Los Juegos Olímpicos de 2024 han terminado. Curiosamente, para personas que nunca nos interesamos en el deporte profesional —como es mi caso— estos juegos fueron sin duda inolvidables. Nos llenaron de sorpresa y preocupación, pero a la vez de un cauto optimismo y una pasajera —aunque no por ello poco importante— sensación de victoria. Esto se debe a que, quizá como nunca antes, las olimpiadas se vieron arrastradas a una guerra cultural de escala mundial que terminó por colocar al deporte en segundo plano.

Desde luego, lo anterior no implica que ésta fuera la primera vez que unos Juegos Olímpicos estuvieran politizados y que el contexto mundial terminara por impactarlos. Berlín 36 es, en cualquier caso, un clarísimo recordatorio de que un evento global como éste no puede obviar la geopolítica y sus complejidades. La ausencia de Rusia —y la presencia de Israel— son igualmente recordatorios de este hecho. 

Empero, en esta ocasión no fueron solamente los conflictos entre naciones los que impactaron a este evento deportivo, sino que fue un fenómeno que, como ya he dicho, puede describirse como una guerra cultural. Este último concepto no es inocente, pues denota un desacuerdo o conflicto profundo en el ámbito de los valores y las ideologías que, además, se caracteriza por abarcar a grandes sectores de la sociedad, ya que en estas guerras se juega una visión del futuro y de cómo —y quiénes— habremos de habitarlo.

Asimismo, y de manera por demás interesante, esta guerra cultural no puede mapearse ni explicarse simplemente como un efecto difractado entre bloques geopolíticos en tensión, pues no parece posible empalmarla con ningún grupo de naciones en concreto. No es ésta una coyuntura entre Occidente y sus múltiples otros, pues, como se verá más adelante, al interior de cada estado parece desarrollarse en alguna medida este mismo conflicto. Si bien esto es más claro en América, Europa y Oceanía, hay también ejemplos de esta batalla en África y Asia.

Dicho todo esto es menester aterrizar a qué nos referimos en concreto. Como quizás ya se ha adivinado, estoy aludiendo a por los menos dos incidentes que fueron amplia y profundamente discutidos a lo largo del verano. Por un lado, tenemos a la ceremonia de inauguración de los JJOO, en la cual hubo dragqueens, una banda de metal, performances y, en general, una batería de referencias culturales a la historia y cultura de Francia. Sin embargo, fue la recreación de una pintura que erróneamente se interpretó como La Última Cena por parte de un conjunto de artistas drag lo que disparó una ola de furia reaccionaria por lo que sus rabiosos detractores consideraban una falta de respeto. Las aclaraciones de que estábamos ante El Festín de los Dioses no sirvieron de mucho y no pudieron detener una marejada de recriminaciones que no escondían, detrás de su pretendida sensación de agravio, su profunda homotransfobia. Finalmente, lo que no podían admitir es que las poblaciones sexodiversas estuvieran presentes dignamente en un evento global que no las ridiculizaba y que de hecho las colocaba como protagonistas de una cultura que no está confinada a los bares y que hoy también se viste de gala y recorre los museos.

Por otro lado, tuvimos un conjunto de ataques furibundos contra dos boxeadoras hasta hace poco relativamente desconocidas. Estoy hablando desde luego de Imane Khelif y Lin Yu-Ting. A ambas se les acusó de ser hombres, mujeres transgénero o mujeres intersex. Al final daba lo mismo, porque la intención del señalamiento era colocarlas como usurpadoras de una identidad y una corporalidad que no les era propia. No eran “verdaderas mujeres”, se dijo, sino “tramposos” que buscaban invadir espacios de mujeres y, en nombre de la igualdad, perpetuar la opresión y marginalización de las mujeres. Irónicamente, una injusticia tremenda dirigida hacia estas dos boxeadoras se revistió de un supuesto afán justiciero y feminista que no bastó para ocultar su profunda intolerancia ante las personas trans e intersex, pero también ante cualquier mujer que no encarne la feminidad más ortodoxa. Aquí desde luego no faltó un enorme grado de racismo, tanto al nivel de los supuestos argumentos científicos como al nivel de las notas periodísticas que potenciaron estas descalificaciones atroces; esto es así ya que muchos medios no se molestaron en verificar la supuesta información que compartían y mucho menos se interesaron en averiguar si, en efecto, la testosterona opera así. Prácticamente no hubo medio alguno que reportara que los niveles de testosterona de las mujeres blancas no son los mismos que en otras poblaciones. Mucho menos hubo notas que dijeran que sus efectos no son lineales y que no puede inferirse a partir de tales niveles si una atleta será o no campeona.

En cualquier caso, más allá de los detalles específicos de ambos escándalos, lo que me interesa señalar es una serie de puntos específicos con respecto a esta guerra cultural que estamos viviendo. En primer lugar, lo que vemos es el enorme éxito que ha tenido el movimiento anti-género a nivel mundial, pues ha ido colocando una serie de vocabularios, afectos y argumentos en la esfera pública que están transformando radicalmente la manera en la que pensamos el cuerpo sexuado y las relaciones de género. En segundo lugar, este éxito se está traduciendo en la creación de verdaderos ecosistemas anti-género que en países como Rusia, Reino Unido o los Estados Unidos están impactando fuertemente en la forma en la cual las audiencias —y los votantes— conciben diversos temas vinculados con la justicia, la igualdad y la inclusión, tanto en cuestiones raciales como sexogenéricas. Cuando esto pasa, el grueso de los medios, de la clase política y de la ciudadanía experimenta fuertes virajes ideológicos potencialmente devastadores para los derechos de las personas de las diversidades sexogenéricas —mujeres lesbianas, hombres gays y personas bisexuales, trans e intersex—, pero también de las personas racializadas, migrantes y, como nos mostraron los casos de Khelif y Yu-Ting, para las mujeres, en especial aquellas que no satisfacen los estándares de la feminidad más ortodoxa. Finalmente, como ya anticipábamos, esta guerra cultural no está confinada a un grupo concreto de naciones o de bloques de naciones: los movimientos anti-género han ido floreciendo en prácticamente todos los confines del planeta; son, pues, un fenómeno claramente global aunque esto, desde luego, no niega que tomen especificidades locales. Ello se debe a su enorme adaptabilidad al contexto, lo que les permite evocar y movilizar argumentos, vocabularios y afectos de manera estratégica y en función del sitio en el que están emplazados.

En ese sentido, todo lo anterior no debe ser minimizado asumiendo que esta guerra cultural es algo confinado a pocos países y que afecta a sectores muy específicos de la población. Esta lectura sería equivocada. No olvidemos que los movimientos anti-género, pese a su profunda heterogeneidad, comparten una serie de elementos que los colocan como un enorme riesgo a las democracias y los marcos jurídicos basados en los derechos humanos. Como en su momento señaló la teórica polaca Agniezka Graff, estos movimientos entrañan un pacto entre, por un lado, un sector profundamente antiliberal y enemigo tanto de los derechos humanos como de la democracia, y, por otro, de un sector fundamentalista, archiconservador y con una visión integrista del estado y el espacio público. Por tanto, la victoria de grupos de esta índole afectaría sin duda y en un primer momento a las personas LGBTI+, a las personas racializadas y migrantes, pero eventualmente sus efectos cimbrarían los fundamentos de algunos de los elementos que más sangre y vidas han costado construir.

Digo lo anterior sin idealizar a las democracias occidentales o al estado mismo, pues sin duda son muchas las fallas y limitaciones que podríamos atribuirles. Sin embargo, el éxito de estos grupos entrañaría finalmente la entronización de regímenes fascistas o post-fascistas en los cuales habría profundas regresiones en una variedad de temas que rebasan las cuestiones de la alteridad, pues las agendas de estos grupos no son solamente anti-derechos, sino también anti-ciencia, en tanto que suelen oponerse tanto a las ciencias ambientales, como a la teoría de la evolución, a las ciencias de la salud y a las humanidades críticas.

Me parece importante hacer, pues, un llamado de atención para no minimizar estos procesos globales. Otrora, los movimientos anti-género se caracterizaban por estar claramente asociados a las derechas. En cambio, los nuevos movimientos anti-género empiezan a incorporar vocabularios, afectos y argumentos que llevan a que sectores potencialmente críticos los tomen en serio y no los asocien con las derechas más reaccionarias. Ello se debe en gran medida al hecho de que estos movimientos cooptan las retóricas tanto de las ciencias como de los derechos humanos, abandonando así los discursos religiosos e integristas en favor de términos que parecen evocar ya teorías o explicaciones científicas, ya temas vinculados a la justicia y la dignidad. Pensemos por ejemplo en el modo en el cual se generan los pánicos morales que hemos visto en el caso de los JJOO —o en muchas otras situaciones—, y que apelan a la biología y al derecho de las mujeres de competir en condiciones de equidad, pese a que en el fondo no hay dato biológico alguno del que dispongan para fundamentar tal pánico, como tampoco hay ninguna violación a la justicia en, por ejemplo, la participación de las boxeadoreas Khelif y Yu-Ting. O más bien: la gran ironía es que hoy en día la injusticia racista y misógina se engalana con términos que la hacen parecen feminista.

Estos nuevos movimientos tampoco tienen estrategias políticas que emulen las antiguas dictaduras. Han aprendido cómo operar dentro de regímenes democráticos para ir ganando espacios y, eventualmente, anular los propios procesos democráticos que los llevaron al poder. El Trumpismo en Estados Unidos es un claro ejemplo de ello, pues busca emplear la democracia para avanzar una visión del estado que es profundamente antidemocrática. Y algo parecido podemos afirmar cuando notamos que no todos los movimientos anti-género son abiertamente neoliberales; de hecho, hay algunos que abrazan un lenguaje post-neoliberal que puede parece incluso crítico de estos regímenes —el caso francés es un buen ejemplo de ello—.

Es gracias a estos cambios que el grueso de las audiencias no identifica el peligro que estos movimientos entrañan, pues los códigos que tenemos para identificar a las formaciones reaccionarias no necesariamente nos sirven para identificar a todos los actores que integran estos movimientos. Esto es especialmente claro cuando la jerga anti-género y anti-derechos se reviste de un discurso aparentemente feminista, pro-mujeres, de/postcolonial o, incluso, “anti-woke” pero con algunas ideas que resuenan a las viejas exigencias de los movimientos obrero-campesinos. De tal suerte, cuando el movimiento anti-género emplea estos vocabularios y argumentarios, es muy posible que no se le reconozca como un movimiento radicalmente conservador y antidemocrático.

Es por esto que sostengo que su éxito se debe a la forma en la cual moviliza ciertos vocabularios, afectos y argumentos. Lo vimos claramente en el caso de las dos boxeadoras. Había posturas sumamente violentas y discriminatorias, pero, al emplear un lenguaje que aparentaba defender los derechos humanos de las deportistas, se revestían de una legitimidad que no tendrían de otra manera. Esto mismo permite esconder el odio y el asco que están en el trasfondo de estos gestos discriminatorios, pues la emoción política que se pone al frente es la aparente amenaza que se cierne sobre un grupo vulnerable e inerme ante el abuso —aludo aquí al tropo de las mujeres deportistas que están siendo objeto de violencia por parte de supuestos varones que no sólo roban sus triunfos sino que potencialmente pueden matarlas—. Así, las redes sociales se inundaron de muchísimos comentarios que expresaban un profundo rechazo a la presencia de estas dos boxeadoras, justo por imaginarlas como una afronta contra las mujeres. El racismo, la misoginia, la islamofobia, la sinofobia, la lgbti-fobia que le servían de andamios a todo este enojo podían sin embargo legitimarse si se hablaba de igualdad, derechos e injusticias, de biología y hormonas (aunque nada se supiera del tema y no haya ningún hecho comprobado de por medio) y, desde luego, de un afán por proteger a las “víctimas inocentes” de la “falsa igualdad” que ha traído la política de género, diversidad e inclusión.

Es aquí donde el término “ecosistema anti-género” me parece potencialmente útil. Lo empleo para describir aquellas situaciones donde el movimiento anti-género ha logrado colocar sus vocabularios, argumentarios y retóricas afectivas como el punto de pasaje obligatorio —guiño a Bruno Latour— que permite hablar y pensar acerca de una controversia que está en el corazón de la guerra cultural de la que hemos venido hablando. En el fondo, quizás se trata de una batalla por cómo habremos de entender la naturaleza sexuada del ser humano y cuáles son las consecuencias que este conocimiento implicará. En otras palabras, cuando el grueso de los medios, las fuerzas políticas, la ciudadanía y los demás agentes dentro de una sociedad empiezan a pensar todos estos temas tomando al movimiento anti-género como referente, allí es cuando se puede hablar de un genuino ecosistema anti-género.

Hay países donde esto parece irse cristalizando como una realidad. El Reino Unido, gracias a la transfobia y el racismo de sus feminismos, está allí. También una buena parte de Rusia y Estados Unidos. Y, de manera incipiente, podemos encontrar ecosistemas anti-género en Italia y, quizás, si Milei sigue gozando de tanta fuerza, muy pronto en Argentina.

Afortunadamente, como decía al comienzo de este texto, estos JJOO también mostraron que hay un enorme sector de las sociedad contemporánea que rechaza esta retórica. Vimos una insólita alianza entre activismos feministas (no trans-excluyentes) y LGBTI+ de Occidente con una defensa enclavada en el mundo árabe que reconoció el gesto racista que estaba detrás de los ataques a Imane Khelif. Esto descolocó a las derechas americanas, italianas y rusas, pero también al terfismo británico.

Si hay motivos para tener esperanza, son justamente esas alianzas inesperadas que pudieron, al menos por ahora, contener la expansión de los ecosistemas anti-género desde una posición pro-derechos humanos, feminista, decolonial, no islamófoba y pro-LGBTI+. No se gestó una nueva teoría, pero sí se manifestó una red en resistencia ante diversos males que atañen a nuestro presente.

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