Ekaitz Cancela (1993) vino a México, entre otros compromisos académicos, a presentar su libro Utopías digitales: Imaginar el fin del capitalismo, editado por la recientemente creada cooperativa Verso Libros, que el escritor e investigador vasco ha contribuido a fundar. El ensayo revisa de manera arqueológica algunas alternativas tecnológicas surgidas en el Sur global desde la Guerra Fría y cuya recuperación podría motivarnos a imaginar otras estructuras y futuros post-socialistas.
Después de la presentación en la librería U-tópicas, y estimulado por algunas ideas que ahí se plantearon, me cité con él para conversar de manera relajada y distendida. Como era su primera visita a México, el encuentro ocurrió en un restaurante oaxaqueño, para que pudiera probar algunos platos típicos y, por supuesto, un buen mezcal. El contexto: una terraza de la colonia Condesa con el ruido de la ciudad de fondo, entre los cláxones de un tráfico desquiciado y las obras de los edificios levantados por la especulación inmobiliaria. Como señaló Ekaitz, ese ecosistema sensorial, ese entorno capitalista y tecnificado en el que nos encontrábamos, sería un buen disparador para comenzar la conversación.
Miguel Zapata (MZ): En tu libro, Utopías digitales, apelas a la imaginación en un contexto tecnológico actual en el que sufrimos una constante laceración de nuestras facultades cognitivas, fantasiosas y deseantes. De hecho, pareciera que la utopía se hubiera digitalizado en el peor de los sentidos al quedar constreñida por unas configuraciones tecnológicas que bloquean su camino. ¿Crees que necesitamos poner a la imaginación en el centro de la reflexión para tratar de producir tecnologías que la ensanchen en lugar de limitarla?

Ekaitz Cancela (EC): La lucha de clases determina el desarrollo de la técnica. La función social que cumple la técnica bajo el triunfo capitalista es simplemente automatizar o hacer inservibles nuestras mentes, expropiarlas de habilidades tan importantes como la inteligencia o la creatividad en favor de un nimio aumento en la tasa de producción o el nivel de consumo individual (el hacer click en anuncios basura o interactuar con bots). Al contrario, bajo un entendimiento basado en la solidaridad y el altruismo, podríamos liberar esas restricciones que impone el capital al desarrollo de las capacidades humanas. Habría que repensar entonces la manera en que entendemos el socialismo con base en la desaparición de la división entre trabajo manual e intelectual. ¿Qué significaría el deseo a la hora de consolidar un proyecto innovador y creativo de clase en una sociedad post-obrera, superando también los debates sobre el “derecho a la pereza”?, ¿qué infraestructuras, servicios y bienes públicos digitales necesitaríamos para socializar la plusvalía derivada de las máquinas?, ¿cómo se podrían gobernar los bienes comunes inteligentes derivados de una manera tan autoorganizada como en el zapatismo?
MZ: Escuchándote, me da por pensar en la crítica que el aceleracionismo de izquierda ha hecho de otros sectores del mismo espectro político a los que acusa de tecnófobos por defender algo así como una sociedad más precaria en términos tecnológicos. Sin embargo, si bien comparto su aversión hacia ciertas ingenuidades nostálgicas de la modernidad, me da la impresión de que confían demasiado en que la imaginación se encuentra atada a lo que está por delante, al porvenir, como si el pasado no poseyera un gran potencial emancipatorio que permite vislumbrar nuevas sociedades. Tú, en cambio, pareces darle importancia a experiencias pretéritas que no pudieron desarrollarse. ¿Cómo te posicionas en esta disputa que tiene que ver con la posibilidad de recuperar ciertos momentos del pasado para vislumbrar otros futuros?
EC: La propia escritura, la técnica literaria de mi libro, trata de echar el freno e imaginar mundos nuevos; lo hace fijando la atención en algunos experimentos que pudieron ser y resultaron fallidos; experimentos cercanos a los valores comunistas y que ahora empolvan los libros de historia. El ensayo narra estos pilotos como imágenes que representan el terreno de la lucha. Para ello, repiensa la relación entre modernidad y tecnología como una dialéctica compleja, ambivalente, donde la indeterminación —la no muerte, su existencia— es condena y potencia al mismo tiempo. Bajo esta filosofía, la tecnología no es sólo un instrumento de producción, o ciencia aplicada, como plantean algunas corrientes postmarxistas como el aceleracionismo, donde bastaría con aplicar las lecciones técnicas habituales sobre la planificación centralizada, pero ahora bajo infraestructura públicas más democráticas. La técnica es también una institución para la coordinación social de la complejidad que se produce en las interacciones cotidianas entre las personas, y puede ser una buena alternativa al mercado como única infraestructura de la condición digital. Es entonces cuando te puedes remontar a Salvador Allende, que trató de aplicar la más rústica de las cibernéticas, un sistema de télex, para gestionar el proceso de nacionalización de fábricas y su posterior entrega a los trabajadores autoorganizados. También en su gobierno se diseñaron otros productos industriales, como refrigeradores para preservar la comida durante su distribución a los lugares más recónditos del país. Antes de que los capitalistas cambiaran la dirección de la técnica mediante un golpe de Estado patrocinado por la CIA, los gigantes tecnológicos de la época y la ultraderecha chilena, el régimen allendista estaba desarrollando herramientas que permitían hacer que los trabajadores hicieran sus acciones más eficientes e innovadoras mediante la visualización constante de los procesos económicos. Este era el verdadero big data, el conocimiento histórico del proletariado. Sin un estudio documental exhaustivo sobre las experiencias del pasado, como esta propuesta imaginativa para la “planificación popular”, no tienes documentación empírica sobre lo que ha funcionado y lo que no. Hay que examinarlo críticamente para, desde ahí, construir algo nuevo. Ése es el método para desarrollar una teoría materialista de la revolución.
MZ: A propósito de este proyecto de Allende, pienso en la novela de ciencia ficción de Alexander Bogdanov, Estrella roja, que, escrita en 1908, parece anticipar el proyecto Cybersync chileno al describir un modelo socialista de otro planeta que se mueve al ritmo de los datos que arroja una gran máquina cibernética. En este sentido, mirar al pasado nos permite rescatar aspectos y experiencias que dan cauce a nuevas formas de imaginar otras articulaciones de lo real.
EC:. No puedes construir una teoría antisistémica para usar las tecnologías que no contemple los procesos sociales contemporáneos bajo la cultura de la modernidad capitalista (la ansiedad, la tristeza, el odio o la inseguridad que provoca). ¿Cómo altera el mercado las proyecciones que creamos sobre el mundo en el que vivimos y cómo nos representamos como seres humanos? ¿Y qué hay de nuestros sentidos?, ¿se adaptan al entorno, al sálvese quien pueda, siendo primero expropiados y luego codificados en un sistema inteligente, o lo transforman mediante el descubrimiento colectivo de procedimientos menos mecánicos y más artísticos? Sin preguntas abstractas, profundas, arqueológicas, nunca vamos a salir de la caja en la que vivimos. Y ahí es donde es importantísimo, además de organizar todas las redes sociales y culturales posibles, volver a la historia, como decía Benjamin en el Libro de los pasajes, para detectar los posos de la modernidad capitalista. Esa novela a la que te refieres debería ser parte de una base de datos de uso revolucionario, es decir, con un carácter pedagógico y cultural: una enciclopedia socialista de la era digital que debemos organizar para apropiarnos de la tecnología y transformar el sistema con cada acción; para programar nuestra realidad del mismo en modo en que usamos la ciencia ficción: haciendo confluir nuevos mundos e imaginarios distintos. Hablo de crear un modelo de sociedad más amplio en el que la tecnología acompañe nuestras actividades creativas y de cuidados, que son colectivas, para satisfacer nuestra existencia, al tiempo que satisfacemos nuestras necesidades y expandimos el común. Legitimarlo no sobre la violencia, sino desde el deseo, para así despertar dimensiones humanas que no podemos encontrar en todas esas producciones capitalistas de Netflix, que se ríen de nuestro ingenio mediante planos y guiones idénticos. Hay que confrontar esta realidad con mecanismos socializados de producción de ficciones propias, soberanas y populares, que nos permitan despertar el sentido artístico-documental para recopilar enseñanzas históricas y solucionar problemas contemporáneos. Esa esperanza de una nueva utopía científica basada en las necesidades actuales ha desaparecido en detrimento de un timeline o un feed que organizan estúpidamente buena parte de nuestras experiencias artísticas, por no hablar también de otro tipo de pulsiones más irracionales.
MZ: Hablas de la inseguridad, la desesperanza y de otras pasiones tristes en las que estamos atrapados. Da la impresión de que éstas se detonan y enquistan porque el proyecto de nuestras vidas está predeterminado por tecnologías que nos encapsulan. Sin embargo, hay ciertos resquicios de esperanza. Por lo que te escuché en la presentación del libro, creo que para ti la utopía no es sólo algo por hacerse, sino que se manifiesta en prácticas concretas que no están siendo visibilizadas o que tienen un alcance muy marginal.
EC: Tenemos que entender el elemento cultural y artístico como algo diferencial dentro de los procesos de construcción social de los sujetos. Los espacios de debate creativo, las fiestas de organizaciones sociales, así como muchos otros espacios colectivos de formación, como ateneos o revistas, y en definitiva todo lo que nos permita producir una ideología de la praxis que nos sostenga en espacios fuera del mercado, son una base para empezar a redescrubrir el valor del común. Y también de la conciencia, como el acto de recordar nuestro yo social, ahí donde se articula lo espiritual con lo material, el juego y el ecosistema. Todo ello para organizar las cosas desde una autonomía en buena medida descentralizada. Esto pasa por saber escribir literatura tanto como por tener una infraestructura, pública y digital, donde poder activar un código que acompañe a dicho proceso de experimentación. Necesitamos entablar relaciones de colaboración y redes de trabajo con personas afines, especialmente en otras disciplinas. Ahora mismo, es la peor parte de nosotros la que está guardada en los centros de datos de Silicon Valley. Son tecnologías que sólo reafirman y archivan comportamientos de odio y violencia. Necesitamos centros de datos para almacenar y socializar la mejor parte de nosotros mismos, para así liberarla de sus restricciones actuales: las jerarquías sociales de clase, género y etnia.
MZ: Una de las muchas prácticas tecnológicas de dominación ha consistido en hacernos usar un concepto como el de red social para referirnos a ciertos espacios digitales que fomentan algorítmicamente ciertas conductas. Sin embargo, como me señaló un día Ignacio Ayestarán, las redes sociales son en realidad la escuela, el bar, este encuentro que estamos teniendo, las revistas para las que colaboramos… ¿Por qué crees que los espacios digitales que habitamos nos han hecho perder de vista la importancia de estas redes sociales que siempre hemos tenido, en las que estamos insertos constantemente y que nos abren las puertas a nuevas formas de comprender lo social y lo político?
EC: Hay que volver a la frase de Thatcher: “la sociedad, ¿quién es esa persona?”. Ahí se inicia la destrucción de las instituciones de la clase obrera, comenzando por los sindicatos, en favor de los centros de consumo. Después, el neoliberalismo introduce los mercados financieros, el dogma del inversor y el riesgo, en lo cotidiano, como sustitución de lo colectivo. Cuando este proyecto se viene abajo de manera evidente en 2008, las redes sociales renuevan la promesa capitalista de progreso. En detrimento del banquero, emerge el CEO salido de un garaje que crea una red en la que todos habitamos de manera feliz y habiendo solucionado los problemas de avaricia financiera, quizá gracias a más fotos de culos y gatitos. A veces emergen derivados anarcocapitalistas incontrolables, como en Argentina, pero todo el mundo puede interactuar con Chat GPT desde su iPhone, así que objetivo cumplido: hemos alcanzado el estadío más elevado de progreso. Es de esta forma, creando narrativas e imaginarios, como se legitima el capitalismo. Creo que debemos responder desarrollando no sólo redes de comunicación, sino de producción de lenguaje y estructuras semánticas digitales contrahegemónicas para la gestión de las nuevas necesidades colectivas, aquellas que faciliten la coordinación de una vida en libertad y autonomía. Esto sólo ocurrirá con un hábito que facilite la tranquilidad, la realización humana, la colaboración, el altruismo u otras relaciones sociales que el sistema comunicacional y lingüístico de las aplicaciones de mensajería como WhatsApp o de las redes sociales estilo Instagram no permite. Necesitamos plataformas que promuevan por diseño un estilo de vida sostenible, igualitario, humano y digno, con pleno derecho a disfrutar del futuro. Insisto: necesitamos conversaciones, ficciones, producciones populares que contribuyan a la organización de instituciones internacionales pensadas para apagar un planeta en llamas.
MZ: Entiendo que la técnica tiene, como el lenguaje, un carácter poético, ya que puede hacer surgir muchas formas de lo real. Por lo que te he leído y por lo que te escucho, creo que para ti la técnica tiene la capacidad de crear nuevas sensibilidades y activar las existentes para producir otras maneras de mirar y actuar. Pero si las utopías están encarnadas en prácticas sociales existentes y concretas del presente, ¿dónde las encuentras? ¿Cuáles son algunas de las prácticas que han tenido o tienen más fuerza contrahegemónica?
EC: Estando en México es inevitable citar el zapatismo, un experimento de autoorganización y control de los recursos colectivos que, sin ser hegemónico, ha sido capaz de sobrevivir en el tiempo. También pienso en muchos proyectos universitarios de ingenieros mexicanos que trabajan con otros científicos sociales para crear modelos con los que visualizar procesos políticos y económicos que nos faciliten la búsqueda de estrategias a la altura de la coyuntura. Pero, sobre todo, pienso en prácticas sociales de autoorganización como Sursiendo, que no siguen una ética del mercado ni del Estado y que, aun estando en los márgenes de la sociedad, pueden institucionalizarse de manera federada mediante tecnologías libres y abiertas para el desarrollo del común. Son prácticas que ya están ocurriendo, sólo que todavía no tienen una capacidad de escala elevada. Le recrimino al sistema capitalista que no permita el desarrollo de esas creatividades y agencias colectivas donde la autonomía se expande.
MZ: Utilizas algunos adjetivos para referirte a un tipo de tecnologías que podrían cobijar formas de organización contrahegemónicas. No obstante, hay una especie de fantasía que tiene que ver con la idea de que ésta es neutral en tanto que sólo habría de remitir al conjunto de medios que se van haciendo cada vez más eficientes en relación a ciertos objetivos. Tú, en cambio, hablas de tecnologías libres. Un filósofo español, Miguel Ángel Quintanilla, acuñó recientemente la expresión “tecnologías entrañables”. ¿Qué apellidos y qué características tendrían para ti algunas de esas tecnologías que fomentan prácticas contrahegemónicas?
EC: Principalmente populares, culturales y de uso educativo. La transición hacia el socialismo se dio en una Rusia nada formada a nivel educativo, pese a los intentos de León Trotsky o Nadezhda Krupskaya. Eso nos enseña que las tecnologías han de tener un carácter formativo. Es algo parecido a lo que dice Simondon cuando habla de la alfabetización tecnológica. Primero necesitamos saber interactuar con las máquinas y conseguir que hagan lo que queremos que hagan; luego hemos de hacer que nos sirvan para mejorar los procesos humanos y relacionarnos mejor, creando conciencia, solidaridad y prácticas altruistas. Este es un proceso democrático de aprendizaje permanente, de interacción, de prueba y error; de experimentación, al fin y al cabo. Alcanzar esos objetivos es lo que debería proponerse una inteligencia artificial socialista.
MZ: Igual que podemos entender que hay diferentes adjetivos posibles para la tecnología, podemos asumir que hay diferentes cursos de acción tecnológica surgidos en latitudes y sociedades ajenas al socialismo y el capitalismo. Desde tu punto de vista, que está muy comprometido con tecnologías dentro de un marco socialista, ¿cómo ves estas rutas pluritecnológicas alternativas?
EC: Víctor Toledo habla en su libro La Paz en Chiapas de una modernidad alternativa ecológica bajo el zapatismo. ¿Qué es lo que propone Europa? Un progreso civilizatorio basado en servicios y tecnologías extranjeras que se imponen en todo el mundo. Yo no defiendo eso; yo defiendo tipos distintos de tecnologías y prácticas, distintas en cada lugar, pero que seguro tienen afinidades y valores comunes. Precisamente porque cada una de ellas va a tener una mirada no regida por lo que impone el mercado, podrán darse verdaderos diálogos a nivel planetario para pensar en la construcción de mundos posibles colectivos. La propiedad privada, el secreto comercial, impiden ese diálogo permanente, el intercambio de conocimiento entre países, la transferencia libre de tecnología para asegurar la supervivencia en la tierra.
Después de esta pregunta nos interrumpió el estruendoso ruido del motor de una pipa de agua que se estacionó a nuestro lado. La conversación, que había comenzado con los sonidos de la especulación inmobiliaria, terminaba con los de la crisis del agua. Entre estas dos manifestaciones sonoras del capitalismo, Ekaitz y yo pudimos construir un espacio basado en la técnica de la conversación que nos permitió imaginar futuros con sonidos más regocijantes, más saludables y más comunes que los del capitalismo. El debate permanente al que se refirió en su última respuesta continúa.
