Por aquellos años, las clases con mayor audiencia en la Facultad de Filosofía y Letras eran las de Enrique Dussel y Bolívar Echeverría. Los alumnos más precavidos llegaban con mucha antelación para apartar lugar. Para el momento de iniciar la clase, el aula era un solo apelmazamiento de cuerpos gobernado por las leyes físicas vigentes en microbuses y vagones de metro (el espacio es un invento de la voluntad: los contenedores finitos son una superstición excluyente). En el amontonamiento, el deseo de aprender era una realidad vaporosa.
Enrique Dussel se presentaba puntualmente en el aula. Con los años, sus clases habían dado forma a un universo narrativo que combinaba información, referencias históricas y desvíos autobiográficos: el fallido atentado contra su vida a manos del terrorismo anticomunista (los libros de su biblioteca dañados por la bomba); sus conversaciones con Lévinas y sus desacuerdos con Karl-Otto Apel (entonces le contesté: ¿usted vive porque habla o habla porque vive?); conferencias dictadas en las cuatro esquinas del mundo, ora para públicos especialistas, ora para multitudes militantes; el manejo de quién sabe cuántos idiomas (¿cinco, siete?) y por lo menos dos alfabetos (¡miren que mantengo mi buena caligrafía hebrea!). Buen contador de historias, Dussel hacía de sus clases un periplo donde el pensamiento desfacía entuertos (¡Esa es una concepción fe-ti-chi-za-da!), se medía con gigantes (Benjamin dijo que… Derrida dijo que… Yo digo que…), rememoraba conquistas (¡y eso se lo dije a los profesores de Harvard y no lo sabían!) e informaba del descubrimiento de reinos nunca vistos (Y entonces dije: ¡Acha, esto es algo totalmente nuevo!).
Si había un hilo conductor de los cursos, era la crítica del eurocentrismo y la necesidad de pensar desde América Latina (¡Estamos en la cumbre del pensamiento mundial!). Dussel urgía a construir una filosofía genuinamente universal, exigiendo más atención al pensamiento latinoamericano en general y al suyo en particular (la Lógica de Hegel —recordaba— en realidad la escribieron sus estudiantes a partir de las notas de clases; e intercalaba una pausa para que los estudiantes captaran la no tan indirecta invitación a hacer lo propio). Vaya que era alto el sitio que le concedía a su filosofía. En los pasillos, circulaban rumores acerca de las propuestas de periodización más maximalistas que alguien le había escuchado: Aristóteles, Marx, Yo. O bien: Tales, Descartes, la Filosofía de la Liberación. La banda le correspondió creando irreverente mote: ahí va Diossel.
Creo que estas licencias nunca fueron recibidas por la audiencia como actos arrogantes. Dussel se había ganado a pulso el derecho a hacerse escuchar. Había trabajado como un endemoniado, lo que significa no sólo que había dedicado muchas y disciplinadas horas al oficio, sino que lo hacía bajo la convicción de responder a un llamado y la certeza de que la filosofía tiene una misión salvífica. Con esa responsabilidad encaró cada página y se presentó a cada una de sus clases. Si fue un profesor tan entrañable, creo, fue porque sólo podía entender la filosofía como destino y apostolado —la enseñanza, por ende, no podía ser sólo la transmisión de un conocimiento, sino el esfuerzo por transmitir una pasión—. En una época en que el académico es forzado a convertirse en metralleta de artículos, coleccionista de ítems añadibles al CV, él reivindicó la posibilidad de una vida como proyecto filosófico y de la filosofía como un compromiso vital.
La muerte de Enrique Dussel pone fin a una vasta obra filosófica. Pero también, y sobre todo, a aquello de una filosofía que no es vertible en textos: voz, rostro, gestos. La atmósfera de las aulas pletóricas. Y en el medio, su presencia arrojada, fraternal y convencida.
Vaya el profesor Dussel a comparecer ante los dioses en el juicio de las almas. Diga que su filosofía procuró cumplir con los deberes de la vida: defendió al humilde, despertó al somnoliento, entusiasmó a un gentío. Acha, damos fe.
P. D.: Profe, le prometo ya nunca leer a Habermas. Va por usted.
Imagen de cabecera: cortesía del monero Hernández.
