“La madre es así una vaca amorosa.” ¿Quién habrá escrito esa línea, tan cargada de misoginia? “Las niñas y las mujeres núbiles son mujeres en proceso, crisálidas o larvas de mujer.” ¿Octavio Paz? ¿Mario Vargas Llosa? ¿Juan José Arreola? ¿Charles Bukowski? ¿Xavier Velasco? “Las mujeres creen en los dioses, en los hombres, en los cuentos y en el chisme.” Claro, tiene que ser algún escritor con una denuncia en el #MeToo, o cuyo nombre esté colgado en un tendedero universitario. “Independientemente de que las mujeres se consideren a sí mismas creyentes o religiosas, de que se autodefinan como ateas o científicas, su subjetividad es mágica y religiosa.” O tal vez un ex vaca sagrada, alguna vez querido por sus novelas y ahora conocido por firmar desplegados de la comunidad cultural a favor del PAN. ¿No? “Las mujeres tienen la esperanza de poder depositar su fe, su necesidad de creer en otro. Parten de la certeza de la intervención positiva o negativa del otro en sus vidas o en la sociedad. Por eso son fieles seguidoras de las religiones y son las primeras conversas por los invasores y por los dominadores.” Pues resulta que son citas de Los cautiverios de las mujeres, el libro más icónico de la feminista Marcela Lagarde.[1]
Desde hace varios años ya, Lagarde se ha vuelto una figura bastante polémica, dadas sus recurrentes declaraciones despectivas sobre las personas trans. En marzo de 2022, participó en el foro transfóbico “Aclaraciones necesarias sobre las categorías Sexo y Género”, que provocó protestas en Ciudad Universitaria. “El sujeto del feminicidio son las mujeres, no las personas trans, bi, tri, no las personas de cualquier nomenclatura”, dijo en una conferencia organizada por el Centro de Justicia para las Mujeres de Baja California al final del mismo año. Y también, allí mismo: “No se vale que vengan otras personas a borrar a las mujeres de esa ley y ampliarla a los trans”. Que pronunciara esas palabras en un tono de burla en uno de los países más peligrosos del mundo para ser una mujer trans ya de por sí es bastante grave; sin embargo, es aún peor que ninguna de sus seguidoras en el movimiento feminista parece preocuparse por esas declaraciones abiertamente transfóbicas. Prueba de ello es que, cuando un grupo de estudiantes irrumpió en un evento con Marcela Lagarde en la Universidad Complutense de Madrid hace un año, gritando “fuera terfs de la universidad” y “aquí está la resistencia trans”, cientos de académicas mexicanas firmaron una carta abierta en la que condenaron y criminalizaron esa movilización estudiantil, tildando una manifestación pacífica de ser violenta.
El debate sobre Marcela Lagarde y su legado intelectual y político surgió otra vez este año, cuando, después de una serie de invitaciones y desinvitaciones, ofreció una conferencia en Ciudad Juárez. En este contexto, urge que revisemos su producción intelectual. Justo como pasó después de la manifestación contra Margo Glantz en la UNAM, hay una narrativa que aboga por cerrar filas detrás de una figura consagrada sin querer reconocer las razones por las ya no es tan querida entre los jóvenes, ni mucho menos las que explican concretamente el motivo de las protestas. En el caso de Lagarde, sus seguidoras suelen inventarle logros que ni siquiera son suyos: es común leer que Marcela Lagarde acuñó la palabra feminicidio, aunque la palabra femicide apareció por primera vez en un libro publicado en el Reino Unido en 1801 y su uso contemporáneo por los movimientos feministas surgió gracias al activismo de Diana Russell en los años setenta;[2] ser la primera persona en traducir un concepto de un idioma a otro no te hace su inventora, y aunque Lagarde dice que está bastante preocupada por el “borrado de las mujeres”, la que está siendo borrada aquí es Russell. Por eso hay que sentarnos a leer la obra de Lagarde, y realmente analizar y debatir lo que dice, en vez de confiar en lo que dicen otras personas.
Los cautiverios de las mujeres, por ejemplo, su trabajo más famoso, es un libro larguísimo y tiene una prosa bastante pesada. O, para ponerlo más explícito: es un libro que, en términos estilísticos, es un poco tedioso, hasta soporífico. Independientemente de cualquier crítica hacia los contenidos del libro o las posturas políticas de la autora, hay que decir que Marcela Lagarde simplemente no escribe bien. Sospecho que esta calidad es una de las razones principales por las que no hemos podido tener un buen debate público alrededor del libro, dada la reducida cantidad de personas que, imagino, sí lograron terminarlo. Y como pasa con muchos autores consagrados, si no hemos leído un libro pero hay otras personas que están diciendo que es una obra maestra, y nadie les está llevando la contraria, tenemos que suponer que están diciendo la verdad.
Sin embargo, sí diría que es un indiscutible logro intelectual, de una estructura tan perfecta y cristalina que ya no tiene espacio para la vida. Es un libro que tal vez se puede admirar a lo lejos, pero es frío y formalista. Si me recuerda a otro libro, sería a El laberinto de la soledad, en particular el capítulo infame sobre los pachucos que fue tan criticado por José Agustín, pues pareciera que no hay ninguna decisión que pueda tomar una mujer que esté bien en los ojos de Marcela Lagarde. Si José Agustín dijo que Paz vio a los pachucos “desde fuera, con desdén de aristócrata y mentalidad de maestro lasallista”,[3] podemos decir que Lagarde tiene una mirada parecida: describe los dilemas que enfrentan las mujeres y los espacios que históricamente han sido feminizados como una serie de cautiverios, pero el tono es enrarecido, condescendiente y poco empático. A veces se puede olvidar que fue escrito por una mujer, porque nada indica que se sienta interpelada por las críticas que está haciendo hacia la vida de las mujeres que, según su esquema intelectual, siempre son “madresposas”, “putas”, “monjas”, “presas” o “locas”. No se sabe con cuál de esas categorías se identifica Marcela Lagarde, pero parece preocuparle poco que algunos de esos términos podrían resultar ofensivos a otras mujeres.
Quizá haya quienes defiendan este abordaje, diciendo que sólo estaba hablando del cautiverio y no de la liberación. Pero es que todo parece ser un cautiverio para Lagarde, quien dice que “toda existencia, todo particular es una prisión” (Los cautiverios…, p. 642). Nos ofrece una visión derrotista de la vida bajo el patriarcado, un sistema cerrado en el cual no pareciera que las mujeres tengamos ninguna agencia. Las citas que vienen a lo largo de este texto son muestra del problema: a menudo, su crítica al cautiverio en sí se confunde con una crítica a las mujeres que lo habitan, llevándole a usar un tono parecido al lenguaje machista e infantilizador de siempre. Dentro del propio movimiento feminista, habría que reflexionar —más allá de la polémica sobre las personas trans que rodea a Lagarde— si este marco teórico realmente nos liberará. Por otro lado, tal vez en el fondo no sea una sorpresa que Lagarde haya empezado a colaborado con el PAN, como lo hizo en Hidalgo este abril, especialmente cuando en Los cautiverios de las mujeres encontramos las siguientes líneas sobre el aborto: “El aborto es un peligro y un atentado a la salud de las mujeres; de hecho, en cada aborto se pone en peligro la vida, y ése es el capital simbólico que manejan algunas mujeres. Apelan al otro con el daño, siendo víctimas, para ser cuidadas y ser queridas (maternalmente). A veces tienen éxito” (p. 759).
Para Marcela Lagarde, no parece que haya una manera no-patriarcal en que una mujer pueda ejercer su sexualidad, o escoger no ejercerla. Para ella, las lesbianas “rinden homenaje a la cultura patriarcal y a la masculinidad” porque “entre ellas se reproduce la cultura amorosa, afectiva, erótica dominante” (Los cautiverios…, p. 244-245). Pero si una mujer se casa con un hombre es una “sierva”, (p. 445) y si renuncia a la vida erótica “se confirma el poder que la oprime” (p. 485). Tampoco puede intentar vivir su vida sexual libremente, ya que “una de las formas de dominio y agresión más importantes que pueden realizar los hombres a las mujeres consiste en considerarlas y convertirlas en putas” (p. 560). No se puede ganar. Y sí, las mujeres no seremos libres hasta que caiga el patriarcado, pero hay una línea delgada entre describir los dilemas sexuales de las mujeres bajo el patriarcado y reproducirlas.
En marzo, después de la primera cancelación de su conferencia en Ciudad Juárez, había mucho debate en redes sobre la supuesta lesbofobia de estas secciones de Los cautiverios de las mujeres, por lo que vale la pena tomar un momento para analizar esta cuestión. Muchos activistas de la diversidad sexual dijeron que es un libro lesbofóbico, mientras que las defensoras de Lagarde dijeron que habían descontextualizado las citas, y que estas ideas vienen de Simone de Beauvoir. Primero hay que decir que el contexto sí importa: tal vez podamos perdonar algunos comentarios lesbofóbicos de Simone de Beauvoir, porque El segundo sexo fue publicado en 1949 —veinte años antes de la salida del closet del sujeto político LGBT mediante los disturbios de Stonewall en Nueva York—, cuando era natural que hasta una mujer brillante como ella tuviera sus prejuicios al respecto. Pero Los cautiverios de las mujeres fue publicado en 1990, en el medio del movimiento que buscaba detener la crisis de SIDA, dentro del cual muchas lesbianas tuvieron un papel protagónico.
En ese sentido, es también importante señalar la existencia de una larga tradición de lesbofobia feminista, que se asoma en incidentes como la advertencia de Betty Friedan sobre la “amenaza violeta” que creía que ponía en peligro al movimiento.[4] Cuando Lagarde dice que “el lesbianismo es rechazo a la feminidad dominante y dificultad de integración de la identidad significada real y simbólicamente por la madre… y es a la vez identificación de la mujer con lo masculino y patriarcal” es difícil no leerla como parte de esta tradición —a la que también pertenece de Beauvoir, por supuesto—. Además, sus comentarios sobre “el intento de asemejarse al hombre, ser hombre, aun eróticamente” de las lesbianas butch puedan acaso explicar su posterior transfobia (Los cautiverios…, p. 243). Pero más allá de la cuestión de si los comentarios en sí son lesbofóbicos o no, da la impresión de que Lagarde no cree que una lesbiana pueda ser feliz en su relación de pareja, o que pueda sentirse libre, porque toda línea de fuga termina siendo otro callejón sin salida en su esquema intelectual.
Con todo, acaso lo peor del libro sean sus exabruptos racistas e islamofóbicos, que nunca son el centro del texto, pero que sí aparecen varias veces a lo largo de sus ochocientas páginas. Cuando, por ejemplo, aborda el problema de la desnutrición infantil en el capítulo sobre las madresposas, se refiere a los niños desnutridos como “niños Biafra… personajes de la maternidad de mujeres desnutridas” (Los cautiverios…, p. 372-373). Dado que la guerra de Biafra, una de las peores tragedias de la África postcolonial, va desvaneciendo en la memoria del occidente, hay que recordar su costo humano: alrededor de dos millones de civiles murieron, la mayoría de hambre. Ni el genocidio en curso en Gaza llega a cifras tan escalofriantes. En ese sentido, pensemos cómo reaccionaríamos a una feminista académica que en treinta años empezara a hablar de “niños Gaza” para describir un problema social que no tiene nada que ver con la ultraviolencia fascista del sionismo: ¿lo tomaríamos bien?
En otra sección, cuando da una lista de las aflicciones y opresiones que las mujeres enfrentan, menciona “diversas formas de mutilación sexual, como la clitoridectomía que se expande con el Islam, la religión contemporánea que más adeptos incorpora” (Los cautiverios…, p. 73). Me gustaría profundizar en este punto, ya que es un bulo islamofóbico, pero también es un mito bastante difundido en las culturas occidentales. La gente suele creer que la clitoridectomía es una práctica islámica, incluso si no es simpatizante de Vox. Aunque sí hay una correlación entre el Islam y la clitoridectomía, no hay ninguna relación causal, ya que se practica en un cinturón que incluye el Sahel, partes de África oriental y la Península Arábiga, y que va hasta Indonesia: no la practican, pues, los países islámicos que se encuentran fuera del cinturón (como Marruecos, Argelia, Pakistán, Afganistán y Turquía). Además, aunque Lagarde tiene razón en que el número de musulmanes está creciendo en el mundo, ese crecimiento demográfico no está acompañado por un crecimiento en la tasa de clitoridectomía, puesto que es una práctica ilegal en la mayoría de los países africanos y en muchos del medio oriente; los países que han progresado poco en combatirla suelen ser dictaduras, estados fallidos o países en guerra civil. Por ejemplo, se logró prohibir la clitoridectomía en Sudán después de la heroica revolución de 2018, que había prometido acabar con el legado de dictadura en el país saheliano, pero el golpe de estado de 2021 y la guerra civil que surgió en los años siguientes impidieron traducir esa ley en hechos. Sea como fuere, Lagarde no muestra mucho interés en entender esas realidades y sus matices, porque ello significaría reconocer a los africanos y árabes como actores políticos en vez de una masa uniforme y amenazante. Por eso, feministas decoloniales como Aura Cumes han criticado las posturas de Lagarde hacia las mujeres racializadas como esencialistas y reduccionistas.[5]
Esta revisión es sólo una parte de ese trabajo, en buena medida por hacerse: el de debatir a profundidad las ideas de les autores, por más consagrades que estén. Y es que merecemos algo mejor que este culto a la personalidad de una figura que tiene bastantes fallas. Hay que aferrarse a ese ideal que nos legó Marx: el de emprender “una crítica despiadada de todo lo existente”, porque es justo por medio de esa crítica despiadada que podemos construir algo mejor. Y “lo existente” incluye a las generaciones anteriores de lucha social: obviamente tenemos que reconocer sus logros, pero podemos y debemos criticar sus errores, hasta despiadadamente.
Lo malo es que se ha vuelto casi imposible tener este debate, dada la actitud de muchas de las feministas lagardistas, que suelen acosar a cualquier persona que tiene una opinión indebida de la vida y obra de Marcela Lagarde, acusándola de misoginia, de ignorancia, de mala fe: ni Elena Ríos se salvó cuando la criticó por su transfobia hace un año, tras lo cual las lagardistas la llamaron una colaboradora con el patriarcado y arrastrada y lameculos; la feminista española Laura Redondo hasta le acusó de apoyar “el terrorismo machista”.[6] Aquí hay que enfatizar que este lenguaje que descargaron contra una sobreviviente de un ataque de ácido es bastante violento, deshumanizante y misógino. En ese sentido, son ellas quienes terminaron por encarnar todo lo que ellas mismas dijeron de les estudiantes que manifestaron en contra de Lagarde en Madrid, aunque elles de hecho se habían limitado a expresar un rechazo a sus ideas.
También hay que enfatizar que la violencia del acoso hacia Elena Ríos expresa el mismo desdén que encontramos en las partes más ofensivas de Los cautiverios de las mujeres, en las que Lagarde condena a las mujeres que hacen cosas que ella considera inadecuadas —es decir, casi todas las mujeres—. Como dijo Celia Amóros, si conceptualizamos mal, politizamos mal. Por ello sostengo que la manera en que Lagarde conceptualiza a las mujeres como seres sin agencia, cautivas, atrapadas en un laberinto, tiene como contraparte la necesidad de una líder ilustrada que nos pueda liberar. En ese sentido, si en ningún momento de Los cautiverios de las mujeres queda claro que Lagarde se sienta interpelada por las críticas que hace sobre las vidas de las mujeres bajo el patriarcado, seguramente será porque cree que se encuentra afuera de los cautiverios, un espacio que no concede a nadie más que a sí misma —y acaso a sus seguidoras—. Por ello, la violencia con que las feministas lagardistas responden a cualquier cuestionamiento hacia su obra muestra la confusión que han desarrollado entre una feminista en particular y el feminismo en sí. Así, una crítica hacia Lagarde—como la de Elena Ríos—se vuelve una traición al movimiento, sin importar si viene de alguien que también ha hecho mucho para combatir la violencia machista.
Yo disto de esas posturas. Creo que necesitamos un feminismo que reivindique la iconoclastia, no sólo cuando se trata de los monumentos que se encuentran en Paseo de la Reforma, sino también de los monumentos que se encuentran dentro del propio movimiento. Un feminismo estridentista, capaz de rechazar a las feministas consagradas con la misma vehemencia con que Manuel Maples Arce condenó a las generaciones anteriores de poetas mexicanos, porque no nos liberará simplemente reemplazar la rotonda de hombres ilustres con una de mujeres ilustres.
Notas
[1] Marcela Lagarde (1990). Los cautiverios de las mujeres, Universidad Nacional de México, México, p. 384, p. 386, p. 308 y pp. 306-307, respectivamente.
[2] Madhumita Pandey (2024). “Femicide: many countries around the world are making the killing of women a specific crime – here’s why it’s needed”, The Conversation.
[3] José Agustín (1996). La contracultura en México, Grijablo, México, p. 18.
[4] Luciana Sánchez (2017). “Hay una lesbiana en mi campaña por el aborto legal”, Agencia Presentes.
[5] Aura Cumes (2007). “Mayanización y el sueño de la emancipación indígena en Guatemala”, en Mayanización y vida cotidiana, Santiago Bastos y Aura Cumes (eds), vol. 1., FLACSO; Aura Estela Cumes (2012). “Mujeres indígenas, patriarcado y colonialismo: un desafía a la segregación comprensiva de las formas de dominion”, Hojas de Warmi, no. 17, p. 10.
[6] Véanse, por ejemplo, las respuestas al tuit de Ríos: https://x.com/_ElenaRios/status/1770688441384067575.
