Hace ya cerca de cinco años que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fue escenario de una ola de protestas contra la insostenible situación de violencia por razones de género al interior de la Universidad. En estas protestas se escucharon principalmente las voces de las jóvenes estudiantes; sin embargo, una buena parte de la organización de las escuelas y facultades se enunció como “Mujeres Organizadas”, nombre que alude —además de referir a las luchas de mujeres en un sentido amplio que no se sitúa necesariamente desde el feminismo—, a la participación de profesoras, trabajadoras y otras mujeres.
Como parte de esta coyuntura, las estudiantes de los diferentes planteles universitarios presentaron a las autoridades pliegos petitorios con sus demandas. Aunque las exigencias de cada comunidad fueron particulares, también es cierto que tuvieron puntos importantes de encuentro. De manera general, podrían ubicarse dos grandes ejes en común: por un lado, se impulsó la modificación de la normativa, la estructura y los procesos de atención de la Universidad referentes a la violencia de género.[1] Por otro, las estudiantes colocaron la necesidad de implementar diversas estrategias orientadas a la prevención de violencia y a la sensibilización en materia de género, tales como formación docente, creación de cursos de inducción a las generaciones de nuevo ingreso y la creación de asignaturas vinculadas con esta problemática.
A cinco años de esta oleada morada en la UNAM, esta última demanda es una de las que poco a poco se han ido concretando. Ahora, como seguramente muchas soñaban desde hace tiempo y otras tantas quizá ni siquiera imaginábamos que sería posible, existen materias donde las personas se reúnen bajo la consigna de conversar sobre los movimientos feministas en la universidad, sobre el sistema sexo-género, la división sexual del trabajo, los derechos de las diversidades y disidencias sexogenéricas o el andocentrismo en la ciencia. Materias que se imparten no sólo en espacios que nos pudieran parecer más cercanos a estas reflexiones, como la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales o la Facultad de Filosofía y Letras, sino también en otros como la Facultad de Ingeniería, la Facultad de Odontología o el bachillerato universitario. Me parece que este panorama es también una invitación para detenernos a mirar esas nuevas asignaturas, a pensar cómo las hemos ido caminando y encaminando, a reflexionar sobre qué significaban como parte de los proyectos políticos de las mujeres organizadas y qué significados están teniendo hoy.
Parte de estas ideas sobre las materias de género en la Universidad supone recordar que, antes de ellas, en nuestras aulas ya se hacían presentes las voces y experiencias cercanas a los feminismos y a la perspectiva de género; ya había profesoras y estudiantes que encontraban maneras de denunciar las desigualdades y de construir formas otras de pensar, de estudiar, de relacionarnos, de vivir. Considerar estos antecedentes es fundamental para preguntarnos ahora qué implica para la comunidad universitaria la existencia de estos espacios ya institucionalizados y obligatorios. ¿Qué de diferente hay en ellos? ¿Qué nos están permitiendo trabajar? ¿A quiénes interpelan?
Poniendo ahora la vista en las profesoras que han estado a cargo de estas asignaturas, podríamos cuestionarnos sobre lo que se han enfrentado desde lo pedagógico, lo emocional, lo político e incluso lo administrativo. Por ejemplo, bien es sabido que en la UNAM, como en otras instituciones educativas y en la sociedad en general, siguen existiendo muchas resistencias frente a las luchas de las mujeres y las disidencias, así como violencias hacia quienes las sostienen. También es cierto que acuerpar las prácticas antipatriarcales nos permite tejer redes, y descubrir y ensayar formas dignas de habitar nuestros espacios. De cara a esto, ¿qué supone para ellas, dentro de sus comunidades, ser profesoras de género? ¿Cómo es su práctica docente frente a estos temas? ¿Cómo se sienten enseñando sobre esto? ¿Qué retos han encontrado? Una profesora muy querida me recordaba hace unos meses esta pregunta a la que Freire (2003) convoca a otrxs docentes “¿Qué sueño tengo para soñar, para discutir con mis alumnxs?”[2] (p. 50), y me pregunto también qué sueñan ellas para y con sus estudiantes.
Por supuesto, pienso también en el estudiantado, en qué se está moviendo o no en quienes transitan por estos espacios en su formación. Pienso no sólo en qué aprenden sobre la violencia por razones de género o sobre cómo se articula el patriarcado con otros sistemas de opresión, como el racismo o el clasismo; pienso en qué ideas les provoca sobre la universidad, sobre ser estudiantxs, sobre su educación, sobre el mundo del que forman parte, saber que tienen que cursar esas materias.
Pienso en las estudiantes que tomaron sus escuelas y facultades para hacerlas más suyas y juntas imaginar otra universidad; en el lugar que le dieron a los procesos formativos como un factor clave para desbaratar las dinámicas violentas y patriarcales de la institución, en la ¿confianza?, ¿esperanza?, ¿apuesta? que depositaron no sólo en la legislación ni en los mecanismos de denuncia, sino en la educación, en ese andar que se hace todos los días en la universidad. ¿Qué representan para ellas hoy las asignaturas que tenemos?
Para cerrar este texto lleno de cuestionamientos, me quedo preguntándome/peguntándonos cómo hacemos para honrar la memoria de las movilizaciones estudiantiles desde el aula. Cómo para que estos proyectos curriculares y políticos se mantengan vivos y colectivos. Cómo para que estas materias, resultado de los sueños y las luchas de tantas, logren ser o continúen siendo eso que bell hooks (2021) llamó el espacio de posibilidad más radical del mundo universitario.
Referencias
Freire, Paulo. (2003). El grito manso. Siglo XXI editores.
hooks, bell. (2021). Enseñar a transgredir: la educación como práctica de la libertad. Capitán Swing Libros.
Notas
[1] Aunque aún falta mucho camino por recorrer, es importante nombrar que, como resultado de estas exigencias, se modificaron los artículos 95 y 98 del Estatuto General de la UNAM, referentes, respectivamente, al reconocimiento de la violencia de género como una falta grave en la institución y a los procesos de sanción en casos relacionados con esta violencia. Además, los procesos de atención a la violencia de género están ahora a cargo de la Defensoría de los Derechos Universitarios, Igualdad y Atención a la Violencia de Género.
[2] La “x” es mía. El autor utiliza “alumnos”.
