(Primera de cuatro partes)
En mis dos entregas previas para esta columna, propuse que la obra de Vivek Chibber, La teoría poscolonial y el espectro del capital, permitía evaluar la actualidad del marxismo y, específicamente, la de dos cuestiones fundamentales en relación con la coyuntura política actual: el problema de la formación y desarrollo del capitalismo y el de la agencia y la conciencia de clase. Ambos asuntos han sido objeto, sin duda, de una bibliografía inabarcable. Sin embargo, y sin ánimo de agotar la cuestión, es posible recuperar ciertas discusiones que pueden resultar hoy de sumo interés. Me centraré en primer lugar en el problema de los orígenes históricos del capitalismo y de la transición a la modernidad. Para ello discutiré algunas de las aportaciones que se realizaron en el marco de una red de debate que arranca tras la publicación de Estudios sobre el desarrollo del capitalismo (1946), de Maurice Dobb.

La cuestión sobre los orígenes del capitalismo como expresión del tránsito a la modernidad no era desde luego un tema completamente novedoso en los cuarenta del siglo pasado. Autores de distintas tradiciones ya habían propuesto interpretaciones significativas. Lo que Dobb se propuso fue ofrecer una respuesta articulada desde la teoría de los modos de producción. Más allá de su fría acogida entre los medios académicos, la relevancia de lo que se planteaba en ese libro, fue captada años después por autores alejados del marxismo, como Karl Polanyi y R. H Tawney. La obra de Dobb contó en todo caso con el mérito de establecer puentes entre el marxismo occidental y la historiografía soviética y de apuntar las líneas fundamentales por las que discurriría posteriormente el debate sobre la transición.
El libro del 46 comienza con una discusión en torno al concepto de capitalismo. Sobre todo, Dobb cuestionaba la pertinencia de la que consideraba una definición excesivamente abstracta, inspirada en la escuela austriaca de economía. Grosso modo, esta identificaba el capitalismo con un conjunto de rasgos característicos de la naturaleza humana, un comportamiento natural susceptible de encontrarse, sino en todos, al menos en numerosos periodos de la historia. Una definición de este tipo hacía imposible la pregunta por los orígenes del capitalismo. Sin embargo, tampoco resultaba útil una concepción excesivamente restringida. El riesgo en ese caso era que se terminara por identificar al capitalismo stricto sensu con el liberalismo económico y las prácticas del laissez-fair, con lo cual, concluía Dobb, resultaba muy difícil agrupar bajo el mismo concepto otros fenómenos sociales que, ajenos a este marco específico, resultaban fundamentales para entender los orígenes del capitalismo y su dinámica histórica.
Según el propio Dobb, en la época en que escribió su libro había tres interpretaciones en torno al surgimiento e historia del capitalismo especialmente influyentes en el campo historiográfico. La primera era la de autores como Werner Sombart y Max Weber. Ambos encontraban la especificidad histórica del capitalismo moderno en esa forma de racionalidad económica definida por la acumulación incesante de ganancia, lograda por medio de la gestión empresarial y del cálculo coste-beneficio. Su origen y desarrollo a lo largo de los siglos XVI y XVII estaban relacionados con un factor cultural de primer orden: la “invención” de la ética puritana del trabajo, la cual promovía y legitimaba teológicamente esa lógica de acumulación mediante la maximización del beneficio. La segunda interpretación con influencia entre los historiadores era la monetarista. Según esta lectura, sostenida por autores como Bücher, Hamilton y, sobre todo, Henry Pirenne, el capitalismo surgió asociado a un conjunto de prácticas de mercado que rompían con la, hasta entonces, “economía natural” de producción y de venta al menudeo, característica de los mercados locales. Las nuevas prácticas mercantiles, desarrolladas sobre todo a partir del siglo XII, operaban hacia y desde mercados distantes, lo que requería de la monetarización de la economía y de una organización de la inversión orientada, no ya hacia el intercambio de equivalentes, sino hacia el lucro y la ganancia.
La tercera interpretación tenía su origen en Marx. En ella, la atención no se centraba en el ámbito de la cultura o del mercado, sino en el de la producción. El concepto clave era, pues, el de modo de producción. Al comentarla, Dobb comienza señalando una distinción importante entre el modo de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas productivas. El concepto de fuerzas productivas tiene que ver con la capacidad del ser humano para poner en marcha el proceso de trabajo. En este proceso intervienen dos elementos: los medios de producción que se emplean (los objetos sobre los que se trabaja y los instrumentos que se utilizan) y la fuerza de trabajo que despliega el productor. Estos dos elementos pueden entenderse como una magnitud variable a lo largo de la historia humana. Pero esta variable, según Dobb, no constituye por sí misma el elemento explicativo de la dinámica histórica: la clave radica en las relaciones sociales de producción. Estas remiten a la forma en que determinados agentes se apropian de las fuerzas productivas y a la forma en que, en función de esto, se redistribuye el producto social. En definitiva, el elemento decisivo para Dobb residía en la estructura de clases característica de cada modo de producción.
Si partimos de esta definición, el modo de producción capitalista se caracterizaría por dos rasgos específicos. Por un lado, la fuerza de trabajo que despliega el productor directo se ha convertido en una mercancía; por otro lado, el capitalista que posee los medios de producción se encuentra en disposición de comprar esa fuerza de trabajo. Al adquirir el uso temporal de esa fuerza, el capitalista se apropia, por medio del producto final, de un valor añadido que no existía al comienzo del proceso de trabajo. Aunque aparentemente el capitalista obtiene la ganancia al convertir el producto en mercancía e intercambiarlo por otras en un mercado, es en realidad en el proceso de trabajo donde se crea valor. Según Dobb, para identificar el origen del capitalismo y entender su desarrollo, no basta con constatar la existencia del comercio de larga distancia, de la monetarización de la economía, de la lógica de acumulación o de la racionalidad maximizadora: es necesario que el capital emplee fuerza de trabajo en el proceso productivo como forma específica y fundamental de creación de valor. Pero, para que esto fuera posible, tenían que darse al menos dos condiciones: por un lado, la concentración de la propiedad de los medios de producción en unas pocas manos; por otro, la desposesión de los antiguos pequeños productores que, una vez separados de los medios que les permitían subsistir de forma independiente, se veían obligados a vender su fuerza de trabajo. El estudio sobre los orígenes históricos del capitalismo debe entonces ser capaz de captar cómo la disolución de las relaciones feudales de producción vino acompañada del desarrollo de esta nueva estructura de clases.
Antes de narrar esta historia, Dobb aborda una serie de problemas teóricos que merecen quedar señalados. El primero tiene que ver con la forma en que pensamos la relación entre el concepto puro de modo de producción y la secuencia histórica real. Existe aquí una diferencia importante. Cuando diseñamos de forma racional y coherente el concepto de modo de producción es posible diferenciar de manera clara las propiedades que distinguen a unos modos de otros, por ejemplo, al esclavismo del feudalismo y a ambos del capitalismo. Pero cuando volteamos nuestra atención hacia el proceso histórico esto no resulta tan fácil. A diferencia de lo que ocurre en el ámbito del pensamiento, donde mediante el juego de definiciones podemos diferenciar unos modos de producción de otros, resulta imposible deslindar etapas históricas de forma tajante y señalar con la misma precisión analítica cuándo terminó un modo de producción y empezó otro. En todo periodo histórico, afirma Dobb, aparecen elementos característicos de diferentes modos de producción, a veces en mezclas de extraordinaria complejidad. Este hecho es especialmente palpable en los procesos de transición. No obstante, la teoría de los modos de producción afirma que cada periodo histórico está modelado bajo el influjo de unas relaciones de producción dominantes. Al estudiar los orígenes de un modo de producción, como pudiera ser el capitalista, lo relevante no es situar las primeras manifestaciones de la nueva forma económica, sino el momento en el que ha logrado ejercer un influjo decisivo en el desarrollo de la sociedad. Este sería el problema histórico a resolver.
Una segunda cuestión tiene que ver con la forma en que la teoría de los modos de producción implica la temporalidad y el cambio histórico. Algunas teorías económicas, señala Dobb, consideran que los cambios históricos responden a una acumulación constante y progresiva de determinados factores cuantitativos (índices demográficos, conquistas tecnológicas, evolución de la división del trabajo, etc.). La teoría de los modos de producción se aleja de este tipo de concepción homogénea y acumulativa del tiempo y afirma que existen momentos decisivos de aceleración histórica. Estos momentos de aceleración no se relacionan con cambios en tal o cual esfera social, sino con una reconfiguración sistémica producto, precisamente, de que las nuevas relaciones sociales de producción han empezado a ejercer una presión determinante sobre el conjunto de la sociedad. Se abre así un periodo de “revolución social”.
El cambio sistémico, y esta sería la tercera cuestión, tiene que ver en última instancia con la estructura y el antagonismo de clase. Como acabamos de ver, un determinado periodo histórico se corresponde con una estructura de clases dominante. Esta establece un conjunto de posibilidades para las coaliciones y el antagonismo políticos. La homogeneidad del periodo vendrá dada en la medida en la que la clase dominante utilice su posición para reproducir y extender las relaciones de producción que le permiten apropiarse del excedente social. Cuando se produce un cambio que altera de forma decisiva tales formas de explotación y los equilibrios de fuerzas, cuando la posición de la clase dominante se ve amenazada, se habrá alcanzado una etapa crítica. Se abren aquí dos posibilidades: o bien el cambio se detiene en algún punto, o bien la vieja clase dominante cede su poder a la nueva, relevo que, de producirse, acelera la transición hacia el nuevo modo de producción dominante.
Dobb reconoce que esta lectura requiere hacer explícito qué se entiende por clase social. Él considera que un grupo social se convierte en clase cuando posee un interés compartido. Una clase no se define por cierto nivel de ingreso o por compartir la fuente de dónde provienen dichos ingresos, ni siquiera por un estilo de vida similar. Lo decisivo es la relación del grupo como un todo con el proceso productivo. La forma en la que se extrae y se distribuye el excedente de trabajo bajo determinadas relaciones de producción define el interés que puede llegar a tener una clase en conservar el sistema económico o sustituirlo por otro. El problema histórico radica, por tanto, en identificar los cambios en las formas de apropiación del trabajo, la manera en la que esto se tradujo en determinados antagonismos de clase y cómo, bajo ciertas coyunturas, estos antagonismos pudieron encontrar expresión política. En la próxima entrega abordaré cómo, desde este andamiaje teórico, Dobb ofrece un conjunto de hipótesis históricas y un polémico pero seductor relato de cómo se produjo la transición al capitalismo.
(La segunda entrega de este texto saldrá publicada el viernes 4 de octubre)
