Hallie Rubenhold (2020). Las cinco mujeres: Las vidas olvidadas de las víctimas de Jack el Destripador. Traducción de Mónica Rubio, Roca Editorial [Edición Kindle].


Polly, Annie, Elizabeth, Kate y Mary Jane fueron asesinadas en el East-End en Londres en 1888. Sus muertes, irónicamente, son la razón por la que sus nombres han pasado a la historia. Entre tantas otras muertes violentas, éstas recibieron la atención de los periódicos por haberse encontrado los cuerpos abiertos y destripados, despertando en el público emociones que las distinguieron de otros homicidios. Marginadas en vida, su recuerdo sólo sobreviviría durante más de un siglo bajo la figura de “mujeres asesinadas”. Nadie se preguntó quiénes eran ellas, cuyos cuerpos fueron hallados una mañana; sólo se asumió que habían sido prostitutas, y bajo esa asunción, basada en los valores de la época y los prejuicios que generaban, se daba por sentada toda explicación. Las imágenes que las dibujaban como cuerpos sin vida en los diarios las definieron al día siguiente de su muerte y durante más de un siglo. Esta imagen ha comenzado a ser cuestionada.

La historiadora británica-estadounidense Hallie Rubenhold escribió Las cinco mujeres: Las vidas olvidadas de las víctimas de Jack el Destripador. El libro se inserta en los intereses e investigaciones pasadas de la autora, dentro del marco de la historia social e historia de las mujeres. Publicado originalmente en inglés en 2019, ha sido multipremiado y reconocido como una de las obras más leídas de no ficción en los últimos años. Hay que reconocer que son pocos los textos de historia que logran llegar a un público tan amplio, sobre todo, si se trata de uno que despliega con claridad el quehacer de la disciplina: búsqueda de fuentes y su crítica, contextualización, interpretación y narrativa. El libro de Hallie Rubenhold es un maravilloso ejemplo de lo que es la historia social y una prueba del potencial de sus alcances.  

Como el título indica, en él se aborda la vida de las cinco víctimas del famoso asesino. Sin embargo, el foco de la mirada no está puesto en el perpetrador, sino en las víctimas, para reconocer en ellas las personas que fueron, sus andares, trabajos, alegrías y tristezas. La apuesta es que por medio de la historia podamos ver en ellas mucho más que mujeres asesinadas y dignificar aquellas vidas que durante tanto tiempo fueron vistas solamente como el objeto de violencia de un asesino que cobró fama a costa de sus muertes.

De las víctimas se sabía, o se creía saber, principalmente una sola cosa: habían sido mujeres públicas, prostitutas. La autora subraya al comienzo del libro la paradoja que se convierte en el hilo conductor de la obra: no hay evidencia alguna —en los cuatro de los cinco casos— que muestre que se dedicaban a la prostitución. Construido a partir de los prejuicios de la época victoriana, el supuesto que guio la investigación policial y se perpetuó en la historia era uno: una mujer pobre, sin casa y desahuciada no podía ser sino una prostituta.

Ante tal reducción de sus vidas al mero prejuicio, la investigación biográfica se vuelve una herramienta para dignificar sus figuras y un acto de justicia. Ellas no fueron sólo víctimas de su asesino, nos explica Rubenhold: antes de su homicidio ya eran víctimas de la misoginia, de la sociedad que las estigmatizaba, de las instituciones que las marginaban, de la policía y periódicos que falsearon sus datos para crear un espectáculo y, finalmente, de la Historia que dio por sentada su condición de prostitutas y reprodujo los prejuicios durante más de cien años.

El libro no es tan sólo una declaración ética, sino un claro ejemplo de lo que es una investigación histórica guiada por un argumento, basada en amplias y diversas fuentes que se someten a crítica, que infiere y plantea hipótesis cuando la información no es suficiente, y que interpreta a partir del contexto. Y todo planteado en una escritura que entremezcla la narrativa y el análisis con destacada pluma. La trama de cada capítulo se detiene en la última noche de las cinco mujeres. Rubenhold no habla de los detalles del asesinato, no especula sobre el asesino, ni sobre la construcción del mito entorno a quien les había dado muerte. El corte temporal de la historia refleja su posición ética: lo central son sus vidas.

En los cinco apartados principales en los que se divide la obra, destinados a tratar a cada una de las cinco mujeres, la autora comienza las historias no con el inicio de sus vidas, si no más atrás, con la de sus progenitores. Cada vida es producto de un enlace —aunque sea momentáneo— de otras, y sus historias permiten dar cuenta de la condición de clase que tenía la familia, así como del contexto social y económico en que crecieron las mujeres de este libro. ¿Cómo fue que ese entorno en el que nacieron y se desarrollaron las condicionó?, ¿cuáles eran las expectativas que había sobre ellas según su posición social?, ¿cuáles pudieron ser sus aspiraciones?

Contrario a lo que se podría creer, estas mujeres no vivieron en condiciones de extrema miseria; en cambio, las más de ellas habían adquirido cierta escolaridad, habían tenido una vida que, en cierto momento, fue estable. Eran vidas “normales”. O así lo fueron hasta que un suceso, o conjunto de acontecimientos, lo rompió todo y las empujó a una situación de vulnerabilidad e indefensión: muerte prematura de los padres, situación conflictiva o abuso por parte de la pareja o una adicción, entre otros aspectos.

Sin embargo, la autora subraya que no fue sólo la suerte la que las empujó a la situación de vulnerabilidad en la que las halló su asesino. Las desigualdades se acumulan, y ellas ya cargaban con años de vejaciones, estigmas que pesaban sobre su condición social, pero ante todo sobre su género; prejuicios sociales que les cerraron oportunidades y las orillaron a una existencia de situaciones precarias, con escasos ingresos, sobreviviendo como pudieron y donde pudieron.

Rubenhold entremezcla la narración con la explicación, enlaza eventos aparentemente inconexos con la historia de vida de las mujeres y el mundo de su época. Por ejemplo, para hablar de Polly Nichols y el lugar en que habitaba con su marido y familia, la historiadora comienza por dar cuenta de la Guerra Civil Estadounidense (1861-1865). Eventos de otro continente encuentran un encadenamiento hasta la sala de los Nichols: la Guerra Civil condujo a un conflicto diplomático a raíz de la toma de una embarcación inglesa por parte de los miembros de la Unión, lo cual, a su vez, llevó a un millonario estadounidense, residente de Londres, a realizar una donación —como signo de buena voluntad entre naciones— para beneficiar a los pobres por medio de la construcción del Edificio Peadbody, donde Polly Nichols, una de las víctimas, llegó a vivir con su pareja.  

El uso de las fuentes es algo que también resalta en el libro de Rubenhold. Aunque las notas se localicen al final de libro, y sólo a vista de los interesados y curiosos, sobre el texto mismo la autora también da cuenta de su empleo. Utiliza diversos fondos nacionales (ingleses) y extranjeros; archivos eclesiásticos, como registros de bautizo, matrimonio y defunción, no sólo para saber las fechas, sino por las relaciones de quienes fungían como testigos; registros de edificios; documentos sobre la situación de las personas sin hogar en Londres; estudios sobre la prostitución a finales del siglo XIX; listas de hospitales; reportes sobre la calidad de vida de las personas en las ciudades y sobre las epidemias; manuales de moral; literatura de la época de estilo realista que refleja las condiciones de vida, entre otros tantos y diversos registros. La mención explícita de las fuentes en el cuerpo del texto demuestra al lector que la Historia no está escrita en algún lugar, sino que se arma con un amplio conjunto de fragmentos y que hace falta creatividad y un profundo conocimiento del contexto para saber dónde buscar esas huellas que deja el pasado.

Por supuesto, no toda fuente tiene el mismo valor, y la autora sabe entender los sesgos de cada una, principalmente de aquéllas por las que conocemos los nombres de Polly, Annie, Elizabeth, Kate y Mary Jane: los periódicos. Los diarios impresos en Londres fueron los responsables de difundir las noticias sobre el asesinato, construir el mito y esparcir los rumores y estigmas sobre las víctimas. Se trata de notas desinformativas llenas de contradicciones e incluso de deliberadas invenciones para obtener mayores ventas. Son fuentes necesarias, pero también unas que hay que tratar con ojo crítico, como lo hace Rubenhold.

Un aspecto que es fundamental para las obras de historia es la contextualización que permite entender el marco en el que operan los sujetos históricos. Particularmente importante para esta obra es la violencia de género. Así, por ejemplo, la autora aborda el divorcio y las desigualdades que las leyes reproducían entre hombres y mujeres, con el fin de que comprendamos mejor el marco de toma de decisiones de Polly Nichols y las dificultades (y la casi imposibilidad) de lograr el divorcio para una mujer. Rubenhold explica que entrar a un asilo, a pesar del estigma y vejación que representaba para las mujeres, era una prueba de desamparo por parte del marido que podía conducir al deseado divorcio.

Los estigmas y las desigualdades tenían también raíz en las visiones sociales de la época. Se pensaba que si una mujer dejaba a su marido era porque había fracasado; que una buena esposa era la que “renunciaba” a sí misma para entregarse a su esposo y a los demás; que el deber de una mujer era “no dejar de estar al lado de su marido”; que una mujer sin hombre era una descarriada y se le suponía, de manera automática, entregada a la inmoralidad sexual.  

Más aún, al separarse de los hombres, no existían condiciones para que las mujeres pudieran sostenerse a sí mismas y menos si eran de clase trabajadora. Además, aquéllas que, por diversos motivos —muchos de éstos condicionados por las desigualdades sociales y de género—, se encontraban sin hogar y sin la “protección varonil” estaban expuestas a abusos sexuales. Por esta razón, muchas en situación de calle aceptaban los abusos sexuales de otros vagabundos como manera de sellar una relación que las protegiera de una violencia generalizada. Esta práctica, la aceptación de un mal para evitar un mal mayor, reforzaba la idea de la policía y la prensa de que todas las mujeres vagabundas eran prostitutas.

Al señalarlas como tal se les culpaba, en el fondo, de su propio fallecimiento. Hoy diríamos que las muertes de Polly, Annie, Elizabeth, Kate y Mary Jane fueron feminicidios. Y este libro nos muestra en toda su extensión el sentido de este concepto: su muerte fue una consecuencia de su género. Pero no lo es sólo en el actuar del asesino, sino en la sociedad que colocó a incontables mujeres en una situación de máxima vulnerabilidad. El asesino sólo asestó el último golpe. Las cinco mujeres nos muestra lo que es una sociedad feminicida.

Finalmente, la obra de Hallie Rubenhold evidencia que la marginalidad que empujó al olvido las vidas de tantas mujeres y hombres no siempre es definitiva, que la Historia, hacedora de desigualdades sobre el conocimiento y memorias del pasado, también es una herramienta de lucha contra éstas que se despliegan tanto en pasado como en el presente.