Primero habría que preguntarse qué es el sionismo. De entrada tengamos en claro que no se trata de un simple movimiento religioso. Es algo más. La palabra “sionismo” se deriva de Sion, el mítico lugar donde según la Biblia habita Yahvé. Sion es también el Templo de Salomón destruido por los babilonios y luego por los romanos en el siglo I. Podría decirse entonces que el sionismo buscaría regresar a los fundamentos religiosos del judaísmo y aspira a la comunión con lo divino. Los sionistas cristianos tienen la misma aspiración: la Segunda Venida de Cristo.

Sin embargo el asunto no es tan simple: el sionismo es una ideología moderna, una forma de nacionalismo extremo que en realidad es un supremacismo étnico, surgido en Europa a finales del siglo XIX, como respuesta al clima antisemita que por entonces amenazaba a todos los judíos de Europa, y que dio origen al nazismo.  En este sentido el sionismo es un gemelo histórico del nazismo.

Así que, cuidado, no estamos hablando sólo de religión. El sionismo busca reconstruir el mítico reino de David, tal como presuntamente existía hace 5 mil años, o tal como los sionistas creen que existía en lo que hoy en día es Palestina. Y por eso están decididos a reconstruir su Templo, el Tercer Templo, sobre las ruinas del Muro de los Lamentos, ahí en Jerusalén, en Palestina, donde miles de pastores árabes de pronto encontraron que no podrían vivir más en su hogar,  cuando comandos armados sionistas, los expulsaron de su tierra, a punta de pistola, en uno de los más crueles episodios de la historia reciente,  la Nakba, en 1948 (apenas unos cuantos años después del holocausto judío):  más de 800 mil palestinos fueron desplazados en ese momento, pero desde ese año,  las masacres, los desplazamientos, la exclusión, se convirtieron en la norma.

Como ocurre con el nazismo, la legitimación ideológica del sionismo es muy simple pero siniestra: a partir de algunas referencias del Talmud, es decir las enseñanzas y doctrinas de algunos rabinos, se dice que sólo hay dos tipos de Pueblos: “el Pueblo elegido”, el Pueblo de Dios, y el resto de la Humanidad, los que no pertenecen a Dios.

De modo que según uno de los más afamados rabinos sionistas, «La diferencia entre un alma judía y las almas de los no judíos, es mayor y más profunda que la diferencia entre el alma humana y las almas del ganado». Es así que para los sionistas, el alma de los no judíos es inferior a la de los judíos.

Por eso escuchamos hoy en día al que fuera Ministro de Defensa israelí Joav Gallant, hablar de “animales humanos” para referirse al pueblo palestino. Esto explica también la lógica macabra según la cual por cada víctima israelí que caiga en combate, deberá cobrarse con la muerte de cien o mil palestinos, sean hombres, mujeres o niños. 

Para ello los sionistas israelíes han contado con un poderoso aliado ideológico: los cristianos fundamentalistas.  Ellos también esperan que regrese el Mesías, pero ojo, el Mesías de los judíos. ¿Cómo es esto posible? Como todos sabemos, Cristo es el Mesías de los cristianos. Pero resulta que los sionistas cristianos apoyan el sionismo judío y su mesías, porque con él, esperan la llegada del “Anticristo”. Creen que sólo entonces, cuando se revele el Anticristo (el Mesías de los Judíos), iniciará el Armagedón y el Juicio Final.

Se trata de una facción de las iglesias cristianas evangélicas que han decidido “acelerar” la Historia; ayudar a los sionistas a precipitar los acontecimientos para que de una vez por todas se produzca el Apocalipsis. De este modo, creen que ayudando al “Pueblo de Dios”, se cumplirá la Palabra divina.

Esa lectura extrema de la Biblia es incluso anterior a la aparición misma del sionismo, pues se remonta a principios del siglo XIX.  Fue en la Inglaterra victoriana donde un teólogo anglo-irlandés, John Nelson Darby, formuló en 1832 la doctrina del dispensacionalismo, la idea de que Dios pone “pruebas” a la humanidad en distintas etapas de su Historia, donde el “Pueblo Elegido” (es decir el “Pueblo de Israel”) tiene una misión histórica, de modo que con los judíos, Dios ha hecho una excepción.

Según el dispensacionalismo, mientras que los cristianos disfrutan de la Segunda Venida de Cristo y la salvación, los judíos, sus supuestos “aliados”, padecen un destino muy diferente: en el Armagedón, dos tercios de los judíos morirán y el tercio restante se convertirá al cristianismo, condición necesaria para la Segunda Venida de Cristo. Una especie de ajuste de cuentas que aguarda por el Apocalipsis y la rendición del Pueblo judío que terminará por arrepentirse y aceptar a Cristo como Mesías. En el fondo, el sionismo cristiano es profundamente antisemita. 

Lo cierto es que todos ellos, sionistas judíos y cristianos, han decidido traslapar el Israel bíblico de hace 5 mil años con el Estado moderno de Israel fundado en 1948, beneficiarios de ese “excepcionalismo divino”, su dispensa histórica, resultando de ello una curiosa pero escalofriante confusión: el poder divino se traduce en poder de fuego.

Que regresen los judíos a “la Tierra prometida” es así una condición necesaria para la Segunda Venida de Cristo. Así es como procuran el arribo del “Final de los Tiempos” en lo que se conoce como aceleracionismo. De modo que los cristianos sionistas apoyan la limpieza étnica de Palestina y el exterminio de todo aquel que se oponga a la agenda israelí. Que de lo que se trata es de hacer realidad el Armagedón, y el Apocalipsis.

Decididos a acelerar la Historia, sionistas judíos y sionistas cristianos creen que es imprescindible la reconstrucción del Tercer Templo para que llegue el Mesías a su trono.

En consecuencia, cualquiera que se oponga a su proyecto supremacista, se convierte en un enemigo de Dios, y en esa medida es legítimo su asesinato. De este modo a los sionistas les ha resultado sencillo acusar a todos los palestinos de “terroristas”, sean mujeres, niños o bebés de cuna: todos ellos son una amenaza para el proyecto colonial israelí. Y es que en el fondo, cualquiera que no sea un creyente en su proyecto, no sólo es un “infiel” sino también un potencial “terrorista”.

Lo peor de todo y más grave aún, es que el sionismo no sólo está en el corazón del estado de Israel, sino que gracias a los cristianos fundamentalistas, los sionistas inciden en las políticas gubernamentales de todos los países con presencia de estas iglesias cristianas.

Hoy en día, tan sólo en Estados Unidos hay 93 millones de cristianos evangélicos, de los cuales se calcula que 75 millones son sionistas, con poco más de cien mil pastores cristianos abiertamente sionistas;  alrededor de mil emisoras de radio y cerca de cien cadenas cristianas de televisión. En conjunto, conforman un cuarto de los votantes de Donald Trump.

En Latinoamérica el panorama es similar: alrededor de 133 millones de cristianos evangélicos se perfilan como posibles aliados del sionismo.  En el caso de México, con 10 millones de evangélicos, el sionismo cristiano tiene posibilidades reales de crecer año con año. Personajes como Hugo Eric Flores encabezan hoy una de estas facciones cristianas sionistas, arrogándose la representación de las comunidades evangélicas de todo el país en el Congreso de la República, desde donde promueve el excepcionalismo israelí y su “Derecho Divino” a cometer genocidios.

De ahí que el mismo Benjamin Netanyahu, de visita en Brasil cuando aún gobernaba Bolsonaro, declarara ante los líderes evangélicos brasileños: “Ustedes son nuestros hermanos. No tenemos amigos mejores que los evangélicos, y los evangélicos no tienen mejor amigo que el Estado de Israel”.

Claro, es importante decir que no todas las iglesias protestantes y evangélicas son sionistas. Ni todos los judíos son sionistas. Hay muchos que se oponen y enfrentan la persecución del sionismo. Con ellos contamos.

Pero también es cierto que no todos los sionistas son religiosos:  también los hay ateos, para los que se trata simple y llanamente de una superioridad racial, étnica, que justifica la aniquilación de toda población considerada “inferior”. Como académicos y como seres humanos, no podemos permitir que estas ideologías sigan avanzando. Ni en México, ni en ningún otro lado.