¿Da o no el pasado “lecciones” para el presente? ¿Es acaso la historia magistra vitae, como suele considerarse? La escritora Viridiana Ríos estima que sí, y en su columna en Milenio del 5 de enero se propone extraer para el caso mexicano algunas “lecciones” de la dramática actualidad de la Venezuela posagresión. Por mi parte, considero que difícilmente el pasado vivo, encarnado, recentísimo, pueda aleccionarnos y darnos una guía de acción, pero quizás pueda al menos iluminar los tortuosos senderos del presente con balizas de advertencia.

Pero vamos al análisis. La tesis de Ríos es que, si bien la intervención militar en Venezuela ha encendido las alarmas en el resto de América Latina, México está en una posición que supuestamente lo protege de correr una suerte similar. Sus ideas centrales son dos: 1) que, por parte de los EE. UU., “no hay incentivo alguno para convertir a México en Venezuela, ni para desestabilizar a Sheinbaum, mientras ésta sea capaz de mantener un gobierno popular y estable que colabore con Estados Unidos en aspectos clave”. Y 2) que, dada esa situación, “el reto para Sheinbaum es mantener una colaboración estratégicamente diseñada para aumentar la dependencia que Estados Unidos tiene de México, al tiempo en que reduce la que nosotros tenemos de EU”.

Tales ideas se basan en una serie de afirmaciones que vale la pena revisar con cuidado, como cuando la autora afirma que “hay un aspecto […] que diferencia notablemente al neoimperialismo trumpista de aquel del siglo pasado: su excusa. […] A diferencia del imperialismo clásico que EU solía justificar como una lucha ideológica contra el comunismo, el actual se enmarca —al menos retóricamente— como una lucha contra el narcotráfico”. Aquí hay una primera imprecisión histórica. La imposición de la coartada intervencionista antinarcóticos no data de este siglo, sino del pasado.

Ya en la década de 1980, el expresidente colombiano López Michelsen había profetizado lo que en efecto sucedería pocos años después: “dentro de poco vamos a ver al gobierno de Estados Unidos interviniendo en América Latina en nombre de la lucha contra el narcotráfico”. Al cierre de la década, llegaría la primera intervención militar fundada expresamente en la coartada antinarcóticos: la invasión de Panamá de 1989 —denominada “Operación Causa Justa”— con 27 mil soldados norteamericanos y la “extracción” de Manuel Noriega (antiguo colaborador de la CIA y probado narcotraficante). Apenas dos años después, la disolución de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría exigieron al gran hegemón imperial elaborar nuevos enemigos imaginarios y forjar otras coartadas para la intervención; así, la lucha contra el narcotráfico vino a suplantar al viejo y siempre redituable anticomunismo. Tras el atentado a las Torres Gemelas de septiembre de 2001, la “guerra contra el terror” de George W. Bush empezaría a articular al enemigo terrorista con el viejo narcotraficante: son los primeros esbozos de lo que hoy se conoce como el “narco-terrorismo”, un constructo contradictorio y problemático por donde se lo mire.

Pero es necesario dar aún algo más de contexto. Porque así como la historia colonial norteamericana no termina con la “lucha contra las drogas” y el “antiterrorismo” tampoco empezó con el anticomunismo. Antes de la Guerra Fría, e incluso de la Revolución Bolchevique, los Estados Unidos practicaron un imperialismo territorial más o menos clásico durante un siglo, guiados por la teología política del “Destino Manifiesto”, empezando por la anexión de la mitad del territorio mexicano en 1848 y por la guerra colonial de 1898, gracias a la cual el gran hegemón en ascenso se apropió de Puerto Rico, Hawái, las Filipinas y Guam e interrumpió la lucha anticolonial en Cuba hasta imponer a la isla la célebre Enmienda Platt en 1901. De hecho, hay autores y autoras que ponen la piedra de toque de estas dinámicas en la propia “conquista del Oeste” y en el genocidio y reducción de los pueblos indígenas.

Al respecto, una de las tesis que he planteado ya es que el nuevo momento imperial parece reciclar y combinar hoy todo el repertorio de tácticas y narrativas aprendidas entre mediados del siglo XIX y comienzos del XXI. Así, en pocos meses vimos una combinación fulminante de medidas coercitivas unilaterales, terrorismo mediático, presión diplomática, actos de piratería, bloqueos navales, bombardeos selectivos, operaciones de “extracción”, etcétera.

Por otro lado, es un error considerar que la intervención imperial contemporánea se funda tan sólo o que depende en grado sumo de la narrativa antinarcotraficante. Mientras que en otras latitudes el “antiyihadismo” o el “antiterrorismo” han predominado históricamente, bajo la nueva administración Trump, el corolario homónimo a la Doctrina Monroe-Adams y la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, los Estados Unidos han desplegado varias otras coartadas. Además, un ecosistema reaccionario como el de la Conferencia Política de Acción Conservadora ha rescatado y puesto en valor la antigua cruzada anticomunista, sólo que expandiendo el elástico campo del “comunismo” hasta cualquier indicio o exponente —así no sea más que moderado— de reformismo, progresismo, soberanismo y humanismo; es decir, a todo lo que cabe bajo lo que sus intelectuales llaman “el espectro estatista”.

El neoimperialismo trumpiano es un discurso y una praxis descarnada; ante todo no necesita de complejos constructos o de grandes elucubraciones narrativas. A diferencia del liberalismo colonial del Partido Demócrata y sus “valores compartidos”, el trumpismo es un fenómeno más desideologizado y cínico, y funda sus modalidades contemporáneas de intervención en su fuerza objetiva y en sus intereses declarados. Ni las amenazas de tomar Groenlandia por la fuerza, ni las presiones sobre el Canal de Panamá, ni la intervención contra el poder judicial brasileño, por citar algunos ejemplos emblemáticos, se fundan hoy, en lo más mínimo, en la narrativa antinarcóticos ni en el combate al inexistente Cártel de los Soles o a otros grupos criminales.

De hecho, el famoso cártel es una invención tan reciente y contingente (pese al origen del término en la prensa amarillista venezolana en la década del 90, el rótulo no tendría mayor eco internacional hasta el primer indictment contra Maduro en el año 2020) que fue prácticamente abandonado en apenas 24 horas. Trump se encargó de dejar claro que la agresión se fundó en su demanda petrolera, y aunque no lo expresó, los documentos rectores de la política exterior dejan en evidencia una motivación subyacente tanto o más crucial que ésa: la exclusión hemisférica de potencias rivales como China, Rusia e Irán, al menos en rubros críticos (internet 5G, tecnología militar, energía, minerales críticos y algunas infraestructuras). De temible organización criminal trasnacional, el “Cártel de los Soles” fue rebajado a una mera red clientelar y de corrupción que operaría en el seno del Estado venezolano.

Por otro lado, se equivoca la autora cuando asegura que (la única) “motivación real del imperialismo estadounidense en todas sus versiones [es] la búsqueda de utilidad económica”. Se trata de una reducción economicista, de una simplificación en extremo del fenómeno imperialista. El imperialismo no sólo busca “utilidades” inmediatas, ni meramente “recursos y mercados”, sino también control territorial (sobre todo de áreas geoestratégicas), seguridad militar, la exclusión de potencias rivales (ese es de hecho el núcleo de la vieja Doctrina Monroe), asegurar cadenas de suministros, reducir vulnerabilidades, etcétera. El imperialismo no es un fenómeno abstracto y transhistórico, y en este caso en particular resulta incomprensible sin resituarlo en un momento preciso de declive hegemónico y transición geopolítica. Una lectura rápida de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional confirmará todos estos objetivos, vertidos allí de forma clara y explícita por la nueva administración.

En cualquier caso, las tesis de la autora no sólo pueden ser refutadas en la teoría, sino que resultan controvertidas por los últimos acontecimientos. Si la interdependencia económica de Estados Unidos y México blinda a este país contra las intervenciones, ¿por qué Trump no ha dejado de expresar en público la posibilidad de bombardear territorio soberano mexicano? Mientras muchos advertíamos sobre la posibilidad e incluso la inminencia de un ataque limitado contra Venezuela, no faltaron quienes nos trataron de trasnochados o conspiranoicos, afirmando que se trataba de un bluff propio de la bravuconería trumpiana, y lo mismo han de pensar de México por estas fechas.

Pero volviendo a las dos salvedades apuntadas (que el Cártel de los Soles y el combate al narcotráfico son narrativas contingentes, y que la única motivación del imperialismo no sólo es económica sino también geoestratégica), podemos ahora abordar críticamente la siguiente tesis de la autora: “el que Estados Unidos esté motivado por la utilidad económica deja a México en una posición de fortaleza, pues una buena parte de la estabilidad de la economía estadounidense está irremediablemente atada a México, su principal socio comercial”.

No haremos, aunque podríamos, una crítica ética a la idea de que, como México estaría a salvo de la intervención, debería rebajar el tono y cooperar con el rey Trump y su corte de halcones, lo que no puede significar más que abandonar a su suerte a los vecinos agredidos de la región. Concentrémonos, en cambio, en la peregrina idea de que México podrá volverse menos dependiente de Estados Unidos mientras el vecino del norte se hace más dependiente de México. La fantasía de una asimetría reversa que han cultivado el centro liberal y ciertas izquierdas ignora las lecciones más elementales de la historia, la economía política y la geopolítica. De hecho, la propia idea de que México debe atemperar sus posiciones, “colaborar” y ceder soberanía deja a las claras cuál es la única asimetría realmente existente: la que separa al gran hegemón imperial de una nación que, le guste o no, hace parte de la periferia latinoamericana y caribeña, y que compartirá con ella su suerte y su destino.

La premisa de que México no será desestabilizado en tanto y en cuanto acepte “cooperar” en “aspectos clave” es fatal. La lógica es que, para evitar una violación flagrante de la soberanía como la que sufrió Venezuela, México debe ceder voluntariamente esos mismos márgenes de soberanía. ¿Ejerciendo acaso una política migratoria cada vez menos autónoma? ¿Aplicando aranceles a China a pedido de Trump y dándole la espalda a un mundo en pleno reordenamiento multipolar? ¿Manteniéndose pasivo ante las acciones armadas contra países vecinos? ¿Renegociando el T-MEC en condiciones leoninas, como las que Trump propondrá? La lista de concesiones que abre esta lógica es potencialmente infinita y ofrece a México un lugar de sumisión y dependencia, en vez de la posición altiva que merece en el escenario regional e internacional.

Además habrá que ver cómo le va a las figuras y a los países que han “colaborado” con Estados Unidos, como el vapuleado Canadá, la humillada Ucrania de Zelenski o incluso Dinamarca, un miembro de la Unión Europea y la OTAN que ejerce históricamente un dominio colonial sobre Groenlandia, dominio que Trump quiere reemplazar por su propia tutela, amenazando incluso con actuar por la fuerza contra sus aliados más estrechos.

Lo interesante del caso es que podemos desbaratar esta fantasía con otra columna de la propia autora. El 30 de octubre Ríos publicó en El País un artículo titulado “Lo que realmente quiere Trump de México”. Es un texto muy interesante y no puedo más que suscribirlo y recomendar su lectura, sobre todo porque contradice frontalmente las tesis fundamentales de la otra columna posterior que he estado analizando aquí. La propia bajada resulta inequívoca: “El intervencionismo trumpista fue visible en Argentina, pero opera con la misma o más fuerza en México”. Así, la autora consideraba hasta hace muy poco que “Trump ha ejercido una presión constante, y en más de un sentido humillante sobre México, a través de un listado de exigencias”.

Ríos se refiere a un documento al que tuvo acceso y que procede a analizar punto por punto. Su conclusión, que de nuevo sólo puedo ratificar, es que “Trump no busca simplemente renegociar un acuerdo comercial con México, sino aprovechar esa mesa de diálogo como un escenario idóneo para forzar a nuestro país a tomar decisiones contrarias a nuestros intereses”. Contra el excepcionalismo que Ríos construye en su columna de Milenio, aquí México aparece como víctima de una tendencia hemisférica generalizada e ineludible. Y continúa, aún más enfática: “Trump no quiere que México sea su socio comercial. Quiere que México sea un productor barato, sumiso y colonizado por empresas estadounidenses que gocen de ventajas regulatorias y estructurales […] La mayoría son exigencias destinadas a que México modifique su marco regulatorio en favor de las empresas estadounidenses o les allane el camino para dominar nuestro mercado y debilitar la competitividad nacional”.

La lista de exigencias, siempre según el artículo de la autora, podría resumirse como sigue: alinear a México con los intereses económicos de Estados Unidos, homologar las políticas de exportación a las del vecino del norte, prohibir empresas y plataformas chinas como Huawei y Logink, resolver litigios abiertos en favor de las empresas estadounidenses, facilitar la entrada de productos norteamericanos, eliminar condicionantes locales a la inversión extranjera, debilitar la competitividad de las empresas mexicanas, etcétera. La conclusión, nuevamente certera, es que “si México sigue cediendo al listado de Trump, habrá dos víctimas. En el corto plazo, la primera será el empresariado mexicano […] La segunda víctima será el Gobierno de Sheinbaum, el cual perderá capacidad para hacer crecer la economía en favor de los mexicanos”.

¿A causa de qué mágico trastoque la autora de estas líneas, que hace dos meses y medio hacía una enfática y bien fundada proclama soberanista, propone ahora moderar el tono, contener la política exterior de la 4T y “cooperar” con una potencia imperial que propone, según sus propias palabras, colonizar el país? ¿Es acaso un efecto (buscado por Trump) de la coerción armada y el chantaje antinarcotraficante? Ríos llega incluso a contemplar la posibilidad de que Estados Unidos, con base en las acusaciones de corrupción contra el liderazgo de MORENA, pueda promover y “lograr un cambio de gobierno relativamente rápido”. ¿Se refiere a un recambio democrático en las elecciones federales de 2030 o un “cambio de régimen” anticipado como el que el tándem Trump-Rubio proponen para Venezuela o Cuba? No lo sabemos.

¿Es entonces México una excepción, como afirma la autora en Milenio, o la confirmación de la regla, como lo sugería en El País? La última contradicción esbozada en el diario español es fulminante y refuerza la tesis que he sostenido en este texto: “México debe estar atento. Por supuesto que confrontar a Trump es un riesgo, pero en el largo plazo no hacerlo puede ser aún más riesgoso. Si la satisfacción del presidente de Estados Unidos depende de que México le conceda todo, nuestro país no está protegiendo la relación bilateral, está asegurando la tumba política de su gobierno de izquierda”. No podría estar más de acuerdo…

Además, volviendo a las afirmaciones del principio —las vertidas en su columna de Milenio—, la autora ignora que la desestabilización no es una mera hipótesis futura sino un hecho en desarrollo, como lo demuestra el apoyo externo y la manipulación de las movilizaciones de la oposición que buscaron instrumentalizar a la “Generación Z”. Es interesante remitirse a los manuales contrainsurgentes a lo Gene Sharp para comprender qué características tienen las primeras fases desestabilizadoras (desobediencia y protesta, no cooperación, “caldeamiento”, etc.). No todas las formas de intervención contemporáneas son directas, declaradas y armadas: de hecho la mayoría no lo son, sino que utilizan componentes civiles y tercerizan las funciones intervencionistas en fuerzas políticas “locales”, como analizamos en un libro colectivo publicado hace algunos años.

Considero, para ir concluyendo, que el drástico viraje en la posición de Ríos es un síntoma fatídico de la eficacia del chantaje trumpiano en toda una serie de actores políticos e intelectuales, chantaje que lo mismo se expresa en su versión armada, como también arancelaria, financiera, migratoria o securitaria. Bolivia y Chile fueron conquistados por la reacción regional. Este año habrá elecciones de resultados no garantizados en Colombia y Brasil. El gobierno del Frente Amplio en Uruguay y el de Bernardo Arévalo en Guatemala se demuestran cada vez más centristas y ensimismados. El porvenir de Venezuela y Cuba es de todo menos certero.

De consumarse además el fraude en Honduras, México podría quedar, en una pasmosa soledad, como uno de los últimos diques de contención progresista de toda la región. ¿Qué impediría entonces a Trump ajustar las tuercas también aquí? A veces los y las analistas confunden la interdependencia económica de México y Estados Unidos con la interdependencia política y gubernamental. Como solía decir Henry Kissinger, parafraseando al británico Lord Palmerston, “Estados Unidos no tiene amistades permanentes, sino intereses permanentes”. ¿Por qué negociar con una Claudia Sheinbaum si pueden aspirar a hacerlo con un Milei o un Noboa?

Lo más grave del asunto es que, para Ríos, sería propio de “voces radicales” (cuando no, una postura demasiado “extrema”, que repele siempre al extremo centro) sugerir que haya que prepararse y ponerse a la defensiva. La columnista nos invita a confiar, a colaborar con Trump y a desarmarnos, una conclusión no sólo criminalmente ingenua, sino diametralmente opuesta a la que la mayoría de los países emergentes están elaborando a nivel global.

Ya he comentado en otra ocasión la “paradoja de Chapultepec”. Cuando hace dos siglos sesionó el Congreso Anfictiónico de Panamá, la delegación mexicana vetó la propuesta bolivariana de conformar un contingente militar unificado y de suscribir un pacto regional de defensa mutua en caso de agresión militar extranjera o tentativa de reconquista colonial. Exactamente 20 años después México fue invadido y el 55 por ciento de su territorio anexionado. La propuesta rechazada hubiera obligado a todas las repúblicas hispanoamericanas a acudir en su defensa, y la suerte de la guerra podría haber sido muy distinta. ¿La lección? Hay que mantenerse atentos y solidarios, porque mañana puede pasarte a ti lo que hoy le sucede a tu vecino.