Si quieres provocar miedo, compórtate como loco
Dicho popular
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La guerra y la política en el mundo contemporáneo no son sólo un juego de inteligencia y poder de las élites. Aun bajo la interrelación capitalista mundial prevalece la diferencia entre lo nacional de la política y lo internacional de la economía, así como la articulación entre sociedad política y sociedad civil. Hay en cada país una sociedad que vive, sufre, piensa, actúa y está en movimiento en sus cuerpos social y político. Y eso es lo primero a tener presente en la crisis actual dentro de América Latina, bajo una política de guerra de Estados Unidos, que llevó al sitio militar a Venezuela, al secuestro de su presidente, al reconocimiento de la vicepresidenta chavista como nueva dirigente nacional y a la irracionalidad del equipo de Trump de querer transformar a los países en vasallos, para dictar, sin bases históricas, políticas o culturales, las directrices internas, regionales y mundiales de nuestros países, en plena contradicción con los avances de la internacionalización económica.
El capitalismo cínico bajo el nacionalismo trumpista
La sociedad estadounidense ha perdido su adscripción al trabajo productivo fabril como base del esfuerzo y productividad. Hoy siente los efectos de la crisis estructural del capitalismo, su declive tecnológico y laboral en las industrias tradicionales donde laboran las mayorías, la pérdida de competitividad de su reducida producción moderna y la opresión enajenante del poder de las élites dirigentes de sus corporaciones militares y monopólico financieras-tecnológicas-comunicacionales a nivel mundial.
Los EE. UU. son hoy una sociedad que, en su interior, tiene una situación extremedamente precaria y desigual, con advenedizas élites supermillonarias y grandes mayorías empobrecidas a las que se mantiene en una situación dependiente de los mitos del pasado, enajenadas e ignorantes, y por ello mismo fácilmente manipuladas por la ideología y los discursos reaccionarios y nacionalistas de una ultraderecha ansiosa sin capacidad real de dirección estratégica.
Prevalece, así, en los EE. UU. una falta de salidas tácticas, aunada a la profundización de un endeudado capitalismo autocrático, con un Estado profundo (deep state) basado en el complejo militar industrial, guiado por las nuevas élites hiperideologizadas y prepotentes.
El bloque en el poder —que articula a republicanos, demócratas de centro y derecha, y a una mayoría silenciosa— ha optado por una estrategia de fuerza y violencia como eje de una geopolítica demente y caprichosa para intentar recuperar la capacidad de la economía y la política de su país con base en el despojo. Con ese fin, busca apropiarse de la producción, venta y consumo de los recursos de los países de América Latina, a quienes ya considera protectorados coloniales subordinados a un renovado nacionalismo voluntarista y agresivo.
Su objetivo imaginario es rediseñar al globo terráqueo a partir de la vieja tesis del realismo político anterior a la Segunda Guerra Mundial, la de un mundo sometido a una tripolaridad mundial con total dominio y disposición de sus esferas de influencia exclusivas. Son muchos los estadounidenses que han caído fascinados por esta supuesta recuperación repentina del poder de la potencia, obnubilados por los discursos fake de su líder, y que lo acompañan, sin percatarse de sus fracasos para construir alternativas racionales y duraderas.
El atrevimiento de los subalternos
Venezuela, bajo Chávez, soñó e inició la construcción a su manera de un desarrollo comunitario soberano, independiente, según un proyecto propio, con propósitos de elevación económica, cultural y política popular de sus campesinos y trabajadores urbanos y rurales, de mayoría negra y mestiza, quienes anidaron la esperanza de dejar de ser los relegados de siempre en la historia oligárquica previa de este país, mayorías cuyo destino hasta entonces había sido el de servir como empleados mal pagados de las clases medias y de las élites.
El proyecto emancipador, llamado por los venezolanos “socialismo del siglo XXI”, giró en torno a una visión nacional popular para —bajo la institucionalidad de una cierta democracia liberal y de una propuesta de comunitarismo local— aprovechar, extraer, procesar y cuidar su riqueza en gente e industria, en petróleo, minerales, maderas, selvas, ríos y territorio. Durante el desarrollo de ese proyecto, su población sufrió limitaciones internas por la baja preparación de sus mayorías —en proceso de superación—, e internacionales, derivadas del permanente bloqueo externo y la desafección de parte de las élites occidentales. El proyecto chavista también tuvo que enfrentarse a la estrechez de miras de la intelectualidad dominante interna, así como al menosprecio, acoso y descrédito de sus esfuerzos por parte de las clases medias oligarquizadas, de derecha —hoy de ultraderecha— nacionales. No obstante, Venezuela con Chávez supo reorganizar una economía nacional petrolera propia, ya nacionalizada por el régimen anterior del presidente Carlos Andrés Pérez, en paralelo a la instalación de una dinámica comunal con autosuficiencia alimentaria. Esa industria ha sido pieza clave para echar a andar políticas universales de vivienda, salud y educación para las clases populares, construir un gran ejército popular unificado, con apoyo de quien quiso o pudo contribuir, pero sobre todo de Cuba y Rusia. También lo fue el intercambio económico creciente de gran porte con China y con instituciones abiertas a la participación democrática de los de abajo, permanentemente menospreciadas por las derechas.
Sin embargo, derivado del acoso externo y de algunas debilidades internas, y no obstante sus virtudes, el proyecto de socialismo propio entró en declive hace años y pasó a ser más que nada un proyecto resiliente de resistencia que dejó de ser una alternativa nacional y regional atractiva para el mundo, aun cuando en los últimos tiempos y con la colaboración económica de China, el proyecto bolivariano había empezado a retomar energía, con un crecimiento anual del PIB de 7%.
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La distintas guerras de los Estados Unidos y las élites capitalistas de Occidente contra Venezuela
El acoso que inició a principios de este siglo, hoy está siendo sustituido y desenmascarado en su esencia por una política de abierto intervencionismo: el corolario de Trump a las tesis doctrinarias del pasado monroista. La política de fuerza vs. el derecho y la civilización se ha impuesto en las instituciones y organizaciones políticas predominantes de los EE. UU. y busca ser exportada a nuestra región. Excluidos y olvidados están los derechos humanos, los nacionales y los ciudadanos, la soberanía, la democracia, el cuidado del medio ambiente, los derechos a la comunicación verdadera e igualitaria, el combate a la pobreza y la posibilidad de un desarrollo propio.
Lo anterior sucedió después de la derrota electoral y política de las tecnocracias socialdemócratas de derecha venezolanas, alineadas con Estados Unidos y Occidente, las mismas que fueron gestadas por los fenómenos de una hipocresía liberal con decomiso y apropiación financiera de los recursos venezolanos, con Guaidó y Machado a la cabeza.
Por su parte, cabe recordar que la fortaleza del proyecto popular de Chávez, de Maduro y hoy de Delcy Rodríguez se basa en el apego de la población al proyecto emancipador y sus derechos nacionales, y en la unidad de las élites dirigentes internas reales de Venezuela en torno a la soberanía nacional y el proyecto chavista. La nueva situación hereda la conformidad de la mayoría en el Estado integral (sociedad política + sociedad civil), y su desafío es defender bajo las condiciones del presente una nueva economía nacional, el poder popular y el de las instituciones recreadas en la época de Chávez.
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Este nuevo año hemos presenciado atónitos la intervención y agresión activa del gobierno de los Estados Unidos a las instituciones armadas y políticas de Venezuela, el secuestro de un presidente constitucional, la muerte de 13 miembros del ejército, de 32 militares cubanos, miembros especializados de la guardia presidencial, de ochenta civiles, y el desdén de la mayoría de gobiernos de derecha mundiales a solidarizarse con los derechos soberanos de la fuerzas internas venezolanas para defender su país, todo combinado por un manejo persistente y burdo de las redes sociales por parte de la ultraderecha de los Estados Unidos. Como se preveía, el ataque armado y el secuestro de Maduro fueron acompañados por las redes sociales y medios de comunicación para apoyar con un manejo pletórico de mentiras y fake news la operación militar de Estados Unidos.
El fracaso de los fines declarados es evidente: la potencia caprichosa y violenta no pudo realizar una invasión militar a Venezuela como pretendía, debido a la fuerza militar popular organizada de los venezolanos, y pronto salió a relucir el verdadero motivo de su acción: la falsedad del supuesto cartel del narcotráfico dirigido por Maduro y el verdadero propósito del despojo y apropiación del petróleo por parte de Estados Unidos.
Los días posteriores a la agresión militar externa han evidenciado con claridad que Venezuela tiene gran capacidad militar popular y política de resistencia interna. Ello se expresa en la constatación de que no hubo levantamiento político popular de apoyo a la intervención de Trump y persiste la unidad política del conjunto de las élites dirigentes, identificadas con el proyecto de un país soberano e independiente. Hay unidad política en torno a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, el presidente del Senado, su hermano, Jorge Rodríguez, y los líderes del ejército, el ministro de la Defensa, general Padrino López y el ministro del Interior, Diosdado Cabello.
No obstante los discursos y la palabrería mentirosa de Trump y de su Secretario de Estado —su encargado para América Latina, Marco Rubio—, sobre la nueva gobernabilidad externa exclusiva de Estados Unidos sobre Venezuela (“el gobierno de ese país hará lo que nosotros digamos, sólo comerciará su petróleo con Estados Unidos, ordenamos romper relaciones económicas con Cuba, Rusia, China e Irán y deberá canalizar todos los ingresos petroleros a cuentas bancarias controladas por Washington”, según declaraciones del 8 de enero), el dictador Trump decidió dejar por el momento el tema de Venezuela e iniciar ahora una política de amenaza a Groenlandia para apoderarse de ese territorio por la fuerza.
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Relación de fuerzas, soberanía y realismo político en movimiento.
La nueva situación deja ver que a corto y mediano plazo habrá grandes problemas políticos a resolver por las fuerzas dirigentes de Venezuela, una vez que el primer problema político decisivo ya ha sido resuelto favorablemente a la presidenta interina de continuidad chavista, Delcy Rodríguez.
En ese contexto, surgen varias constataciones, preguntas y observaciones. La agresión a Venezuela y el secuestro de Maduro tuvieron un éxito militar evidente, pero Trump y Rubio no arriesgaron a realizar una invasión territorial de media o larga duración, porque seguramente hubiese llevado a un nuevo Vietnam y sería la tumba de Trump; tampoco se logró el cambio de régimen tan propagandizado.
De tal suerte, todo indica que el problema pasa a ser ahora más político que militar: la fuerza popular y política del Chavismo hace que la presidenta interina cuente con un poder interno que le permitirá la independencia política necesaria para mantener la soberanía nacional. Por el contrario, hay indicios de cierta debilidad de la estrategia de fuerza de Trump para lograr la intervención generalizada en América Latina y la apropiación de sus recursos. Sus políticas erráticas efectistas han ido de fracaso en fracaso: no anexó a Canadá; sus aranceles no tuvieron efecto sustantivo en la capacidad comercial y económica de los múltiples países a los que se aplicaron; y México ha sorteado adecuadamente las tentativas de intervención militar estadounidense para combatir a los cárteles de la droga, a su manera y con sus objetivos. Al mismo tiempo, ha quedado en claro que no hay por parte de Trump ninguna política para detener la venta de armas indiscriminada de las armerías de su país, ni para perseguir a las pandillas y grupos de los distribuidores de las drogas que allá operan, y que sigue a todo vapor el inmenso lavado de dinero en su sistema bancario y financiero. La situación de Ucrania y de Gaza no han tenido una resolución definitiva, y China, Rusia y los BRICS siguen siendo fuerzas económico-comerciales poderosas en ascenso. Por último, la política de mentir está dejando de ser creíble.
Así pues, el problema central en Venezuela bajo estas nuevas condiciones parece girar en torno al mantenimiento de la hegemonía chavista de un proyecto nacional popular soberano que permita seguir aglutinando a las masas, que continúe la transformación económica y política interna y que impida un desplazamiento ideológico político de éstas hacia los líderes y las propuestas reaccionarias de las derechas. La nueva presidenta tendrá que hacer algunas concesiones políticas, económicas y diplomáticas, acompañadas de sagacidad y coherencia política, para lograr un equilibrio entre comercio preferente obligado con los Estados Unidos y seguir intercambiando comercio e inversiones con China. Asimismo, deberá profundizar el compromiso popular y de las fuerzas políticas con un proyecto soberano nacional popular. La interrogante es cómo se podrá manejar el contenido, el ritmo y las formas para que las masas acompañen el realismo político de la presidenta interina.
En cierto sentido, Venezuela es más fuerte que Estados Unidos: tiene un proyecto de transformación real y un pueblo comprometido que ve en la autosuficiencia alimentaria, en el desarrollo de la industria del petróleo, en la utilización progresiva de sus recursos para crear una estructura económica diversificada y en la participación política un camino real de desarrollo.
Estados Unidos, en cambio, aun cuando sea todavía la gran potencia militar y tecnológica, carece de un proyecto viable para superar la crisis de sus estructuras económico-sociales, no tiene estrategia de reestructuración económica productiva y tecnológica regional que le dé cobertura en la competencia mundial, y en cambio sí tiene una desigualdad social que cada día se profundiza más, una élite dirigente que sólo piensa en políticas de fuerza, de despojo y de dominio, mientras al interior de país están creciendo insatisfacciones y movimientos políticos cada vez más críticos y opuestos a sus políticas. Se ve muy lejos eso de volver a Estados Unidos grande de nuevo.
El segundo problema de Venezuela después de la agresión será el de continuar y acrecentar los vínculos con Brasil, México y los BRICS. No sólo está el lazo político y la defensa común ante la amenaza trumpista, sino el uso del derecho internacional, la colaboración económica comercial y de inversiones, y la importancia de seguir formando parte de los BRICS, aun como observador. Ese no es sólo un problema del gobierno chavista, sino de los otros países que deberán encontrar la consistencia y las formas para darle la mano al nuevo gobierno de Delcy Rodríguez.
Sin embargo, la coyuntura no lo es todo. El mundo se seguirá moviendo al calor de la profundización de la crisis geopolítica, la falta de salidas del capitalismo excluyente y la lucha de los pueblos por hacer política en un mundo multipolar, para superar la crisis de hegemonía, transformar los Estados y reformar las instituciones al calor de una mayor fortaleza organizativa autónoma y de conciencia crítica de las mismas sociedades.
