Históricamente, las relaciones económicas entre los países africanos y los capitales procedentes de los centros en Occidente se han caracterizado por su modalidad dependiente y extractivista. En palabras de Kwame Nkrumah (1966), “África no ha sido capaz de progresar en el camino del desarrollo industrial porque sus recursos naturales no han sido empleados para este fin, sino que han sido usados para el mayor desarrollo del mundo occidental” (p.78). No obstante, este patrón experimenta una reconfiguración con la creciente presencia del capital estatal chino en la región, lo que ha generado un debate en torno a si este fenómeno representa una continuidad del paradigma extractivista Occidental o si, por el contrario, se trata de una ruptura con ese legado colonial.

Esta interrogante adquiere especial relevancia si se considera que el capital estatal chino se ha posicionado como uno de los principales financiadores de la modernización ecológica en el continente. Según datos de la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés, 2016), el capital estatal chino fue responsable del 30% de las nuevas incorporaciones de capacidad entre 2010 y 2015, con más de 200 proyectos desarrollados o planeados entre 2010 y 2020 en la África Subsahariana, con presencia en 37 de los 54 países africanos. Esta presencia ha contribuido significativamente a la expansión de la capacidad energética regional, la cual añadiría 17 GW entre 2010 y 2020 —lo equivalente al 10% de la capacidad instalada en la región—. Sin embargo, a pesar del avance en energías renovables, las inversiones chinas en el sector petrolero siguen siendo las más cuantiosas, lo que plantea interrogantes sobre el verdadero impacto de estas iniciativas en el desarrollo africano.

La transición hacia un modelo de desarrollo sustentable se fundamenta en la premisa de que la transformación del sector energético puede generar simultáneamente crecimiento económico y mitigar los desafíos ambientales. En este sentido, las energías renovables adquieren un papel estratégico en el contexto de la crisis climática global. Como señalan la Agencia Internacional de Energías Renovables y el Banco Africano de Desarrollo: “Las energías renovables pueden desempeñar una función esencial en la facilitación del desarrollo socioeconómico y la industrialización de África”. Sin embargo, advierten que “El beneficio que obtenga el continente de la transición energética dependerá en parte de la medida en que los productores de materias primas inviertan en la capacidad de procesamiento en etapas posteriores de la cadena de valor, y la desarrollen” (IRENA y BAD 2022, p. 5-7).

Lo anterior evidencia una paradoja central: aunque el capital estatal chino financia y construye infraestructura para la energía renovable, persisten cuestionamientos sobre su capacidad real para generar un desarrollo autónomo y romper con el patrón dependiente y extractivista Occidental. Ello cual dependerá de la capacidad de los países africanos para escalar en la cadena de valor, lo que implica resolver desafíos en materia de empleo, contenido local y transferencia tecnológica.

Un ejemplo paradigmático de esta dinámica son las relaciones sino-angoleñas, las cuales se intensificaron a partir de 2002, año que marcó el fin de una de las guerras civiles más prolongadas —duró casi 26 años—, violentas y destructivas del continente africano. Angola, dotado de vastos recursos petroleros y de una ubicación geopolítica estratégica con salida al Atlántico, encontró en el capital estatal chino una alternativa a las tradicionales fuentes de financiamiento Occidental. China logró posicionarse como un socio preferente gracias a su principio de no injerencia y su discurso de cooperación, así como a la oferta de condiciones financieras favorables (como bajas tasas de interés) y de esquemas innovadores de financiamiento, como el modo Angola, que ofrece infraestructura a cambio de petróleo. (Por cierto que esta alternativa de financiamiento también ha generado críticas por su falta de transparencia, así como por su tendencia a favorecer a empresas y proveedores chinos, reproduciendo patrones de dependencia económica.)

El proyecto Hidroeléctrico Caculo Cabaça (2,171 MW), para la construcción de una planta —la más grande de la región— en el río Kwanza, el más importante de Angola, ejemplifica estas dinámicas. Según datos del Global Chinese Official Finance Dataset, en 2016 el gobierno de Angola suscribió un préstamo sindicado directo por $4,100 millones de dólares con un consorcio de bancos chinos, incluyendo el Banco Industrial y Comercial de China y el Banco de Exportación e Importación de China, a un plazo de 15 años y con una tasa LIBOR+ 3.6%. Este financiamiento cubrió el 85% del contrato, adjudicado a un consorcio dominado por empresas chinas: la estatal China Gezhouba Group Corporation (60%), la privada Boreal Investments Limited (37,5%) y NIARA Holding (2,5%), propiedad de Isabel dos Santos, hija del expresidente angoleño.

De tal manera, este modelo de financiamiento aseguró que los fondos se destinaran mayoritariamente a empresas chinas a lo largo de toda la cadena de valor, desde el diseño, hasta la compra de materiales —turbinas, cables, maquinaria pesada, etc—, la construcción y la ejecución del proyecto, exhibiendo con ello la falta de una política industrial autónoma en Angola. En síntesis, China proveyó los fondos para que su propia empresa constructora realizara el proyecto, usando en gran parte materiales, tecnología y mano de obra china. Además, en 2017 se revelaron documentos que vinculaban a Boreal Investments con Isabel dos Santos, hecho que generó controversias sobre la transparencia del proyecto. Por último, en 2022, las protestas laborales por bajos salarios y malas condiciones de trabajo evidenciaron tensiones sociales asociadas a la ejecución del proyecto.

La participación del capital estatal chino en el sector de energías renovables en África Subsahariana ha sido un catalizador para la expansión de la capacidad energética en la región, como lo demuestra el caso de la hidroeléctrica Caculo Cabaça en Angola. Sin embargo, el desarrollo sustentable ha obviado los mecanismos para la distribución de los beneficios de la transformación del sector, en tanto que los proyectos no están diseñados para ser distribuidos equitativamente, sino que están siendo concentrados por las alianzas entre las clases dominantes en África y el capital estatal chino, lo cual termina por dar continuidad a los patrones estructurales de dependencia y extractivismo.

Para que estas inversiones contribuyan efectivamente al desarrollo económico es esencial que los gobiernos africanos negocien contratos que prioricen el contenido local, la capacitación de trabajadores y la transferencia de tecnologías. Asimismo, se requiere que los proyectos promuevan la distribución de los beneficios derivados de la transformación del sector. Posiblemente bajo estas condiciones, las inversiones chinas en energías renovables podrán traducirse en beneficios tangibles para el continente africano, aproximándose a la superación de la dependencia estructural y hacia un modelo de desarrollo genuinamente sostenible.


Bibliografía

AidData. (2017). “Global Chinese Official Finance Dataset, Versión 3.0”.

IEA. (2016). “Boosting the Power Sector in Sub-Saharan Africa: China’s Involvement”.

IRENA y BAD. (2022). “Análisis del mercado de las energías renovables: África y sus regiones. Un resumen para responsables de políticas”.

Nkrumah, Kwame. (1966). Neocolonialismo: la última etapa del imperialismo. México: Siglo XXI.

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