José Manuel Valenzuela Arce (2023). Corridos tumbados: Bélicos ya somos, bélicos morimos. México: Ned Ediciones.


Todavía hoy en día, en marzo del 2024, es posible ver por las calles de Tijuana unas vallas que publicitan un concierto de música norteña de marzo del 2023. En los afiches, se ve la figura del intérprete principal, Edén Muñoz, secundada por las cabezas de El Fantasma y Roberto Tapia, y en un tercer espacio en el diseño, mucho más pequeño que los anteriores, el grupo Edición Especial y un tal Peso Pluma. Apenas unos meses después, en el verano del 2023, ese joven telonero lideró las listas de oyentes de las principales plataformas musicales y se convirtió en uno de los impulsores más visibles a nivel global de esa vertiente del regional mexicano que ahora es conocida como los corridos tumbados.

Si bien en aquel momento aún faltaba mucho para explicar la continua y aceleradísima ebullición del éxito a nivel global de este movimiento musical regional, en Corridos tumbados: Bélicos somos, bélicos morimos, tenemos suficientes elementos para comprender no sólo los componentes socioculturales del fenómeno, sino el hecho de que éste no emerge del vacío. El profesor Manuel Valenzuela, autor de este libro y recién galardonado con el Premio Nacional de Artes y Literatura 2023, tiene una probada trayectoria en los estudios culturales, las violencias contemporáneas y la narcocultura, a la cual ha dedicado especial atención al enfocarse en la práctica de los narcocorridos. De hecho, durante la lectura de su texto, podemos encontrar reminiscencias a obras suyas enarboladas en el marco de su larga trayectoria académica, ahora incorporadas al análisis de esta nueva modalidad de corridos. No sorprende, por tanto, que Manuel Valenzuela haya sido uno de los primeros —si no es que el primero— en escribir un libro sobre el tema.

Corridos tumbados es un esfuerzo por analizar este fenómeno musical, también conocido como corridos bélicos, desde una indagación en torno a las narrativas de las canciones que se ponen en circulación y a los elementos estéticos que rodean a un movimiento sociocultural que incorpora diversas tradiciones musicales como los corridos, la música norteña, el rap y el trap. Pero, además, se presenta una lectura del fenómeno musical en el marco de lo que el autor llama “presentismo intenso” en los contextos de vida (y muerte) juvenil precarizada, esos que se inscriben en y desde los entramados de sentido de los mundos del narco en México y en América Latina.

El prólogo está escrito por Juan Carlos Ramírez Pimienta, uno de los autores imprescindibles para la comprensión de los narcocorridos, quien prepara el terreno de lo que uno encontrará en esas páginas: los corridos tumbados son una resignificación juvenil de una tradición corridística de larga data que, además de ser un éxito a nivel global, nos invita a pensar no en la influencia que los corridos tumbados tienen en la vida diaria, sino cómo la vida cotidiana influye en ellos. Esta inversión analítica, que apunta a la reflexión desde la vida social y cultural expresada en la música, es un camino que emprende Valenzuela en este libro organizado en siete capítulos de extensión diversa.

En el estudio introductorio, el autor coloca los elementos socioculturales que, desde su perspectiva, eclosionan en los corridos tumbados. La fusión de géneros musicales y la indumentaria —que deja las referencias regionales para incorporar las tendencias de la industria de la moda— son aspectos estéticos que se señalan de entrada para comprender el fenómeno. Por otro lado, se apunta no sólo la enorme capacidad de convocatoria de las redes sociodigitales y las plataformas musicales contemporáneas, sino también un contexto en el cual las aspiraciones frustradas de las juventudes precarizadas se canalizan por medio de estilos de vida y el uso de códigos lingüísticos reconocibles coloquialmente —lo que conecta con clases medias y altas y deviene en el rompimiento de los estigmas que el corrido tenía en su vínculo con clases subalternas—. Por último, la incorporación de códigos y referentes de la narcocultura, los estilos de vida asociados al consumismo desenfrenado, personajes emblemáticos de estos mundos, las drogas, elementos místico-populares redundan en los corridos tumbados y su marco de sentido presentista.

Avanzando en el libro, quienes están familiarizados con la obra del autor reconocerán un apretado resumen de sus hallazgos en torno a los estudios de la juventud y las violencias, con el que ofrece un contexto que nos permite entender la emergencia de estas expresiones juveniles: desde la historia del conjunto norteño y la tradición corridística-mnemotécnica (el corrido como un medio de memoria, divulgación y comunicación) para dar cuenta de los héroes populares, pasando por los procesos de transición demográfica en el siglo XX, la urbanización y conformación de barrios donde se organizaron jóvenes en clicas, la masificación de los sistemas educativos, la irrupción del feminismo, el cambio introducido por las industrias culturales, hasta la aparición de resistencias juveniles expresadas en diversos movimientos musicales contraculturales. En medio de todos estos apuntes, también discurre sobre la relación que tienen los corridos tumbados con el trap y el rap como escenas musicales urbanas, barriales y con improntas raciales, de clase, así como de disputa y resistencia social. Además de los elementos compartidos con el gangsta rap, como las violencias urbanas, el uso de drogas y el machismo, y con el trap, como la incorporación de lo digital para masificar este género.

Valenzuela ofrece una serie de marcos interpretativos para leer los narcocorridos, los cuales continúan como temas o códigos en los corridos tumbados: las drogas, los asuntos de negocio en México, el poder, la complicidad de organismos policiales y militares, el narconegocio en Estados Unidos, el machismo, la equiparación de las mujeres más audaces con hombres bravíos, la valentía, la lealtad, la ponderación de rasgos nacionales y regionales. El autor coloca, por otro lado, las narrativas ancladas en el narcomarketing, el interés de incidir en públicos globales y la declaración explícita del consumo de estupefacientes como aspectos diferenciadores de los tumbados con otras expresiones del corrido.

En capítulos posteriores, elabora un análisis discursivo y estético de algunos corridos tumbados específicos, con el cual se esfuerza en desenmarañar los entramados socioculturales que posibilitan el presentismo intenso vinculado a los mundos del narco. Igualmente, dedica sendas páginas a pensar cómo la mujer es objetualizada en los narcocorridos desde perspectivas patriarcales y machistas, situación que compara con otros formatos discursivos que abordan el narcomundo, como series, novelas o teatro, y confirma con ello que la mujer es vista como un objeto que se posee. Así, apunta al hecho de que este fenómeno musical, como tantos otros, está inscrito en la reproducción de la desigualdad entre hombres y mujeres. También dedica un pequeño capítulo para pensar en las mujeres que cantan corridos tumbados. Aunque el abordaje es meramente descriptivo para ver la relación con los entramados simbólicos de los tumbados, sí se dejan ver señalamientos que reivindican la valía de la mujer más allá de la compañía de un hombre. Desde mi punto de vista, vale toda la pena abundar más en este aspecto muchas veces obnubilado por los destellos del éxito de los cantantes masculinos.

Otro elemento interesante que se introduce en el análisis es la incorporación de simbología de la mística y las religiosidades populares. Aunque breve, es sugestiva la inserción, especialmente lo referido a la santería de tradición Yoruba y sus famosos collares protectores, los cuales están reproducidos en un montón de canciones del género. Una de las más sonadas, “CH y la pizza”, de Fuerza Regida y Natanael Cano lo dice: “no es cuestión de suerte, pero porto los collares, santería que casi nadie trae por ahí va”. Aunque es apenas una mención, un breve capítulo de siete páginas, coloca la mirada en un aspecto que podría resultar marginal, pero que dice montones sobre las relaciones culturales en el impulso de esta industria musical global. Es una puesta de foco que, sin duda, precisa de mayor indagación y entendimiento.

En el último capítulo se establecen conceptualizaciones con las cuales poder pensar los corridos tumbados y sus entramados de sentido. En primerísimo lugar, está el establecimiento de la imposibilidad de concebir la emergencia de este fenómeno sin el crecimiento de violencias estructurales expresadas en procesos de precarización e incluso en el aniquilamiento de jóvenes a lo largo del continente, producto de estrategias bio y necropolíticas que permean las agendas políticas de distintas formas de gubernamentabilidad en América Latina. En este planteamiento se enmarca la idea de presentismo intenso que, frente a la obliteración de canales viables para el proyecto de vida de miles de jóvenes, el horizonte de acción se traslada a la urgencia del aquí y el ahora. Aunque este presentismo se puede manifestar desde la acción política, también se conforma desde lo paralegal, como aquellos entramados socioculturales asociados al narcotráfico, al consumo de drogas y a la narcoestética en general. El narcotráfico ha permeado en la conformación de significados de la vida y de la muerte en amplios sectores juveniles y el nivel de consumo establecido en estos espacios son el referente y la meta de éxito social. El corrido tumbado asume el presentismo intenso, según el autor, apuntando la vida recia y al límite como la única opción disponible.

El libro termina con un epílogo de Christian Fernández que nos ofrece tres pistas para comprender el fenómeno de los corridos tumbados: la impronta contracultural, las realidades juveniles y la viralización a partir de la vida digital.

Corridos tumbados es una buena apuesta para pensar la conformación histórica y sociocultural de esta forma de corridos; y aunque se apuntan algunas temáticas que pueden explicar el enorme éxito sin parangón que están teniendo, desde mi punto de vista no terminamos de tener una explicación al respecto. Me parece que las ideas de que el género del corrido ya no es un género regional, sino global, así como el hecho de que ya no se asocia a clases bajas estigmatizadas, sino que se “desclasó”, son claves explicativas que bien podrían desarrollarse ampliamente para analizar el ascenso del corrido tumbado en la élite de la industria musical global.

Por otro lado, aunque en el texto apenas aparece algo sobre Shakira, en formato de post scriptum (es decir, que se incorporó una vez enviado a edición), tampoco hay muchos elementos para pensar el devenir de este fenómeno tan vertiginoso que implica la incorporación de cantantes y grupos de talla internacional como Karol G, Bad Bunny, Maluma, Thalía o Belinda. Me parece que esto es así no sólo porque el texto tiene la primicia editorial sobre el tema y algunas de estas colaboraciones musicales salieron después o mientras se escribía, sino también porque, desde mi perspectiva, la obra está enfocada en el análisis de las narrativas y estéticas tumbadas y no tanto en la difusión y en la economía política de la industria musical global contemporánea, algo que deberemos entender análogamente a la manera en que ha estado comprendiéndose la mundialización de un género regional como el reggaetón. Por supuesto, esto es exigir algo que excede los objetivos para los que fue creado este libro. Aun así, considero que muchas claves para entender las bases socioculturales de este fenómeno musical están colocadas ampliamente en él.

Quisiera cerrar destacando el que me parece el comentario más agudo de todo el libro, aquel que trata sobre la despolitización de los corridos tumbados que son cooptados por el uso comercial y publicitario de la maquinaria capitalista. Dice el autor que éstos, a diferencia de otras expresiones musicales juveniles como el punk, son más bien expresiones egocéntricas e individualistas que se regodean en el consumismo exacerbado proyectado por el capitalismo más predador. Así, Valenzuela sentencia: “los tumbados se colaron al banquete de los amos y no los cuestionan, sólo los celebran” (p. 50). Como el trap, dirá el autor, el corrido tumbado no se vincula con un poder transformador amplio de la vida social y política, sino más bien con la proyección de vida en un presentismo intenso forjado en los calderos libidinales del narcomundo.