El pasado 10 de abril un grupo de académicos e intelectuales firmó un documento en el cual condenan la “intolerancia” y el “fundamentalismo” de un grupo de manifestantes que irrumpieron en una conferencia de la escritora Margo Glantz en la UNAM en el Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE). El evento, llamado “Los viajes de Margo”, se realizó el 8 del mismo mes y se puede ver —al menos hasta el minuto 40— en el canal de YouTube del CEPE. Antes de que finalice la transmisión y, mientras Glantz continúa leyendo su conferencia, se escucha corear a los manifestantes: “Todos contra el genocidio. Desde el río hasta el mar”, “Palestina vencerá. Ese día va a llegar”. Es importante señalar que la interrupción ocurre en el momento en el que la escritora menciona la exposición “El testigo” del fotógrafo colombiano Jesús Abad Colorado. Las imágenes, en palabras de Glantz, muestran la devastación de la guerra y sus víctimas. Instantes después ella menciona la desaparición de los cuerpos y hace referencia a los campos de exterminio nazis. La escritora refiere, también, a las víctimas de la violencia en México. Justo en ese momento es cuando empiezan las consignas y ella alza la voz para hacerse oír. En otro video se puede ver a la escritora discutiendo con los manifestantes: ella les dice que antes de Palestina “hubo una Shoa y mataron a 6 millones de judíos”. Un inconforme contesta que el derecho internacional califica lo que sucede en Gaza como un genocidio y que Benjamín Netanyahu es un criminal de guerra para la Corte Penal Internacional. En medio del intercambio, Anel Pérez Martínez, directora del CEPE, le dice que la conferencia de la escritora es sobre viajes, a pesar de que Glantz había mencionado poco antes la violencia en Colombia y México, algo que es, según entiendo, profundamente político. Después, la ponente sale del escenario y los manifestantes siguen en el lugar con sus mantas y una bandera de Palestina.

¿Estamos ante un acto de intolerancia antisemita como han dicho algunos intelectuales en redes? ¿Margo Glantz fue “cancelada”? ¿Estamos al borde de un linchamiento de escritores judíos o de origen judío? La poeta Blanca Luz Pulido incluso llegó a apuntar: “Qué indignación que cualquier grupo de radicales sin neuronas sea impune, y que nadie los contenga ni los limite, por culpa de una ‘diversidad’ mal entendida”. Uno de los puntos a discutir es la difusión de numerosos tuits en la cuenta de la escritora en la red social X. Si bien la cuenta fue ya borrada, circulan capturas de pantalla que evidencian la propaganda e ideas que Glantz difundía en ella. Lo más constante eran mensajes sobre el Holocausto y propaganda de medios afines al gobierno de Israel, propaganda en la que destacaban las noticias falsas y, sobre todo, la islamofobia.

La ONU define la islamofobia como “el miedo, los prejuicios y el odio hacia los musulmanes que conduce a la provocación, la hostilidad y la intolerancia mediante amenazas, acoso, abuso, incitación e intimidación de musulmanes y no musulmanes, tanto en el mundo en línea como fuera de ella”. El 15 de marzo, por cierto, es el Día Internacional de la Lucha contra la Islamofobia. Reiteradamente la escritora difundía mensajes que caracterizan al Islam como una religión violenta y a los musulmanes como seres irracionales que amenazan la civilización occidental y los derechos humanos. En algunos de sus retuits, por ejemplo, propagaba información que vincula a la ONU y a Amnistía Internacional con el terrorismo islámico. En otro de los muchos casos para citar, advierte de la amenaza de la burka contra las mujeres del mundo. El historiador Enzo Traverso, en su ensayo “Islamofobia, el nuevo racismo occidental”, reflexiona sobre el estigma a la cultura musulmana y las coincidencias que tiene con el antisemitismo del siglo XX. Hay, como dice el autor, una raíz colonial en la demonización del mundo árabe que, en este nuevo siglo, sirve a diferentes discursos vinculados al posfascimo, particularmente en Europa y Estados Unidos.   

Parecería estar fuera de toda discusión que una intelectual premiada e influyente como Margo Glantz está representada por los mensajes que difunde o difundía en una red social. No es un bot ni una cuenta anónima. Tampoco era un mensaje aislado en su perfil. De hecho, la misma UNAM festejó en su cuenta de X el año pasado el cumpleaños de la autora con un elogio a su actividad como tuitera, aunque no citó sus posts sobre Israel y el Islam. Si yo escribo algo en las redes asumo la responsabilidad de lo que escribo o lo que comparto para validar noticias o propaganda de otros. Quizás, como escribió el académico Jezreel Salazar en el texto “Escribir y deshumanizarse” —un epistolario que publica en la plataforma Medium—, las redes sociales han terminado por radicalizar a muchos miembros de la comunidad literaria en México que es, como muchos saben, conservadora en términos generales. El maniqueísmo, la frivolidad, el ninguneo a la opinión del otro son frecuentes en muchos escritores nacionales. En ese sentido, internet ha potenciado la política del odio y, podría decirse, una crisis de legitimidad en los intelectuales que se ven rebasados por la realidad. Por otro lado, no consideran problemático respaldar o guardar silencio ante un genocidio mientras sus obras reivindican el espíritu humano, el pensamiento y el cuestionamiento de la historia por medio de las palabras. Los académicos y escritores que condenaron la manifestación en la conferencia y mencionaron una y otra vez intolerancia no han dedicado una sola línea a las posiciones públicas de Glantz en X. Es, por supuesto, negarse a ver el cuadro completo y contribuir, caricaturizando la protesta, a una polarización que, en el papel, ellos deberían desactivar o, al menos, proponer un diálogo desde la autocrítica.

Margo Glantz no estaba defendiendo en sus publicaciones de X —más allá de sus continuas referencias al Holocausto— la memoria judía ni su tradición intelectual y artística. Lo que hizo en sus redes sociales muestra, en cambio, la instrumentalización de la víctima para volverse el nuevo verdugo, apelando al cheque en blanco que le da su sufrimiento o, en este caso, el de sus antepasados. Esta situación no pasó inadvertida para los manifestantes que irrumpieron en su charla. Hagamos un ejercicio de imaginación: ¿qué hubiera pasado si un escritor difunde propaganda antisemita y es invitado a dar una charla en la UNAM? ¿Qué hubiera pasado si estudiantes y miembros de la comunidad judía se hubieran manifestado y hubieran irrumpido en la charla? Seguramente habría habido una condena unánime a la UNAM por invitar al escritor y un respaldo absoluto a los activistas. ¿Por qué es tan difícil hacer esta analogía para los firmantes de la carta? Ríspida, con gritos y consignas, la manifestación fue similar a muchas que ha habido en otras universidades del mundo. Ante ciertos discursos dominantes, la protesta es, para muchos, la única vía de expresión. Para quien dude del monopolio y respaldo del que goza la élite literaria mexicana, sólo basta ver la cobertura de lo ocurrido en los medios de comunicación convencionales: Reforma, El Universal, La Crónica, Milenio y hasta el Semanario Zeta —que tituló su nota “Radicales irrumpen en conferencia de Margo Glantz”— sólo mostraron una parte de la historia, dejando a un lado otros puntos de vista que aparecieron en portales, revistas y redes sociales. Después de que la polémica pase, Margo Glantz seguirá siendo invitada, becada, homenajeada, publicada y financiada. Los estudiantes y manifestantes seguirán en la periferia, sin gozar de una tribuna como la de ella, e incluso corriendo el riesgo de comprometer sus estudios, ya que muchos académicos, maestros suyos, son incondicionales defensores de la escritora, que es un monumento vivo de la literatura mexicana. No se le debe confrontar, como me dijo alguien en Facebook, por su edad, su prestigio y porque “su fuerte no es la geopolítica, sino la literatura”. El caso de Margo Glantz, más allá del personaje y del exabrupto en su conferencia, es sólo una muestra de la distancia abismal entre el prestigio cultural de nuestros escritores más afamados y las posiciones deshumanizantes que han adoptado en esa suerte de Caja de Pandora en la que se han convertido las redes sociales.