En 1916, Hermila Galindo, que para entonces era ya una experimentada escritora y propagandista revolucionaria, se presentó ante la tribuna del Congreso Constituyente de Querétaro para exponer una propuesta de reforma para conceder a las mujeres el derecho al voto. Los argumentos interpuestos por la mayoría de los congresistas eran sintomáticos de su época, cuando la idea de que las mujeres disputaran el ejercicio del poder era impensable, aunque hoy en día nos resulten absurdos. Decían, por ejemplo, que las mexicanas tenían una tendencia casi natural hacia el conservadurismo y la reacción por su vínculo con la Iglesia y por su pensamiento anclado al espacio doméstico, lo cual las imposibilitaba para atender y discernir lo concerniente a la cosa pública. Eran, pues, eternas “menores de edad”.

Las historiadoras han demostrado, al menos en las últimas tres décadas, que las mujeres, a pesar de estas restricciones, llevaban a cabo prácticas y ejercicios de ciudadanía. La propia Galindo, a pesar de que en el Congreso que dio forma a la Constitución de 1917 negara el derecho al voto a las mujeres, tuvo el temple y la perspicacia para hacer una significativa campaña electoral como candidata en las elecciones de ese año, amparándose en la redacción genérica del artículo 34. Su candidatura resonó porque era una mujer subvirtiendo la dinámica electoral del momento, retando al sistema que le negaba sus derechos políticos con base en “prejuicios y egoísmos propios del ambiente del servilismo en que hemos vegetado hasta hoy y que cortan los sentimientos y aspiraciones de la mujer”, según las palabras de la propia Galindo en una entrevista para El Universal, publicada en marzo de 1917. Hermila fue derrotada y su candidatura considerada irrelevante e ilegítima, pero marcó un gran precedente. Como ella, vendrían otras en la lucha por el sufragio femenino, por el derecho a votar y ser votadas.

Traigo a colación esta historia (aunque también hubiera podido relatar la de Elvia Carrillo Puerto, Elena Torres, Dolores Jiménez y Muro, Refugio García o Concha Michel) porque nos abre la puerta para alargar el hilo entre pasado y presente. Ahora que hemos presenciado la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia de México, resulta inevitable remitirnos a esa larga lucha por la ciudadanía plena, la actividad profesional y la disputa por el ejercicio del poder, derechos todos que se han garantizado en el marco de la configuración del Estado nación, pero que tardaron en serlo también para las mujeres.

En realidad, Claudia Sheinbaum hizo esta necesaria recuperación de aquellas mujeres y sus acciones y aportaciones para la construcción de instituciones, para el cambio cultural y de paradigmas en lo que respecta al género, y para a la apertura de espacios en el ámbito público. Cabe señalar que las historiadoras y el movimiento feminista fueron piezas fundamentales en esta nueva relectura de nuestro pasado.

Pero la presidenta también nombró a las anónimas, a las invisibles, en un discurso que trastocó las formas cuadradas y estructuradas de lo oficial y masculino, y que no por ello fue menos serio o legítimo; un discurso que también fue una invitación a desarticular una narrativa bronceada de la historia: no sólo hay que nombrar a las heroínas o a los grandes personajes que marcaron el devenir de la nación, pues si nos quedamos en ese nivel narrativo, ahí no estamos todas. Al hablar de aquellas mujeres sin nombre, a veces sin rostro, Sheinbaum logró tejer ese entramado de historias, de aquellas con roles fundamentales para el sostenimiento de la vida de las comunidades y sociedades: nuestras madres, pero también nuestras hijas, hermanas, amigas y compañeras. Por cierto que Diana Fuentes escribió un texto al respecto que me parece imperdible.

A las mujeres nos ha costado cada paso que hemos dado. Cuando la hacemos consciente, esa deuda con las ancestras se vuelve una huella indeleble que marca cada una de nuestras acciones. Me parece que la toma de protesta de Sheinbaum es simbólica en múltiples sentidos. Ya hablé del significado histórico, que no puede ser menospreciado o minimizado, pues sería negar la lucha histórica de esas otras mujeres que nos antecedieron. Asimismo, sabemos que el discurso político está cargado de símbolos, como la vestimenta que llevó Sheinbaum ese día, hecha por una artesana oaxaqueña, o la entrega del bastón de mando por parte de mujeres representantes de los pueblos indígenas del país, esas mujeres que aceptaron acompañar a la primera presidenta enarbolando la planta que alimenta al país, gracias también a la intervención de sus manos y de otras tantas mujeres: el maíz.

Sabemos que no llegamos todas; sabemos que hay una serie de condiciones para acceder a la representación del poder más importante del Estado, pero es inevitable emocionarse en un momento así que nos invita a mirar al pasado de múltiples maneras. Por otro lado, hay que reconocer y respetar que todas desarrollamos estrategias diferenciadas de cara a la emancipación, la autonomía y la liberación. Por eso el acto político de Claudia Sheinbaum tiene valor: porque aún en el siglo XXI a las mujeres mexicanas y del mundo se les sigue cuestionando y ninguneando su lugar en la política electoral, en el ejercicio del servicio público, en la dirección de instituciones y en la toma de decisiones. Recordemos los sesgos, la misoginia, el discurso estereotípico, los prejuicios y el desgaste que han experimentado mujeres como Katrin Jakobsdottir, la ex primera ministra de Islandia, Dilma Rouseff, la expresidenta de Brasil, Mette Frederiksen, primera ministra danesa, o Xiomara Castro, presidenta de Honduras, entre otras. Sin dejar la observancia y la exigencia ante las acciones gubernamentales de Claudia Sheinbaum, es necesario tomar en cuenta que la andanada misógina es el tono con el cual se recibe a las mujeres al momento de ocupar cargos políticos, ese doble rasero que no experimentan los compañeros.

Ahora bien, otro aspecto que invita a la reflexión son las características históricas de la propia trayectoria de la nueva presidenta de México. Por un lado, creo que estamos exigiendo posicionamientos que, dada su propia biografía política, no son posibles. ¿De verdad esperábamos que Sheinbaum omitiera en su discurso o se deslindara del legado o el vínculo con Andrés Manuel López Obrador? ¿Realmente creíamos que iba negar esa historia compartida en la lucha de un movimiento social y político tan complejo y anclado a un amplio sector de la izquierda mexicana? Me parece que eso no tendría por qué ser el elemento de discusión, sino más bien los matices o las diferencias que podemos encontrar en una presentación que, al tiempo que tiene reminiscencias de las formas obradoristas, esboza un toque particular y especial: conciliador, con perspectiva de género y reivindicativo de los derechos de las mujeres.

Un ejemplo son las mañaneras, tan diferentes a las de López Obrador. Las de Sheinbaum están claramente organizadas, con una estructura y objetivos que se notan. Procura no acaparar la palabra y dar el micrófono de manera paritaria, dando voz a las compañeras periodistas. Me parece que uno de sus aciertos ha sido la manera en la cual no ha detentado la narrativa, en particular en lo que concierne al relato de la historia. Como muestra, véase lo sucedido el 2 de octubre, cuando se dedicó el espacio para recuperar la memoria del atentado contra estudiantes, civiles e infancias en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Esa mañanera permitió, así, conocer el origen del movimiento estudiantil, los integrantes de los comités, al igual que sus peticiones, de tal suerte que quienes siguieron la transmisión o se enteraron después de su contenido se enteraron, por ejemplo (y sobre todo pienso en las juventudes), que el movimiento inició en julio y fue callado violentamente tres meses después. Al mismo tiempo, el acto fue acompañado de un gesto simbólico: un decreto que tuvo como principal objetivo ofrecer una disculpa pública por la masacre perpetrada por el Estado mexicano, algo para lo que se tuvo que esperar 56 años.

Por otro lado, el pasado 3 de octubre, durante la mañera se firmaron iniciativas de reformas en materia de derechos y protección a las mujeres, y se presentó la sección “Mujeres en la historia”, donde se habló de las Amotinadas y de Josefa Ortiz de Domínguez, actoras del proceso de independencia. Este hecho es relevante no sólo por la visibilización de las mujeres y su participación en los movimientos sociopolíticos y armados, sino por la crítica y cuestionamiento a los estereotipos que han inundado las narrativas históricas acerca de la presencia y participación de las mujeres. Sin duda éstos son signos de gran relevancia y remarcan la importancia de la llegada de la primera mujer a la presidencia de México.

No obstante, más allá del valor de los símbolos y los ajustes que en materia constitucional se están promoviendo, es fundamental tener la cautela y la capacidad analítica y crítica de las acciones que el gobierno de Claudia Sheinbaum llevará a cabo para atender las problemáticas más sentidas en el país: la inseguridad, la violencia en sus diferentes expresiones, la desigualdad, la protección al medio ambiente, el combate a la discriminación y el racismo, la integración para la igualdad y la equidad, el acceso a la educación y a la cultura, a un sistema de salud integral, entre otros tantos que podemos situar como prioritarios y necesarios.

Apelo por un movimiento de mujeres (en la academia, en el activismo, en la gestión de políticas públicas) activo y vigilante; pero también por un gobierno que promueva la descentralización de la gestión y administración pública, que sea receptivo a la escucha de especialistas y de la sociedad organizada, y que gobierne para todas, todos y todes.