El pasado 15 de mayo, los restos de Pepe Mujica abandonaban el Palacio Legislativo de Montevideo, escoltados por una guardia de honor y acompañados por miles de uruguayos que coreaban a capela, junto con los icónicos músicos de canto popular Numa Moraes, Eduardo Larbanois y Mario Carrero, la canción “A Don José”, un tema icónico de 1961, compuesto por Rubén Lena en homenaje al prócer nacional José Artigas. El tema se volvió popular en voz del dúo “Los Olimareños”, quienes pasaron gran parte de su exilio en México a causa de la dictadura. Su interpretación no pudo ser más acertada para cerrar los tres días de duelo nacional que decretó el actual presidente uruguayo Yamandú Orsi. 

Cientos de miles de personas pasaron estos días a despedirse de quien fuera una de las figuras políticas más importantes del país, a partir de la segunda mitad del siglo XX. Pepe Mujica fue, como todos sabemos, un dirigente tremendamente particular dentro del mundo de la política, pero —y esto es importante aclararlo—, a pesar de su enorme repercusión mediática y trascendencia internacional, el Pepe no fue un personaje “simplemente excéntrico” dentro de la realidad política uruguaya: Mujica fue quien fue, en gran medida, porque nació en el Uruguay del siglo XX y se formó, en más de un sentido, en la cultura político-militante del país. Claro que su carisma, su sencillez y su manera de entender la realidad tuvo un sello personal indeleble, un registro individual inimitable, pero eso responde también a una cultura y concepción político-social que adquirió desde sus tempranas trincheras de lucha, en el país, como simpatizante del Partido Nacional, luego como miembro del MLN, Movimiento de Liberación Nacional “Tupamaros” —la guerrilla urbana del Uruguay que surge en los años sesenta—, para después convertirse en el dirigente más importante del MPP (Movimiento de Participación Popular), agrupación política integrante del Frente Amplio, la fuerza de izquierda histórica del país fundada en 1971,  por la que llegaría a ocupar las tareas de diputado, senador, Ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, y finalmente Presidente de la República de 2010 a 2015. Esto último constituyó un momento histórico, pues llegaba a la presidencia un hombre que había sido secuestrado, encarcelado y torturado —durante casi 13 años—, por la segunda y más feroz dictadura que sufrió el Uruguay en el siglo XX (1973-1985), encabezada en sus inicios por Juan María Bordaberry. 

Para el resto del mundo, el “Pepe” se convirtió casi en un mito, un antisistema, un personaje público que representaba los mejores “valores” de un modelo político absolutamente desgastado, en una región del mundo como la nuestra, asolada por la corrupción y el deseo fervoroso de lograr el enriquecimiento individual a toda costa por medio del poder. Su lema era, precisamente, el no deseo de las cosas materiales, del dinero y del poder vulgar, si lo que uno buscaba era meterse en la política —a veces el Pepe se nos ponía medio budista—. Ése era uno de sus mayores consejos. Fue cercano a la gente, tenía un estilo que lo hacía marcar presencia a donde fuera y a veces, si se me permite, una ingobernable necesidad de rezongar “a la uruguaya”, cuando algo o alguien le parecía que estaban mal. 

Su chacra, su perra Manuela, su icónica vespa y su “vochito” celeste —el modelo escarabajo para nosotros los uruguayos— construyeron toda una narrativa de la austeridad que sostenía con congruencia en sus permanentes entrevistas y apariciones públicas, durante y después de su retiro de la vida política desde hace algunos pocos años ya. Un capítulo aparte merece la compañía, codo a codo, de Lucía Topolansky, hoy su viuda, a quien conoció un poco antes de ser apresado y con quien se reunió a la salida de la cárcel en 1985 para no volver a separarse hasta el martes 13 de mayo de este año cuando Pepe murió en su casa. Lucía fue la senadora más votada en las elecciones que le concedieron a él la presidencia en el 2010; por ese motivo, fue la presidenta de la cámara, y le tomó juramento y protesta como presidente, además de ponerle la banda en ese día tan emotivo, pues Mujica recibía el gobierno de manos de su antecesor, Tabaré Vázquez, el primer presidente de una fuerza de izquierda en el Uruguay, con lo cual se le daba continuidad a un proyecto político gestado desde la ilusión y el compromiso frenteamplista. 

El “Pepe” donaba el 90% de su sueldo a diversas organizaciones políticas y sociales, una práctica que llevó al extremo, en su caso personal, pero que deviene de la cultura política de la izquierda uruguaya más clásica, en general: muchos de los dirigentes que ocupan cargos públicos entregan a sus partidos, o a organizaciones sociales, sus sueldos oficiales íntegros y reciben una retribución económica acorde para llevar adelante una vida diga, pero sin lujos, pues se entiende, desde esta concepción ideológica que no se está en un cargo político para enriquecerse, sino para trabajar por un país y una sociedad mejor. No lo hacen todos, lo hacen varios; el Pepe era uno de ellos, y uno de los más notorios. 

Las despedidas a pie son parte de una tradición histórica uruguaya en las que un amplio sector de la población del país, fundamentalmente de la capital, sale a las calles a dar su último adiós a las figuras más destacadas de la política y de la cultura. En Uruguay se marcha para protestar, pero también se marcha para acompañar. A veces el cortejo fúnebre se confunde en un río de multitudes como sucedió con Alfredo Zitarrosa, Germán Araújo y Tabaré Vázquez, entre otros. La marcha del Pepe fue excepcional, no sólo por el caudal de gente que reunió —de todas las edades, de todos los sectores sociales—, sino porque estuvo acompañada por innumerables notas, reseñas, entrevistas y mensajes en redes sociales, mediante las cuales el mundo —y aquí conste que no soy hiperbólica— decidió acompañar al pueblo uruguayo en esta despedida de uno de sus más grandes dirigentes de la historia. Claro que el Pepe no fue un santo: tuvo sus idas y venidas en temas muy complicados para nosotros y nuestra historia. No siempre pudimos estar de acuerdo con él. Pero no hubo ni uno sólo de sus compañeros, ni adversarios políticos, que no lo recordara con aprecio y respeto el pasado martes. 

Yo también me quiero despedir del Pepe. Hace 27 años me tocó presentarlo en el Comité de base de mi barrio llamado “Germán Araújo”, en honor a otro incansable militante frenteamplista. Tenía 18 años y estaba muy nerviosa porque el local estaba absolutamente repleto, a pesar de que el Pepe no era esa figura emblemática que es hoy, aunque ya en ese lejano 1998 empezaba a construirse, de a poco, ese hombre-mito. Yo tenía que estar allí en la mesa con él, junto a él, y sentía en mi ingenuidad casi adolescente que debía hacer las preguntas militantes e inteligentes correctas, porque yo era la juventud en plena vida y porque representaba esa esperanza que a los viejos luchadores les emocionaba tanto: el recambio generacional. El Pepe me vio la cara de susto y me dijo tranquilamente cuando se sentó a mi lado en la mesa de un mini estrado improvisado: “¡Qué grande estás gurisa! ¡Qué lindo verte acá!”. Esas fueron las palabras que necesitaba; esa fue la frase que me dio coraje (valor a la uruguaya). Obvio lo hice todo medio nerviosa y medio mal, pero acompañada. 

“A Don José” también fue la canción que corearon cientos de miles de uruguayos cuando se celebró, en 1985, el histórico concierto de regreso y bienvenida del exilio en México de “Los Olimareños”. Ninguno de nosotros, al menos los nacidos después de esa canción, podemos dejar de pensar en todo lo que significa y representa para nuestro pueblo. Tampoco podemos dejar de emocionarnos cuando la escuchamos y la cantamos: «Con libertad, no ofendo ni temo / Que Don José / Oriental en la vida / Y en la muerte también», cierra el estribillo y el final de su música. No imagino una despedida más linda y precisa para él. 

Gracias por todo, siempre. Gracias por tanto, Pepe.