James C. Scott (2017). Against the Grain. A Deep History of the Early States. Yale University Press.
¿Cuál es la lógica del poder en los Estados modernos? Ésa es la pregunta que guió a James C. Scott para intentar comprender la dinámica de los diversos grupos dominantes y, sobre todo —en consonancia con la conocida veta anarquista que recorrió su vida y su obra—, las posibilidades de la resistencia de los dominados. En particular, en Against the Grain nos invita a preguntarnos cómo llegamos al Estado, esa forma de organización que pareciera que lo contiene todo, que se ha extendido por todo el mundo y que se nos ha narrado como el pináculo del progreso. Se nos ha contado que el asentamiento de los grupos humanos y el sedentarismo fueron los que permitieron la cultura y la innovación tecnológica, y que la agricultura fue el motor del progreso; sin embargo, en tanto que persisten las condiciones de desigualdad y exclusión en las estructuras estatales, cabe preguntarse por la pertinencia de ese relato, no sin dejar de advertir cómo es usado por las teorías liberales, las cuales plantean al Estado como la solución a la barbarie de la naturaleza humana o cuando menos como un mal necesario que se acepta por un bien mayor.
El Estado puede ser muchas cosas, pero no es natural ni está dado; entonces, vale la pena rastrear su configuración. En algunas otras obras como Seeing Like a State (1988), Scott había recurrido a otras latitudes y a otras épocas para tratar de encontrar el fundamento del Estado, por un lado, y, por el otro, para relatar cómo ha existido una diversidad de organizaciones que no se reducen a la forma de origen occidental y luego expandida a otras latitudes. Así, lo que encontramos alrededor de esta estructura es una narrativa dominante, mantenida por quienes detentan el poder. Por eso, al observar la historia, encontramos que el motor del progreso no es el Estado: si la clave del avance de muchas agrupaciones humanas está en la agricultura, entonces existe un desfase complejo que pone en duda la narrativa canónica.
Las primeras agrupaciones estatales emergieron en el aluvión de la antigua Mesopotamia hace al menos 3,100 años, mientras que los primeros vestigios de asentamientos sedentarios y de agricultura son de hace 10,000 años en las estimaciones más tardías. Allí hay una brecha importante que nos deja ver que estos fenómenos no van de la mano, pues si bien la agricultura se vuelve condición para el surgimiento de asentamientos estatales, ello no quiere decir que la agricultura no sucediera también en otros contextos, incluso en aquellos en los que el nomadismo era la norma y no la excepción. En la narrativa estatal, lo que es distinto al modelo agrícola, como el nomadismo y otros modos de subsistencia no agrícolas basados en la caza y la recolección, son vistos como formas superadas luego de la invención de la agricultura en la idea de progreso. Y sin embargo no siempre fue así, y esas otras maneras colectivas de subsistencia persistieron a pesar de una estructura estatal sedentaria.
Ahora bien, y siguiendo el interés de Scott por las narrativas que son negadas, vale la pena preguntarnos por qué algunos grupos humanos decidieron dejar de vivir en pequeñas agrupaciones igualitarias de cazadores-recolectores que gozaban de estabilidad y adaptación al cambio, para pasar a establecerse en grandes asentamientos agrícolas endebles y que, sobre todo, se basaron en la desigualdad entre quienes los integraban. Estos cuestionamientos atentan contra la supuesta estabilidad originaria del Estado, pues ayudan a desmontar los grandes mitos fundadores basados en las teorías de Hobbes, Locke o Spencer, y rompen con la narrativa progresista, para encontrar otras explicaciones que tienen que ver, por ejemplo, con el sometimiento del grueso de la población a pequeñas élites que, con el manejo del grano, pudieron condicionar modos de vida diversos y jerarquizados.
El autor plantea que estos cuestionamientos cazan bastante bien con las propuestas explicativas que señalan al concepto de Antropoceno como aquella era de la Tierra (con su respectiva capa estratigráfica) en la que es primordial la influencia e impacto de la actividad humana. En ese sentido, si bien existen diversos debates al respecto de cómo se debe datar, Scott prefiere pasar de las definiciones deterministas que anclan la explicación a ciertos avances tecnológicos o políticos, y lo divide en cambio en un Antropoceno thin (‘delgado’) y un Antropoceno thick (‘grueso’).
En los siete capítulos que componen al libro, organizados de forma cronológica, encontramos ideas que atraviesan toda la obra, pero podemos ubicar una división clara: si en los primeros tres capítulos Sctott aborda las problemáticas del Antropoceno thin (un periodo que, si bien es más extenso, no tiene la misma profundidad que el siguiente), en los cuatro restantes se ocupará del Antropoceno thick (un periodo profundo y explosivo en cuanto a su impacto terrestre). Este último, por cierto, concordaría con algunas propuestas alternativas al Antropoceno, como el Plantacionceno de Haraway (2016), ampliamente discutidas, y que parecieran no tener sentido si no se apoyan en un periodo de formación complejo como el Antropoceno thin, donde se dan las bases y condiciones previas incluso a cualquier forma de organización política humana.
Si queremos hablar del Antropoceno en sus primeras manifestaciones, debemos remitirnos a aquello que nos da cuenta de la primera intervención de la especie humana sobre las condiciones del ambiente: la domesticación del fuego hace 400,000 años. Se trata del evento inaugural de esta era, pues ese avance tecnológico permitiría después establecer relaciones de domesticación con otros elementos del ecosistema, además de traer ventajas adaptativas para los homínidos, en cuanto a la digestión y formación ósea y cerebral, que otros primates no tuvieron. Así, el control sobre el fuego posibilitó que muchas dinámicas del nomadismo se fueran refinando, tanto en la dieta como en las herramientas, todo lo cual facilitó tanto la adaptación al ambiente, como una mayor resistencia a las inclemencias ambientales. Después vino la domesticación de algunos animales y especies de vegetales, lo cual le permitió a la especie humana establecer un nuevo nicho y terminar domesticándose a sí misma. Las relaciones que se establecieron en este periodo fueron complejas e implicaron elementos de poder que no concuerdan con aquel barbarismo del que se acusa a todo aquello que está antes o fuera del Estado.
Desde los primeros vestigios de sedentarismo y de agricultura, hace 10,000 años aproximadamente, en la transición del Pleistoceno al Holoceno y hasta el surgimiento de los primeros Estados, se mantuvo un ecosistema particular que Scott llama el domus, una unidad endeble y compleja, en la cual, luego de las últimas grandes glaciaciones, todos los ecosistemas se encontraban en adaptación. En este periodo, los modos de vida nómadas, basados en la caza y la recolección, parecerían más seguros y más rentables que los asentamientos sedentarios pre-estatales; sin embargo, aunque el cultivo de granos no estaba generalizado, sí persistió y algunos grupos se mantuvieron resistentes. Y aunque existió una estrecha relación entre el cultivo de granos y el sedentarismo, las condiciones para que las comunidades humanas se asentaran ya estaban dadas y se practicaban incluso antes de los primeros grupos agrícolas.
Ya en los albores del Antropoceno thick, podemos ver la relación entre el cultivo de grano, que encontró oportunidad en estos ecosistemas, y la construcción de las élites del poder, pues el ascenso de estos pequeños grupos tuvo que ver con su habilidad para administrar el cultivo, manejar el agua y ejercer su control sobre la población; este dominio le permitió gestionar la escasez y cobrar impuestos. Aquí la forma consolidada llamada “Estado” sería completamente visible ya en las inmediaciones de los ríos Tigris y Éufrates hace al menos 3,100 años.
A diferencia de otros alimentos, el grano posee algunas características exclusivas que marcan la pauta de su relación con el surgimiento de las élites que lo aprovecharon y se posicionaron como dominantes. Primero, el grano, además de brindar una dieta adecuada luego de haberse domesticado por siglos, sirve de unidad de impuestos en especie (es divisible, asible, almacenable, transportable y racionable); brinda pautas para un calendario agrícola; y tiene una maduración visible y simultánea por encima de la tierra, a diferencia de los tubérculos, de los cuales no se puede tener el mismo control porque crecen bajo tierra. A su vez, el terreno de cultivo demandó que la estructura estatal amurallara sus fronteras para cuidarlo. Y no podemos desestimar el impacto que tuvo sobre la cultura, pues por la fiscalización se tuvieron que implementar medios de escritura para administrar la producción de los granos y los impuestos que de éstos derivaran.
En estas condiciones vemos que los Estados se establecen después del control del territorio, sobre la base de la esclavitud. Todo este afán por no dejar nada a la contingencia derivó de lo que no siempre se refleja en la teoría política: la fragilidad de estas estructuras frente a las inclemencias de las condiciones climáticas y los periodos de escasez, pero sobre todo frente a los llamados “bárbaros”, nómadas rebeldes, seres no estatales que se configuraron como la principal amenaza, pues, más que ser saqueadores o free riders, constituían agentes no sometidos y con movilidad que representaban una peligrosa contingencia para la recién creada y jerárquica estructura.
Ésta es la profunda historia que nos cuenta James C. Scott y que, más que buscar una nueva verdad, apuesta por construir, desde la antropología, una visión alterna que nos permita cuestionar las estructuras sociales bajo las cuales vivimos y su historia, en la versión que nos la han contado una y otra vez y que muchas veces damos por sentada. Causa un poco de bochorno cuando leemos de su propia voz que éste es un campo en el que es neófito, pues lo que encontramos aquí es un grandísimo aporte al campo de la discusión política desde una perspectiva robusta y compleja que le hace honor a su gran carrera académica.
Referencias
Haraway, Donna (2016) Staying with the trouble. Making kin in the Chthulucene, Estados Unidos: Duke University Press.
Scott, James C. (1988) Seeing like a state. How certain schemes yo improve the human conditions have failed, Estado Unidos: Yale University Press.
Scott, James C. (2017) Against the grain. A deep history of the early States, Estados Unidos: Yale University Press.
