Jajo Crespo. (2023). Brujerías. Periódico Poético.
En un mundo surrealista como éste, las palabras de Rulfo se asoman como una gran verdad: los muertos nos acompañan, se entremezclan en nuestra cotidianidad y sus voces resuenan como un eco profundo. Ese eco de los muertos es el que retoma Jajo Crespo en Brujerías para recordarnos que elles nos rodean, que su silencio forma parte de la densidad de nuestro presente y que su olvido es una herida abierta.
El libro ganó el Primer Premio Nacional de Poesía Periódico Poético 2023. Su autor, Jajo Crespo, es una pluma reciente en la escena literaria que merece ser leída. El enfoque de la obra erige un lugar para los muertos sin epitafio. Escrita con un lenguaje incluyente, su poética es un monumento a la comunidad de los ausentes, aquélles marcados por la sombra de la desaparición y el silencio. A lo largo de sus letras, Crespo establece una profunda crítica a la violencia estatal que tiró a la basura los pliegos petitorios de los marginados. Su poesía es un acto de resistencia contra el anonimato de los muertos que no tuvieron féretro.
Brujerías aborda la muerte por medio de distintas dimensiones: la mística, la histórica y la social actual. Dentro del misticismo, se conecta con tradiciones y simbolismos ancestrales; en la histórica, retoma los capítulos rojos de la historia mexicana, donde se evidencia la muerte como memoria de luchas; y en la perspectiva social destaca la presencia de las voces ausentes en nuestro tiempo, marcada por la injusticia y la desaparición forzada. Este entramado de niveles interpela al lector a pensar las tensiones de un pasado ensalzado, casi hasta la mitificación de la grandeza nacional, frente a los desgarros sociales cuando las tragedias son revestidas de heroísmo. La poética de Crespo, al expresar la aflicción de los muertos no nombrados por una patria marcada por el estoicismo jactancioso, revela este orgullo excesivo que minimiza las cicatrices de nuestra historia.
“¿Nadie se pregunta qué pasa con los muertos?” (p. 9) es la interrogante inicial que no sólo inaugura la obra, sino que también establece la dimensión mística que explora el autor sobre el destino de los muertos. Esto se manifiesta en versos que evocan la naturaleza cíclica de la vida y la ineludible cercanía con nuestros antepasados, mostrando cómo siguen dialogando con nosotros, reclamando su lugar. En esta dimensión, la invocación a Nezahualcóyotl aparece como un diálogo implícito, cuyas referencias revive y actualiza:
—Aguanten,
(p. 34)
todos bajaremos a la región del misterio.
—No tenemos miedo.
(No tenemos nada).
No hay lago que cubra la sed de este misterio
nos hicimos eco, nos hicimos polvo
nos hicimos nada.
Los versos son un golpe doble: todes tenemos un destino ineludible, es nuestra mortalidad compartida, pero también enfrentamos una segunda muerte, el olvido.
Crespo nos insta a confrontar las capas de violencia sobre las cuales se edifica nuestra realidad cotidiana: “¿Sobre qué huesos se construyen las ciudades?” (p. 12). Ésta no es una pregunta de reflexión histórica, es el trauma sobre el cual crecimos desgarrados. El grito contra Porfirio Díaz, la Revolución mexicana y las masacres de Tlatelolco y Ayotzinapa son actos y hechos utilizados por el autor como puntos de anclaje no sólo para narrar, sino para resignificar nuestras tragedias dentro de un contexto que cuestiona cómo se formula la identidad nacional. Cada uno de estos capítulos conforma el mimetismo nauseabundo de estériles letanías que repiten:
Tlatlaya fue un caso aislado
(p. 31).
San Juan fue un caso aislado
Ledesma fue un caso aislado
Ránquil fue un caso aislado
Bogotá fue un caso aislado
Tomochic fue un caso aislado
Atenco fue un caso aislado
Tlatelolco fue un caso aislado
Iguala fue un caso aislado…
Y una pregunta se une al almanaque:
¿Hubo 43 metamorfosis
o fue una voz al unísono
que en un grito se hizo llanta,
fuego, humo, verdad histórica,
silencio?
La repetición simboliza, como la violencia, lejos de ser episódica, constituye la columna vertebral de Latinoamérica, una región donde el flagelo de la injusticia se acumula.
La obra también se adentra en una dimensión social actual de la muerte en México, destacando el duelo colectivo nacido del lamento por les desaparecides. Crespo evoca este duelo a través del eco doloroso de la Llorona, cuyo grito es una herida abierta en el tejido social, la cicatriz de un país amordazado por la injusticia:
Nosotras hemos perdido
(p. 40).
un cuerpo, varios nombres, aromas
abrazos que nunca dimos, funerales vacíos,
besos que no se dieron, títulos que nunca se entregaron,
libros que nunca se devolvieron
poemas que nunca se escribieron,
litigios archivados, copias empolvadas
dinero y tiempo
hemos perdido.
Con los ausentes hemos perdido amor, la oportunidad de despedirnos de sus cuerpos, hemos perdido la justicia y nos quedamos con el miedo desnudo, con la rabia desnuda, con la desdicha enraizada en los huesos, nos quedamos con el silencio.
La poesía de Jajo Crespo en Brujerías se erige como un acto de disidencia feroz, desafiando el olvido y la violencia con un lenguaje que desgarra la realidad. Por medio de versos cargados de memoria y resistencia, sus letras retoman las voces de los ausentes, aquelles desaparecides por la injusticia y la opresión, y las eleva en un grito poético contra el silencio. Esta obra no sólo honra a los que se han ido sin derecho a un epitafio escrito sobre su tumba, además desafía las narrativas dominantes de la identidad nacional que olvida el desgarro sobre el cual está construido su estoicismo. El autor transforma la poesía en un espacio de confrontación y reflexión, donde los muertos no nombrados se hacen presentes de la única manera en que pueden hacerlo, con una presencia disidente.

