Este 24 de junio la escritora argentina Ariana Harwicz publicó el artículo “Cómo llegaron a llamar ‘nazis’ a los judíos”. Tiene un subtítulo: “Cierta intelectualidad europea se apropió de palabras como ‘genocidio’ y ‘racismo’. Y, a ochenta años del Holocausto, abrieron el camino a la inversión de papeles. Que miren sus corazones sin asco”. El texto, publicado en el portal Infobae, tiene una imagen elocuente: banderas nazis y un ejército al fondo. La tesis que comparte Harwicz es la siguiente: hay un establishment que ha monopolizado el discurso sobre el papel de Israel en Gaza y, particularmente, conceptos como el nazismo, genocidio y racismo. Siguiendo esta idea, afirma que hay un linchamiento para todo aquel que discrepe de las acusaciones de exterminio y crímenes de guerra.
La escritora sigue, en todo su texto, la estrategia de la victimización; es decir, disfraza al agresor de víctima. En primer lugar, desde el título, crea un enemigo imaginario o, en el mejor de los casos, una caricatura. La crítica a Israel y la analogía hecha con los crímenes nazis no es contra el judaísmo sino contra el sionismo, una ideología totalitaria que se ha apoderado del gobierno de Israel desde hace tiempo. ¿Hay quienes en las redes sociales que confunda “judíos” o “judaísmo” con sionismo? Por supuesto, así como hay innumerables comentarios en las mismas redes demonizando a los árabes y, peor aún, asociándolos sin ningún matiz a sus gobiernos y a grupos armados como Hamás. Para Harwicz es suficiente su experiencia en el Festival de Cannes y el ambiente “hostil” a Israel que encontró por el activismo de las celebridades en la alfombra roja; “activismo chic”, le llama ella. Acto seguido se lamenta de que no se haya mencionado la condena a 5 años de prisión al escritor argelino Boualem Sansal por sus críticas al gobierno de su país. No importa que haya una gran cantidad de ejemplos de escritores y artistas censurados por denunciar el genocidio en Gaza; lo trascendente es el clima de opresión que siente Harwicz, aunque ella siga publicando sus libros y escribiendo sus artículos sin mayor problema. En 2023 la autora palestina Adanía Shibli no pudo recibir el premio LiBeraturpreis, otorgado dentro de la Feria del Libro de Fráncfort, por su novela Un detalle menor que describe los crímenes de Israel en Gaza. No es un ejemplo aislado. Cualquier búsqueda en la red arroja muchos casos más: funcionarios de la ONU censurados por sus denuncias contra el genocidio en Gaza; corporativos como Microsoft que restringen los correos de sus empleados que tienen palabras como “Palestina”; redes sociales que manipulan y obstaculizan la difusión del trabajo de periodistas que están en Gaza.
Hay, en la tesis de Harwicz, una idea que no tiene vínculos con la realidad, en particular en lo concerniente al lenguaje. Para ella las palabras “genocidio”, “nazismo”, “apartheid” y “fascismo” son utilizadas por la ideología dominante para invertir su significado: el genocidio no ocurre en la Franja de Gaza, a pesar de que investigadores israelíes especialistas en el Holocausto como Omer Bartov afirmen que eso es precisamente lo que está haciendo el gobierno de Netanyahu. Según ella, el concepto es exclusivo de lo que ocurrió en el siglo XX y quien lo use está exagerando o actuando de mala fe. Para Harwicz los intelectuales que denuncian el exterminio en Gaza ceden a la tentación totalitaria. No sólo eso: según la escritora, personajes públicos como Greta Thunberg se niegan a ver las imágenes del acto terrorista del 7 de octubre del 2023. No hay pruebas, por supuesto, de que la activista sueca haya aplaudido, negado o normalizado el ataque. La evidencia que existe es que el ejército israelí la secuestró con otras personas en aguas internacionales. Durante su detención ilegal fue obligada a mirar videos del 7 de octubre. El barco en el que viajaba pretendía llevar ayuda humanitaria a Gaza. Quizás esa iniciativa sea demasiado “chic” para la escritora y todos los que quieren ayudar a visibilizar la catástrofe humanitaria y moral en ese lugar —famosos o no famosos— lo hacen para unirse acríticamente a un discurso dominante que lincha a Israel, un país que sólo busca defenderse, como lo repite una y otra vez la derecha internacional.
Una pregunta que valdría la pena hacerse y contrastarla con las pruebas disponibles es cuál es la ideología dominante de la cual se queja Harwicz. Para ella los nazis, como cuenta en la anécdota final de su artículo, son unos personajes siniestros que se quedaron congelados en el siglo XX. El escenario es aún peor: la escritora instrumenta el genocidio judío perpetrado por los nazis, al descalificar cualquier uso actual que se le dé a la palabra, a pesar de que la ONU y organismos de derechos humanos demuestren que el exterminio hecho por Israel en Gaza cumple con todos los requisitos para ser llamado así, “genocidio”. De hecho, la relativización de ese término, y de otros como “fascismo” o “apartheid”, ocurre pero del lado de la propaganda sionista. Se usa la memoria de los crímenes nazis del pasado para invalidar el uso de términos que definen modos de actuar que siguen vigentes, como lo vemos todos los días en la Franja de Gaza. A veces, los herederos de las víctimas —Ariana Harwicz es de origen judío— apelan a una censura fantasmagórica o, en el mejor de los casos, a calificar las críticas fundamentadas como superficiales, como parte de una conjura contra el judaísmo o como un discurso de odio. Si han revivido términos como el nazismo para crear una “lengua nazificada”, como apunta Harwicz, es porque Israel ha usado parte del catálogo de horrores que vivieron los judíos en los guetos, sometidos a la hambruna y al asesinato indiscriminado.
Manipular las palabras para defender o normalizar algo moralmente injustificable es lo que han hecho los regímenes fascistas en el pasado. Los escritores deberían ser los primeros en saber esto.
