(Primera de dos partes)
La educación, más allá de las interpretaciones reproduccionistas que hacen algunos marxistas (posiciones que ya han sido criticadas por pensadoras como Adriana Puiggrós o Henry Giroux), guarda en su seno, tal y como lo menciona Paulo Freire desde sus primeras letras, la posibilidad de formar a las y los sujetos que transformarán la realidad. Quienes participamos desde una visión de izquierda en la educación, ya sea estudiándola u organizándonos para transformarla, tenemos claras por lo menos dos cosas fundamentales sobre ella: que, para cambiarla de raíz, es necesario saber cómo se desarrolla la lucha de clases en un momento histórico concreto y, segundo, que participa en la disputa por la hegemonía y no sólo en la construcción y producción cultural o ideológica dominante. El no tener clara estas dos afirmaciones puede orientarnos a pensar que toda educación es un acto de reproducción de las desigualdades sociales y que no hay posibilidad para el conflicto dentro de ella o, por otro lado, que todo lo que ocurre en el campo educativo (aunque tenga sus especificidades y sus particularidades en comparación con otros ámbitos de la sociedad) es ajeno a cómo se desarrolla la lucha de clases en un nivel más amplio. Dicho lo anterior, me dispongo a compartir una serie de reflexiones, producto del estudio, la práctica y el diálogo con diferentes actores dentro y fuera del país, con la intención de incentivar la discusión sobre la importancia de la educación en la lucha tanto de clases como por la hegemonía en una sociedad.
I
La educación, en cualquiera de sus expresiones (formal, informal, popular, de formación política, etc.) participa de la lucha por la hegemonía en tanto que se pretende, desde los contenidos, metodologías, ideas e interpretaciones, formar a las y los sujetos bajo ciertas pautas que intentan orientar la vida social en común. Los conocimientos que se construyen en los diferentes espacios educativos pueden promover la naturalización de las opresiones o la liberación de las sociedades, así como la pasividad o la acción organizada de los pueblos. Es decir, la educación no es un espacio neutro, pues quien la dirige (ya sea desde un círculo de estudio, facilitando una clase en un aula educativa o en la definición de políticas educativas) decide los contenidos con los que se formarán a las personas. Asimismo, al igual que cualquier ámbito social, no se encuentra determinada y en ella existe la posibilidad de la tensión, el conflicto y la transformación. La educación, entonces, se convierte en campo de disputa en la lucha de clases, dado que desde ésta participa activamente en la pugna por la hegemonía y en la construcción de ideologías y sentidos comunes, o bien en la concientización de los problemas estructurales.
II
Las teóricas y teóricos marxistas se han preocupado por la educación política de las masas. Por ejemplo, Marx —lejos de la visión vertical con la que se “enseñan” sus categorías principales en espacios de formación política— mencionaba en su tesis número III sobre Feuerbach que el “educador necesita ser educado”, reconociendo que no existen determinismos en cuanto a enseñanza se refiere y, al mismo tiempo, en el capítulo 13, tomo 1 del capital, afirmaba que “la educación del fututo, que combinará para todos los niños, a partir de cierta edad, el trabajo productivo con la educación y la gimnasia, no sólo como método de acrecentar la producción social, sino como único método para la producción de hombres desarrollados de manera omnifacética”. Lenin, por su lado, reconocía el carácter pedagógico que habita en la lucha, ya que “en tiempos revolucionarios, millones y millones de hombres aprenden en una semana más que en un año entero de vida rutinaria y soñolienta”. O que era necesario “emprender una intensa labor de educación política de la clase obrera, de desarrollo de su conciencia política”. Gramsci afirmaba, entre otras cosas, que el Estado debe concebirse como educador, precisamente en cuanto tiende a crear un nuevo tipo o nivel de civilización. Por su parte, Rosa Luxemburgo, como se ha recuperado en su correspondencia y como está ampliamente documentado, dedicó gran parte de su tiempo a la formación política y conocía la importancia que juegan “las preguntas y la conversación” en la constitución de nuevos cuadros políticos. A bell hooks, en su Enseñar a Trasgredir, le preocupaba enoncontrar formas para que la metodología y la didáctica no replicaran las desigualdades sociales y apuntalaba que “los profesores progresistas” se encontraban más interesados en cuestionar el clasismo desde las lecturas que “interrogándose sobre cómo los sesgos de clase modelan la conducta en el aula”. Por otro lado, están los ya tradicionales escritos de Martha Harnecker, muy infravalorados y criticados por el marxismo ortodoxo que no entiende su apuesta didáctica y pedagógica. Y por último, no hay que olvidar a los líderes revolucionarios, como Fidel Castro, quien afirmaba que “toda revolución es un extraordinario proceso de educación”, por lo que “educación y revolución son una misma cosa”.
Cabe mencionar que algunos de estos aportes se oficializaron en países donde triunfaron procesos revolucionarios, como es el caso de la Unión Soviética y de Cuba. En estos lugares, el marxismo se constituyó como única doctrina de pensamiento, interpretación y forma de relacionarse con la realidad, lo que generó que la educación se signara, prioritariamente, a una lógica alrededor de los medios de producción. Ejemplo de lo anterior son las llamadas Escuelas de Campo cubanas en donde, como parte de la formación académica, los estudiantes debían trabajar en actividades de agricultura todos los fines de semana, y en algunas ocasiones en periodos de 15 días consecutivos, con la intención de formarlos, cuasi obligatoriamente, como fuerza de trabajo para el sector campesino. Por otro lado, en los primeros años del gobierno soviético, y más allá de las disputas que existieron por el rumbo del proyecto educativo en ese momento, el primer Comisariado de la Educación, Anatoli Lunacharski, determinó que, desde el inicio formativo, las y los niños adquirieran habilidades técnicas, las cuales les permitirían, en su adolescencia, tener oficios especializados que contribuyeran a la economía socialista.
Los ejemplos anteriores demuestran que, en los espacios en donde han triunfado los procesos revolucionarios y han optado por el marxismo como teoría educativa de inicio, se orientó y vinculó la enseñanza a fortalecer una visión económica socialista, aunque esto representara que no hubiera, necesariamente y por el momento histórico en el que se desarrollaron los proyectos educativos, una discusión profunda sobre lo que implicaba trasladar categorías económicas a la educación y, sobre todo, no discutir los métodos y formas en las que se desarrolla el acto educativo. Pese a lo anterior, se puede plantear lo siguiente: la educación y la lucha de clases siempre han estado íntimamente relacionadas, ya que la teoría y la práctica revolucionaria de las masas (que disputan las ideologías y las formas de relacionarse en la vida social) sostienen la construcción de una nueva sociedad.
III
La educación, en tanto proceso que participa en la reproducción o desmantelamiento del sentido común que oculta los problemas sociales, interviene activamente en la modificación de la correlación de fuerzas entre las clases sociales, pues puede orientar a que las opresiones sigan “ocultas” o que éstas se hagan visibles y se luche por eliminarlas. Es decir, hay sectores de la sociedad que apuestan por una educación que mantenga el orden establecido; y otros que la utilizan como herramienta para desmantelar la organización social que imponen las clases dominantes. Lo anterior pone en evidencia dos cosas. Primero, que las clases dominantes también disputan la educación y la formación de la sociedad para que ésta se encuentre pasiva y respalde las opresiones existentes, y así mantener sus intereses de clase intactos, y, segundo, que la lucha de las izquierdas no sólo tiene que desarrollarse en el terreno de lo pedagógico, sino que tiene que superarlo.
Por colocar sólo dos ejemplos actuales de cómo se expresa la disputa de las derechas por la educación, se puede mencionar el conflicto por los Libros de Texto Gratuitos (LTG) en México y los procesos de fascistización que han ocurrido recientemente en algunos países de América Latina. En el caso mexicano, la disputa por los contenidos de los LTG comenzó desde sus orígenes, en 1959, cuando sectores de la iglesia católica, medios de comunicación y padres de familia de escuelas privadas, argumentaban que la implementación de estos materiales eran medidas autoritarias y comunistas que afectaban la libre competencia de la industria editorial. Hoy, como hace más de cincuenta años, estas afirmaciones toman voz desde las derechas que acusan a los nuevos Libros de Texto Gratuitos, impulsados por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, de promover una educación comunista por colocar en el centro, entre otras cosas, las llamadas comunidades de aprendizaje. Pero, más allá de las afirmaciones sin sentido de los grupos empresariales, se encuentra la disputa por los contenidos educativos y los sentidos comunes que producen.
Sobre el caso de fascistización de las poblaciones, que incluso ocurre antes de que las ultraderechas se hagan del gobierno, la clase dominante orienta a que algunos sectores de la sociedad, que viven crisis políticas y económicas, sean formados con lógicas reaccionarias y conservadoras ante la incapacidad de las izquierdas, por acción u omisión, de construir lecturas colectivas de lo que acontece en la sociedad. Un ejemplo de esta situación es lo acontecido en el proceso argentino: no es casual que la figura de Javier Milei, antes de su llegada al gobierno, lograra, desde los medios de comunicación y también en las calles —por ejemplo durante las protestas vividas en el contexto de la crisis sanitaria en 2019—, canalizar el descontento de un amplio sector de la población bajo argumentos y discursos fascistas.
Estas manifestaciones que seguían los discursos de Milei eran organizadas principalmente por jóvenes, cuando las izquierdas se encontraban ausentes de las calles, y acusaban al gobierno de autoritario y corrupto: autoritario por supuestamente atentar contra la libertad de la población por aplicar medidas de distanciamiento social; y corrupto por “propiciar una inflación del 30%” y por destinar recursos a programas de la agenda feminista y a los sectores de las comunidades LGBT+. En este contexto, el ahora presidente, quien muchas veces era el principal orador de las protestas, logró aglutinar a un sector de la población que, molestos con el gobierno de Fernández y por la crisis económica que vivía el país, encontraron en el discurso de Milei un espacio articulador, y hasta cierto punto novedoso para las juventudes, del desencanto hacia los gobiernos de izquierda, ya que él afirmaba, entre otras cosas, que se usaba la cuarentena como un mecanismo de represión.
Lo anterior provocó que los autodenominados jóvenes libertarios, esos que abrazan los argumentos conservadores, en combinación con una estrategia mediática de gran alcance, sirvieran de catalizadores de esos argumentos, para hacerlos llegar a amplios sectores de la población. El resultado de este enojo, sumado a la incapacidad de generar una alternativa desde la izquierda, más la resonancia de las demandas contra la llamada “casta dorada”, el aborto y la agenda LGBTQ+, propició que Milei contara, entre otras cosas, con el apoyo de los sectores obreros de Argentina, tradicionalmente identificados con el peronismo. Es decir, la constitución del sector de la población que actualmente respalda las posiciones de Javier Milei no se generó con la llegada de éste al gobierno: al contrario, fue un proceso social e ideológico que inició antes de la conquista del gobierno y en donde la ultraderecha aprovechó la crisis económica y los espacios abandonados por las izquierdas para disputar el sentido común de un sector de la población.
Las disputas (que he problematizado más detalladamente en otro espacio), son cosas a tomar en cuenta, ya que muchas veces se desdibuja que los actores de derecha no se encuentran estáticos, sino que el debate por el sentido común y las ideologías de la sociedad es permanente. Por tanto, cuando emprendemos procesos educativos y de formación política, estamos participando en la disputa por la modificación de la correlación de fuerzas entre las clases sociales.
IV
Los procesos de aprendizajes, los contenidos que se comparten, así como la intencionalidad y la orientación que se le dé al acto educativo, permiten reflexionar sobre el papel esencial que toma la educación en los procesos revolucionarios. Para muestra de lo anterior (sin la intención de hacer un balance de cada proceso), se puede mencionar la importancia que tuvo la educación para la Revolución cubana, el proceso de las comunas en Venezuela o el proyecto educativo de la Unión Soviética. Referente al proceso cubano, que si bien no inició con bases sólidas sobre el comunismo o el socialismo, el propio movimiento revolucionario generó que las orientaciones se signaran a asumir las ideas del marxismo y que se impulsara un esfuerzo educativo con la construcción de las Escuelas de Instrucción Revolucionarias en donde se compartían las bases de la teoría marxista. Por su parte, las comunas venezolanas han construido procesos en donde la formación ideológica y la práctica, a partir de la revisión de los contenidos teóricos de la economía política y de la organización popular, tienen la intención, como lo mencionan las y los comuneros de El Maizal, de construir un sujeto político organizado que pueda enfrentar la embestida del imperialismo y el capitalismo. Y en la educación soviética, Lenin delimitó la labor educativa, cuando dijo en distintos espacios públicos —como el primer congreso de docentes soviéticos—, que la victoria de la revolución sólo se podría consolidar por medio de la escuela. O cuando afirmó, en su discurso en la I Sesión del III Congreso de Juventudes Comunistas de Rusia, que sólo transformando radicalmente la enseñanza, la organización y la educación se podría construir la sociedad comunista.
(Aquí puedes leer la segunda parte.)
