Los cuerpos pueden ser sometidos a tres formas de violencia en la esfera política, cultural y económica. Pueden sufrir relaciones de exclusión, de dominación o de explotación. Exploraré estas relaciones en una serie de entregas en σῶμα de Revista Común.

Exclusión

La primera relación, la de exclusión, no es independiente de la de dominación o de la de explotación.

Aclaro el vínculo entre exclusión y dominación. Un cuerpo excluido puede ser resultado de una visión arbitraria de cual sea la excelencia requerida en un espacio económico, político o cultural. La reciente obra de Kate Manne Unshrinking: How to Face Fatphobia muestra la presión corporal que la autora, una filósofa merecidamente reconocida, padeció en entornos profesionales de la filosofía. No conocemos vínculo lógico alguno entre ser incompetente en filosofía y una morfología corporal, con lo cual la consternación descrita por Manne procede de una relación de dominación. Por otra parte, lo mismo puede sufrir un chico de clase obrera que se postula como vendedor en tiendas de moda, espacio poblado normalmente por modelos corporales feminizados. Tampoco existe una implicación sensata entre ser marcadamente proletario y ser incompetente en la venta. Podríamos continuar los ejemplos. Lo que importa es subrayar el establecimiento de un vínculo, no susceptible de defensa argumentada, entre el acceso a un espacio cultural o económico y un atributo corporal. En estos dos casos, y en otros de idéntico tenor, quienes han impuesto un prototipo generan un cierre social y establecen barreras injustas que impiden la presencia de otras personas. Esas barreras suelen establecerse de manera implícita, como explica estupendamente Kate Manne, y por tanto sólo pueden objetivarse contemplando la monotonía de ciertos prototipos corporales.

Frente a esta exclusión corresponde la defensa del igual acceso a los bienes públicos desde una perspectiva estrictamente liberal. Es muy antigua la conciencia de que las propiedades físicas, vestimentarias o estéticas conllevan a menudo privilegios absurdos. La idea de que existen particularidades que se hacen pasar por lo que no merecen —propiedades cosméticas por atributos de salud o inteligencia— se encuentra en el centro de la crítica de Platón a la sofística. Mas allá del espacio intelectual, la cultura democrática y republicana clásica ofrece ejemplos de resistencia a la encarnación del privilegio en el cuerpo —lo señalo en las páginas 10-12 de La cara oscura del capital erótico—.

Dentro de esta posibilidad cabe encuadrar no la exclusión absoluta, pero sí la relegación a posiciones poco privilegiadas en el empleo, la política o la cultura. La marginación de personas por sus propiedades físicas es fácil de constatar cuando se investiga sobre la experiencia laboral de muchas mujeres, y cada vez más hombres, de clase trabajadora o clase media.

La cuestión es más compleja en la relación entre explotación y exclusión.

Por un lado, la exclusión juega un papel en la explotación de los trabajadores. Por decirlo con Marx, existe una ley de población específica del capitalismo y ésta condena a muchos cuerpos a ser sobrantes. Esta vinculación se produce de manera estructural y genera población excedente susceptible de ser reclutada en los momentos de expansión y que acrecienta, presionando hacia abajo las condiciones de empleo, la vulnerabilidad de la clase trabajadora.

Por otro lado, la exclusión puede ser el resultado de una gestión de los cuerpos que provoca su agotamiento y su colapso prematuro. Las jornadas de trabajo pueden ser agotadoras por el esfuerzo físico o, por ejemplo, por la posición corporal exigida a quien trabaja —Engels se refería simplemente a estar de pie—, por una invasión permanente de la esfera privada o de exigencias perentorias. Diferenciar entre daños físicos y psíquicos es muy complicado en estas situaciones que se encuentran entre esclavos, siervos, asalariados libres, trabajadores del posfordismo y oficios cualificados entre las clases globalmente dominantes. En el posfordismo y los oficios cualificados, la aplicación de criterios de eficacia intensivos agudiza, entre grupos relativamente privilegiados, lo que en tiempos sólo ocurrió con obreros y obreras sometidos a la sobrexplotación.

La explotación que genera exclusión supone la existencia de condiciones vulnerables —que permiten la presión empresarial o jerárquica— y la generalización en el empleo de actividades difíciles de conciliar. Cualquier empleo requiere condiciones físicas junto a otras específicas del oficio que se desempeñan. A éstas se pueden sumar actividades de gestión emocional, de moldeamiento estético, de trabajo sobre otros cuerpos —con todos los costes físicos y morales implicados— o de sexualización abierta o implícita.

La coalición de vulnerabilidad y la multiplicación de actividades (emocionales, estéticas, corporales, sexualizadas) complican enormemente la reproducción física, cultural, estética e íntima de las personas que trabajan y carecen de tiempo y recursos para gestionar tal agenda de actividades.

A veces llamamos enfermedad a la conexión entre exclusión y sobrexplotación. Debatíamos al respecto con nuestra amiga y compañera Nuria Sánchez Madrid, tras su estupenda conferencia “La violencia del cuerpo imaginado”. Bautizaría esta ligadura como teoría hegeliana de la explotación, debido a que fue clarificada por Hegel en el parágrafo 67 de la Filosofía del derecho: alguien puede entrar como sujeto en una relación laboral, pero la intensidad y extensión de ésta afecta a la sustancia de su condición subjetiva: de facto lo transforma en algo parecido a un siervo o un esclavo. Marx y Engels retomaron esta perspectiva que recuerda la persistencia de modos de explotación propios de formaciones sociales pretéritas en condiciones contemporáneas.  

Las medidas políticas necesarias para enfrentar este tipo de vínculo entre exclusión y explotación requieren eliminar la condición de vulnerabilidad y/o la interferencia activa de actores públicos. Lo primero puede encontrarse en las lecturas más socialistas del liberalismo político de John Rawls considerando que, de este modo, se viola el principio de justicia en un contrato. Un contrato es iliberal o antirrepublicano si se ignoran las consecuencias del contrato, si se carece de competencias cognitivas para preverlas y, por tanto, el consentimiento se encuentra irremediablemente viciado. En las estructuras productivas contemporáneas se encuentran estas condiciones en el empleo industrial o de servicios; en este último caso, a menudo, en empleos con malas condiciones de trabajo y con exigencias estéticas de capitalización del atractivo físico o la disponibilidad emocional.