En los meses recientes se han multiplicado las noticias relacionadas con el uso de celulares en las escuelas. Chile acaba de aprobar, a inicios de diciembre, una ley que prohíbe los dispositivos móviles electrónicos en las escuelas a partir de este año. Cada vez más países prohíben pantallas en los centros educativos, sobre todo en educación básica y media superior. Algunos celebran la medida —principalmente los maestros— y otros proponen regular o educar a los alumnos para un “uso responsable” de la tecnología. Sobra decir que hay decenas o cientos de libros e investigaciones que, desde hace años, muestran los efectos perniciosos de los celulares en las aulas, tales como distracción, falta de concentración, hostigamiento escolar, adicción a las redes sociales, baja autoestima, exposición de información sensible de menores de edad, entre otros.
Un aspecto interesante sobre la prohibición y regulación de la tecnología en el aula es entender la capacidad que tiene cualquier alumno para usar responsablemente un celular en clases. Uno de los principales errores de los promotores de la regulación es considerar a los celulares como herramientas neutrales que pueden ser fácilmente dirigidas a cualquier objetivo: perder el tiempo en un videojuego o, por el contrario, leer un documento académico. El periodista Johann Hari publicó en 2023 El valor de la atención. Por qué nos la robaron y cómo recuperarla, una investigación en la cual aborda la adicción a los celulares y las pantallas. Por medio de entrevistas con especialistas, científicos y extrabajadores de los corporativos tecnológicos, comprueba que la tecnología que está detrás de cualquier celular funciona gracias a diversas técnicas relacionadas con el conductismo; es decir, a partir de la recompensa o el castigo emocional. Al igual que un jugador en un casino, el usuario promedio de un teléfono celular —y aún más los menores de edad— es manipulado para permanecer enganchado la mayor cantidad de tiempo posible a la pantalla. El verdadero negocio, el más redituable, como afirma Hari y muchos otros autores que han investigado el problema, no es la publicidad que aparece en las pantallas, es la atención del usuario para, de esta manera, monitorear su comportamiento. Esa información, posteriormente, forma un perfil que se mercantiliza a espaldas del usuario, incluso cuando éste es menor de edad. Gracias a la atención capturada con miles de estrategias basadas en la psicología conductual y el diseño de las aplicaciones, el estudiante desarrolla una adicción a lo que ocurre en su celular que va más allá de su voluntad o de los posibles castigos en el aula. El mismo Hari experimentó una suerte de “síndrome de abstinencia” —al igual que cualquier drogadicto— cuando se abstuvo del uso de su teléfono y lo reemplazó por un aparato modificado para que sólo permitiera llamadas de emergencia.
¿Un maestro de educación básica, media superior o, incluso, de universidad, puede competir con la atención que demanda el celular en las manos de todos sus alumnos? ¿Se pueden “adaptar” todas las actividades académicas para que el estudiante use la tecnología sin perder de vista los objetivos de la clase? Está de más mencionar la recomendación de numerosos psicólogos y pedagogos para que se regrese a la lectura en papel (sobre todo para textos académicos y más profundos) y la escritura a mano. A pesar de esto, muchas universidades y escuelas siguen promoviendo la digitalización y el uso de las pantallas en el aula sin advertir que la regulación de esta tecnología es cada vez más difícil. Hay un escenario aún peor: los estudiantes que nacieron a inicios de la década pasada habitaron un mundo dominado por las pantallas, las redes sociales y la captura intensiva de su atención. Estudiantes que cursan la preparatoria o, incluso, inician en la universidad no conocen un mundo más allá de los algoritmos y el agresivo ecosistema de internet. Si generaciones anteriores pudieron formarse en un mundo no digital, las nuevas tuvieron pantallas desde la cuna gracias a la normalización, el desconocimiento de sus efectos y la poca crítica a la tecnología que fue moldeando su sociabilidad y distrayendo su concentración.
Un aspecto adicional que complica el problema de los celulares en el aula es la falta de motivación y de interés de los estudiantes en su educación. Desde hace muchos años, la formación académica se ha convertido, en el mejor de los casos, en una carrera por obtener una calificación, un puntaje o un certificado. De esta forma, es muy difícil que el alumno vea a la educación como una oportunidad para desarrollar distintas habilidades, en particular las relacionadas con el pensamiento crítico, escritura y lectura. No hay confrontación entre distintos puntos de vista y los referentes culturales se pierden entre docentes y alumnos (o incluso entre ellos mismos) a partir del mundo personalizado que ofrecen las pantallas. Para cumplir las tareas y avanzar en la escalera meritocrática de la educación es preferible dar una instrucción a plataformas como ChatGPT para generar un texto que no tiene ningún tipo de relevancia para el alumno más allá de pasar la materia.
La investigadora Shoshana Zuboff —socióloga y profesora emérita en la Harvard Business School— publicó en 2019 el libro La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder (la edición en español es de un año después).La investigación exhaustiva plantea, entre muchos otros, un dilema inquietante: la tecnología de internet, con sus plataformas y su funcionamiento (a partir de la captura de información y de las estrategias para manipular la conducta de la gente), ha avanzado a tal velocidad que ha impedido casi cualquier deliberación democrática sobre su uso. Los efectos perniciosos en la educación —evidenciados por estudios desde hace más de una década— se intentan combatir a partir de regulaciones siempre insuficientes por dos razones: el poder político desmesurado de corporaciones como Google, Microsoft y Facebook y el tecnoptimismo que aún es común en una sociedad creyente en que cualquier avance tecnológico es bueno en sí mismo.
La prohibición de los teléfonos celulares en las escuelas no es, por supuesto, una solución mágica a un problema multifactorial que trasciende el ámbito educativo. Desde hace años está en proceso la implementación de una tecnología que no sólo pretende modificar nuestra conducta, sino que obedece a una utopía imaginada por un puñado de personas muy poderosas. Esta utopía pretende normalizar un escenario en el cual nuestro comportamiento pueda ser medido y manipulado las 24 horas del día gracias a instrumentos omnipresentes como los teléfonos celulares, instrumentos de vigilancia que son percibidos como máquinas inofensivas, como herramientas que pueden ser usadas al servicio de la educación. Tal vez, como ya se hace en un número cada vez mayor de escuelas, desconectar al alumnado del ámbito digital —aunque al inicio sea una medida obligatoria— muestre una realidad diferente —más positiva— a todos los involucrados en la educación.
