A partir de las claves rastreadas en la primera parte de este texto, es importante considerar, desde el marxismo, las particularidades de la educación en general y de la educación política en particular. Ello implica no trasladar acríticamente métodos y categorías que, en lugar de aportar a dilucidar lo que acontece en los procesos formativos, provoca reduccionismos y absolutismos sobre la interpretación de la realidad social. Asimismo, no quiere decir abandonar el aporte teórico y metodológico del marxismo. Por el contrario: la invitación es a enriquecer su aporte desde la particularidad que representa la educación. Para ello, pongamos como ejemplo tres situaciones que nos ayudarán a reflexionar sobre temas fundamentales: en el primero, se mostrará el reduccionismo que se da al trasladar acríticamente categorías a los procesos educativos; en el segundo, qué sucede cuando no enriquecemos nuestro marco de referencia teórico-metodológico desde el marxismo al momento de aspirar a la formación política de las masas; y, por último, analizaremos un caso que haga un contraste entre ambas situaciones.

El primer ejemplo lo recuperaremos de la teoría marxista de la dependencia postulada por Ruy Mauro Marini que muestra, entre otras cosas y a grandes rasgos, el papel que juegan los países latinoamericanos en la economía global y cómo, a partir del desarrollo histórico mundial, existen dos caras de una misma moneda del sistema capitalista. Si sólo nos signáramos por trasladar las categorías y análisis de esta teoría, podríamos explicar el porqué del crecimiento, en los años ochenta, de los Institutos Tecnológicos que imparten carreras como “Técnico Superior en Limpieza de Autopartes”, y, en el mismo periodo, la disminución de la matricula en universidades públicas, como fue el caso de la UNAM o la UAM. Que se orientarara la educación a este tipo de carreras responde a que México, al ser un país dependiente, se encuentra, desde hace décadas, dentro de los diez principales exportadores en el sector automotriz. Sin embargo, esta interpretación supondría que la única forma de transformar la educación es a partir de romper la dependencia económica de nuestro país.

Si bien la última afirmación tiene cierto grado de verdad, se convierte en una interpretación determinista, ya que no da cuenta de los conflictos y protestas que muchas veces acontecieron en los años 80, 90 y 2000 dentro de los Institutos Tecnológicos con la demanda estudiantil de que se les reconociera como universidad, que se modificaran los planes y programas de estudio o para que les incorporara como parte del Instituto Politécnico Nacional. Asimismo, si partimos de que la única forma de detener el decrecimiento de la matrícula en las universidades autónomas tradicionales es terminar con la dependencia de nuestro país, se obvia cómo la lucha del movimiento estudiantil, agrupado en el Consejo General de Huelga en la UNAM, orientó a que las autoridades universitarias se vieran obligadas a recuperar y crecer la matricula después de más de 30 años de estancamiento y disminución. Es decir, quedarnos sólo con categorías económicas para analizar la particularidad de lo que acontece en la educación implica no ver la posibilidad de los conflictos y tensiones, así como la formación de cuadros políticos que apuestan por la transformación de los proyectos educativos.

Coloquemos, como segundo ejemplo, el caso de organizaciones e intelectuales de izquierda mexicanos, quienes pretenden convencer a las amplias mayorías de construir alternativas sociales en un contexto donde el gobierno cuenta con el respaldo de más del 70% de la población. Estos actores de corte marxista-leninista consideran que el actual gobierno es la continuidad, sin particularidades ni tensiones, del capitalismo neoliberal, en franca oposición a las afirmaciones de Andrés Manuel López Obrador sobre el “fin del modelo neoliberal y de su política económica”.

Así, estas organizaciones e intelectuales de izquierda muchas veces tratan de acercarse a diferentes sectores sociales —principalmente a los populares— afirmando que “AMLO es un neoliberal” y colocan el énfasis en categorías como la explotación, la dominación y la plusvalía, con la intención de convencer a posibles futuros militantes de sus organizaciones. Pero ¿cómo convencer a sectores sociales que se informan e interiorizan aprendizajes de forma permanente mediante las conferencias de prensa del presidente? ¿Cómo convencer a sectores que llevan décadas respaldando al actual mandatario? Más allá de lo que puede implicar la reflexión y las consecuencias de no estar con las miles de personas que participan de un proyecto político —lo que no significa un respaldo ciego al proceso, pero sí estar con las masas—,acercarse a las poblaciones con categorías marxistas es no mirar lo que acontece en los procesos sociales y no tomar en cuenta el ánimo de la población. Es decir, se utilizan métodos de derecha con contenidos de izquierda, ya que sólo se preocupan por “educar”, pero no de sentir y construir con las personas. No existe el interés de la autocrítica sobre nuestra lectura de la realidad, sobre nuestros métodos y formas en la que desarrollamos la educación política para las grandes mayorías. Esto no quiere decir dejar de hablar ni negar la explotación, la plusvalía, los valores de uso que se producen, el acceso de sólo una pequeña parte de la población a los bienes suntuarios u otras categorías que puedan resultan relevantes; por el contrario, lo que implica es renovar nuestros discursos de manera que permitan sentir y pensar con y desde las personas que sostienen procesos sociales como el que se vive actualmente en México.  

El tercer y último ejemplo de por qué es una tarea de primer orden dejar de conceptualizar desde el marxismo a la educación como un espacio meramente de reproducción de las desigualdades sociales y sobre la necesidad de vitalizar nuestros métodos en la formación política recae en lo que acontece en un país de los llamados gobiernos progresistas. Más allá de que los procesos sociales que acontecieron desde la década de los noventa necesitan un amplio estudio sobre la educación política de las masas y sus consecuencias, me limitaré a mencionar que el único proceso que sobrevive desde la primera ola del progresismo apostó, entre otras cosas, por la educación política del conjunto de la población.

Venezuela, un país que priorizó la educación política de las masas, principalmente después del intento de golpe de Estado a Hugo Chávez en 2002, articuló el trabajo en las calles a partir de las misiones educativas en donde, aparte de llevar la educación tradicional a todas las casas del país, se aprovecharon los espacios construidos para discutir y problematizar la realidad que vivía el país desde el inicio del gobierno chavista. Por otro lado, se crearon nuevas instituciones educativas orientadas, sí, al sector productivo de la economía socialista, pero también al análisis crítico de la realidad. Asimismo, se promovió una estrategia mediática desde los programas Aló Presidente y Aló Presidente Teórico que, entre otras cosas, contaba con espacios para discusiones teóricas y prácticas, desde una lectura crítica del marxismo, sobre la construcción de comunas ancladas a la realidad venezolana. Esta articulación permitió que, si bien fue el gobierno quien promovió principalmente los espacios de educación política, actualmente son las poblaciones quienes deciden, desde su propio territorio, muchos contenidos de los planes y programas para los espacios formativos.  

El proceso educativo de la llamada revolución bolivariana ha construido todo un laboratorio pedagógico nacional, no sólo por la modificación de su constitución y de los marcos legales nacionales, sino por edificar todo un sistema paralelo de educación no formal que se expresa, entre otras cosas, en la Universidad Bolivariana de las Comunas que es regida por los intereses de la población y que promueve una la lectura constante sobre la organización popular, el bloqueo económico y la recuperación de la memoria comunitaria. Asimismo, como se mencionaba líneas atrás, las comunas crean sus propios espacios de reflexión a partir de talleres, escuelas o círculos de estudio independientes al gobierno, para seguir fortaleciendo el análisis de la situación actual y sobre las decisiones que impulsa el gobierno.

La educación política que existe en Venezuela contempla los aportes de Marx, Luxemburgo, Lenin, Bolívar, Simón Rodríguez, etc., pero éstos son puestos en diálogo permanente con la realidad de los territorios de las comunidades. Es decir, no se trasladan las categorías de forma acrítica y mucho menos se desconoce que las comunidades son poseedoras de conocimiento. Dado este proceso de reflexión permanente, no es extraño escuchar a miles de personas problematizar sobre los medios de producción, la plusvalía, la burguesía, el colonialismo, el capitalismo, el patriarcado o el imperialismo desde sus propias realidades. Asimismo, no es extraño escuchar, en la llamada esquina caliente o en muchos de los barrios o parroquias que constituyen las comunas, que “lo que está en riesgo en las crisis económicas no es el gobierno, sino la revolución, que son las personas organizadas”. El proceso venezolano, con todo y las contradicciones que alberga, las tensiones que existen entre las comunas y el gobierno, o la heterogeneidad en la consolidación de la organización popular en las comunas, logró articular categorías de los análisis marxistas y metodologías que permitieron colocar como centro el conocimiento de las personas, con base en la realidad que vive el país, para así sostener el proceso social de la revolución bolivariana.

Estos ejemplos, aunque apretados en su explicación y profundización, demuestran la necesidad de que, desde el marxismo, miremos a la educación como una herramienta para la organización popular y no sólo como un espacio de reproducción y determinismo social. Asimismo, la educación política desde la apuesta marxista, expresa particularidades que es necesario entender y anclar a la realidad, para así poder crear espacios que permitan mirarla como una herramienta que ayuda a modificar la correlación de fuerzas a nuestro favor. 

En síntesis, la educación y la formación política de las masas toman un papel relevante no sólo cuando se ha logrado conquistar el gobierno o al haberse producido una revolución, sino que se convierte en una pieza clave para preparar la organización popular que disputará el poder político frente a la clase adversaria. Es decir, la educación, en tanto formación política y praxis organizada, permite, por un lado, coadyuvar a la preparación de la revolución con la disputa por las ideologías, sentidos comunes y formas de relacionarse en sociedad y, en segundo momento, ayuda a sostener los procesos revolucionarios concibiendo a los pueblos como el actor protagonista de la transformación de la sociedad.

Pero la educación que se impulsa desde la izquierda, en tanto que su horizonte es la construcción de nuevas formas de interpretar al mundo y de relacionarse con él mismo, necesita de otros aportes como el feminismo, la lucha anticolonial u otras teorías que permitan una interpretación teórica y una práctica más profunda ante los problemas que nos aquejan. El análisis y la formación desde el marxismo permite la conceptualización del capitalismo, pero si no se agregan nuevas categorías que complementen nuestros análisis perderemos de vista que el capitalismo se despliega con al menos otros dos sistemas de opresión: el patriarcado y el colonialismo. Quienes apuesten por recuperar la riqueza del análisis y emprender procesos de formación desde el marxismo no deben de olvidar que en las teorías, al igual que en las sociedades, no existen determinismos y que el “educador debe ser educado”.

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