El pasado 21 de agosto, la filóloga mexicana de origen alemán, Margit Frenk, cumplió 100 años de vida.
Para celebrarla, recuperamos este texto, publicado en el libro Un arte radical de la lectura.


Llegué casi por casualidad a casa de Margit Frenk. Un profesor mío sabía que yo estaba buscando trabajo. Me preguntó si quería dedicarme a la investigación, y respondí casi como lo habría hecho cualquier otro estudiante latinoamericano de literatura: que, en caso de tener oportunidad, sí…

Margit estaba buscando un ayudante, pero yo no lo sabía. Me invitaron a su casa a conversar con ella. Tuvimos una larga conversación mientras bajaba el sol y acababa la tarde. La luz iba disminuyendo, pero su mirada era la misma: intensa, tranquila y atenta. Me miraba como si no hubiera oscuridad, y sonreía. Dijo que estaba perdiendo la vista y necesitaba que le leyeran en voz alta.

Pasé los siguientes años con ella aprendiendo a leer. A leerle y a leerme a mí mismo; a leerme lo que leía, y también a leerme en lo que me leía. También asistí durante varios años a sus cursos dedicados a la lectura del Quijote. El pequeño salón estaba atestado de gente: hubo un semestre en que por tres inscritos había diez oyentes, que lo mismo eran profesores de la Facultad de Filosofía y Letras que estudiantes de licenciatura, actores de teatro, lectores apasionados sin título o alumnos del posgrado en que el curso se ofertaba. La presencia atenta de Margit nos igualaba a todos: su respeto callado ante cada palabra compartida en el salón nos enseñó a escucharnos unos a otros más allá de las etiquetas sociales marcadas por la edad, la capacidad para expresarnos públicamente, la profesión o la cantidad de lecturas que podíamos presumir. La suya era una política comprometida pero ensayada en clave menor, que no necesitaba declararse para tener efectos importantes.

En los años sucesivos, vi a Margit sumergirse con fervor en Proust, Marx, Bolaño, Lacan y Dostoievsky… En los Cuatro ensayos sobre el Quijote, uno de sus últimos libros, habla con fervor emocionado de la moderna narratología, a la que agradece por habernos sensibilizado para percibir los matices y estratos de textos como el Quijote; pero también declara al final que esa teoría, tan abstracta, tan científica, termina quedándose corta ante el genio de Cervantes, que se salta con libertad las categorías que querrían aprisionarlo. “Gris es toda teoría, y verde es el árbol de oro de la vida”. Cuando leí en voz alta esa frase, en una presentación de sus Cuatro ensayos sobre el Quijote, Margit me acompañó desde el público acentuando cada palabra, en voz baja, como si fuera un poema. Dice Peter Szendy que escuchar es como introducir signos de puntuación en la palabra del otro. Ella era así: su estar allí, sentada, tenía una fuerza enorme que transmitía algo que no se comunicaba. Amando la teoría, Margit nos decía, candorosamente, que no sabía generalizar. No sabía, o no quería. Como el poeta enamorado de las cosas del que habla María Zambrano, Margit enseñaba a aferrarse a las palabras, a cada una de ellas, siguiéndolas “a través del laberinto del tiempo, del cambio, sin poder renunciar a nada”. ¿Cuál es el método? El de que no hay método, decía Emir Rodríguez Monegal en un ensayo de juventud dedicado a valorar la obra filológica de Amado Alonso. ¿Y entonces cómo se enseña a leer? En el caso de las clases de Margit se trataba de una enseñanza peculiar, que se mostraba en lugar de explicarse de manera discursiva: un gesto escenificado de manera repetida, que conformaba una “manera” de leer (un “estilo” intelectual). A lo largo de su curso no haríamos otra cosa que leer el Quijote en voz alta. El libro nos prestaría las palabras: comentándolo, aprenderíamos a hablar. Sostenidos por el libro, aprendimos a reunirnos semestre a semestre, incluso si el curso no se abría oficialmente. Y —como dice un poema de Tarkovsky— “cada momento juntos era una celebración, una Epifanía”.

Una frase atribuida a José Martí dice que hacer es la mejor forma de decir. También había algo en las clases de ella que se explicaba sin decirse. Su manera de enseñar tenía que ver, también, con la transmisión de gestos donde se iba escenificando un método de trabajo, una poética de la lectura. También, una poética existencial. Yo al principio tenía un poco de miedo; pero ella era fuerte y gentil. Hablaba poco, y como bordando sobre un tejido. Bordaba sobre nuestros balbuceos, poniendo el acento en palabras dichas al acaso, frases y expresiones resaltadas con hospitalidad. Entonces los reunidos descubrimos que tenemos voz. Recuerdo su silencio: su presencia callada que invitaba a la palabra, su quedarse quieta, sonriente, con una escucha difusa que dejaba cierto margen para la libertad. Para jugar con nuestras respuestas. Una voz potente, de suave potencia, que no trata de impresionar al exhibir lo que sabe. Como en sus libros. Un comentario breve aquí para mostrarte que dijiste algo importante; otro allí para que pongas atención, tengas cuidado… Y entonces cada uno se da cuenta de que está siendo escuchado, y comienza a escucharse a través de la escucha de ella. En su clase, los textos fueron un espejo en los que aprendimos a trabajar sobre nuestra experiencia, a construirnos a nosotros mismos para vivir de formas cada vez más gozosas y profundas. En ese “cada momento juntos” comprendí que la filología tenía que ver, ante todo, con la formación de una sensibilidad: un trabajo sobre el sujeto que lee, sobre su forma de vivir y de estar con los otros.

Tengo la impresión de que, al enseñarme a leer, Margit me enseñó algo secreto que da sentido al trabajo de la lectura. No estoy seguro de qué es, pero lo guardo como se guarda un tesoro. Es un fuego que late detrás de las palabras que leemos, y que sólo se puede sentir si la palabra se comparte y se comenta con los otros. De allí los espacios de la filología, sus prácticas de sociabilidad, sus géneros discursivos: las caminatas, las lecturas en voz alta, los círculos de lectura, los salones de clase… Pero también, a veces, cuando somos afortunados, algunos diálogos de amor, algunas reuniones en casas, algunas cartas con amigos conocidos o desconocidos con quienes se puede compartir la alegría intensa de un descubrimiento de archivo, una palabra reveladora, un indicio que provoca la sensación de saltar el abismo de siglos que nos separa de una experiencia en el pasado… Son espacios creados para honrar el exceso de sentido que desborda las palabras, un exceso que da sentido al amor moroso que habita la palabra “filología”, y gracias al cual podemos asombrarnos frente a un texto que creíamos conocer; escuchar con respeto la opinión presuntamente poco informada de alguien más joven que se revela capaz de ofrecer un acercamiento inédito ante cierto poema; alimentar una conversación que se renueva en cada reunión, y puede durar toda la vida, sin estar seguros de que hemos agotado el sentido de esos textos que nos ayudan a estar juntos, manteniéndonos al tiempo desconocidos.

Aunque no haya heredado los temas que Margit trabaja, he tratado de heredar ese estilo: de escuchar como fui escuchado. Como otros que participaron de ese espacio, yo también fui dignificado por esa atención silenciosa que me enseñó a observarme a mí mismo y a descubrir el valor de mi mundo interior. En ese salón decidí que yo también quería enseñar a leer, para ayudar, en la lectura, a que otros descubrieran la celebración de la dignidad a través de la lectura. “Leer” se volvió figura de una forma de relación con el mundo y la poética apareció también bajo la forma de la ética.

He dicho arriba que ella nos enseñó a aferrarnos amorosamente a las palabras, las frases y los ritmos, a observar con cuidado lo que iba ocurriendo en nosotros al avanzar por una línea concreta de texto. Porque lo único que hacíamos en su clase era tomar el Quijote para leerlo en voz alta, palabra a palabra; detenernos después de algunas líneas, y hablar de lo que habíamos sentido al leer. Así, íbamos elaborando una suerte de arqueología de nuestras experiencias: una pregunta por su historia y sus condiciones de posibilidad. Un asombrarse progresivo ante nuestras capacidades de producción de vivencia. ¿En qué momento comenzamos a sentirnos indignados, qué nos hizo capaces de soltar una carcajada al llegar a cierta escena? ¿Cómo llegamos a esa maravillosa, liberadora sensación que está en el centro del Quijote y es descrita en este libro: no hay verdad definitiva, la realidad es inestable e insegura, el personaje de Cervantes es lo que quiere ser? Para responder a esas preguntas, es necesario poner cuidado al leer. Observar lo que nos pasa al avanzar el texto. Observarlo. Observarnos. Todo lo que nos había pasado en cada clase era valioso. No importaba si éramos estudiantes de licenciatura, investigadores reconocidos o gente común. Todos sabíamos más de lo que creíamos saber. Sólo teníamos que hacer un esfuerzo para saber lo que sabemos. Eso es también aprender a leer: pensar que pensamos; sentir que sentimos; saber que sabemos; aprender a escuchar nuestra propia experiencia; darle densidad y profundidad, poniendo especial atención en los detalles pequeños (las palabras, el ritmo de las frases…). En esos detalles se juega lo fundamental de sus libros pequeños, que deben leerse poco a poco y poniendo atención en las citas. Es una propedéutica de la atención, y al tiempo un esfuerzo de amor.

No sé qué fue eso que Margit me enseñó. Pero cuando se lo enseño a los demás, puedo mirarlo crecer y pervivir. Su fuerza me da consuelo en los momentos de miedo en que pienso en la posibilidad de que ella enferme o muera. Eso secreto que me enseñó, que le da sentido a la “filología”, tiene que ver con aquello que se queda en las palabras de los otros cuando los otros han partido. Es lo que nos ha sostenido en medio del dolor. Lo que nos ha enseñado a trabajar con la pérdida. Lo que nos ha enseñado a cultivar la alegría.