(Segunda de cuatro partes)
En la entrega pasada, situé en los Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, de Maurice Dobb, el punto de arranque de un debate de largo aliento sobre el problema de la transición al capitalismo, que podría resultar hoy día de interés ante la coyuntura política actual. Toca ahora, tras discutir el enfoque de la obra, abordar la interpretación que su autor nos ofrece sobre el origen histórico del capitalismo. Dobb parte de la tesis de que el capitalismo surgió en Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XVI y la primera mitad del XVII, cuando la esfera de la producción quedó subordinada al dominio determinante del capital. No niega que sea posible identificar ciertas tendencias características del capitalismo, ya desde el siglo XIV, en determinadas zonas de Europa. Pero la escala y el desarrollo de esos casos impide hablar de la consolidación de un nuevo modo de producción
La primera cuestión a tratar tiene que ver con la crisis del feudalismo y el crecimiento de las ciudades. El feudalismo, como modo de producción, no se caracteriza por las relaciones jurídicas de vasallaje que vinculan a los señores feudales entre sí, sino por la relación de servidumbre y la forma en la que los señores explotan a los productores directos, en su mayoría campesinos, quienes adquieren obligaciones personales hacia un señor, quien, a su vez, se apropia de una renta, bien bajo la forma de trabajo gratuito, bien bajo el pago en especie o en metálico. La fuerza coercitiva que permite esta apropiación se lleve a cabo se apoya en elementos extra económicos, política y jurídicamente constituidos. Hay un motivo para esto: bajo el modo de producción feudal, el productor directo dispone de los medios de producción necesarios para trabajar por cuenta propia. Esto dota de particularidad al feudalismo. En el modo de producción esclavista, el esclavo trabaja en condiciones de producción ajenas y su fuerza de trabajo pertenece íntegramente al amo, quien lo reduce a la condición de un medio de producción más. El capitalismo comparte con el esclavismo el hecho de que el productor directo no es dueño de los medios de producción con los que trabaja. Pero se diferencia tanto del esclavismo como del feudalismo por un hecho fundamental: el productor es libre de vender su fuerza de trabajo y no está obligado por ninguna coerción extraeconómica a entregar parte del excedente al dueño de los medios de producción. Bajo las condiciones de producción capitalista, la apropiación tiene lugar durante, y no después, del proceso productivo y se realiza conforme a un contrato jurídicamente libre entre las partes. Que, además de esa peculiaridad, el feudalismo venga asociado a un nivel muy primitivo de desarrollo de las fuerzas productivas, que pueda caracterizarse como una “economía natural” orientada hacia el uso y no hacia el mercado, o que se acompañe de la descentralización política son cuestiones secundarias que distan mucho de ser coextensivas con la relación fundamental de servidumbre. El vínculo entre estos elementos secundarios y el modo de producción feudal es contingente, no necesario.
Partiendo de esta definición, Dobb cuestiona la tesis defendida por Pirenne, quien sitúa el origen del capitalismo en la reactivación del comercio y en el renacimiento de las ciudades durante los siglos XII y XIII. Sin duda, sin estos procesos el capitalismo no se habría desarrollado, o al menos no lo hubiera hecho de la forma en la que lo hizo. Pero basta un simple ejercicio de historia comparada para percatarse de que la tesis mercantil no logra explicar por qué la experiencia de la Europa occidental y oriental evolucionaron en direcciones distintas. Como señala Pirenne, en ambas esferas se produjo una reactivación del comercio internacional vinculado en gran medida al renacimiento urbano del siglo XIII. Sin embargo, a lo largo del siglo XIV, en occidente se experimenta una crisis de la servidumbre, mientras que en Europa oriental se refuerza y extiende. Tampoco resulta satisfactorio, como lo hace la tesis mercantil, explicar la crisis feudal por la progresiva monetarización de la economía. Hay pruebas para sostener que la sustitución de la renta feudal por pagos en metálicos contribuyó tanto a disminuir como a incrementar la servidumbre[1].
Lo que Dobb echa en falta en la interpretación de Pirenne es un análisis de las fuerzas internas del modo de producción feudal que disolvieron las relaciones sociales que le eran característica. Si el comercio y la mercantilización ejercieron alguna influencia en la crisis del feudalismo lo hicieron en función del carácter y de la dinámica interna del modo de producción feudal (61). Dobb identifica esta dinámica con el efecto combinado de dos factores: la ineficacia del modo de producción feudal y la necesidad de la clase señorial de acrecentar la extracción de la renta. La escasa productividad del feudalismo tenía su origen, no sólo en la ineficiencia de los métodos empleados por los productores, sino en la falta de incentivos para mejorarlos bajo la lógica parasitaria que gobernaba las exacciones señoriales (62). Por otro lado, la necesidad de la clase señorial de acrecentar la renta feudal estuvo motivada por la competencia entre nobles que se intensificó de forma dramática a partir del siglo XIV, fundamentalmente debido al aumento demográfico del contingente nobiliario, al incremento de la demanda de productos suntuarios —que no era sino parte de una estrategia simbólica de cohesión y competencia entre los séquitos señoriales— y la necesidad de mayores recursos militares ante al escenario de guerra generalizada (64).
La combinación de escasa productividad y de una intensificación de la competencia por el volumen de renta resultó fatal para el propio sistema y condujo a un agotamiento de la fuerza de trabajo que lo sostenía. El efecto que produjo esta nueva presión sobre los productores fue el de una deserción en masa de las tierras señoriales, fenómeno que alcanzó, en lugares como Inglaterra, proporciones catastróficas. Y, aunque los señores intentaron cortar esa sangría mediante métodos represivos, el problema fue de tal envergadura que acabó generando un nuevo motivo de competencia entre los nobles para atraer y seducir a siervos de dominios vecinos (66)[2].
La respuesta de la nobleza frente a esta situación no fue uniforme y, precisamente, de la diversidad de estrategias dependió el desarrollo posterior de la historia económica de las distintas partes de Europa (70). En principio, la nobleza intentó reforzar las cargas feudales y reafirmar la adscripción de los siervos a la tierra. Esta ofensiva nobiliaria tuvo especial éxito en Europa oriental. Pero en Europa occidental, una vez que la reacción señorial se demostró ineficaz, comenzaron a desarrollarse nuevas estrategias que transformarían de manera decisiva la naturaleza y la intensidad de las cargas serviles. Factores de índole político y social, tales como la fuerza de resistencia campesina, el poder de los señores locales o la relación de éstos con la Corona desempeñaron un papel relevante en el desenlace de cada situación (71). Pero Dobb considera que, más allá de estos factores, el elemento decisivo fue de tipo económico.
Veámoslo en dos casos fundamentales, según señala el propio Marx en el Capítulo XXIV de El Capital: la contratación de mano de obra asalariada y el arrendamiento de parte de la propiedad señorial. Enfrentado al callejón sin salida de la crisis de la renta, el señor feudal que optaba por abandonar las prestaciones obligatorias se enfrentaba a dos opciones: arrendar la reserva señorial o contratar trabajadores por un salario. Fijémonos en el segundo caso. Según Dobb, el factor determinante era la relación entre la fuerza de trabajo y la tierra disponible. Para que la contratación de trabajadores fuera una opción viable era necesario contar con una reserva de trabajadores cuyo nivel de productividad fuera en proporción, mayor que los salarios (75). Así, por ejemplo, en Inglaterra la fase en que la fuerza de trabajo fue escasa y cara coincide con un intento por reimplantar las viejas obligaciones feudales, mientras que la nueva tendencia de los siglos XV y XVI lo hace con un creciente avance de la contratación asalariada (77). El mismo propósito económico orienta la estrategia de arrendamiento: mientras más escasa fue la tierra en relación a la fuerza de trabajo, más elevada solía ser la rentabilidad, por lo que, bajo esta coyuntura, los señores encontraban incentivos adecuados para sustituir los siervos por arrendatarios (79).
La tesis de Dobb lograría entonces explicar, a partir de una fuerza interna al propio modo de producción, la divergencia entre el caso occidental y oriental: la correlación entre (mucha) tierra disponible y (poca) fuerza de trabajo productiva generó las condiciones para que la nobleza del este optara y lograra intensificar la servidumbre en el mismo momento en el que sus homólogos occidentales optaban por explorar nuevas estrategias. No deberíamos suponer, en todo caso, que siempre y en todo lugar el arriendo o la contratación de mano de obra supusiera la disolución de la servidumbre (83-84). Ambas implicaban sustituir una forma de renta feudal (trabajo obligatorio) por otro tipo de pago (intercambio monetario). Pero en ningún caso perdían, de entrada, su carácter obligatorio: el productor, fuera arrendatario o asalariado, carecía de libertad de movimiento y dependía para su sustento, no de la coacción impersonal del mercado de trabajo, sino de la relación personal con el señor. Además de que una cosa no sustituyó a otra de golpe. Convivían.
Por otro lado, según Dobb, Pirenne tiene razón en señalar que el ascenso de las ciudades como cuerpos organizados y centros de comercio fue un elemento que contribuyó a generalizar el pago en metálico de la renta feudal. Pero advierte que: “Si bien estos centros independientes de comercio y tratos contractuales representaban cuerpos extraños cuyo crecimiento coadyuvaba a la desintegración del orden feudal, sería erróneo considerarlos como si fueran, en esta etapa, microcosmos de capitalismo” (93).
Dobb comienza su estudio sobre las ciudades y los inicios de la burguesía desplazando su centro de atención de las manifiestas desigualdades que, ya en el siglo XIV era posible apreciar en las comunidades urbanas, hacia la forma en la cual se obtenían los ingresos. Distingue así un primer grupo que se corresponde con lo que Marx definió como “régimen de pequeña producción”; es decir, un sistema de producción artesanal orientado hacia el mercado local, de venta por menudeo y sin un rango de ganancias lo suficientemente grande como para generar una fuente de acumulación de capital (112). De este sistema surge posteriormente “una clase privilegiada de burgueses que, desprendiéndose de la producción, empezó a dedicarse de manera exclusiva al comercio mayorista”(113). Aquí, el margen de ganancias sí posibilitaba un proceso de acumulación.
Según la teoría económica clásica, la riqueza de esta burguesía mercantil se origina al desplazar mercancías de un mercado a otro que carece de ellas. “Comprar barato y vender caro” es la lógica que, en última instancia, explica el proceso de acumulación de la burguesía mercantil. Pero, según Dobb, esta tesis no logra explicar adecuadamente por qué el margen de ganancia de este nuevo tipo de comercio fue tan grande y por qué se mantuvo así durante tanto tiempo (115-116). No debemos olvidar que, en este periodo, el comercio exterior consistía esencialmente en explotar alguna ventaja política o militar. Por otro lado, y una vez que los comerciantes de los burgos lograron organizarse, presionaron para obtener derechos de monopolio sobre dichos mercados, lo que los situaba en una posición ventajosa frente a productores y consumidores. El primer método, basado en gran medida en el expolio y el saqueo, se corresponde con lo que Marx denominó en El Capital como “acumulación originaria”; el segundo remite a una suerte de “explotación a través del comercio”; es decir, a la apropiación del excedente de los productores, incluyendo parte de la renta feudal, mediante y gracias a esa posición ventajosa en el mercado.
Por esta razón, recuerda Dobb, debemos ser cuidadosos al valorar el papel de esta burguesía mercantil en el desarrollo del capitalismo. Las formas de acumulación que le son características, lejos de convertirla en una fuerza disolvente del feudalismo, hacían de ella un parásito interesado en conservar la vida de su huésped. Pronto convertida en una suerte de patriciado, usó su poder oligárquico para consolidar y ampliar sus privilegios sobre el comercio y para desactivar las demandas democráticas de los artesanos urbanos (126). Se entiende entonces la facilidad con la que esta clase estableció compromisos económicos, sociales y políticos con el orden feudal (150-151). El grado de desarrollo del capital comercial entre los siglos XIV y XVI, concluye Dobb, no puede considerarse como índice de transición hacia el capitalismo. La explicación de la transición debe buscarse en otro lado.
Marx distinguió dos formas por medio de las cuáles el capital comenzó a ejercer una influencia determinante sobre la producción (Marx 323-325). En virtud de la primera, la burguesía comercial hace que el campesino o el pequeño artesano trabaje para él, pero no transforma el proceso productivo. El capital comercial se convierte en capital manufacturero sólo en el sentido de que convierte a los productores en sus clientes o de que compra directamente a quienes producen por cuenta propia, pero respeta la independencia del proceso productivo y no introduce el menor cambio en sus productos: simplemente los comercializa. En virtud de la segunda, un sector de los mismos productores acumula capital y comienza a comprar por sí mismo los materiales que necesita, y ofrece sus productos, no ya a un determinado comerciarte, sino directamente a un mercado de clientes. El productor se convierte ahora en comerciante en el sentido de que se independiza del capital comercial, al que acaba subordinando. Lo importante en todo caso es que, en un determinado momento, los beneficios obtenidos de esta forma se reinvierten en la producción, reordenándola ahora sí bajo criterios específicamente capitalistas. Según Marx, esta segunda forma marcó el camino realmente revolucionario. La primera, en cambio, se interpuso al desarrollo del capitalismo y fue finalmente superada. Así, Dobb sostiene que existen las suficientes pruebas para afirmar que, entre mediados del siglo XVI y principios del XVII, se estaba produciendo en Inglaterra el tipo de transición revolucionaria a la que Marx se refiere en El Capital (155-156), como veremos en la entrega siguiente de este texto.
(La tercera entrega de este texto saldrá publicada el martes 8 de octubre)
Notas:
[1] Una cosa es la naturaleza de la obligación que se le impone al siervo, y otra el grado de explotación al que es sometido (87-88). Ambas variables no se correlacionan de forma necesaria. El caso de Inglaterra y Rusia contrastan al respecto: mientras que en Rusia la transición del trabajo obligatorio a las obligaciones monetarias no supuso el fin de la servidumbre, en Inglaterra la tendencia a la conmutación de una forma de renta por otra acabó yendo de la mano de una disminución de las obligaciones feudales.
[2] Dobb discute aquí los fundamentos de la tesis demográfica que, como se verá, constituye una de las cuestiones fundamentales durante la segunda etapa del debate sobre la transición. Grosso modo, la tesis demográfica señala que, debido al espectacular descenso de la población en el siglo XIV, especialmente como efecto de la peste negra, se produjo una disminución crítica de la fuerza del trabajo. Esto explicaría el descenso de la renta feudal que sostenía el sistema y con ello la crisis terminal del feudalismo. Según Dobb, este descenso de la población tuvo sin duda mucho que ver con la crisis del feudalismo, pero no constituye su factor explicativo. La escasez de mano de obra, tanto en Inglaterra como en el Continente, había comenzado antes de que la epidemia estallara a mediados del siglo XIV. Adelantándose incluso a la tesis de Guy Bois, Dobb considera que la desnutrición causada por la crisis del campesinado ante el efecto combinado de la escasa productividad y de la presión feudal, explicaría la exposición de la población a la propagación de la enfermedad (67-70).
