Hay imágenes que no deberían terminar formando parte del paisaje de un país, porque condensan demasiado dolor, demasiada violencia, demasiada fractura. Los cuerpos de dos maestras, tendidos a la entrada de una preparatoria en Lázaro Cárdenas, Michoacán, expuestos en los medios de comunicación, mostrados con una frialdad voyerista, bastaron para romper de golpe esa ficción de normalidad con la que a veces seguimos nombrando a la escuela. Desde que vi esa escena, no he dejado de pensar en cómo hay hechos que rompen algo más que la cotidianidad escolar, porque reabren una herida en el corazón mismo de lo que la escuela intenta sostener cada día, a veces con muy poco y casi siempre en silencio: la confianza, la palabra, el cuidado y la posibilidad de encontrarnos con otros sin miedo.
Quizá por eso esta escena estremece tanto, porque deja al descubierto no sólo la violencia que irrumpe en la escuela, sino también la injusticia de seguir exigiéndole que resguarde por sí sola lo que como sociedad y como Estado hemos dejado que se rompa. En un país donde la violencia ha ido cercando la vida cotidiana, esa tarea de sostény resguardo recae, casi siempre, sobre maestras y maestros que trabajan en condiciones de precariedad, con recursos limitados, bajo exigencias desbordadas y en contextos donde el miedo altera los trayectos, obliga a medir la palabra y vuelve inciertos los vínculos. Sobre ellos y ellas pesa una carga que desde hace mucho rebasa la enseñanza y empuja el trabajo docente hacia tareas de contención y cuidado que ninguna escuela debería asumir en soledad.
¿Qué nos está diciendo realmente este horror? Sería cómodo leer lo ocurrido como una excepción monstruosa, como una irrupción incomprensible que viene de fuera y rompe un orden que, en el fondo, permanecía a salvo del deterioro del mundo. Pero no es así. Esta escena obliga a mirar hasta qué punto ciertas violencias se han ido filtrando en la vida cotidiana, en las instituciones y en las formas en que nuestras juventudes tramitan la frustración, el dolor, la soledad, el abandono, el enojo, la rabia y el resentimiento. No para diluir responsabilidades, sino para asumir que el horror no nace de la nada: se va incubando allí donde la crueldad se normaliza, donde los hechos se acumulan hasta parecer parte del paisaje y donde lo común va perdiendo espesor. Tal vez por eso duele tanto: porque la escuela, que todavía intenta ofrecer uno de los pocos espacios donde es posible abrir una pausa, un lugar de suspensión frente al daño, aparece aquí herida por la misma violencia frente a la cual busca ofrecer resguardo.
Al volver a evocar sus nombres, María del Rosario Sagrero Chávez y Tatiana Madrigal Bedolla, quizá podamos sostener una memoria sobre lo ocurrido en Lázaro Cárdenas y no dejarlo reducido a un hecho aislado. Sus nombres se suman a otros que, desde hace tiempo, marcan a nuestras comunidades educativas: Fabiola Ortiz Medina, maestra asesinada a balazos en Oaxaca; José Gabriel Pelayo Salgado, profesor michoacano desaparecido hace dos años; y Jesús Israel Hernández Chávez, estudiante de 16 años asesinado por su compañero en el CCH Sur. No se trata de una lista casual ni acabada de tragedias, sino de una acumulación de señales inquietantes: escuelas alcanzadas por el miedo, docentes y estudiantes expuestos a violencias que se incuban dentro y fuera de ellas, y comunidades obligadas a cargar con dolores para los que casi nunca hay escucha, cuidado ni respuesta institucional suficiente. Lo de Lázaro Cárdenas vuelve imposible seguir mirando hacia otro lado. No basta con responder desde el castigo ejemplar ni refugiarse en el lenguaje fácil de la “seguridad escolar”, porque lo que se ha fracturado es una capacidad mucho más honda de prevención, acompañamiento y defensa de la vida común.
Frente a esta herida, quizá una de las tareas más urgentes sea no apartar la mirada de la escuela. Hace falta entrar más a fondo en estos contextos, escuchar a maestras y maestros, recuperar sus memorias, atender lo que sus testimonios dicen sobre el miedo, el dolor, la ausencia, el olvido y la precariedad, pero también sobre las formas en que todavía se sostiene la vida escolar. En esas voces se resguarda algo decisivo: la posibilidad de que el daño no tenga la última palabra. Tal vez escuchar y cuidar esa memoria sea también una forma de reparación y una manera de recordarnos que no todo está perdido.
