Hace algunos días compartí en mis redes sociales el reporte Digital News Report 2024 del Reuters Institute. El estudio muestra que en México la confianza en los medios bajó del 49% al 35% en los últimos siete años. El medio más confiable para los mexicanos es CNN y los más desprestigiados son Latinus y Televisa, con 30% de valoraciones negativas, aunque esta última tiene un poco más de aceptación. El Reuters Institute asume que los ataques de AMLO a la prensa son la razón principal en esta crisis de credibilidad. Hay un poco de verdad en esto; sin embargo, un vistazo a los titulares de periódicos, portales de internet y cadenas de televisión es suficiente para darnos cuenta de la poca calidad de sus contenidos y, en muchos casos, de su talante abiertamente propagandista contra el gobierno. Así, el espectador o lector sólo recibe de esos medios mensajes que no problematizan la realidad y que evitan, en todo momento, presentar opiniones contrarias a sus líneas editoriales.
El declive de los medios tradicionales, aquellos que dominaban la escena informativa antes de internet, puede ser entendido en el contexto de un proceso que precariza la calidad de los contenidos. La competencia por las visitas a los portales de noticias y la necesidad imperiosa de volverse viral han convertido a buena parte de la prensa en una caja de resonancia de lo peor que ocurre en el ciberespacio. Además de esto, los medios en México se han desgastado por jugar para un sector cada vez más minoritario de consumidores de información que se identifican, abiertamente, como opositores a la llamada 4T. El resto del público ha decidido darles la espalda o criticarlos mientras prefiere otras opciones para saber lo que pasa en el país. No hay que olvidar que, antes del triunfo de Morena en el 2018, la gran mayoría de medios participó de una larga campaña de miedo que demonizaba la candidatura de Andrés Manuel López Obrador. En algunos casos —pocos, al parecer—, se intentó moderar las diatribas contra el sexenio que está por terminar, pero muchos otros siguieron el mismo camino de antes.
Ante la pérdida de credibilidad de los medios y, particularmente, el declive en su audiencia —lo cual repercute en sus ingresos—, algunas empresas han optado por incluir colaboradores que vayan más allá de la propaganda y el maniqueísmo para ofrecer puntos de vista afines a la 4T. Algunos ciudadanos opositores afirman, sin pruebas, que estos medios han cambiado su perspectiva por presiones gubernamentales. Esta idea refleja, sencillamente, la disonancia cognitiva en la que viven y desde la cual interpretan la realidad del país. No conciben que estos corporativos hayan decidido apostar, para no perder más audiencia, por un sector de la población que se ha alejado de ellos.
Hay otro punto interesante en esta historia, y tiene que ver con la legitimidad de los medios y las formas de entenderla. Por un lado, los opositores y algunos ingenuos asumen que la prensa tradicional mexicana es un contrapeso totalmente independiente, una suerte de representante de las demandas ciudadanas, sin más intereses que el bien común. Olvidan, por supuesto, no sólo la agenda empresarial que defienden sino el papel que han jugado en el pasado. Hay un ejemplo muy claro: el 24 de marzo del 2011, 715 medios de comunicación —entre ellos Televisa, TV Azteca y los principales diarios de circulación nacional— firmaron el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia. El acuerdo consistía en “autorregular” los contenidos relacionados a la violencia desatada por la llamada “guerra contra el narcotráfico” que emprendió el expresidente Felipe Calderón. A grandes rasgos, los medios censuraron las noticias relacionadas con el tema para alinearse al gobierno y, además, respaldaron la idea de que la guerra contra el crimen organizado era inevitable. También transmitieron el mensaje de que la mejor estrategia tendría que ser un combate frontal. Los resultados son conocidos por todos. En el decálogo que firmó la prensa con Calderón, bajo los auspicios de Claudio X. González, destacaban compromisos problemáticos y ambiguos como “dimensionsar adecuadamente la información” y “no interferir en el combate a la delincuencia”. Ahora, esos mismos medios, periodistas y locutores, no tienen empacho en mostrar en primera plana la violencia que antes intentaron ocultar y, peor aún, justificar como un mal necesario.
El teórico Marshall McLuhan escribió la frase “El medio es el mensaje” en su libro Understanding Media: The Extensions of Man (Comprender los medios de comunicación: Las extensiones del ser humano) publicado en 1963. La idea es que el contenido está sutilmente entretejido con el medio que los difunde. No existe, en ese sentido, un mensaje “puro”. Esto, que ya era obvio en la década de los 60, años en los que la prensa se masificó, parece una novedad o un territorio desconocido para la gente que difunde, ingenuamente, cualquier crítica al gobierno actual sin tomar en cuenta la legitimidad, intereses y plataforma ideológica del mensajero. Por esta razón, y retomando el tema de la violencia en el país, la única crítica válida en ese terreno debería ser aquella que siempre haya estado del lado de las víctimas y de quienes resisten la violencia provocada por las diversas formas de despojo y segregación que se viven, dolorosamente, en nuestros años. No es, por supuesto, una crítica “pura”, porque toda crítica está relacionada con nuestras vivencias y con la forma en que creemos que debe ser la sociedad y el mundo. Sin embargo, interpelar siempre al poder —Estatal, corporativo o su unión— es una postura congruente, que trasciende los sexenios, muy lejana a las prácticas de esa prensa nacional que, en buena medida, busca conservar los privilegios del sector que representa.
