La convocatoria para el examen de ingreso a licenciatura en la UNAM, publicada el 12 de enero, incluye, en esta ocasión, un dardo envenenado: en la primera página de la convocatoria y en el instructivo que la acompaña (pp. 3, 51-52) se hace referencia a carreras de “baja demanda” y aclara que este año su apertura estará condicionada al número de aspirantes. Esta medida es un claro ejemplo de la imposición de lo cuantitativo como brújula del mundo y, al parecer, de la universidad pública; de cómo se toman cada vez más decisiones con base en una hoja de cálculo, para la cual las personas y el conocimiento cuentan poco.
El despropósito de esta iniciativa queda claro al ver que entre las licenciaturas se encuentran tres modalidades de Letras Modernas, la carrera mejor calificada de la UNAM a nivel internacional. Sin mucha diferencia con respecto a un gerente que decide cerrar una sucursal de comida rápida porque no vende suficientes salchichas, aquí los dígitos se imponen sobre la valía académica.
No está de más recordar que en esos mismos ranqueos, de metodología cuestionable pero que tanto nos gusta presumir cuando salimos bien evaluados, el área del conocimiento de la UNAM que más destaca es Humanidades y Artes, lugar 22 a nivel mundial, a la cual pertenece la mayoría de las trece carreras que esta medida pone en riesgo. Si nos vamos a Estudios del Desarrollo, donde caben cuatro de las licenciaturas en la lista, ocupa el lugar 26 a nivel mundial. Nada mal. ¿No tendría más sentido buscar que otras áreas alcancen niveles semejantes, en vez de desaparecer programas con óptimo desempeño académico?
Agustín Fernández Mallo escribe que el mundo está lleno de asimetrías. “Pero la Asimetría que más me perturba es otra: lo difícil que es construir algo y lo fácil que es destruirlo. Una palabra, un gesto. Ésa y no otra es la Asimetría que nos atañe”. Para echar a andar un plan de estudios se necesitan años, procedimientos minuciosos y prolongados en los consejos técnicos académicos y en el universitario, con decenas o centenas de representantes de toda la comunidad. ¿Y para devastarlos es suficiente con que un puñado de personas bajen el pulgar? ¿Quiénes? Parece que esa hoja de cálculo inquisitorial, paradójicamente, no está tomando en cuenta el alto costo de recursos financieros y humanos dedicados a estos proyectos antes de tomar esta decisión unilateral y arbitraria de asfixiarlos.
Si hablamos de asimetrías, la distancia y relación centro-periferia de nuestro país, que desde la Colonia a la fecha ha cambiado poco, tiene aquí un peso particular. Esta medida deja ver cómo es necesario recordarle a la UNAM que la “N” de sus siglas corresponde a “Nacional”, y que no sólo debe preocuparse por el área metropolitana de la capital o despachar desde Copilco, pues la mayoría de las licenciaturas atacadas se imparten en el interior del país, que rara vez pisan quienes tomaron esta decisión.
Apenas con la creación de las Escuelas Nacionales de Estudios Superiores (ENES), la UNAM ha comenzado a cumplir su papel de “Nacional” en cuanto a impartir docencia a jóvenes de otros estados. El pacto tácito inicial ha sido no competir con la oferta pública de educación: las licenciaturas que las universidades estatales ya tienen operando, no se abren. Lo cual, por otra parte, cancela las carreras tradicionales con mayor demanda (medicina, derecho, arquitectura, etc.), que tienen origen en el mundo antiguo. A lo que voy es: crear y nutrir carreras que no cuentan con milenios o siglos de prestigio es mucho más difícil y requiere más tiempo y recursos.
Las ENES son muy jóvenes y no es congruente ni justo exigirles lo mismo que a otras entidades universitarias. Pero al Excel del mal a veces le entra la impaciencia. Parece haber un ensañamiento contra las ENES bajo el imperativo de masificarse o morir, en vez de partir de sus comunidades y contextos sociogeográficos, muy distintos del área metropolitana que conforma la capital del país, para la toma de decisiones.
La carrera que mejor conozco es Desarrollo y Gestión Interculturales, donde doy clase desde que inició la primera ENES en León, uno de los muy pocos programas en que se imparten lenguas indígenas por profesores que son hablantes originarios. La SECIHTI ha declarado esta área del patrimonio cultural como Proyecto Estratégico de Ciencia y Humanidades y lo ha suscrito en documentos como la Declaración de Cuernavaca. La existencia de esta carrera en tres sedes del país muestra una iniciativa y una visión encomiables de la UNAM. El punto elemental sobre este tema es que las lenguas no son menos importantes por tener menos hablantes. Por eso sorprende que en la UNAM haya quien no piense lo mismo de sus propias comunidades de aprendizaje y áreas del conocimiento. Con la lógica de cerrar carreras, el equivalente sería extinguir las lenguas que no junten un número mínimo de hablantes. Cancelarlas por “inútiles” y minoritarias. Español para toda la población y se acabó. O pasar de una vez al inglés.
La diversidad cultural no es la única diversidad que atiende esta carrera. En Guanajuato, zona tradicionalmente conservadora, hemos tenido un flujo constante de estudiantes que pertenecen a la diversidad sexogenérica. La UNAM les ha permitido así lo que Pedro Lemebel pedía en las últimas líneas de su manifiesto: darles a quienes nacen con una alita rota un pedazo de cielo, en este caso azul y oro, para que vuelen. Quienes egresan de la carrera han podido transformar discriminación y obstáculos en su pregunta de investigación o labor profesional, como se puede ver fácilmente en TESIUNAM. Este catálogo da amplias evidencias, como lo que han hecho por los sectores más vulnerables, o sobre la trata de mujeres, o para comunidades en regiones complicadas del país, o de vuelta a las que pertenecen.
¿Cuánto vale esto en ese Excel neoliberal y demoledor que hace a la Universidad Nacional negarle una posibilidad semejante a generaciones futuras de jóvenes? Es lo más contrario que puede haber a su espíritu, ese espíritu que supuestamente hablará por nuestra raza. Quienes se registran en el examen para ingresar a estas licenciaturas lo hacen a contracorriente de mucha presión social que les clama desistir. Ahora también deben enfrentar la campaña adversa que la propia UNAM entabla desde la primera página de la convocatoria.
Esta iniciativa pone en riesgo trece carreras, mayoritariamente femeninas. Bien podríamos llamarla iniciativa Sor Filotea, pues alejará a estudiantes, la mayoría mujeres, que quieren estudiar en la Universidad, como sor Juana Inés lo deseó, y que buscan lidiar con los problemas más graves del país en algunas de sus zonas más peligrosas.
Como indica el instructivo, el Consejo Técnico de cada entidad determinará el número de aspirantes registrados necesarios para abrir las licenciaturas. A las comunidades académicas de estos planteles (las ENES y la Facultad de Filosofía y Letras son las que en este momento se encuentran en riesgo), conviene recordarles que las sesiones de Consejo Técnico son públicas. Será propicio movilizarse, buscar y establecer alianzas para rescatar lo humano de la Universidad.
Tristemente, podemos ver en diversos escenarios de todo el mundo cómo al no reaccionar ante las injusticias hacia grupos pequeños y vulnerables, éstas crecen para afectar a más gente. Por ahora esta medida se limita a trece carreras, pero si prosigue libremente nada impide que comiencen trabas semejantes hacia otras comunidades académicas minoritarias o incómodas.
