El historiador, traductor, poeta y chinampero Baruc Martínez Díaz acaba de publicar un breve libro: Faustino Chimalpopoca Galicia. Un intelectual indígena en el México decimonónico (ERA, 2024). Fruto de una investigación de casi dos décadas, esta obra se dedica al transcurso biográfico e intelectual del abogado originario de San Pedro Tláhuac, cuyo legado como traductor e intérprete de la historia y literatura escritas en náhuatl, así como su defensa del territorio, descubren un capítulo esencial en la historia de las ideas de nuestro país.
En el convulso siglo XIX mexicano, como lo llama Martínez Díaz, Faustino Chimalpopoca (¿?-1877) tuvo que maniobrar en un momento en el que el Estado nación nacido de la Independencia comenzó su homogenización, en parte mediante la destrucción de la cultura, la lengua y el territorio de los pueblos mesoamericanos. Chimalpopoca Galicia logró preservar un gran corpus de literatura escrita en náhuatl (textos literarios, dramáticos y pedagógicos) que hoy en día sigue siendo una referencia para historiadores y hablantes de esa lengua; fue partícipe activo en la jurisprudencia de un país en formación, lo que lo llevó a negociar y a hacer política tanto con liberales como conservadores; y además fue pionero en la defensa del territorio, gracias a su intensa labor de transcripción de documentos legales en lenguas originarias.
El libro de Baruc Martínez Díaz, escrito con rigor documental, no es un esfuerzo aislado, sino el producto más reciente y público de una discusión académica de interés nacional y que se extiende a otros países. El diálogo de Martínez Díaz con la obra de historiadoras de la intelectualidad indígena como Gabriela Ramos, Yanna Yannakakis y Kelly S. McDonough es fundamental para enmarcar este estudio biográfico, el cual incluso se ha nutrido de entrevistas con descendientes lejanos de Chimalpopoca, quienes aún hoy preservan su memoria en San Pedro Tláhuac.
En su brevedad, este es un libro que abre posibilidades para entender una figura compleja, tanto en sus decisiones y filiaciones políticas, como en su intensa actividad intelectual. Descendiente lejano, aunque documentado, de al menos dos de las principales dinastías de tlatoanis que gobernaron el altiplano mexicano —la casa de Cuitláhuac y la de Tenochtitlan—, Faustino Chimalpopoca Galicia recibió una educación propia de su linaje real —de los así llamados hijos de los ‘indios principales’—, que en ese entonces estaba al alcance para miembros de comunidades como San Pedro Tláhuac y que, ya en nivel superior, se impartía en el Colegio de San Gregorio —una institución con su propia y turbulenta historia de supervivencia—. Desde una mirada contemporánea, algunas de las acciones de Chimalpopoca durante su vida adulta y profesional como abogado y político podrían interpretarse como colaboración con sectores conservadores, como la Iglesia católica, de la que siempre fue un creyente fiel, o con el régimen de Maximiliano de Habsburgo —Chimalpopoca fue, de hecho, uno de los pocos elegidos para conocer Europa como acompañante y comisario de la comitiva imperial, y luego presidió la Junta Protectora de las Clases Menesterosas, fundada por el gobernante austriaco—. Al final de su vida, y ya con la República restaurada por Benito Juárez, Chimalpopoca pasó sus últimos años con cierta discreción política en su pueblo natal, pero abocado a consolidar y mejorar las condiciones de vida de su comunidad con la construcción de escuelas, la docencia y la configuración de un archivo de documentos en náhuatl y de libros de texto escritos en esa lengua.
Si este balance puede despertar hoy en día alguna duda sobre las afinidades políticas y culturales —y hasta de clase— de Chimalpopoca, su intensa labor como abogado y traductor no permite vacilaciones sobre cuál fue el principal interés a lo largo de su vida —y la función más importante de un@ intelectual indígena—: preservar la lengua y territorio de l@s nahuas de la ciudad de México y otras demarcaciones. Tras leer este libro, es difícil no considerar la vida de este abogado y hombre de letras como una representación fidedigna de los conflictos de identidad y resistencia que, desde el siglo XIX, han cifrado a las comunidades indígenas: entre el esencialismo que concibe a l@s indi@s como mer@s actores y actrices terciari@s de la historia, hasta la cuestión de si el modo occidental de pensar y hacer política es capaz, en verdad, de hacerle justicia a los pueblos originarios (y a no poc@s de sus descendientes mestiz@s).
Más allá de una interpretación final de la vida de Chimalpopoca, Baruc Martínez Díaz pone sobre la mesa a l@s intelectuales indígenas, cuya mera existencia se consideraba inconcebible y cuyas contribuciones históricas y actuales toman especial relevancia en el siglo XXI, en un contexto de asesinato masivo de defensor@s del territorio, de resistencia de los pueblos originarios y de renovación en la historiografía contemporánea, en camino de reconfigurar la historia del pensamiento en México.
Olmo Balam: ¿Cuáles fueron los principales desafíos a la hora de escribir este tipo de historia intelectual: una que viene desde la periferia y está protagonizada por un personaje que, hasta fecha reciente, no se consideraba como parte del ‘canon’ de la historia intelectual mexicana?
Baruc Martínez Díaz: La traba más importante, a la hora de seguir la obra y vida de Faustino Chimalpopoca Galicia, fue sin duda una cuestión de fuentes. En la historiografía mexicana y en los archivos no es tan fácil obtener información de Faustino. Escribir este libro ha sido un rompecabezas que he ido armando poco a poco, con piezas que he recolectado a lo largo de las casi dos décadas que llevo estudiando a este personaje. Desde luego, también ha sido difícil, en el sentido de que escribir desde la periferia es diferente: los archivos y bibliotecas quedan lejos de donde yo vivo, por lo que tuve que hacer bastantes traslados largos; y es que es más fácil ir de Tláhuac hacia otro estado —como Morelos o el Estado de México— que al centro de la ciudad. Entonces es un poco complicado. El principal apoyo económico para esta investigación han sido recursos particulares, aunque después, cuando estudié la maestría en Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México, y luego el doctorado, recibí el apoyo financiero tanto de la UNAM como del Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt).
OB: Aunque entre historiadores y especialistas la cuestión del intelectual indígena puede ser conocida y hasta de interés común, sigue siendo un término, lamentablemente, novedoso, pues por lo general no se considera a l@s miembros de pueblos originarios y mesoamericanos como parte de la historia de las ideas. No obstante, desde antes de la Conquista, y hasta nuestros días, ha habido una gran aportación de est@s pensadores, y Chimalpopoca es un ejemplo de ello. ¿Qué dirías tú que es un@ intelectual indígena?
BMD: Hasta hace poco parecía un oxímoron hablar de intelectualidad indígena, pues era inconcebible. ¿Y esto por qué? Por una mirada racista y colonial en nuestra propia formación educativa. Es decir, no se consideraba que los indígenas tuvieran intelectuales, ni una tradición intelectual. Recientemente, en las ciencias sociales, como la antropología y la historia, se han realizado estudios de caso en los que se muestra una larga tradición intelectual en las comunidades de origen mesoamericano, desde antes de la llegada de los españoles, pero, desde luego, también durante los tres siglos coloniales. Eso por no mencionar el México decimonónico, el siglo XX y lo que va del XXI. En este sentido, considero que estudiar la figura de Faustino Chimalpopoca es rescatar uno de los eslabones de esta larga cadena de intelectuales. Sobre todo, en un siglo tan convulso, trágico y difícil para las comunidades indígenas como lo fue el siglo XIX mexicano, en el que, por lo menos en el ámbito legal, desaparecieron. En ese sentido, durante la era que vivió Chimalpopoca —la transición de un mundo estamental, como lo era la Colonia, o la Nueva España, a la formación y consolidación de la nación mexicana— se llegó a pensar: “aquí no hay indígenas, aquí todos somos mexicanos, los pueblos indígenas no tienen personalidad jurídica”. La figura del intelectual indígena, en el caso de Chimalpopoca y de otros que fueron contemporáneos suyos, predecesores y sucesores, tenía que ver con una capacidad de estas personas para mediar con el conocimiento que tenían de sus comunidades. El intelectual indígena no necesariamente tenía que pasar por un sistema educativo formal: el intelectual indígena tenía que estar empapado de la tradición local y comunitaria de su pueblo. En el caso de Chimalpopoca, él sí tuvo una formación universitaria, lo que hizo posible que pudiera hablar dos lenguajes, que le sirvieron para mediar entre los poderes establecidos y las comunidades. ¿Cuáles eran estos dos lenguajes? El lenguaje conservador y liberal de la política mexicana, por un lado, y el lenguaje comunitario de los pueblos mesoamericanos del centro de México, por el otro.

OB: El lenguaje es uno de los temas recurrentes de esta obra, que tiene muchas citas directas del náhuatl. Como se muestra en tu libro, la vida de Chimalpopoca sucedió en un momento en el que el náhuatl era lingua franca en México, válida para asuntos legales y con un respaldo y reconocimiento institucional que ahora no tiene. Es interesante cómo, por medio de la vida de Faustino Chimalpopoca, relatas la manera en que l@s indígenas entraron al siglo XIX bajo la premisa de que iban a ser liberad@s y, sin embargo, el surgimiento de la nación mexicana fue en realidad una nueva etapa de su exterminio, tanto cultural como territorial. Una de las cosas más conmovedoras del libro es cómo una figura letrada y políglota trató de defender el territorio y cultura indígenas. No obstante, todo eso le fue insuficiente. ¿Cómo abordaste este conflicto, tanto en el caso de Chimalpopoca como de los pueblos originarios?
BMD: El siglo XIX mexicano fue una época difícil porque, a contracorriente del relato más conocido, el de que la Colonia acabó con la diversidad cultural y lingüística de este territorio, en realidad fue el Estado mexicano quien lo hizo. Desde su formación y consolidación como Estado nación, México ha sido la negación constante de la diversidad cultural y lingüística de quienes habitan este territorio. La figura de Chimalpopoca es de primer orden en ese sentido: surgió de una comunidad nahua, como lo es Tláhuac, y se fue abriendo paso hasta, digamos, lo más alto de la formación educativa de aquel entonces, que podríamos equiparar con una persona que hoy en día adquiere varios posgrados, pero utiliza sus conocimientos y formación para beneficio de sus coterráneos. Él, en varios textos hablaba de la “sufrida raza indígena” y se asume como parte de ese grupo social. Chimalpopoca Galicia utilizó el náhuatl de una manera que ha resultado perdurable. Él tenía muy claro que esta lengua era una de las llaves para la comprensión de la historia mexicana. En uno de sus textos dice, precisamente: “para comprender la historia de México es necesario hablar la lengua náhuatl, porque su historia está cifrada en este idioma”. Ciertamente no podemos decir que es así con la historia de todo México, pero sí, por lo menos, en la parte nahua de Mesoamérica. Chimalpopoca tenía claro que la educación de los indígenas debía ser en sus propias lenguas, como él lo proponía e intentó hacerlo siempre. Los textos que yo, a propósito, hice que se conservaran en náhuatl en las citas de este libro, están ahí para mostrar la tenacidad de Chimalpopoca por perpetuar el idioma materno que aprendió en su comunidad de origen.
OB: El tema del náhuatl y su importancia también tiene sus dualidades. Hay un episodio en el que cuentas cómo Chimalpopoca, en los tiempos en que los conservadores recibieron al emperador Maximiliano de Habsburgo, hablaba de “obediencia” en náhuatl, mientras que en castellano hablaba de una “adhesión voluntaria” al Segundo Imperio Mexicano. Chimalpopoca, como bien lo describes en el libro, tuvo que maniobrar entre esas dos realidades, la del náhuatl y el castellano: no era muy adepto, por ejemplo, a Benito Juárez; tampoco a algunas políticas anticlericales; dos cosas que, en una lectura contemporánea, podrían verse como sumisión, pero al mismo tiempo tenían una lógica, una forma de resistencia. ¿Cómo estudiaste esta dualidad?
BMD: Chimalpopoca se tuvo que mover en varias realidades. Muchas veces tuvo que mostrar sumisión, pero hoy, por ejemplo, investigaciones como las de James Scott sobre “monarquismo ingenuo” han mostrado que la aparente sumisión ante actores más poderosos ha sido una manera de sacar una ventaja posible, tanto personal como colectiva, por lo que es una de las artes de resistencia que los grupos subalternos han llevado a cabo a lo largo de la historia. En el caso de Chimalpopoca esto se ve con claridad en sus escritos dirigidos a autoridades como el presidente Antonio López de Santa Anna, y después al emperador o a políticos conservadores. En esos textos él se presenta de manera sumisa, diciendo que es el más obediente, o que es muy insignificante ante el público. Todo eso era un discurso que parece vasallo o sumiso, pero que, al final de cuentas, era un intento por ayudar a sus coterráneos indígenas a conservar su territorio y su propia lengua.
OB: El libro termina, después de hacer toda esta elaboración biográfica, con lo que es el principal legado de Chimalpopoca: sus numerosas traducciones de documentos y literatura en náhuatl, así como las transcripciones que hizo de documentos legales y escrituras de territorios comunales. ¿Cuál dirías tú que es el legado que estamos por descubrir de Chimalpopoca?
BMD: La herencia más clara que vamos a tener de Chimalpopoca en este campo son sus transcripciones. ¿Por qué? Porque son documentos originales que él tuvo a la mano y que hoy, lamentablemente, por una u otra razón, han desaparecido. Muchos historiadores, inclusive muchos de los que criticaron a Chimalpopoca, han utilizado su trabajo. La otra aportación importante fue su intento de construir conocimiento con base en la lengua náhuatl. Chimalpopoca, aparte de los de corte más histórico, tiene algunos textos como “El modo de contar de los indios”, una clase de matemáticas escrita en su lengua materna. Tiene otros, como un tratado de lógica grecolatina escrito en su totalidad en náhuatl, que espera a ser traducido y publicado. Eso nos dice mucho de la habilidad que tenía Chimalpopoca para conectar diferentes tradiciones culturales, no solamente la castellana y la náhuatl, sino inclusive la griega y latina, dos lenguas de las que era un hablante culto.
OB: Considero que no es coincidencia que este libro aparezca en un momento en el que hay un debate muy fuerte sobre la defensa del territorio, un problema que siempre ha sido grave en las periferias, como, por ejemplo, y como lo sabes bien, en un lugar como Tláhuac. En un contexto de asesinatos de defensores del territorio, y en el que hay una ofensiva a escala global contra ellos, ¿qué le podría decir Chimalpopoca a la gente que está resistiendo?
BMD: Faustino Chimalpopoca Galicia es el claro ejemplo de una larga tradición intelectual: la de los pensadores de estas comunidades originarias, quienes tuvieron mucho que ver en la reformulación de la cultura comunitaria y la defensa territorial, dos asuntos indisolubles. Hoy en día estamos viviendo tiempos muy convulsos que se asemejan mucho a ese siglo XIX mexicano, en tanto que el territorio de las comunidades está en juego y en peligro. Hoy, como en aquel entonces, la mayoría de este territorio está en manos de ejidos, comunidades y regímenes de pequeña propiedad. Ante esta ofensiva —tanto de transnacionales, empresas extranjeras y nacionales, y, lo más violento, el crimen organizado, que está asesinando a los defensores de los territorios—, considero que Chimalpopoca puede ser una figura inspiradora que nos podría alentar a seguir luchando por conservar todo este legado. Su caso me lleva a pensar en lo que decía Walter Benjamin sobre las personas comprometidas; es decir: el historiador consciente y comprometido con la historia tratará de encender la chispa de la esperanza que existe en el pasado. Fijarnos en una figura como Faustino Chimalpopoca puede encender una chispa de esperanza para este presente y el futuro que nos tocará vivir.
