“En algunas instancias, el sadismo era prístino”, escribe Raul Hilberg (1992, 54) para referirse a un tipo concreto de verdugo: el que obligaba a las víctimas judías a limpiar banquetas con cepillos de dientes, a inclinar el cuerpo para que los nazis los montasen como si fueran ponis, a fungir como dianas para entrenar la puntería o a entregar el cuerpo para satisfacer el apetito sexual de los sayones. Esos verdugos que no dudaban, a quienes no les temblaba la mano, sino que, por el contrario, se les endurecía; quienes preferían que la vida de sus víctimas se extendiese lo más posible en su sufrimiento o, más bien, que la tortura estirase, hasta el punto de quiebre, la agonía del torturado. Otto Moll, alto rango de la Schutzstaffel (SS) y responsable de las cámaras de gas en Birkenau, era de esos. Su sadismo era prístino.
Varios sobrevivientes reportaron haber visto en él algo fuera de lo habitual, un derroche de placer en su fustigar. Ese gusto podría verse expresado igualmente en su capacidad inventiva, aplicada al perfeccionamiento de la maquinaria de exterminio puesta en marcha por el Estado nazi. De ello sería ejemplo su implementación de un sistema de cremación en fosas abiertas, a raíz de que antes los asesinados eran nada más enterrados grupalmente, lo cual generaba no sólo una notable pestilencia, sino que, con la hinchazón post mortem de los cuerpos, éstos llegaban a sobresalir de la tierra con la que habían sido cubiertos (Bruneteaux y Maïlander, 2015, 6). Esta idea, entre otras muestras de insanidad, permitieron que Moll destacara ante los ojos de sus altos mandos, por lo cual le asignarían responsabilidades de suma importancia, conveniente como era tener al frente de los campos de extermino a una persona que dedicaba su placer e imaginación al aniquilamiento de otros.
Entre sus funciones, se recuerda el aniquilamiento de quinientos mil judíos húngaros que llegaron a Auschwitz-Birkenau en mayo de 1944. Moll asumió con entusiasmo su labor y puso en marcha el engranaje del exterminio, restituyendo hornos crematorios que habían sido detenidos un año antes y abriendo nuevas fosas. Además, mandó instalar dentro de éstas un sistema de canaletas que permitía circular la grasa de los cuerpos incendiados para usarla como combustible de un fuego que permitía prolongar las ejecuciones por horas. En una ocasión, temprano por la mañana, antes de ir a desayunar, Moll le quitó a una madre húngara su bebé y lo aventó, ante sus ojos, a la grasa hirviente. Tenía el hábito de ir a molestar a sus cautivos antes de su primera comida, pero en esa ocasión decidió que una madre viese a su bebé quemarse vivo en la grasa de otros cuerpos que habían sido quemados. Al hacerlo, dijo algo así como “ahora me voy a tragar; ya he hecho mi trabajo” (Bruneteaux y Maïlander, 2015, 10). [1]
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He tenido que dejar de escribir. Los golpes repetidos de mi pierna contra la pata del escritorio comenzaban a doler y tampoco los podía detener. Ni siquiera he sido yo el que leyó los archivos de donde ha salido esta historia; el sólo hecho de traducirla me ha sacado de mí. Fue el Sonderkommando Abraham Dragon quien contó que Moll había hecho y dicho eso (Bruneteaux y Maïlander, 2015, 10). Judío y polaco, Dragon fue de las personas obligadas a trabajar en la aniquilación de los judíos. “Es verdad que esto no puede asombrarnos, ya que […] la población de Auschwitz, a partir de 1943, estaba constituida por judíos en un noventa o noventa y cinco por ciento; pero por otro lado uno se queda atónito ante este refinamiento de perfidia y de odio: tenían que ser los judíos quienes metiesen en los hornos a los judíos, tenía que demostrarse que los judíos […] se prestaban a cualquier humillación, hasta la de destruirse a sí mismos” (Levi, 2015, 511-512).
Estas escuadras (kommando) especiales (sonder), fueron para Primo Levi el delito más grave del nacionalsocialismo. “No es ni fácil ni agradable sondear este abismo de maldad” escribió, no sé cómo, porque tan sólo transcribir sus palabras es casi imposible. Y, sin embargo, “debe hacerse, porque lo que ha sido posible perpetrar ayer puede ser posible que se intente hacer mañana y puede afectarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos. Se siente la tentación de volver la cabeza y apartar el pensamiento: es una tentación a la que debemos resistir” (Ibid, 513). Dejar de traducir las citas de las palabras de Moll fue tal vez eso: dejar de resistir. ¿Cómo será, entonces, el caminar incesante de quienes van buscando tumbas clandestinas en México, de quienes encuentran centros de formación en tortura? Ante su imagen, escribir pareciera banal.
Corre un riesgo semejante usar la Shoah como marco de referencia de Teuchitlán. No es falso que una vitrina en el memorial Auschwitz-Birkenau tiene agrupados los zapatos de los judíos aniquilados, como agrupados están los de quienes murieron en ese rancho de Jalisco, al igual que las demás prendas y pertenencias enlistadas por la Fiscalía del Estado en un archivo que se puede consultar en línea. También en Budapest fue con zapatos que se ilustró la ausencia de los asesinados por el fascismo. Por eso no es extraño que hayan circulado las imágenes que equiparaban el calzado de las víctimas europeas de mediados del siglo pasado con las de quienes murieron en el rancho Izaguirre. Por qué no agregar que Otto Moll, antes de afiliarse a las fuerzas nazis, era jardinero, profesión con la que se apoda al propio Audias Flores Silva.
Sin embargo, ¿hasta dónde se puede comparar? O, más bien, ¿a dónde podemos llegar con la comparación? Inicialmente, habría que preguntarse si es conveniente pensar lo que nos ocurre a partir de marcos eurocéntricos de intelección y, sobre todo, debatir si la Shoah va a ser tomada como el referente central de cualquier situación de violencia extrema en el mundo, lo cual me parece por lo menos problemático. No obstante, ello constata cómo la imagen de la Shoah ha sabido colonizar un imaginario mundial de lo abyecto, labor bien desempeñada por la industria cultural estadounidense —en ese sentido, tal vez convenga hablar de Holocausto en lugar de Shoah—.[2] El uso desbordado de este caso como referencia del máximo mal, su incesante repetición, ha terminado por sintetizarse en memes, lo cual hace más de una década interesó al historiador Gavriel D. Rosenfeld por cómo la sátira en Internet sobre el nazismo podría significar un proceso de normalización de esta historia. Entendiendo lo “normal” como lo que no está bajo escrutinio: cuestionar la normalización de la violencia nazi es anormalizarla (Rosenfeld, 2015, 348). Tal vez eso le dé sentido a la escritura que insiste en lo que ha ocurrido en Jalisco y lo que nos sucede en México: no dejar que pase inadvertido.
La línea recta que en el mapa distancia Teuchitlán de Oświęcim —el pueblo polaco que en dos ocasiones fue rebautizado con el nombre Auschwitz (Steinbacher, 2016, 17)—, suma una cantidad de kilómetros que no tiene sentido contar porque la dimensión espacial es la diferencia menos relevante entre ambos casos. Incluso la lejanía temporal importa menos que la histórica, que distinguiría sistemáticamente entre las condiciones de posibilidad de uno y otro caso. Son muchas décadas de escritura sobre la Shoah; varios intentos de dar explicación e incluso de debatir si era posible una explicación. Considero complicado rastrear en el caso mexicano la tradición de una civilización (o la construcción de una idea de civilización, con la ficción de un pasado extraviado) como se ha hecho con el nazismo (Chapoutot, 2012), pero tal vez sí podría leerse más allá de la situación concreta del Cartel de Jalisco Nueva Generación, de Teuchitlán o cualquier otra particularidad que se desconecte de una dimensión más compleja.
Trazar paralelismos entre técnicas de tortura y formación de torturadores con el fin de enlazar lo infame de Auschwitz con el rancho en Teuchitlán funciona para identificar y asignar un particular valor a lo ocurrido en México, en tanto que lo sitúa en esa esfera de lo abyecto donde nada más es posible porque todo se ha permitido. Sin embargo, no estoy seguro de que lleguemos lejos intentando comprender lo que nos pasa al compararlo con la historia de un Estado como el nazi, formado desde la movilización política, el triunfo electoral y la fundamentación discursiva de una supremacía nacional. En el caso mexicano, el Estado, en su dimensión histórica, funciona como el gran ausente, el que, por no estar, permitió que una sociedad desesperada se arrimara a lo que se pudo arrimar, dando paso a la formación de grupos que deben ser entendidos como empresas y, por lo tanto, su violencia no es otra que la del mercado, uno de altísima rentabilidad internacional. Empresas multifacéticas que lo mismo coartan que convencen a la sociedad, insertas en un negocio tan infame como exitoso. Empresas que exigen tener una tripa muy resistente para poder narrar sus horrores. Y todavía más para aspirar a comprenderlas.
Notas
[1] La cita en Bruneteaux y Maïlander dice: “Maintenant je peux aller me caler les joues, j’ai fait mon devoir”. Se trata de una traducción al francés de una frase pronunciada originalmente en alemán. En mi traducción desde el francés, opté por emplear el verbo “tragar” porque es lo más cercano en nuestro español mexicano. No obstante, la frase “me caler les joues” sería literalmente algo así como ‘llenarse la cara de comida’, pero, en general, significa ‘darse un atracón’.
[2] Para una distinción de estos nombres, véase Agamben (2014, 27-31).
Referencias
Agamben, Giorgio. (2014). Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo; homo sacer III, trad. Antonio Gimeno Cuspinera, Pre-Textos.
Bruneteaux, Patrick y Elissa Maïlander. (2015). “Les violences concentrationnaires au prisme de la cruauté (1933-1945) : le cas d’Otto Moll”, Histoire@Politique, 26 (mayo-agosto).
Chapoutot, Johann. (2012). Le nazisme et l’Antiquité. Presses Universitaires de France.
Hilberg, Raul. (1992). Perpetrators, Victims, Bystanders: The Jewish Catastrophe 1933-1945. HarperCollins.
Levi, Primo. (2015). Trilogía de Auschwitz, trad. de Pilar Gómez Bedate. Península.
Rosenfeld, Gavriel David. (2015). Hi Hitler! How the Nazi Past Is Being Normalized in Contemporary Culture. Cambridge University Press.
Steinbacher, Sybille. (2016). Auschwitz: historia y posteridad, trad. de María Esperanza Romero. Melusina.
