Segunda de tres partes
En la entrega anterior, delineé algunas claves que pueden ayudar a construir un corpus para analizar la concreción de la meritocracia, que, con su premisa basada en el esfuerzo individual como garantía de justicia social, opera mediante la comparación-competencia, el sentido común, la individualización de las problemáticas y la jerarquización “natural” de las poblaciones. Asimismo, mencioné que una de las herramientas fundamentales que coadyuvan para que las personas asuman como propios los resultados que obtienen en cualquier ámbito de la vida social son los grandes relatos que exaltan los casos de “éxito”. Estas narraciones, en su mayoría, presentan como si fueran la regla, y no como excepciones, las historias de personas que han superado las vicisitudes más crueles de la sociedad y han logrado la movilidad social ascendente.
En cada país, con sus particularidades, se han construido grandes relatos con la intención de sostener la lógica meritocrática. Mencionemos algunos ejemplos. En el caso estadounidense, cuyo impacto ha trascendido más allá de sus fronteras, destacan todas esas historias que reafirman el “sueño americano”: casos de “resiliencia”, tanto individual como colectiva, representados, por ejemplo, en producciones cinematográficas que, en su mayoría, comienzan mostrando las dificultades y fracasos de las personas, quienes, a partir de la perseverancia, logran sin embargo convertirse en casos de “éxito”. A manera de ejemplo, pueden mencionarse las biopics sobre Steve Jobs o Zuckerberg, así como casi cualquier producción relacionada sobre la vida de deportistas (de fútbol americano, baloncesto, o de equipos de porristas, etc.), en las cuales los protagonistas se encuentran en una situación de desigualdad social profunda y, mediante su esfuerzo individual y colectivo, logran superar esas barreras.
En el caso de los relatos meritocráticos de México, hay uno que considero central: la manera en que se exalta la figura de Benito Juárez, quien logró llegar a ser presidente a pesar de las dificultades sociales. En la mayoría de las escuelas primarias del país, se enseña cómo “era una persona pobre que quedó huérfana y acarreaba ovejitas, y que, a partir de su esfuerzo, llegó a ser presidente”. Este caso es denominado, por el Movimiento de Aspirantes Excluidos de la Educación Superior, como el “síndrome de Benito Juárez” y es utilizado para reflexionar, entre otras cosas, sobre las formas en que la sociedad nos ha hecho creer en la falacia de la meritocracia. Este mito fundante de la meritocracia mexicana, como lo llamé en mi tesis de maestría, es el caso ejemplar de “éxito” que se nos muestra en nuestra sociedad, pues no hay persona que no conozca la historia y los logros “individuales” del presidente mexicano del siglo XIX.
Mencionemos ahora algunos relatos de otros países. En Guatemala, por ejemplo, está el caso de Marcos Andrés Antil, un indígena cuyos padres eran campesinos, quien, a base de su esfuerzo, logró fundar una empresa digital valorada en más de 8 millones de dólares. Otro ejemplo es el de Mohed Altrad, de nacionalidad siria, quien recibió el premio del emprendedor francés del año por su historia de superación y perseverancia, que lo ha llevado a convertirse en multimillonario. En Colombia, se pueden escuchar historias como la de Ramiro Carvajal, dueño de una empresa deportiva, cuya historia es resumida de la siguiente manera: “de niño pobre a exitoso empresario que pasó de andar descalzo a lucir los mejores zapatos del mundo”. En el Perú, por su parte, una de las historias que más se comparte es la de Marina Bustamante, quien provenía de una familia de escasos recursos y, gracias a su determinación y visión empresarial, logró fundar un imperio del cuero llamado Renzo Costa.
Todos estos grandes relatos, a pesar de que se desarrollen en países distintos, tienen, por lo menos, dos intenciones particulares en común. La primera es generar un impacto en las emociones y psicología de las poblaciones para profundizar el sentido común sobre el esfuerzo individual como único garante de superación personal y social. La segunda intención es buscar que el arquetipo meritocrático se reproduzca y mimetice en otros rostros, para que se pueda seguir sosteniendo la vigencia de la racionalidad meritocrática en las sociedades.
Para que las intenciones anteriores puedan tener éxito, es necesario que los casos mostrados se repitan hasta el cansancio, con el fin de hacerle creer a las poblaciones que la única forma de tener éxito, a pesar de las desigualdades sociales existentes, es la combinación de la “resiliencia”, el “sacrificio personal” y el esfuerzo individual. Sin embargo, cuando una persona proveniente de los sectores más pauperizados y que ha experimentado las desigualdades más extremas logra tener movilidad social ascendente, se le utiliza como un caso emblemático en películas y medios de comunicación con la intención de recuperar y mimetizar la exaltación de su experiencia de vida y de las condiciones sociales en las que vivía para que se crea que “cualquier persona” puede lograr el éxito.
Estos grandes relatos, ya sean los recientes o los que han sido fundantes de la lógica meritocrática, se presentan, como he dicho ya, como reglas y no como excepciones. Es decir, al ser mostrados como lo habitual, nos quieren hacer creer que todas las personas que se esfuercen pueden alcanzar el éxito y salir de la desigualdad. Sin embargo, la historia y el funcionamiento del sistema actual nos ha demostrado que no es así. Son excepciones que se presentan como reglas, ya que una persona que ha tenido “éxito” no atenta, ni vulnera en lo fundamental, al sistema de opresión, sino que le es funcional para sostener las desigualdades estructurales mediante la tesis siguiente: las condiciones sociales en las que vivimos no son relevantes, ya que, en el juego de la supuesta igualdad de oportunidades, lo único que importa es el esfuerzo individual.
Esto no quiere decir que las personas que se han mostrado como ejemplos emblemáticos de la meritocracia no tengan méritos propios o que no hayan sufrido ciertas desigualdades sociales. La cuestión, en realidad, radica en cómo se utiliza la exaltación de estos casos para hacerle creer a la sociedad que cualquier persona, independientemente de la situación de opresión que le atraviesa, puede lograr movilidad social ascendente si se esfuerza lo suficiente.
Estos grandes relatos, insisto, contribuyen principalmente al fortalecimiento de un sentido común, pero también en la profundización de la jerarquización “natural” de las poblaciones, la comparación-competencia y la individualización de las problemáticas sociales. Asimismo, existen casos emblemáticos que se presentan según la particularidad de cada ámbito de la vida social en común (escuela, trabajo, familia, etc.), pero cuya intencionalidad es la misma: mostrar el esfuerzo individual como único garante del éxito social.
En la siguiente entrega abordaré cómo se desarrolla la meritocracia desde la particularidad de algunos ámbitos de la vida social, pero, por lo pronto, considero suficiente mencionar que la lógica meritocrática que opera en las sociedades comparte muchos rasgos comunes con los elementos que he venido mencionando desde la primera entrega, aunque también presenta características particulares según el contexto en el que se desarrolla. Asimismo, y aunque esto también será motivo del siguiente texto, vale la pena señalar, como cierre, que el sentido común de la lógica meritocrática es uno de los pilares en los que se sustentan los grandes relatos, pero que también es su rasgo más endeble.
