La democracia es —teóricamente al menos— una manera de darle voz y poder a todos los sectores de la población, incluidos aquellos que de otro modo no tendrían ninguna influencia en las decisiones del gobierno. La historia, por supuesto, ha demostrado que las buenas intenciones de la democracia, particularmente en su versión electoral, no han significado mucho para millones de personas que siguen en la pobreza y sobreviviendo en un mundo cada vez más desigual. A pesar de eso, a veces permite que se llegue a un consenso con base en las decisiones de la mayoría: los partidos postulan a sus candidatos y gana quien tenga más votos. Las razones detrás de la elección de tal o cual persona son difíciles de analizar, aunque juega un papel preponderante la publicidad, el carisma y cierta identificación que siente el votante con el candidato en cuestión. También cuenta la capacidad de éste para legitimar sus propuestas ante la gente.

Desde hace tiempo, la falta de resultados positivos para la derecha en las elecciones mexicanas ha provocado diversas reacciones. Se reclama, entre otras cosas, la abstención del votante, pues se tiene la idea de que entre más copiosa sea la asistencia a las urnas, mayor será la votación contra el partido gobernante. Sin embargo, el bloque agrupado en torno al PRI y al PAN no ha podido influir en una mayor cantidad de votantes ni en su respaldo. De hecho, su porcentaje de votación disminuye año con año. Ante esta realidad, se ha construido un tópico que es, en realidad, una caricatura: el de la mayoría tirana que oprime a una minoría ilustrada. La mayoría tirana, por supuesto, vota irracionalmente, es decir, “no vota bien”, como afirmaba el recién fallecido Mario Vargas Llosa. El menosprecio a las personas escépticas de los partidos de oposición, así como de los intelectuales y periodistas que los respaldan, ha provocado ideas antidemocráticas (por ejemplo, la de restringir el derecho al voto a los beneficiarios de programas sociales, como afirmó en X el columnista del periódico La Razón Arturo Damm). Algunos otros —como la diputada del PRI Melissa Vargas Camacho— proponen castigar a quien no vote.

Acabar con el voto universal es, por supuesto, una idea contraria a muchos años de lucha por el voto. Es regresar, justamente, al inicio de los procesos electorales —pensemos en la etapa posterior a la Revolución Francesa—, cuando sólo podían participar los hombres propietarios de un patrimonio. El objetivo era, como se puede suponer, limitar la participación de las clases populares en las decisiones de gobierno. Acabar con el voto de la mayoría es algo que no se dice abiertamente, al menos entre los intelectuales opositores al gobierno. Sin embargo, se empieza a normalizar la idea de una mayoría no capacitada para participar en la vida política del país. En contraparte, se promueve el regreso del gobierno de los sabios, una minoría con las credenciales suficientes para salvar a la República de los peligrosos autócratas que engañan a las masas con sus recetas populistas. En este imaginario de la derecha, el “votante que no vota bien” es caricaturizado como parte de un rebaño que busca, irracionalmente, una revancha que le han vendido, sin importar que afecte el destino del país y la destrucción de sus instituciones.

En las pasadas elecciones del Poder Judicial el votante que acudió a las urnas cometió un pecado adicional: sólo votaron cerca de trece millones de mexicanos de un padrón de cerca de cien millones. El proceso era válido legalmente, a pesar de la poca asistencia, pero la cifra fue usada como ariete para desacreditar la elección, poner en duda su legitimidad e, incluso, pedir la anulación. Se usó, en este caso, la justificación de que la mayor parte del padrón despreció los comicios. Sin embargo, si los comicios llegaran a anularse, la minoría que se organizó y fue a votar —la villana de esta historia, según aquel relato— sería, en realidad, la víctima de una mayoría tirana representada por los partidos de oposición e intelectuales afines. No habría protección a sus derechos electorales, pues cometió el pecado de ser pocos, el 13.1% del total. De tal suerte, con ese pretexto las minorías políticas quedarían en entredicho, pues no serían legítimas.

Es curioso: durante los años que muchos llaman la “primavera democrática” del país —los que van del año 2000, cuando comenzó la alternancia en la Presidencia de la República, hasta la llegada de la 4T al poder en el 2018—, se ejerció el poder de la mayoría para aprobar cualquier cantidad de leyes y reformas a la Constitución. De hecho, ese juego había iniciado un poco antes, desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. En aquellos años el PRI, aliado con el PAN y otros partidos satélites, ignoraron sistemáticamente a la oposición (representada por el ahora extinto PRD) y aprovecharon su mayoría sin que los medios y sus columnistas pusieran en duda su legitimidad. Tampoco se hablaba en aquel entonces de “mayorías tiranas”. Ahora, esos partidos que antes se despachaban con la cuchara grande, convertidos en minoría, afirman que la democracia electoral está acabada y que el juego que jugaron por muchos años ya no funciona. El historiador Enrique Krauze publicó en el periódico Reforma una columna que tituló “La inmensa minoría”. La antítesis es maravillosa y describe a la perfección a la élite del país: un grupo reducido de la población que tiene un inmenso poder. Ese grupo estaba en sintonía con las decisiones del gobierno legitimadas por las urnas en elecciones realizadas en la “primavera democrática” que sucedió antes del 2018, aunque esas elecciones tenían claros problemas de equidad en el acceso al dinero, a los medios y a la publicidad para los opositores. La mayoría no era un problema, ni tampoco la abstención, ni la poca reflexión sobre el voto. Ahora, en esta nueva etapa, la “inmensa minoría” que despreció la elección judicial, pero que es incapaz de organizarse para que la oposición trascienda el papel testimonial de los años recientes, ya no espera —como afirma Krauze— que “la mayoría del pueblo mexicano despierte pronto del engaño en que el régimen lo ha envuelto”. Sin muchas esperanzas, sólo reivindican su lucidez para advertir a los mexicanos que vamos en dirección a una desgracia mayúscula. Los llamados que hacen a la movilización ciudadana para oponerse al Apocalipsis populista no han logrado tener una influencia suficiente en los votantes. La inmensa minoría seguirá siendo una minoría mientras siga menospreciando a la mayoría.