para mi madre y su padre, que me heredaron el don del magisterio
Aquí, en la falda de las colinas, ante el ocaso
y las fauces del tiempo,
junto a los huertos de sombras arrancadas,
hacemos lo que hacen los prisioneros,
lo que hacen los desempleados:
alimentamos la esperanza.
Con estas palabras inicia Estado de sitio, del poeta palestino Mahmud Darwish. Quiero que el inicio y el final de ese extenso poema precedan mi llamado de hoy a educar para la paz sin eufemismos. No hay vacuna más potente contra la epidemia eufemística que la poesía. Cito a continuación el final de ese tremendo poema, escrito en 2002 en la Ramala asediada, en Palestina ocupada:
¡La paz sea contigo que velas por
el éxtasis de la luz, la luz de la mariposa, en
la noche de este túnel!
¡La paz sea contigo que compartes mi copa
en la negrura de una noche que colma dos asientos:
salud, sombra mía!
La paz es la palabra que atesora el viajero
para el cruce en el camino con el viajero.
La paz es paloma entre dos extraños, zureo compartido al borde del abismo.
La paz es la añoranza de dos enemigos, que anhelan bostezar en el andén del hastío.
La paz es el gemido de dos amantes lavándose
a la luz de la luna.
La paz es la disculpa del fuerte ante el
débil de armas —pero de largo alcance.
La paz es partir las espadas ante la belleza
natural, aceptar que el rocío mella el hierro.
La paz es un día plácido, agradable, de pasos
suaves, sin riñas.
La paz es un tren con pasajeros que van
o vienen de excursión por las afueras de la eternidad.
La paz es reconocer, públicamente, la verdad:
¿qué habéis hecho con el fantasma del asesinado?
La paz es dedicarse a cultivar el jardín:
¿qué vamos a sembrar de aquí a nada?
La paz es ahuyentar las pupilas
del zorro que seducen a la mujer asustada.
La paz es el ahhh de un agudo sostenido de moaxaja
en el corazón de la guitarra exhausta.
La paz es la elegía a un joven con el corazón destrozado por el lunar
de una mujer, no por una bala o por una bomba.
La paz es cantar a la vida aquí, en la vida,
pulsando la cuerda de una espiga.
Y ahora sí, agradeciendo esta palabra veraz, poética, vacuna contra el eufemismo, empezaré por reseñar brevemente algo que suele maquillarse como “cultura de paz”.
Muchas veces escuchamos (aun en nuestra universidad) que se educa hacia una “cultura de paz”. Cuando tratamos de comprender qué se entiende como tal, se revela que el punto de partida es la voluntad de no ofender a nadie ni “herir susceptibilidades”. Es allí mismo en donde reside el problema y en ello me enfocaré desde la perspectiva de la ética heterónoma, a la cual defino como “justicia del otro” y que se diferencia de la concepción altruista —generosa, aunque no tan exigente— de (mi) justicia para el otro (también). Se trata de una perspectiva radicalmente crítica, que, así como en el cambio de posición revela que lo que unos consideramos como “derechos ganados” son privilegios obtenidos a costa de otros, cuestiona la función censora de las ideas mencionadas de “ofensa” y de “susceptibilidad”. Por otra parte, celebro que de manera frecuente —especialmente en nuestra universidad— escuchemos que se educa para el pensamiento crítico: he aquí mi contribución.
Por una paz libre de eufemismos
El filósofo del siglo XVII, Baruj de Spinoza, explica en su Ética que, en tanto humanos, somos seres pasionales. Que hay dos clases de pasiones: las tristes, que debilitan el conatus essendi (y se rigen por el odio) y las alegres, que lo afirman desde el amor, es decir, que nos arraigan más a la vida. La buena noticia es que toda pasión triste, si se aborda su causa, puede transformarse en su contraparte, y así reafirmar el conatus essendi. De este modo, podemos decir que una “paz” que se plantea desde el temor a ofender a alguien es una paz débil; mientras que otra “paz” que afirma con franqueza y sin temor el amor a toda vida es una paz fuerte (en esta senda, según el filósofo, un orden político es sólido cuando todos cultivan la alegría de sentirse representados y, contrariamente, un orden tiránico o autoritario, sostenido únicamente en el miedo, es frágil).
Primera conclusión, con Spinoza: abogar por la vida de todos los humanos y no humanos en un conflicto armado es bregar por una paz fuerte y sincera. Por el contrario, tener miedo de ofender a una parte por defender la vida del otro lado no es bregar por la paz, sino por el mantenimiento del statu quo. Mantener un statu quo injusto contradice a una paz genuina por condescender a una situación de dominación. Por lo tanto, las pasiones tristes, como el temor a ofender al dominador, no conducen a ninguna paz, pues este apaciguamiento temeroso no es sino un eufemismo que revela la complicidad con la parte opresora.
Pensémoslo con Herbert Marcuse, que en su concepto de “tolerancia represiva” demostró que la ecuanimidad (dar lo mismo a dos partes en una situación asimétrica) sólo contribuye a mantener la brecha de la desigualdad, perpetuando la injusticia original. Si, en situaciones asimétricas, la “paz” (o este apaciguamiento) originada en el temor y la tolerancia se vuelve cómplice y no repara la injusticia original. En una situación de ocupación genocida, como la que testimoniamos al menos desde hace 695 días en Palestina (ostensiblemente en la Franja de Gaza, aunque también en Cisjordania y Jerusalén Oriental), la asimetría es total. Hablar de “paz” con tibieza ecuánime y pretensión de objetividad, en casos de lesa humanidad, es perpetuar la tolerancia represiva, es degradar nuestra palabra a mero eufemismo (es decir, se usa un término decoroso y conveniente para encubrir lo ominoso).
Entonces, en nombre de la veracidad —que no sólo se atiene a los datos objetivos del positivismo, sino que proviene de un compromiso subjetivo con la verdad, expresado desde las pasiones alegres— es preciso educar hacia la construcción de un concepto de paz libre de eufemismos, que detenga la reproducción de la injusticia. A continuación, propondré algunos conceptos que pueden encaminarnos —partiendo desde la justicia del otro— hacia una educación para una paz genuina.
Educar desde la perspectiva de la justicia del otro
En esta parte quisiera detenerme en algunos conceptos de la ética heterónoma (inspirada en la filosofía de Emmanuel Levinas) para sustentar una educación entendida como encaminamiento hacia la paz.
Tanto la raíz latina de educar, como la griega que designa a la pedagogía remiten al camino como guía. Algo del orden del nomadismo tiene la educación. En esta senda vamos a establecer el horizonte que es la ética heterónoma. Luego, nos detendremos en el primer paso, que es la base de confianza inherente a la educación. Entonces, plantearemos el sentido de la atención con el fin de cultivar una concepción del respeto que se sitúa en las antípodas de la reverencia porque plantea otra relación con la autoridad. Para concluir este apartado, destacaré una experiencia que aprendí recientemente en México, en educación popular, que pronto cumplirá medio siglo: la secundaria popular Carrillo Puerto, de Morelia.[1]
a. La ética heterónoma como horizonte:
El filósofo Emmanuel Levinas puso a la ética en el lugar de la filosofía primera (aquella que hace posible filosofar). Al definir a la ética como relación con el otro, el filósofo mostró la prelación del otro respecto al yo. En el entramado de tiempo, lenguaje y subjetividad, el otro, la otra, es primero. Nacemos en medio de un lenguaje que heredamos, en un tiempo que nos precede y nos sucederá y somos sujetos por estar sujetados a aquellos que nos recibieron y a esos otros que nos sobrevivirán. Aquí la herencia se revela como custodia y no como posesión. Heredar (la lengua, el tiempo, el nombre propio) no es poseerlos y hacer con ellos lo que queramos, sino atesorarlos y cultivarlos para honrar el pasado y sembrar el porvenir. Somos parte de la milpa sembrada por otros, algo que el anarquista Gustav Landauer retrató así:[2]
lo que somos es lo que son en nosotros nuestros antepasados, que en nosotros están activos, eficientes, vivos, que viven con nosotros en contacto con el mundo exterior y teniendo roces con él, que a partir de nosotros y junto con nosotros se transforman en nuestros descendientes. Es una poderosa cadena que procede de lo infinito y pasa a lo infinito (…) Todo lo que vive vive de una vez y para siempre. (…) Somos los instantes de la eternamente viva comuna de ancestros. De la eternamente viva.
La comunidad no es la suma de individuos que se ponen de acuerdo para convivir: la comunidad nos habita y, cuando la descubrimos en nosotros, naturalmente vivimos en comunidad con otros.
La invención del individuo solipsista fue una de las fantasías más dañinas de las sociedades autoproclamadas “occidentales” (orientalistas, es decir, con Edward Said, racistas) que se sirvieron de la falacia individualista para los fines del despojo colonial. La ética heterónoma, pensada como “justicia del otro” (heteron, nomos), nos re-orienta (esto es: nos des-orientaliza). Pues este cambio radical de perspectiva —en el que la justicia del juzgador se sienta en el banquillo del acusado— es un antídoto potente contra el racismo. Aclaremos que la heteronomía es la abuela de la autonomía y no su némesis.
Para que no parezca abstracto, hagamos un ejercicio recomendado por el filósofo de la heteronomía: leamos la declaración de los derechos humanos en segunda o tercera persona y verán como todo cambia. Afirmar el derecho a la vida del otro, por ejemplo, deshabilita el horizonte pretendidamente inexorable de la guerra de todos contra todos. He aquí un camino hacia la paz desde la justicia del otro.
b. Primer paso: confiar (por una nomado-lógica de la educación)
Los nómadas del Sáhara Occidental son grandes maestros. Al asumir la fragilidad humana como herencia, los beduinos practican la hospitalidad. En una economía de no acumulación, viven en jaimas que pliegan y despliegan en el camino y los pocos objetos que cargan son multifuncionales. Confían en la memoria de los camellos, que perciben las rutas subterráneas del agua, y esperan la visita de los desconocidos para tener noticias: sea de peligros o de promesas (de lluvia, por ejemplo). No son ingenuos. Por el contrario, saben de la fragilidad humana y, en lugar de combatirla, con humildad la asumen (la abrazan). Dicho en otros términos: en el desierto, la vulnerabilidad humana se cuelga una h en el pecho y se lee como vulner(h)abilidad. La valentía, entonces, no consiste en disimular la fragilidad, sino en hacer las paces con ella: afiliarse a la condición de ser heribles (vulnus). Entre la gente del desierto, la bravura converge con la humildad, la austeridad con la generosidad. Para los saharauis, la jaima es como el alma: por eso dicen que hay personas (generosas) que tienen jaima grande y otras que tienen jaima chica. En el inconmensurable horizonte de la justicia del otro, la nomado-lógica marca el paso de la educación. Maestros de paso ágil, los poetas son consejeros políticos. También enseñan los abuelos a guiarse por las estrellas a plena luz del día (porque el suelo, hecho de dunas, se mueve y lo único fijo está en el cielo). También los pájaros, los burros y los camellos, en el desierto, educan a los humanos.
Por su parte, el sedentarismo academicista trata de disimular la vulnerabilidad acumulando erudición. Pero las construcciones pesadas terminan aplastando a los sedentarios. Los rascacielos y la luz artificial les impiden leer las estrellas. En lugar de afiliarse a la condición vulnerable, pretenden domeñarla y en ese afán se escudan en saberes, los vuelven murallas en donde impera la desconfianza.
La desconfianza —que muchas veces en estos pasillos se confunde con lucidez— es una pasión triste. Desconfiar es un acto mezquino y la educación, por definición, es acción generosa. La desconfianza, vista desde la justicia del otro, responde a una inseguridad excesiva que lo único que asegura es la incomprensión. Como educadoras, educadores, tenemos el deber de confiar en los seres humanos que tenemos en frente. La educación no cabe en jaima chica. Es preciso confiar, pues siempre hay tiempo para ser defraudado. La desconfianza proviene del temor a no tener la razón. Pero anteponer la desconfianza a la responsabilidad de educar implica cerrar la puerta en la nariz de una promesa, y responde a un exceso de confianza… en el temor de no haber tenido razón. La educación es un deber creativo de confianza. El educador no tiene derecho a anteponer su propia imagen (el prestigio que le da su aparente saber) a su responsabilidad heterónoma. Por el contrario, debe dejar el cúmulo de saberes en la puerta y entrar ligero, con los oídos bien atentos y el deseo de aprender con sus estudiantes.
c. La atención: esa plegaria natural del alma
A diferencia de las mónadas, que no tienen puertas ni ventanas, las jaimas no tienen paredes. La palabra circula en ellas con libertad: todos pueden escuchar, cada uno entiende lo que debe y puede entender. Al entrar al salón de clases, y descalzarse de los pesados saberes acumulados, quien educa debe entrar con paso ligero, y abrir la jaima grande de la atención. Atender es escuchar, inclinarse hacia el rostro de quien habla y dejarse enseñar, interpelar. Entonces, el aprendizaje se revela como una duna que moldea el viento. Dos orejas y una sola boca: en la enseñanza la humildad fertiliza la milpa de los saberes. Educar es leer no sólo los libros que tanto nos enseñan porque nos llevan de viaje, sino leer los rostros, los gestos, los cuerpos, los temores y los sufrimientos transgeneracionales que portan aquellos que confían en nosotros. Desaprender la lectura acumulativa para aprender la sinestesia en el acto de leer. Percibir para responsabilizarse con una responsabilidad ajena al paternalismo. Responsabilidad que anima, que cultiva… confianza. Malebranche definió a la atención como la plegaria natural del alma. Y a mí me suena como esta oración de Levinas:[3]
Para lo poco de humanidad que adorna la tierra es necesario un aflojamiento de la esencia en segundo grado: en la guerra justa declarada a la guerra, temblar e incluso estremecerse en todo instante por causa de la misma justicia. Es necesaria esta debilidad. Es necesario este aflojamiento sin cobardía de la virilidad por lo poco de crueldad que nuestras manos repudiarán.
En el aflojamiento sin cobardía de la virilidad, la atención que ofrecemos, pero que nadie nos “presta” ni nos “paga”, tiene como respuesta un respeto genuino.
d. Del respeto insumiso
¿Quién no ha sido reprendido alguna vez por “faltar el respeto”? Suele confundirse (claro que no siempre) el respeto con la reverencia. Sin embargo, son lo contrario. Reverenciar implica recordar la jerarquía (de ambos lados), es un ejercicio de complicidad con la injusticia. Quien respeta actúa con honestidad, con valentía y humildad señala —porque la otra persona le importa— lo que considera incorrecto. En cambio, quien se somete a otro no lo respeta: adula la jerarquía para sacar provecho y cobardemente se sitúa como cómplice.
El respeto, y la autoridad que de él emana, es de ida y vuelta, se rige por la humildad y repele de ambos lados el sometimiento. El saber de la nomadología, como los beduinos, es bravo e insumiso. Eso lo hace hospitalario e infinitamente generoso. Podría contarles lo mucho que aprendí cuando fui a dar clases en la escuela Simón Bolívar de los campos de refugiados saharauis, pero eso será en otra ocasión. Ahora quisiera compartir con ustedes lo que me enseñaron en Morelia hace poco tiempo, en la Secundaria Popular Carrillo Puerto (y que posiblemente algunas personas aquí conocerán mejor que yo).
La Secundaria Popular Carrillo Puerto: educación para la paz sin eufemismos
Si en los años 70 del siglo pasado la educación secundaria en Michoacán resultaba incosteable para los hijos de los trabajadores, los estudiantes de la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo iniciaron un proyecto de educación popular, crítica y científica en las secundarias de la calle. Fue en 1976 cuando —apoyados con compromiso y humildad por padres y madres de los estudiantes— lograron abrir los oídos de la Universidad para que albergara a la Secundaria Popular.[4] Tomaron entonces el edificio que era parte del Colegio de San Nicolás y allí se quedaron hasta hoy. Al defender con dignidad su escuela, lograron que el público los apoyara, y así obtuvieron permiso oficial, para su fundación el 9/11/1976. Desde el inicio se comprometieron y colaboraron profesores, estudiantes universitarios de todas las materias, pasantes, profesionistas, etc. Se trata de un proyecto autogestivo y de gran calidad, que pronto cumplirá 50 años, y en el que decenas de generaciones de jóvenes sembraron, sin pretenderlo, genuina cultura de paz.
Este proyecto muestra de manera cabal cómo la ética heterónoma engendra una experiencia autónoma en comunidad. Fue la justicia del otro, de obreros y campesinos que, atendida con respeto por los estudiantes universitarios con vocación educadora, cimentó en la confianza mutua un proyecto de largo aliento. Una secundaria sin salarios ni explotación: alimentada por el servicio social de docentes con nivel universitario, mantenida por la colaboración de los saberes y oficios de padres y madres y el trabajo rotativo (en todas las tareas) de alumnas y alumnos. Escuela de pasiones alegres: 49 años de enseñanza multidireccional compartida con amor, que por el empeño y compromiso, lograron y refrendan constantemente el reconocimiento oficial (que nunca quitó los ojos en una exigencia suplementaria de calidad educativa). La escuela se sostiene y el entusiasmo de los estudiantes universitarios (así como de los alumnos que se levantan tempranito para llegar al centro desde sus barrios marginales, preparar el desayuno y acondicionar la enorme jaima para el aprendizaje) se contagia hasta crear la clínica roja psicológica y psicoanalítica. (Ante estos resultados, hasta las instituciones neoliberales estarían obligadas a aprobar una relación “ganar-ganar”). En la Secundaria Popular Carrillo Puerto las aulas se llaman “Emiliano Zapata”, “José Martí”, “Ricardo Flores Magón”. En una de ellas, al entrar, entre el pizarrón y la ventana, nos interpela el rostro de Ernesto Guevara de la Serna; frente a él un mural de la tabla periódica de los elementos y, del otro lado de la ventana, la máxima: “Sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario”
La Secundaria Popular Felipe Carrillo Puerto, semillero de sabiduría en pasiones alegres, muestra que una cultura de paz perdura entre generaciones, que la letra con amor se aprende, que la nomado-lógica heterónoma, cultivando confianza, educa en el respeto insumiso y reproduce el pensamiento crítico como vacuna infalible contra la arrogancia.
Contra el eufemismo ¡palabra poética!
Para ir cerrando mi exposición (y devolver la palabra para la conversación). Retorno al poeta sitiado Mahmud Darwish y me permitiré glosarlo. (Estado de sitio se llama su poema, sitiada estuvo la Franja de Gaza, “bloqueada” prefieren decir ahora, desde 2007).
La paz es paloma entre dos extraños, zureo compartido al borde del abismo.
Ambos “enemigos” al borde del mismo precipicio: la palabra está cansada, el palabrerío confunde y se disfraza de diálogo mendaz. Es preciso aprender humildemente el zureo de la paloma para educar los oídos, agrandar la jaima para volver a confiar y sólo así alejarse del abismo. Mientras una de las partes (la opresora) insista en aniquilar a la otra, la palabra se deshace entre estruendo y bombardeo.
La paz es la añoranza de dos enemigos, que anhelan bostezar en el andén del hastío.
En dos lenguas, que el imperialismo se encargó de reducir a “enemigas” (sin importar que una —el árabe— sea la lengua materna y archi-materna de una gran parte de los hablantes de la hebrea) seres humanos necesitan descansar en el ocio, acariciar el aburrimiento…
La paz es el gemido de dos amantes lavándose
a la luz de la luna.
La intemperie y la desnudez se revelan aquí como lo más fuerte. “Fuerte como la muerte es el amor” dice el Cantar de los Cantares (y yo “corrijo”, porque el México amorosamente insumiso me enseñó que el amor puede más que la muerte).
La paz es la disculpa del fuerte ante el
débil de armas – pero de largo alcance.
En la nomado-lógica la fortaleza de armas es inversamente proporcional a la fortaleza del alma. En el Código de ética de las fuerzas genocidas del sitio estremece leer acerca de la “pureza de las aRmas”. A no distraerse: el largo alcance al que se refiere el poeta no es el de las armas, sino el de la disculpa veraz.
La paz es partir las espadas ante la belleza
natural, aceptar que el rocío mella el hierro.
Una sola palabra nómada: humildad.
La paz es un día plácido, agradable, de pasos
suaves, sin riñas.
Pasos suaves, ligeros de certezas y acusaciones: confianza.
La paz es un tren con pasajeros que van
o vienen de excursión por las afueras de la eternidad.
En el mismo tren, que ronda por las afueras de la eternidad abrazamos nuestra finitud. Nos cubrimos la cabeza para evitar la tentación supremacista.
La paz es reconocer, públicamente, la verdad:
¿qué habéis hecho con el fantasma del asesinado?
La responsabilidad de la palabra pública y veraz es la más elemental de toda institución de educación. Reconocer es bajar la cabeza y pedir perdón ante la injusticia espectral. Walter Benjamin escribió que ni siquiera los muertos están a salvo del enemigo. De eso en México sabemos mucho. Las familias buscadoras nos lo enseñan a diario.
La paz es dedicarse a cultivar el jardín:
¿qué vamos a sembrar de aquí a nada?
Cultivar la paz no es obra de jardinería ornamental sino poner atención a las promesas indestructibles de los brotes silvestres en el desierto.
La paz es ahuyentar las pupilas
del zorro que seducen a la mujer asustada.
En las antípodas de la desconfianza astuta —que tiene patas cortas— tenemos el deber de la mirada limpia que recuerda, con Levinas, que en hebreo bíblico la palabra que hoy designa al “ingenuo” (tamim) significa “íntegro”.
La paz es el ahhh de un agudo sostenido de moaxaja
en el corazón de la guitarra exhausta.
Justicia del otro: traducción que descoloniza y se abstiene de descifrar o asimilar la jarcha mozárabe.
La paz es la elegía a un joven con el corazón destrozado por el lunar
de una mujer, no por una bala o por una bomba.
Sí, otra vez al Cantar, para que el rey Salomón escuche a la sulamita: que más fuerte que la muerte es el amor.
La paz es cantar a la vida aquí, en la vida,
pulsando la cuerda de una espiga.
Cantar a la vida aquí, en la jaima grande universitaria, nos obliga a pulsar con delicadeza la cuerda de la espiga de cada una de las almas nómadas que nos miran con la atención digna del respeto insumiso. Con el Che Guevara, nacido en mi ciudad, “sentir la injusticia en lo más hondo… en cualquier parte del mundo”. Hoy en Gaza, señoras y señores, con León Gieco, si prefieren, pedirle a Dios que la guerra no nos sea indiferente… que la reseca muerte no nos encuentre vacíos y solos sin haber hecho lo suficiente. La jaima nunca está vacía: si no la habita la parresía —palabra veraz que, por sensible y respetuosa, es insumisa—, se apodera de ella la mezquina complicidad. Tenemos tarea urgente: es difícil, pero no atenderla sería insoportable. Las generaciones pasadas y las que vendrán tienen los ojos —y las esperanzas— puestos en la educación libre y valiente, sensible y humilde, en la cual germine una cultura de paz amorosa, lozana y vital: libre de arrogantes —quebradizos— eufemismos.
Notas
* Este texto fue leído durante la bienvenida a los alumnos de la licenciatura en pedagogía, el 3 de septiembre de 2025.
[1] Erika Armas Madrigal. (2023). Educación popular en Morelia. La fundación de la Secundaria Popular Carrillo Puerto 1976-1985. Tesis de Maestría en Historia. Instituto de Investigaciones Históricas, UMSNH, p. 75.
[2] Cf. Landauer, Gustav. (2015). Escepticismo y mística. Trad. Héctor Piccoli. Herder, pp. 42-45.
[3] Levinas, Emmanuel. (1995). De otro modo que ser o más allá de la esencia. Trad. Antonio Pintor Ramos. Sígueme, p. 266.
[4] Se encuentra en el anexo de calle Melchor Ocampo 351, en el Centro Histórico de Morelia.
