En los últimos meses, la propuesta de reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales ha generado un debate cada vez más amplio en México. Actualmente, se están llevando a cabo diversos foros de análisis en distintas regiones del país con el objetivo de evaluar su viabilidad. Estos espacios buscan reunir las voces de actores clave, tales como colectivos de trabajadores, frentes sindicales, cámaras empresariales y el sector académico. En este contexto, vale la pena preguntarse: ¿qué tan viable es esta reforma?, ¿qué argumentos ofrece la teoría económica para sustentarla?, ¿cuáles serían sus beneficios y posibles implicaciones? En las siguientes líneas, comparto algunas reflexiones para comprender mejor el trasfondo, los fundamentos y el impacto potencial de esta transformación laboral.
¿Qué dice la teoría económica sobre reducir la jornada laboral?
La propuesta de reducir la jornada laboral no surge de la nada. Tiene un sólido respaldo en la teoría económica, desde visiones críticas hasta perspectivas liberales. Karl Marx, John Maynard Keynes, Friedrich Hayek y Joseph Schumpeter, cada uno desde su enfoque, reflexionaron sobre el papel del trabajo, el tiempo y la productividad en la vida humana.
Marx vio en la jornada laboral extensa una forma de alienación. De suerte, tal y como resume Spencer (2024) a partir de las reflexiones del autor de El capital, la propuesta de trabajar menos no es sólo una medida laboral, sino parte de un proyecto emancipador: recuperar tiempo para la autorrealización, la comunidad y la participación política. Acaso pueda parecer sorprendente que un economista de otro espectro ideológico completamente distinto, como Keynes, coincida en este punto con Marx. Según consigna el propio Spencer, Keynes anticipó cómo, gracias al progreso tecnológico, podríamos trabajar sólo unas horas al día, y que el verdadero reto sería usar bien ese tiempo libre. Su visión reformista apostaba, así, por una economía que favoreciera el ocio sin romper con el sistema capitalista.
Schumpeter, por su parte, destacó el papel del cambio estructural y la innovación. Desde su perspectiva —al menos según la sintetiza Gomes (2021)—, reconfigurar el tiempo de trabajo puede dar lugar a nuevas formas de organización productiva, estimulando la creatividad, la adaptabilidad y la eficiencia empresarial. Si cabría pensar a Schumpeter en una tendencia ideológica liberal, aunque con una postura en cierta medida crítica del capitalismo, el propio Gomes consigna cómo un defensor manifiesto del libre mercado, como Hayek, reconocía que la libertad individual debía incluir el derecho a decidir cómo se emplea el tiempo, siempre que existan las condiciones institucionales para hacerlo. En ese sentido, una sociedad libre debe preocuparse también por las condiciones bajo las cuales se intercambia el tiempo de vida por trabajo.
Puede verse, pues, que tanto desde posturas progresistas como conservadoras, se reconoce que trabajar menos puede fortalecer la cohesión social, reducir el desempleo y evitar la polarización política. Se trata, pues, de un tema que cuenta con amplio consenso teórico. Además, al día de hoy, en pleno avance de la automatización y la inteligencia artificial, estas ideas cobran nueva relevancia. La tecnología puede reducir la necesidad de trabajo humano, pero sin regulación y redistribución corremos el riesgo de aumentar la desigualdad y concentrar aún más los beneficios del crecimiento.
¿Cómo se relaciona esto con México?
Desde 1962, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) recomendó a México reducir su jornada laboral, advirtiendo ya entonces los efectos negativos del exceso de trabajo en la salud y la vida personal de sus habitantes. Sin embargo, seis décadas después, México sigue siendo el país con más horas trabajadas de toda la OCDE: en 2023, se registraron 2,226 horas anuales por persona, muy por encima del promedio latinoamericano y mundial (OCDE, 2023).
Sin embargo, trabajar más no equivale a producir más. Los países con mayor productividad, como Noruega, Dinamarca o Suecia, operan con jornadas más cortas, mientras que en América Latina se observan largas jornadas y baja productividad por hora. Esta realidad no refleja falta de esfuerzo, sino condiciones laborales inadecuadas.
Más allá de los argumentos económicos, la reducción de la jornada laboral también implica una discusión crucial sobre salud pública y, especialmente, sobre equidad de género. En México, según datos del IMCO (2022), las mujeres destinan en promedio 40 horas semanales al trabajo no remunerado, en contraste con las 15.6 horas que dedican los hombres. Esta carga incluye tareas de cuidado, labores domésticas y acompañamiento familiar, todas ellas actividades fundamentales para el bienestar social, pero históricamente invisibilizadas. A pesar de ello, muchas mujeres también cumplen con jornadas completas en el empleo formal, lo que representa una doble carga que impacta directamente en su salud física y mental, así como en sus oportunidades de desarrollo personal y profesional.
A ello se suma otro factor poco discutido: el tiempo de traslado. Millones de personas, especialmente en las grandes ciudades, invierten entre una y tres horas diarias en llegar a sus centros de trabajo, tiempo que no se contabiliza como jornada pero que impacta directamente en su salud, su bienestar y su vida familiar.
En este contexto, reducir la jornada laboral no es solo una medida económica, sino una vía concreta para redistribuir el tiempo social, aliviar la carga de cuidado que recae desproporcionadamente en las mujeres, y mejorar la calidad de vida de quienes dedican horas enteras a desplazarse para trabajar.
Desafíos y oportunidades
Implementar esta reforma no está exento de retos, sobre todo en un contexto como el mexicano, donde la informalidad laboral alcanza el 54.5 %, según datos de INEGI (2025). Sin medidas complementarias, existe el riesgo de que la reducción de jornada se traduzca en más subcontratación informal, evasión de responsabilidades patronales o afectaciones a las pymes.
Sin embargo, hay oportunidades claras. Si se aplica de forma gradual, diferenciada por sector y tamaño de empresa, y acompañada de políticas públicas —como incentivos fiscales, subsidios a la formalización y fortalecimiento de la inspección laboral—, puede traducirse en una mejora en la calidad del empleo y en una reorganización más eficiente de los procesos productivos.
La clave está en el diseño sectorial. Por ejemplo:
- En sectores como tecnología o industrias creativas, donde la innovación y la autonomía son centrales, una jornada más corta podría incluso mejorar la productividad. De hecho, muchas empresas en estos ámbitos ya operan con esquemas basados en objetivos, más que en horarios estrictos, priorizando los resultados sobre el tiempo de permanencia.
- En sectores como la manufactura, la logística, la seguridad privada o la salud, donde la operación continua es esencial, la implementación de una jornada reducida exigirá reorganización interna, inversión en turnos escalonados y acompañamiento técnico para garantizar la continuidad del servicio sin comprometer su calidad. En el caso del sector salud, además, se trata de una medida que también impactaría directamente en el bienestar del personal y, por tanto, en la calidad del cuidado que se brinda.
- Las pymes enfrentan desafíos particulares y deben contar con medidas específicas de transición.
Se ha mencionado también la posibilidad de aplicar bancos de horas o esquemas flexibles, particularmente en sectores como el autotransporte de carga y la agricultura, en los que los ciclos productivos y operativos exigen adaptaciones.
Casos recientes en América Latina demuestran que la reducción de la jornada laboral no sólo es posible, sino deseable y viable, incluso en contextos económicos complejos. Chile, por ejemplo, aprobó una reducción progresiva de 45 a 40 horas semanales, con incentivos específicos para que las pequeñas y medianas empresas adopten la medida de forma anticipada. En Colombia, se estableció una disminución gradual de 48 a 42 horas. República Dominicana lanzó un programa piloto de semana laboral de cuatro días y 36 horas sin reducción salarial.
Uno de los casos más emblemáticos de la región es el de Brasil, que en septiembre de 2023 se convirtió en el primer país del Sur Global en poner en marcha un programa piloto nacional de semana laboral reducida a 4 días, bajo el modelo 100-80-100 (100 % de salario, 80 % de tiempo, 100 % de productividad) (ver el sitio 4 Day Week). Esta iniciativa, que involucró a 22 empresas y más de 280 trabajadores, obtuvo resultados contundentes en términos de productividad y bienestar, consolidándose como una referencia importante para otros países de América Latina.
Entre los principales hallazgos del programa brasileño, destacan los incrementos en eficiencia reportados por el 61 % de las empresas participantes; además, la creatividad y la innovación aumentaron en un 58 %, y la captación de nuevos clientes en un 33 %. En términos de bienestar, las mejoras fueron igualmente notables: el estrés se redujo en un 62 %, la ansiedad en un 67 % y la calidad del sueño mejoró en un 50 %. Asimismo, el 78 % de las personas participantes manifestó tener más energía para convivir con su familia, y un contundente 96 % expresó su deseo de mantener este esquema laboral.
Lo más significativo es que estos resultados no provienen de Europa o del llamado Norte Global, sino que están ocurriendo en nuestra propia región. América Latina está demostrando que avanzar hacia una jornada laboral más humana, eficiente y sostenible es posible, siempre que se impulse con planificación, participación empresarial y un sólido respaldo institucional. La reducción de la jornada laboral va mucho más allá de una reforma técnica o económica. Es, en esencia, una apuesta por el bienestar colectivo, por una vida más habitable para quienes sostienen día a día el funcionamiento de este país con su trabajo.
Lo que se juega con la reducción a la jornada de 40 horas es el reconocimiento de que el tiempo importa. Que no todo puede reducirse a cifras, entregas o métricas de productividad. La salud mental, el equilibrio personal, el derecho al cuidado y al descanso deben ocupar un lugar central en el pacto social. Entre sus múltiples beneficios se encuentran la posibilidad de redistribuir los tiempos de cuidado de manera más equitativa, mejorar la salud mental y la calidad de vida de las personas trabajadoras, así como incrementar la productividad mediante entornos laborales más sostenibles y fortalecer la cohesión tanto social como organizacional. Porque, a fin de cuentas, la productividad no puede medirse únicamente en metas cumplidas, sino también en las condiciones humanas que las hacen posibles. Y porque el tiempo, como el salario o el acceso a la seguridad social, también es un derecho. Un derecho que no debería seguir siendo privilegio de unos cuantos.
En cuanto a su implementación, todo indica que la reforma avanzará de manera gradual y diferenciada, tal como ha ocurrido en otros países de América Latina. Lo importante es que existe una voluntad política clara por parte del gobierno federal para abrir espacios de diálogo con los distintos sectores involucrados: cámaras empresariales, sindicatos, colectivos de trabajadores y organizaciones sociales.
Si se diseña con inteligencia, diálogo y enfoque en la justicia social, esta reforma puede marcar un antes y un después en la vida de millones de personas trabajadoras en México. No se trata únicamente de una modificación técnica, sino de una oportunidad para replantear las condiciones en las que trabajamos, redistribuir el tiempo de manera más equitativa y construir un modelo laboral más humano, eficiente y sostenible.
La discusión sobre la jornada de 40 horas no es sólo pertinente; es urgente. Garantizar tiempo digno no es un lujo, sino una necesidad para una sociedad más justa.
Referencias
Gomes, P. (2021). Friday is the new Saturday: How a four-day working week will save the economy. History Press.
Spencer, D. A. (2024). “Marx, Keynes and the future of working time”. Cambridge Journal of Economics, 48(1), 25-40.
