Son las tres y media de la tarde de un jueves lluvioso de junio. La hora, el día y el hecho de que esté lloviendo después de meses de sequía parecen relevantes, ahora que he decidido postergar un día más el artículo que debo escribir para el posdoctorado. Que sean las tres quiere decir que no hice nada durante toda la mañana. Esto, por supuesto, es una verdad a medias. Temprano salí al parque; desayuné quesadillas; leí el manifiesto del arte antimoderno y después una entrada de blog de un tipo —experto en el estudio de la relación entre máquinas y personas— que llama a destruir la inteligencia artificial. Revisé una y otra vez las redes sociales, esperando encontrar algo sin hallarlo. Pensé una y otra vez en las cosas que me obsesionan; cociné calabazas con jitomates; me imaginé cambiándome de ropa para salir debajo del paraguas que alguien olvidó en mi departamento hace una temporada de lluvias y caminar a un café que no existe con un cuaderno de notas en la bolsa, pedir en la barra un café con leche y un pastel de zanahoria, revisar las notas, ordenar el artículo y decidirme a escribirlo finalmente: porque debí haberlo entregado hace un mes, porque tengo que terminarlo, porque si no lo envío quedaré mal y entonces nunca completaré el ciclo de lo que alguna vez imaginé como futuro. Esto, por supuesto, también es una verdad a medias.

Me preocupa que en la enumeración de mis actividades de un jueves lluvioso de junio quede yo como una desocupada cualquiera (alguien dirá —equivocándose— “¡ay la pequeña burguesía!”). Una preocupación por demás irrelevante porque cómo administre mi tiempo no será, seguramente, tema de conversación de las pocas personas que lleguen a leer este texto. Pero el mandato de la productividad pesa sin duda más que mi poco desapego a la complacencia, así que diré que hoy no he hecho nada porque en mis (otros) tres trabajos tengo vacaciones. Vacaciones: ese tiempo de descanso y recreación, de viajes a la playa o a capitales del viejo mundo para recorrer los museos del saqueo. Aunque para quienes vivimos del trabajo intelectual precarizado, es el tiempo de ocuparse de todo lo que no pudimos terminar mientras preparábamos y dictábamos cinco cursos de licenciatura en dos universidades diferentes y completábamos las labores de corrección de estilo con las que pagamos la renta. Las vacaciones son, pues, tiempo de trabajo.

 “Una verdad a medias”, dije. Pero no hablo de concluir (o no) el ciclo de la carrera académica —cosa que no haré—, sino de que así fuera como me imaginaba el futuro. Me gustaría hacer una distinción, sólo para propósitos de este texto, entre imaginar el futuro y pensar cómo debe ser el futuro. Esto porque creo que cada una de esas acciones puede llevar a un camino distinto.

Aquí debo hacer una acotación: mi proyecto posdoctoral es una investigación sobre las representaciones de futuro en cuatro novelas latinoamericanas escritas por mujeres en los últimos años del siglo XXI. Más concretamente, analizo las visiones de futuro urbano (apocalíptico) en Mugre rosa de Fernanda Trías; Feral de Gabriela Jauregui; Degüello de Gabriela Massuh; y La mucama de Omicunlé de Rita Indiana, centrándome en cómo las novelas, y no sólo en la trama, sino también en la forma literaria, construyen ese futuro.

Sin embargo, en este texto dejaré de lado a Marc Augé y a Arjun Appadurai —por decir un par de nombres de mi marco teórico—, para hablar del futuro (imaginado y pensado) de mi pasado-presente. Aunque ciertamente está difícil creer que alguien estudia un tema de manera gratuita, hay quienes lo hacen por pasión y otros lo hacemos por simple angustia. Angustia de futuro.

Mi futuro imaginado no tiene límites, más allá de los que la propia existencia humana pueda imponerle. Nunca me he imaginado, por ejemplo, viviendo en Saturno, pero sí que mi casa tiene un jardín pequeño o que con amigos montamos una librería o que tengo un espacio en el que la gente se junta a hacer cosas por la simple alegría de vivir. El dinero y el poder no me interesan. El futuro imaginado es ínfimamente posible y, definitivamente, nada probable cuando —como diría mi amigo A— no heredaste ni un centavo. Vivir cuesta —y mucho—. De ahí que la vida se centre en pensar el futuro que será.

Ese sí tiene límites y dependerá del lugar que ocupes en la estructura social. No voy a hablar de todos los futuros pensados en ese sentido, pero sí de los que han sido pensados para mí —y supongo que para otres—. Está el del mandato de la “mujer ideal”, la “esposa modelo”, la “madre perfecta” —ese por suerte me lo sacudí muy rápido, aunque de pronto todavía toca la puerta para anunciar que 36 no es lo mismo que 26 y que tal vez ya no queda tiempo—. El otro mandato que me tiene escribiendo este texto y no el otro —el texto del posdoctorado, que se me resiste bajo la forma del “miedo a la hoja en blanco”— responde a la pregunta ‘¿qué vas a hacer?’, que muy rápidamente deviene en ‘¿quién vas a ser en el futuro?’

La cuestión es que en el mundo de hoy hacer lo que se tiene que hacer para alcanzar ese futuro pensado no es suficiente. No hay más espacio. Los que estamos fuera navegamos entre becas que palian el desempleo y trabajos precarios que renuevan contrato cada tres meses. Acumulamos prefijos “pos-” delante del doctorado como medallas de participación en una carrera. Nunca subimos al podio: hay sólo tres lugares y acá abajo venimos cientos. Aunado a que el camino no está trazado con claridad (amiguismos, corrupción, etc.), el sacrificio mental que una debe hacer suele ser terrible. La cantidad de personas en la carrera de investigación que conozco en ansiolíticos es bastante alta y, seguramente, con las nuevas tecnologías no hará más que incrementarse. La competencia será atroz: gente escribiendo con IA cientos de artículos al año para engrosar el currículum; artículos que serán leídos y revisados únicamente por otra IA hasta que los golpes de Estado por el litio —como el intento de hace unas semanas en Bolivia— por fin se consumen o hasta que no quede más agua en el mundo con la que enfriar los pinches servidores.

Hace unos días hablaba con un amigo de lo complicado que es, bajo un análisis simple de las condiciones materiales, no sólo mostrar, sino entender por qué hacer un doctorado hace tanto daño. La demanda de productividad en el trabajo intelectual es, en muchas ocasiones, difícil de explicar. Cuatro años de beca para leer y escribir; cuatro años para pensar y hacer “lo que te gusta”; cuatro años en los que el mundo laboral —hostil y explotador— no será parte de tu vida… Y aún así el doctorado te deshace mental y físicamente. Hay estudios sobre esto. Los niveles de depresión en estudiantes de doctorado son lo suficientemente altos como para cuestionar el modelo imperante. Y después del doctorado vienen el “pos-”; y el futuro no consumado; y la imposibilidad de integrarte al mercado académico (neoliberalización académica); y la angustia de futuro, hasta que un jueves lluvioso de junio escribes un texto sin pies ni cabeza, que redactas pensando en pastel de zanahoria, con tal de desviar la atención del artículo que era para hace un mes y todavía no has empezado. Esto último por supuesto es broma. Aunque es cierto que no estoy escribiendo el artículo y que el futuro pensado —moldeado detrás del mandato del éxito intelectual— cada vez me interesa menos; no obstante, me angustia más. ¿Qué ser si no esto que he sido tanto tiempo?

Confieso aquí que esta angustia me tiene en terapia, pero eso es tema de otro texto.

Detrás del prefijo “pos-” que hoy rige mi vida, ese que con tanto empeño se ha usado para aniquilar la historia (la modernidad, el humanismo, el feminismo, etc.), aguarda mi futuro imaginado —una vida plena, una librería de barrio, una casa llena de versos—, que se quedará ahí porque las condiciones materiales, prohibitivas en el mundo del capital, determinan el porvenir de los sujetos.

La ausencia de utopía es una constante en las novelas del presente que abordan el tema del futuro. Todo porvenir es apocalíptico. Ante la imposibilidad de imaginar otros mundos posibles, la literatura escribe finales evidentes: el fin de la especie por un virus que infecta y mata a quien se contagie —aunque Trías lo escribió antes de la pandemia de 2020, lo que conmocionó a toda clase de lectores—; el fin de la humanidad como resultado de la violencia (feminicida) que rige nuestras sociedades; el fin de la ciudad provocado por la sobreexplotación de la naturaleza y la hiperurbanización del espacio, etc.

El post-apocalipsis en un mundo post-utópico sometido a la producción insaciable de riqueza para otros.

Ante la falta de espacio en el campo laboral, la beca posdoctoral que solía durar un año —a veces dos— hoy en día se puede extender 48 meses. Un alivio económico de cuatro años en los que, sin relación laboral ‘oficial’ —ni prestaciones, ni antigüedad, ni nada—, los becarios desarrollan trabajo de investigación en las instituciones receptoras que ofrecen desde un cubículo —si corres con suerte— hasta una silla en la biblioteca. Después de ese tiempo probablemente no tengas más la edad requerida —ni las horas de clase necesarias— para concursar por las plazas para jóvenes académicos, y debas navegar, por el resto de tu vida, entre contratos eventuales y mal pagados. Un profesor de asignatura en la Universidad Nacional Autónoma de México gana 60 pesos la hora. La UACM ha dejado de abrir plazas en las carreras de humanidades y cubre los huecos con profesores que reciben un contrato semestral: un semestre sí, otro no y otro quién sabe. En la UAM los contratos son trimestrales. El posdoctorado es un limbo laboral.

Admiro a les compañeres que hacen todo lo que está en sus manos para finalmente cruzar al otro lado: todos los congresos, las ponencias, los cursos, los artículos que producen como si fueran máquinas de pensamiento. Pero algo en mí se resiste a la producción masiva (aquí claramente miento: cinco cursos de licenciatura y tres artículos —no publicados— en seis meses lo prueban, así que diré que a ese tipo de producción masiva). ¿Y el futuro imaginado? ¿Y el resto de la vida?

Este iba a ser un texto sobre la imposibilidad de escribir: redundante y paradójico.

Estoy en un seminario posdoctoral interdisciplinario (de humanidades). Las dos veces que he presentado, la misma persona me ha hecho la misma pregunta; la segunda vez incluso enfatizó que no tenía nada que decir sobre mi texto, pero que volvía a lo que ya me había dicho seis meses antes —con bastante menosprecio por el trabajo—: “Pero qué sentido tiene estudiar literatura más allá de que nos recomiendes el libro. La verdad es que no le encuentro sentido. Como para qué haces esto, para qué sirve. Sí está bien escrito, muy ensayísitico como te dijeron, pero como para qué.”

Llevo horas preguntándome algo parecido. No sobre el sentido de estudiar literatura, del cual estaría de más disertar en esta acumulación de palabras, pero sí sobre ese “para qué” final. ¿Para qué escribir el artículo? En un sentido utilitario podría pensar: para publicarlo en una revista y sumar puntos —y así estar un paso más cerca del futuro pensado—, para cumplir con la evaluación anual del posdoctorado… Aunque probablemente la respuesta más acertada sea: para probarle a alguien —a mi padre, a mis amigos, a mi pareja, a quienes me conocen, a quienes no me conocen (y así al infinito)— que valgo la pena. Cumplir con el futuro pensado para demostrar que somos dignas de ser escuchadas, de ser tomadas en cuenta; dignas de afecto. Aunque en el seminario tu texto haya sido mal recibido, aunque se hable mal de ti a tus espaldas, aunque se digan mentiras para perjudicarte —práctica bastante común en el ámbito académico—, sigues ahí porque alguien se tiene que dar cuenta de que eso que dices tiene importancia. ¿No estamos todes tratando de demostrar que algo valemos? El sistema de puntos y las evaluaciones sistematizaron uno de nuestros más grandes miedos: no ser suficientes.

¿Y qué hago si lo que yo quiero hacer es escribir lo que se me ocurre?

¿Y qué hago si lo que yo tengo son intereses esporádicos y cambiantes?

¿Y qué hago si el futuro pensado no se acerca al deseo?

Concluir este texto que no iba a ninguna parte me parece imposible, así que cerraré enfatizando mi antojo. ¡Qué ganas de compartir con alguien una tarde de café y pastel un jueves lluvioso de junio! Lo malo es que a estas horas todes siguen trabajando. Ya tendremos tiempo de vernos, de vivir, de imaginarnos el futuro. O no, porque el artículo era para hace un mes y todavía no lo empiezo.


Aclaración final: hay en el campo literario mexicano un cierto afán de antiacademicismo y antiteoría que raya en, como me dijo un amigo, la desvalorización absoluta del pensamiento. Si bien este texto es una queja extensa del mundo académico, no lo es del pensamiento crítico y teórico que la academia produce (dentro y fuera de las instituciones formales —ahí está Mark Fisher—). De las cosas más estimulantes que existen es pensar el mundo con las herramientas que la teoría nos aporta. Mucho del arte y la literatura de la actualidad se beneficiaría ampliamente si abandonara los prejuicios y se acercara al pensamiento teórico. Incluso muchas de las estructuras jerárquicas y terribles que hemos formado en el mundo académico, pero también en el mundo del arte, podrían ser desmanteladas si nos acercáramos con mayor rigurosidad al pensamiento crítico. Si a la teoría le falta calle, a veces a la calle le falta teoría, aunque en el mundo actual la teoría falta en todas partes, y falta también la praxis de esa teoría que se queda en textos que suman puntos, que dan estímulos para seguir alimentando la maquinaria de la producción neoliberal de sentido unívoco.