Segunda de dos partes


“Los Devueltos”

Quienes viajan rumbo al sur son llamados en Necoclí, como dice Doña Jacinta, “los devueltos”. Son adultos y menores de edad que se desplazan en familias nucleares o extendidas, en pareja o en solitario, y que desde febrero de 2025, como efecto directo de la arremetida antimigrante de Trump 2.0, han invertido el tránsito habitual hacia el norte para emprender la ruta de regreso a Sudamérica.

En Necoclí, habitantes locales nos recordaban que siempre ha habido personas que, en medio de su trayecto hacia Estados Unidos, decidían regresar o quedarse en algún lugar para rehacer allí su vida. Pero solían ser casos excepcionales. Nosotros mismos recordamos que durante la pandemia hubo expresiones de migración en reversa en las Américas: venezolanos que retornaban a su país de origen o migrantes urbanos que volvían a territorios rurales (Ver el archivo digital del proyecto (In)Movilidad en las Américas y Covid-19).

Lo que parece novedoso en 2025 es, por un lado, la drástica reducción del cruce hacia el norte y, por otro, el incremento —aunque todavía incipiente— de quienes retornan al sur. ¿Cuánto tiempo debe pasar para reconocer que esta disminución es definitiva? ¿Qué cifras serían necesarias para afirmar que los tránsitos en reversa constituyen un fenómeno certero de movilidad regional? Estas son las preguntas que nos surgen a partir de la exploración realizada.

Lo que sí sabemos es que, entre “los devueltos”, la gran mayoría son venezolanos, aunque también se encuentran colombianos, ecuatorianos y personas nacidas en distintos países sudamericanos donde sus padres y madres —sobre todo venezolanos— residieron temporalmente en años recientes. Entre ellos hay niños y niñas chilenos, brasileños, peruanos, ecuatorianos o mexicanos que hoy transitan hacia otros destinos al sur del continente junto a sus familias.

En nuestra inmersión etnográfica multisituada conversamos únicamente con personas migrantes adultas de origen venezolano, y esto fue lo que aprendimos de su experiencia de transitar en reversa.

No se trata de un grupo homogéneo. Entre “los devueltos” hay, por un lado, quienes lograron entrar a Estados Unidos pero fueron rápidamente detenidos y expulsados a México. Ése es el caso de Miguel, un venezolano que conocimos en Capurganá: “Yo pude entrar por Texas, pero me detuvieron. Estuve preso y luego me deportaron a México, y desde allí vengo”, nos contó. Por otro lado, están quienes fueron rechazados en la frontera entre México y Estados Unidos, sin llegar nunca a pisar suelo estadounidense, y que quedaron varados en México durante meses. Algunos jamás lograron acceder a la aplicación CBP One; otros, en su intento por avanzar hacia el norte atravesando el vasto territorio mexicano, vieron frustrada su ruta por la violencia y la extorsión. Ese fue el caso de Sandra y su familia: después de subirse al “Tren de la Muerte” en el sur de México, fueron asaltados y tuvieron que desviarse hacia Ciudad de México, donde pasaron semanas en el campamento de migrantes del Parque de la Soledad, en el centro de la capital mexicana, intentando rearmar su proyecto migratorio. Cansados de esperar y de sobrevivir en condiciones inhumanas de hostilidad social y estatal, y en condiciones precarias en distintas ciudades mexicanas, decidieron emprender el regreso al sur.

Por último, están quienes lograron asentarse temporalmente en Estados Unidos —en ciudades como Nueva York, Chicago, Los Ángeles u otras que, durante los años de aperturismo de Biden, recibieron la llegada masiva de migrantes del sur—, pero que terminaron por cansarse de la pedagogía del terror impuesta en el interior del país. Antes de ser cazados, detenidos y deportados, optaron por organizar su retorno por cuenta propia. Ese fue el caso de Gladys y su esposo. Aunque tenían orden de deportación, vivieron y trabajaron durante dos años en Nueva York. “Nos iba bien en esa ciudad”, relató Gladys, “pero nos daba terror que nos detuvieran y nos mandaran a El Salvador. Decidimos irnos; ya era imposible quedarse y vivir tranquilos, teníamos mucho, mucho miedo”.

Encontramos a Gladys y a su esposo en el albergue de migrantes de Capurganá, donde ella pernoctaba junto a más de cien personas, todas en medio de sus propios tránsitos en reversa. Gladys y su pareja habían empacado sus pertenencias en Nueva York y, con sus ahorros, enviaron una mudanza por barco hasta Caracas. “Llevamos en ruta dos semanas. Ya estamos en Colombia, falta muy poco para llegar a mi país […] Esperamos llegar antes que nuestra mudanza”, nos dijo con una mezcla de alivio y optimismo.

Conviviendo con quienes encarnan estos tránsitos en reversa, percibimos claras diferencias en las experiencias y emociones que los atraviesan. Algunos de quienes fueron deportados desde Estados Unidos o quedaron varados en México viven su nuevo rumbo con frustración, desconsuelo, desdén e ira. Otros ponían por delante el espíritu de aventura, sin arrepentirse de lo vivido a pesar de las adversidades del camino. Entre quienes decidieron regresar por cuenta propia, bajo una relativa autonomía en el medio de agresividad del contexto que los fuerza a irse, se advierte también optimismo y una actitud altiva, de control sobre su proyecto de retorno. Ponerse en movimiento se convierte así en una estrategia para sostener la vida, ahora lejos del epicentro del odio migrante: Estados Unidos.

A pesar de las diferencias en sus trayectorias —ya sea que fueran devueltos desde Estados Unidos o forzados a regresar desde México tras meses de estar varados y a la espera—, todos quienes hoy emprenden la ruta al sur comparten algo en común: llevan años en tránsito, moviéndose entre distintos países de América Latina. En medio de esa incertidumbre prolongada, han optado por regresar a Sudamérica, no como un final, sino como un nuevo destino temporal desde el cual sobrevivir.

 De vuelta a Sudamérica, esperando en el muelle de Caparguná, Golfo de Urabá, Julio 2025. (Foto: Soledad Álvarez Velasco)

Transitar en reversa: de Estados Unidos o México hasta Necoclí por Colón y Miramar

Quienes viajan en reversa —“los devueltos”— parten desde México y recorren Centroamérica hacia el sur por tierra. Algunos avanzan sólo con lo que traen puesto, porque lo han perdido todo. Otros cargan los vestigios de vidas construidas a lo largo de años en distintos países de las Américas, persiguiendo el anhelo frustrado de llegar a Estados Unidos. Hay quienes llevan maletas llenas de lo acumulado en albergues desde que salieron de Sudamérica hasta alcanzar territorio estadounidense; otros, apenas bolsas con lo que han logrado rescatar tras múltiples pérdidas; otros más enviaron sus pertenencias y los ahorros acumulados antes de partir hacia el Sur.

Hay quienes regresan con sus mascotas —fieles compañeros, guías y escudos en ruta— que cruzaron la selva del Darién, llegaron hasta México y ahora emprenden el retorno. También viajan familias con hijos adolescentes que atravesaron la selva siendo niños, y niños que nacieron a lo largo del recorrido: uno en Colombia, otro en Chile y otro más en México. Algunas mujeres viajan embarazadas sin saber si darán a luz en Panamá o en Colombia. Van al sur, habitan la incertidumbre, pero en tierras suramericanas, que conocen mejor, pues ya pasaron por allí y hasta residieron en ellas y saben cómo funcionan las cosas. Aunque también hay hostilidad hacia los migrantes en tierras sudamericanas, la pedagogía del terror de Trump y la cacería de migrantes a manos de ejércitos racistas y violentos, como lo es ahora el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. (ICE, por sus siglas en inglés), parecería que en ese sur se sienten más en su casa.

Pocas personas migrantes portan pasaporte; la mayoría lleva sólo su cédula de identidad o ningún documento. Algunos cuentan con residencias en países sudamericanos o incluso con estatus de refugio reconocido, documentos que les posibilitan retornos promisorios a esos sitios donde vivieron antes de migrar al norte.

Así como descifraron la ruta al norte por el Darién con el uso de redes sociales, gracias a la información que circula en el espacio digital y por el conocimiento migrante que circula de voz en voz, así mismo lo hicieron para trazar los tránsitos de reversa. Las personas con quienes conversamos durante nuestra travesía de julio de 2025 nos dijeron que de regreso cruzaron todos la frontera sur de México. Muchos por Tapachula. De allí a Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, “pidiendo cola”, como los venezolanos llaman a ir pidiendo aventón, o tomando autobuses, durmiendo donde fuera posible. Según sus relatos, este trayecto por tierra, aunque largo, resulta mucho más rápido en comparación con el cruce de la selva que hicieron hacia el norte. Sin embargo, esta rapidez no implica seguridad, ya que los peligros de la selva son reemplazados por la alta vulnerabilidad en la ruta marítima que deben tomar a continuación.

Al llegar a Costa Rica, cruzan la frontera y contratan un paquete de transporte que cuesta entre 260 y 300 dólares. Este los lleva hasta la localidad costera panameña de Colón. Desde allí siguen por tierra hasta Miramar, otra comunidad del Caribe panameño, y luego se adentran en mar abierto rumbo a Puerto Obaldía. Continúan hasta La Miel, la última localidad fronteriza panameña en la costa, desde donde avanzan por tierra hasta Capurganá. Allí suelen pasar una o dos noches en el albergue de migrantes que antes acogía a cientos de personas camino a la selva del Darién. Desde Capurganá, viajan a Necoclí para continuar hacia sus destinos en Sudamérica.

Si los tránsitos hacia el norte por el Darién dinamizaron la economía en Necoclí, Lajas Blancas, Metetí y otras localidades fronterizas del estrecho transnacional entre Colombia y Panamá, los tránsitos hacia el sur comienzan, lentamente, a dejar beneficios, al menos para los pescadores de Miramar y, en general, para la población local de estas comunidades costeras empobrecidas y olvidadas de Panamá.

Lo que queda claro es que el gobierno panameño mantiene la misma política de circulación: durante el pico de los tránsitos al norte, el objetivo era que los migrantes no se quedaran en Panamá y siguieran su ruta. Ahora, aunque en dirección contraria, la estrategia parece idéntica: evitar que se queden varados y promover que continúen hacia Sudamérica. De hecho, en al menos dos ocasiones, el gobierno ha puesto a disposición un buque de la marina para trasladar desde Colón a Puerto Obaldía a migrantes que no podían costear el viaje. No obstante, la percepción de quienes encarnan esos tránsitos en reversa es que no hay protección del gobierno panameño en la ruta marítima. “Vamos solos, y nosotros mismos organizamos todo, a nosotros nadie nos ayuda”, nos dijo José mientras esperaba en Miramar, Panamá.

Muchos de quienes encontramos en el albergue de Capurganá, en Colombia, y que habían seguido la ruta marítima, nos relataban el horror de cruzar el Caribe a mar abierto: “volvemos sin ninguna seguridad, en una lancha y con mucho miedo”, “es durísimo cruzar el mar, son horas y horas de incertidumbre”. Miedo, incertidumbre, desprotección estatal y riesgo de morir en el mar forman parte de la experiencia de transitar en reversa, a lo que se suma la frustración, el desconsuelo y el desdén de no haber podido consumar su anhelo de llegar al norte. Al mismo tiempo, otros nos contaban que, en ese trayecto, mientras esperaban en pueblos pesqueros panameños como Miramar, recibían ayuda de la gente local. Gestos de solidaridad —ofrecerles agua, comida o incluso no cobrar el pasaje de lancha a los menores de edad— siempre serán la contracara de la hostilidad de la ruta.

Solo unos pocos, con pasaporte, reciben asistencia de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Panamá para retornos asistidos en avión desde Ciudad de Panamá hasta Caracas. Son casos excepcionales, pero refuerzan las funciones tradicionales que ese organismo internacional ya venía cumpliendo en la región: asistir y facilitar el “retorno voluntario” a países de origen.

 De vuelta a Sudamérica, esperando en el muelle de Caparguná, Golfo de Urabá, Julio 2025. (Foto: Soledad Álvarez Velasco)

De vuelta a Sudamérica

 Ya en Sudamérica, en un Necoclí transformado, quienes regresan hacia el sur barajan todas las posibilidades antes de decidir su próximo destino. La gran diferencia con sus tránsitos anteriores rumbo al norte es que entonces inexorablemente debían cruzar la selva; aunque los lugares que cruzaban les atrajeran, los Estados Unidos funcionaba como un poderoso imán. Ahora, la selva ya no es el obstáculo, y deben barajar cautelosamente entre varios destinos posibles, algunos de ellos ya conocidos.

Entre quienes entrevistamos, algunos tenían planes más definidos que otros. Algunos querían volver a Venezuela, aunque sin saber si, una vez allí, tendrían que partir de nuevo. Otros pensaban regresar a ciudades donde ya habían vivido: Medellín, Bogotá, Quito, Lima, Santiago o localidades intermedias, como Santa Elena en Ecuador, Piura en Perú o Iquique en Chile. Había quienes buscaban llegar a Argentina o Brasil, o instalarse en Chile por la presencia de familiares. Incluso hubo quienes afirmaron que volverían a Venezuela para, desde allí, intentar emigrar a España. Muchos coincidían en que, por ahora, era tiempo de esperar: “A ver qué pasa; con Donald Trump no se puede entrar, pero el tiempo pasa rápido, y cuando se vaya quizá volvamos a intentar”.

La decisión sobre a dónde ir, en medio de la incertidumbre, la falta de recursos, las deudas acumuladas y la hiperprecariedad, dependía de tener amigos, familiares o conocidos en esos posibles destinos, o de haber vivido allí experiencias que valiera la pena recuperar: “Mis hijos fueron a la escuela en Ecuador”, “A mí me dieron servicio de salud en Colombia”, “Yo tengo residencia en Perú”, “Podía comer todos los días en Chile”. Estas frases eran una forma de valorar lo que tuvieron antes de emprender la ruta al norte, hacia un sueño que quedó truncado.

En este tránsito en reversa se constata que, para muchos, volver a ponerse en movimiento es la principal forma de resistencia. Alejarse del epicentro de la pedagogía del terror antimigrante —Estados Unidos— parece, por ahora, la manera más segura de proteger la vida, lejos de detenciones, torturas, desapariciones o muertes.

Cómo se desarrollarán estas vidas en tránsito hacia el sur es algo que dirá el tiempo. Los países sudamericanos enfrentan hoy una confluencia de violencias criminales, inestabilidad política y estatal, fragilidad económica y, en algunos casos —como Ecuador o Perú— un alineamiento con Washington que probablemente incida en sus políticas migratorias y en el futuro de estos retornos.

Aunque todavía es temprano para saber cuántos migrantes están en tránsito en reversa —pues, si bien el gobierno panameño cuenta con cifras, estas son sólo aproximadas y el resto de países rara vez cuantifica ese dato—, sí sabemos que se trata de una experiencia contemporánea, efecto directo de la era Trump 2.0. Y que esta presencia migrante en reversa ya está produciendo cambios locales, al tiempo que se entrelaza con las políticas de control externalizado en la región. Para muestra lo que sucede hoy en el corredor migratorio Región Andina-Centroamérica y el icónico estrecho transnacional configurado entre Colombia y Panamá, tal como lo hemos descrito.

Los “devueltos” tienen como escudo un conocimiento acumulado tras años de habitar el tránsito: saber cómo moverse, tejer territorios de protección, leer la geografía de las Américas y sus fronteras, navegarla y sortear todo tipo de retos y violencias. Así han vivido durante diez, ocho o cinco años; así han crecido sus hijos en movimiento. Así se perfila una forma de pertenencia a una América Latina en constante desplazamiento.

No sabemos cuántos son, porque muchos se pierden en el camino y otros se quedan en algún punto de la ruta. Lo cierto es que, mientras cambian y rehacen sus itinerarios, queda por ver si las sociedades de acogida, expulsión, tránsito y devolución —transformadas por estas vidas migrantes— estaremos a la altura de acompañar su lucha. En sus cuerpos en movimiento se escribe la geografía viva contemporánea de nuestro continente. ¿Cómo acompañar hoy su resistencia?

Tomar el pulso de los tránsitos en reversa, hacia el sur, de las personas migrantes, a partir de un trabajo etnográfico colectivo en diálogo con ellas y con los actores locales que encarnan esa experiencia vivida contemporánea, es apenas un gesto minúsculo frente a todo lo que queda por hacer por quienes, en movimiento, resisten y rehúyen al autoritarismo descarnado de la era Trump 2.0, sosteniendo la vida y reclamando su derecho humano básico a un lugar digno donde vivir, ya sea en Sudamérica, en Centroamérica o en cualquier rincón de las Américas.

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