Daniela Rea (2022). Fruto. México: Antílope.


Alguien borró del mapa histórico de la vida a la persona que cuidó a Adán y Eva; con esa omisión se comenzó la invisibilidad del cuidado. Cuidar es una tarea predominantemente femenina, frecuentemente pasada por alto. “¿Cómo es que aprendemos a cuidar?” (p. 232), se pregunta Daniela mientras mira a su hija mayor cuidando a la menor: “Cuidar cansa, Cuidar arrasa. Cuidar asola. (…) Pero también, conserva, sostiene. Cuidar reúne, cuidar nos hace personas” (p. 296). Con estas palabras, la autora le otorga al verbo cuidar una atmósfera viviente. Fruto, el último libro publicado por la periodista Daniela Rea, es un testimonio de cómo hemos vivido el desasosiego de cuidar, de maternar, de ser hijas, de ser mujeres.

A partir de las tres dimensiones interconectadas en el texto —la autobiográfica, la social y la intelectual-colectiva—, Daniela incorpora el activismo a la palabra cuidar. Entrecruza los pensamientos más personales de su diario con las vidas de otras mujeres, haciendo de lo íntimo una realidad social. Entretejido con las voces de múltiples activistas, académicas y escritoras, el libro construye una profunda reflexión sobre lo complejo de la vida cotidiana que se vive al cuidar. No presenta la metáfora del cuidado sino lo indecible de él, lo que no ha sido pronunciado. Lo revela con sus contrariedades, sus desigualdades y también sus posibilidades para generar comunidad. Fruto recrea cómo el vaciamiento de lo personal se convierte en político.

En el texto, la experiencia se reorganiza de otra manera, se coloca en el borde, en la frontera de lo inasible, tiene un nutrimento de intimidad viva que alcanza su propio movimiento. Su naturaleza autobiográfica nos sumerge en la historia personal de la autora de una forma tan reveladora que su historia es la mía, la de mi madre y la de la madre de Adán y Eva. “¿Dónde empieza mi historia?” (p. 14). Con esta pregunta, Daniela abre el camino hacia su propia narrativa y le da voz a los silencios que han sido guardados. ¿Dónde comienza la historia de cada una? No es una pregunta existencial, es una posición política. La contestación escribe nuestro presente, pero también la transición de nuestro porvenir. Para Daniela su historia comienza en el espacio de ser mujeres. Su narrativa produce zonas de encuentro con su propia fragilidad y aporta nuevas maneras de leer la conciencia íntima: lo propio es de todas y en todas habita lo propio que ha dejado expuesto: ¡Ay, Daniela, tu duda hecha cansancio, mientras te sientes sola ante la inmensidad de la vida e insuficiente para tu hija Naira, es también mi cansancio, los malestares de tu hija Emilia cuando está enferma son los malestares de mis hijas, tu miedo de ver sus cuerpos vueltos un cadáver mientras las ves jugando con sus peluches también constituye mi miedo más aterrador!

¿Qué queda expuesto cuando una reportera sale a escribir sobre la angustia del mundo con su hija en brazos? ¿Es posible dejar fuera esa angustia mientras se amamanta? ¿Es posible incorporar el activismo a nuestro trabajo y salir ilesas? Estas preguntas se vuelven pulsión en el coro de voces que congrega la autora. Daniela teje un espacio colectivo de mujeres donde las fronteras del testimonio se difuminan. Ellas no son su objeto de narración, ha establecido con ellas una alianza. Es el pacto que nace del peligro de ser mujer en un país sin acceso a la justicia. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México 11 mujeres son asesinadas a diario; Daniela conoce el sufrimiento en que se encarna dicha estadística, sabe que es necesario “sentarnos aquí, cerca de nuestras palabras” (p. 239). Sabe que las madres son deshijadas cuando sus hijos se van, pero también cuando a esos hijos se los arrebata el crimen.

¡Ay, Daniela, al escribir “porque a veces no importa que, para ser mujer, ser niña, sin vivir bajo la amenaza de ser tocada, raptada, acosada, tengamos que dejar de serlo” (p. 116) dotaste a la conjugación “tengamos” de una carga mutua! Una madre a las orillas del suicidio, una chica abusada por su hermano, una madre sumergida en la culpa, una hija reencontrándose con su madre mientras el cáncer le arrebata la vida, una hermana que arropa, una hija que te toma la mano para salvarte del mundo, una madre a la que vuelves y se convierte en tu refugio. Construiste un espacio para desmontar el yo aislado y lo convertiste en nosotras.

El libro Fruto puede leerse como un diario íntimo, una crónica social y también como una herramienta de acompañamiento para introducirse en las grietas que la escritura de intelectuales ha ido abriendo en el infranqueable muro del silencio histórico que ha rodeado el cómo se concibe a las mujeres. A través de voces críticas de escritoras de diferentes ámbitos, Daniela va dialogando sus propias preguntas y sus propios sentires: Terry Tempest Williams, Marcela Lagarde, Rita Segato, Simone de Beauvoir, Nellie Campobello, Cristina Rivera Garza y muchas otras intelectuales son incorporadas para deconstruir cómo se ha concebido la palabra cuidar, para reformular ese espacio, donde la fuerza de lo “personal es político” se actualiza constantemente. ¡Que su conjuro nos arrope, para que sigamos escribiendo sobre la historia nuestras maneras de ser mujeres en el mundo, y que sea ése el recordatorio del cuidado colectivo que tenemos que seguir construyendo para defender el derecho que tenemos a vivir sin miedo!

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