Dice Walter Benjamin, en sus reflexiones Sobre el concepto de la historia: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como éste realmente fue. Significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”. El sepelio de Jimmy Carter (1924-2024), presidente de Estados Unidos de 1977 a 1981, generó un torrente de imágenes y encomios mediáticos que lo perfilaron como promotor de los derechos humanos y la democracia. El bombardeo mediático fue tan intenso que provocó un “instante de peligro”: el de creer ese relato dulcificador y olvidar otros aspectos de su vida. Por ejemplo que el 39° presidente de EU brindó apoyo a sanguinarios dictadores como Haji Mohammad Suharto, en Indonesia, Anastasio Somoza, en Nicaragua, Mohamed Reza Palevi (el Sha), en Irán) y al grupo contrarrevolucionario UNITA, financiado por Sudáfrica, para asediar la revolución anticolonial encabezada por Aghostino Neto, en Angola. Es notable, pues, el contraste entre la imagen de Carter beatificada por el olvido de sus faltas y la que podemos dibujar mediante un ejercicio de memoria que intente ser un acto de resistencia y solidaridad con quienes lucharon contra el imperialismo, el colonialismo y el patriarcado en Irán, Indonesia, Angola, Nicaragua, y  muchas otras partes del entonces llamado Tercer Mundo —el espacio de los bárbaros, según la civilización dominante.

El apoyo a Suharto

James Earl Carter apoyó de diversas formas al dictador Haji Mohammad Suharto (1921-2008), quien en 1967 derrocó al presidente electo de Indonesia, el dr. Kusno Sosrodihardjo, universalmente conocido como dr. Sukarno. Este último fue un dirigente nacionalista y revolucionario que encabezó y culminó la lucha por la independencia de Indonesia respecto a Holanda. Sukarno impulsó una política nacionalista y popular al interior de Indonesia. En el exterior promovió la organización del Tercer Mundo y fue coimpulsor de la Conferencia de Bandung, Indonesia, de la que nació el Movimiento de Países no Alineados, que significó un respiro para escapar de la Guerra Fría. Sukarno fue muy mal visto por la élite indonesia y por la Agencia Central de Inteligencia de EU. En 1967, con ayuda de la CIA, el general Suharto derrocó al dr Sukarno, y a partir de ese momento sus escuadrones de la muerte asesinaron a más de un millón y medio de personas. El sanguinario gobierno de Suharto, que terminó hasta 1998, fue respaldado por el Banco Mundial y se caracterizó por la persecusión anticomunista, las masacres contra la población civil y el empelo sistemático de la tortura. En 1975, cuando Portugal se retiró de Timor Oriental, Suharto invadió ese país y asesinó a más de 100 mil personas. Durante su presidencia Jimmy Carter respaldó la invasión y abasteció de armas a Suharto. Según la nota de Brian Osgood, “Real Atrocities”, en marzo de 1977 James Dunn, el ex cónsul de Australia en Timor oriental, quien había sido invitado a  testificar en el congreso de Estados Unidos, presentó pruebas de que el gobierno de Indonesia había asesinado a más del 10% de la población timorense. Sin embargo, para apaciguar los cuestionamientos de los congresistas, Jimmy Carter envió asesores de política exterior para que los convenciera de que la población de Timor había sufrido muy poco y de que, en todo caso, los inconvenientes eran provocados por las guerrillas de izquierda.

Apoyo a la UNITA en Angola para derrocar a Agostinho Neto

La lucha por la independencia de Angola respecto a Portugal fue protagonizada por el Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), dirigido por el médico y escritor Antonio Agostinho Neto, y contribuyó al estallido de la llamada Revolución de los claveles, ocurrida el 25 de abril 1974 en Portugal, cuando los propios soldados portugueses, hartos de las atrocidades coloniales, suspendieron los combates contra las fuerzas de liberación y depusieron al dictador portugués Antonio de Oliveira Salazar. Angola alcanzó su independencia el 11 de noviembre de 1975. Su triunfo atizó el ímpetu de otros movimientos, como el independentista de Namibia, dirigido por el SWAPO, y el de Sudráfrica contra el apartheid, protagonizado por el Congreso Nacional Africano. Alarmadas por los vientos descolonizadores llegados desde Luanda, las élites racistas de Zaire y Sudáfrica invadieron Angola para aplastar el foco descolonizador y establecieron una alianza con el movimiento para la Unidad de Angola (UNITA), el cual, a partir de ese momento, comenzó a funcionar como grupo paramilitar subordinado a la Sudáfrica del apartheid. Ante el embate militar, en agosto de 1975 Agostino Neto, el primer presidente de la República Popular de Angola, solicitó ayuda militar a Cuba, país que decidió enviar un fuerte contingente internacionalista. En agosto de 1975, en la batalla de Quifandongo, las tropas del MPLA y de Cuba abatieron a las fuerzas de la UNITA, a las que arrinconaron en el sur del país. Sin embargo, ello no implicó una paz duradera: se trata, apenas, de uno de los episodios iniciales de la guerra civil angoleña, en la cual, desde el inicio, Carter apoyó la lucha militar contra de Neto, como consta ampliamente en los expedientes de la Oficina del historiador, del Departamento de Estado. Por ejemplo, en un memorándum de la CIA, emitido el 9 de febrero de 1978, informa que la Agencia había logrado financiar y publicar mediante terceros 219 notas en 50 países sobre Angola, así como colocar agentes de influencia en 43 países, todo para socavar el prestigio internacional del gobierno del país africano.

Carter felicitó a Anastasio Somoza por su política de derechos humanos

De acuerdo a la nota de John M Goshko “Carter letter to Somoza Stirs Human Right Row”, publicada en The Washington Post en 1978, el presidente estadounidense Jimmy Cater felicitó a Anastasio Somoza Debayle (1925-1980) por su política de derechos humanos, desoyendo la recomendación del Departamento de Estado, instancia que se opuso explícitamente al encomio, a causa de las continuas atrocidades cometidas por la Guardia Nacional del dictador. La carta, que supuestamente debía ser secreta, muestra la incoherencia entre ciertas declaraciones de Jimmy Carter en favor de los derechos humanos y el apoyo real brindado al dictador, según afirmaron funcionarios del Departamento de Estado que pidieron conservar el anonimato. El departamento de Estado incluso retuvo la carta en Managua varios días, en espera de una reconsideración, pero la presidencia estadounidense confirmó que debía entregarse. Mauricio Soalun, embajador de Estados Unidos en Nicaragua, entregó personalmente la carta a Anastasio Somoza. El Congreso, por su parte, aprobó la solicitud de la Casa Blanca de apoyar con 150 mil dólares el entrenamiento de las fuerzas armadas nicaragüenses. Muchos funcionarios al interior del gobierno cuestionaron el apoyo al dictador “que ha controlado —dice el artículo de Goshko— Nicaragua como si fuera un feudo”. Cabe recordar que Anastasio Somoza (Tachito) y su hermano Luis Somoza Debayle, asistieron a St. Leo College Prep (Florida) y a La Salle Military Academy, en Long Island. Tachito Ingresó a la Academia Militar de West Point en 1943.  Al regresar a Nicaragua, fue nombrado por su padre Jefe del Estado mayor de la Guardia Nacional. Gobernó Nicaragua de 1967 a 1972, y posteriormente de 1974 a 1979. Según la editorial de The Washington Post “Jimmy Carter and Nicaragua”, el presidente estadounidense “quería una transición pacífica en Nicaragua”. De acuerdo a Robert Pastor, quien fuera su ayudante, su peor pesadilla fue el triunfo militar del FSLN. Cuando esto ocurrió, Carter se apresuró a brindar ayuda al gobierno de El Salvador para financiar sus actividades contrainsurgentes y evitar que cundiera el ejemplo revolucionario.

Los claroscuros de su vida

Aunque es indiscutible el apoyo de Jimmy Carter a dictadores que cometieron verdaderas atrocidades, el político demócrata nacido en Georgia también tuvo inflexiones interesantes en su política: alcanzó los tratados Salt II con la URSS, llegó a un acuerdo sobre el Canal de Panamá y estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Un caso particularmente interesante fue que, casi al principio de su gobierno, intentó normalizar sus relaciones con Cuba. En 1977, Carter emitió la directiva presidencial NSC6 en pos de la normalización. Ese mismo año comenzaron las discusiones entre delegaciones de ambos países. La agenda estadounidense incluía reducción de las relaciones cubano-soviéticas, pago por las expropiaciones a estadounidenses y suspensión de actividades internacionales. De acuerdo con Elier Ramírez Cañedo, “Carter y sus directivas presidenciales sobre Cuba”, “las conversaciones secretas más extensas y continuadas entre ambos países tuvieron lugar en el año 1978 (New York, Washington, Atlanta, Cuernavaca y La Habana)”. En 1978 se congelaron las negociaciones con Cuba ante la visión y las presiones del Consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski. Posteriormente, el 17 de octubre de 1979, Carter emitió la directiva NSC-52, destinada a socavar el prestigio cubano en el Tercer Mundo; evitar su involucramiento en la independencia de Puerto Rico; e impedir el flujo de armas soviéticas. El mismo Ramírez Cañedo, en “Fidel, Carter y las misiones secretas de Paul Austin”, afirma que en 1980, en medio de la crisis del Mariel, Carter envió un emisario secreto —el “Paul Austin” que aparece en el título— a hablar personalmente con Fidel Castro y ofrecerle que, si Carter ganaba la reelección, restablecería las relaciones normales con Cuba. Pero perdió ante Reagan. En 2004 dijo retrospectivamente que había impulsado esas conversaciones con Fidel porque pensó que el comercio y el turismo eran la mejor manera de remover al gobierno cubano.

Los funerales de Jimmy Carter provocaron una oleada de notas apologéticas que lo presentan como un promotor de los derechos humanos en todo el mundo. Los medios hegemónicos —la maquinaria de la pseudo-conciencia— gestionaron una percepción masiva de encomios para “el promotor de la democracia”. En contrapunto, la historia como crítica del poder implica la posibilidad del conocimiento. Como señala Benjamin: “Encender en el pasado la chispa de esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador compenetrado con esto: tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer”. De allí la importancia de la memoria como acto de resistencia y solidaridad con quienes lucharon contra el colonialismo.