada, várices, hemorroides. Las marcas de su trabajo son las mismas del mío y llego a sentirme su cómplice o su compañera en esas dolencias.

Ella y yo nunca nos hemos reconciliado. Aunque yo me agote pensando en nuestra relación, el pasado tiene una densidad propia. Sigue habiendo partes de mí que la desprecian. Otras que la idealizan hasta el altar. Todavía no logro entender quién es ella. La miro y la escucho mejor. Sigo imitándola frente a nuevos espejos, continúa la pregunta de dónde termina ella y empiezo yo.

Imagino el momento de mi nacimiento como Nastassja Martin narra su encuentro con la osa que casi la mata en medio de Kamchatka. La escena está escrita en presente: “pienso que me muero pero no me muero estoy plenamente consciente”. El hocico del animal hizo que su cara y parte de su pierna crujieran, ella le clavó la piqueta en una pata y juntó fuerzas suficientes para levantarse y buscar ayuda. Para la antropóloga especializada en animismo, ese intercambio implicó muchos más. Algo de la osa se quedó con ella y viceversa. Su separación fue sólo literal, pero continuaron unidas de muchas maneras.

Al nacer yo partí el cuerpo de mi mamá. Se usaron pinzas, hubo suturas posteriores. La forma de nuestros huesos guarda el registro de mi salida de sus entrañas. Mi cuerpo quedó inscrito para siempre en el suyo, y viceversa.


* Publicado en la antología colectiva Tsunami 3, editada por Gabriela Jauregui (Sexto Piso, 2024).