A la orilla de un canal de aguas negras, invisible por la alta y abundante vegetación agreste que crece en su ribera, pero que se hace presente por su olor y su sonido, se encuentra el lugar de trabajo de Lulú,1 una mujer de 46 años de edad que, apoyada de una pequeña mesita y a la sombra de un frondoso pirul, vende bolsas de botana, sándwiches, aguas frescas y cigarros sueltos a traileros y trabajadores de las plantas de la industria petroquímica y papelera ubicadas en la Avenida Hidalgo, en Santa Clara Coatitla, municipio de Ecatepec de Morelos. Este sitio hace parte del ya viejo pero aún vibrante corredor industrial que, al norte del Valle de México, comenzó a establecerse a partir de la década de 1940, a orillas del Gran Canal de Desagüe.

El pequeño emprendimiento de Lúlu prospera porque la Avenida Hidalgo es, más que avenida, un puente, en un sentido literal pero también figurativo. Como un apéndice, el puente que atraviesa el afluente de aguas negras es continuación de la Avenida Hidalgo que a su vez se conecta con la Vía Morelos, el antiguo camino México-Pachuca. Así, el lugar de trabajo de Lulú es un paso de tránsito vital, no sólo para el sector industrial y los pesados camiones de carga que le abastecen de material, sino también para la población de la colonia vecina: la Miguel Hidalgo, que se encuentra del otro lado del canal y donde Lulú ha vivido toda su vida.

En este puente, el constante tránsito de tráileres, automóviles, mototaxis, bicicletas y motonetas se ve frecuentemente interrumpido por el paso o las maniobras del ferrocarril que corre paralelo al canal. El tiempo perdido en la espera para cruzar se convierte en oportunidad para Lulú, quien también vende sus productos a los desesperados conductores y transeúntes.

Foto: Ariana Mendoza, junio de 2024

Pero aún con lo transitado que es este paso, es sólo eso: un lugar de paso, un lugar desolado. En este sitio confluyen las calamidades y prosperidades históricas de Ecatepec. Como Lulú, las personas que se emplean directa o indirectamente en la industria del municipio han encontrado aquí una manera de ganarse la vida, pero al mismo tiempo lidian con la pérdida y el desgaste de sus propias vidas y las de sus vecinas y vecinos.

Una mañana de sábado, envueltas en la polvareda que levantan las maniobras de los tráileres y del ferrocarril, Lulú me aconseja que, cuando vuelva a mi casa, llegue a bañarme, porque ese, me advierte, “no es un simple polvo: trae porquería de las fábricas, químicos o no sé qué”. Eso explica por qué los dos puestos de comida corrida que se encuentran instalados de manera provisional y austera en este paso, en los que se alimentan los trabajadores de las fábricas, están recubiertos con plásticos por todos lados.

A los pocos minutos, justo delante de nosotros, una manguera comienza a arrojar un líquido grisáceo y espumoso, flujo del que se deshace con cinismo la fábrica de materiales de fibrocemento que está a un costado. Lulú dice que eso es algo habitual y que ese día corrí con suerte, porque el suelo estaba húmedo por las lluvias de la noche anterior. Cuando el suelo está seco, el aire levanta con mayor facilidad la tierra mezclada con “eso que traen esas aguas y que quién sabe qué sea”, dice Lulú, quien, si bien no tiene certeza de lo que se vierte, sí está segura de lo que ese flujo no identificado le provoca: “cuando menos veo, me empieza a dar comezón por todos lados. A veces arden los ojos, o se irrita bien feo la piel”. Aún así, ése no era el mayor malestar cotidiano para Lulú en esos días. 

El viernes 24 de mayo de 2024 medios de comunicación difundieron el hallazgo del cuerpo de una mujer sin vida y los restos del cuerpo de otra, ambas no identificadas, a la orilla del Gran Canal, a la altura de la colonia Miguel Hidalgo. Fue Lúlu, precisamente, quien los encontró, cuando, como cada mañana, alrededor de las siete, pasaba en su motoneta a la orilla del canal para llegar a su lugar de trabajo. Desde aquel día, Lulú no ha podido dormir bien: le atormenta la imagen de ese hallazgo. Sin embargo, siente que nada puede hacer: “Es mejor que lo supere. No puedo vivir con miedo siempre, porque tengo que venir a trabajar y ése es mi paso diario. Ahora ya paso rapidito sin asomarme más para allá”. Me inquieta su relato, pero sobre todo, la naturalidad con la que intenta tomar la situación. Al verme un tanto descolocada, me dice, como en una especie de consuelo, que ese tipo de acontecimientos no son nada nuevo: “eso siempre ha pasado aquí; pasa muy seguido”.

La frecuencia de este tipo de hallazgos explica que, según los trabajadores de las fábricas, los traileros y la misma Lulú, suelan “espantar” por las noches en ese sitio: “Son muchas ánimas en pena que andan por aquí y que no han tenido santa sepultura. Por eso se oyen como llantos por las noches […], más que nada de una mujer; decimos que es la Llorona, esa sí se aparece últimamente muy seguido”, me comparte un trailero, quien transporta cartón reciclado para la fábrica papelera y suele pasar la noche esperando a “ser descargado” en la cabina de su tráiler, estacionado a la orilla del canal.

Foto: Ariana Mendoza, junio de 2024

Lulú coincide con él: “si no es el miedo a que te asalten o violen, es el miedo a que algún ánima te meta un susto”. Pero insiste en que, pese a la frecuencia de este tipo de hallazgos en los alrededores del canal, algo que percibe distinto es la forma en la que en los últimos años se encuentran los cuerpos, o, mejor dicho, las partes de los cuerpos arrojados al caudal o a las orillas de éste: “como que las muertes son cada vez más sádicas”, dice mi interlocutora. Y así como otras investigadoras y periodistas lo han documentado en otros canales vecinos que se interconectan con éste (Torres y Smith 2023; Carrión 2018), Lulú tiene claro que, durante los últimos años, las víctimas son cada vez más mujeres. Esto no me lo compartieron mis interlocutores ni Lulú, pero es posible que por eso sea, precisamente, la Llorona —el personaje mítico de una mujer que ha sufrido y reproducido la violencia patriarcal— quien se lamenta cada vez con más frecuencia e intensidad en este lugar.

La experiencia de vida de Lulú y de este particular lugar de paso por el canal es sólo uno de los heterogéneos relatos y experiencias de violencia, miedo, precariedad e inseguridad; pero también de tenacidad y arraigo territorial que distintas personas me han compartido desde que en noviembre de 2023 he seguido el rastro del Gran Canal de Desagüe por el municipio de Ecatepec de Morelos.2

Observando etnográficamente, entrevistando y estableciendo pláticas casuales con los habitantes de sus colonias vecinas, he recorrido un vieja pero amenazante infraestructura hidráulica. Se trata de una gran grieta en el suelo que fue excavada entre 1889 y 1900 por dragas inglesas y mano de obra indígena forzada a trabajar (Connolly, 1997; Perló, 1999) para desaguar los lagos de San Cristóbal y Texcoco, al norte del Valle de México, así como para desalojar las aguas del drenaje de una capital de modernización en ciernes. El Gran Canal fue una hazaña del porfiriato, pomposamente celebrada por finalmente culminar la campaña, iniciada desde la colonia, para crear una salida artificial a la cuenca cerrada del Valle, donde las aguas del sistema de lagos formados por los escurrimientos de las sierras que la rodeaban acechaban a la capital.

Ésta es, pues, una infraestructura hidráulica construida hace más de un siglo para canalizar los flujos de agua (limpia y sucia) de la capital hacia su periferia norte. Sin embargo, por el hundimiento diferencial del suelo de la cuenca, se perdió la pendiente natural y esa infraestructura dejó de cumplir eficientemente con su cometido tan sólo tres décadas después de haber sido inaugurada. Actualmente, mediante el Gran Canal sólo se lleva a cabo el 10% del desagüe que posibilita toda la infraestructura de drenaje de la ZMVM, mientras que el resto se logra gracias a la infraestructura del Drenaje Profundo, el que aún por debajo del suelo sigue atravesando la periferia norte del Valle hasta verter las aguas negras en la cuenca vecina de Tula, reiterando el territorio norteño como la cloaca de la ciudad.

De tal manera, mientras el drenaje profundo transporta las aguas residuales y pluviales de la Ciudad de México bajo tierra, el Gran Canal, a cielo abierto, es actualmente ineludible en la cotidianidad del municipio ecatepense. No sólo porque es su principal infraestructura de drenaje —a ésta se conectan tanto los drenajes domésticos como los industriales del municipio—, sino porque ha trascendido esta función. Hoy, el Gran Canal, además de desagüe, es, entre otras cosas, desde uno de los principales vertederos de la basura municipal, hasta la posibilidad de un espacio para la vivienda de muchas familias pobres que se han asentado en sus orillas. Es una infraestructura que coproduce desigualdades y violencias: fracturando, contaminando, marginando a la población y convirtiéndose en lo que la periodista Lydiette Carrión (2018) ha nombrado como una “fosa de agua”, donde familiares que buscan a sus personas desaparecidas, como el colectivo Uniendo Esperanzas y el Colectivo Red de Madres Buscando a sus Hijos, suelen realizar jornadas de búsqueda en puntos donde se sedimentan sus flujos, allí donde se convierten en lodos y montañas de basura entre los cuales estas madres, sobre todo, rastrean indicios de cuerpos humanos.

La vinculación de los espacios de desagüe con experiencias y sentidos relacionados a la muerte y el peligro revela no sólo una crisis social, sino también la violencia ambiental que ha sido clave para construir la ciudad, para conquistar y transformar esta ciudad en tierra seca y a su periferia en un paisaje cotidiano de desecho, habitado por sectores populares, para quienes, junto a las desigualdades socioeconómicas, se suman las desigualdades ambientales de vivir en las geografías del desagüe. Como la antropóloga Sandra Rozental (2023) lo ha planteado, las aguas negras de la ciudad condensan en su propia materialidad capas acumuladas de violencia, al estar conformadas tanto por los residuos materiales de la vida humana como por los restos de cuerpos de agua y cuerpos humanos ahora ausentes. 

Al leer estas aguas negras a la luz de la política estatal de la desecación, es posible entender cómo, junto a la violencia más explícita, el canal transporta una historia profunda y enredada de flujos de violencia lenta (Nixon, 2011); es decir, violencias que son imperceptibles por su prolongado efecto en el tiempo y espacio, y cuyas causas y consecuencias son, por lo mismo, difíciles de reconocer.

Foto: Ariana Mendoza, junio de 2024

De tal manera, y al contrario de las descripciones, legitimadas por la opinión pública y el sentido común, que tratan, a lugares como Ecatepec, como ‘tierras de nadie’ o ‘sin ley’, en donde la estructura del estado está ausente, la historia del Gran Canal nos muestra que de hecho el estado ha estado muy presente. Es sólo que su presencia es paradójica, selectiva y ambigua, pues intenta construir su campo de legalidad y legitimidad a partir de producir su otredad contaminada, sucia, ilegal. Este doble proceso de integración y exclusión simultánea revela que la infraestructura es una tecnología clave del proceso de construcción del estado, al tiempo que refuerza la idea de que existen fronteras ingobernables. En esta coyuntura, la historia reciente de personas desaparecidas, la cotidianidad de los crímenes y los esfuerzos de varios siglos para transformar los cuerpos de agua del Valle de México en una de las ciudades más grandes y más pobladas del planeta se mezclan a tal grado que es difícil desagregarlos; se potencian mutuamente, intensificando así los efectos de diferentes formas de violencia. Sin embargo, hay algo bien identificable en este enredo: el persistente papel de la violencia estatal y su lógica desechadora, que vulnera y margina, sistemática y selectivamente, a ciertos territorios y sujetos.


Referencias:

Carrión, Lydiette, (2018). La fosa de agua. Desapariciones y feminicidios en el río de los Remedios, Penguin Random House, Grupo Editorial.

Connolly, Priscilla (1997). El contratista de don Porfirio. Obras públicas, deuda y desarrollo desigual. Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica, Universidad Autónoma Metropolitana, El Colegio de Michoacán.

Nixon, Rob (2011). Slow Violence and the Environmentalism of the Poor. Harvard University Press.

Perló Cohen, Manuel (1999). El paradigma porfiriano: historia del desagüe del valle de México. México: UNAM /Porrúa.

Rozental, Sandra (2023). “Cuerpos de agua: La materia oscura de la ciudad” en Gnecco, Cristóbal y Mario Rufer (Coord.) El Tiempo de las Ruinas.  Bogotá-Ciudad de México: Universidad de Los Andes-Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco.

Torres, María y Smith L. (2023). “Deep Forensics for a More-than-Human Justice”. Antípoda. Revista Antropología y Arqueología 50: 173-195.


Nota:

  1. Los nombres de las y los entrevistados han sido sustituidos con seudónimos. ↩︎
  2. Gran parte de este trabajo de campo fue realizado en compañía de César García Flores, estudiante del Posgrado en Psicología Ambiental de la UNAM, a quien agradezco ampliamente su colaboración. ↩︎