“Una habitación propia”

A room of one´s one (1929) de Virginia Woolf es uno de mis libros de cabecera, uno de esos libros que me han acompañado en distintos momentos y al que vuelvo constantemente. Tan es así que, cuando tuve que elegir un nombre para esta columna, inmediatamente se me vino a la mente el título de este magnífico ensayo, lleno de agudeza (y humor), que plantea una crítica, todavía actual y pertinente, de las posibilidades de escribir (o no) a las que nos enfrentamos, generación tras generación, muchas mujeres. Si bien las reflexiones de Virginia Woolf están encaminadas a pensar en el vínculo entre la escritura de las mujeres y la ficción, en reflexionar sobre las condiciones reales para que una mujer inglesa, perteneciente a la elite intelectual y burguesa de finales de la década de 1920, pudiera escribir; su genialidad fue pensar la escritura como una producción situada. Con esto quiero decir que Virginia pensó el acceso de las mujeres a la escritura a partir de las condiciones materiales en las que se realiza esta producción para proponer que la única forma en la cual las mujeres pueden dedicarse plenamente a la escritura es teniendo una habitación propia e independencia económica. Es por ello que el lugar físico en el cual escriben las mujeres es central en sus reflexiones. Lo que la autora muestra es cómo, durante todo el siglo XIX, ese espacio simplemente era inexistente: las mujeres escritoras –salvo algunas pocas pertenecientes a la aristocracia–, nunca tuvieron una “habitación propia” en ese ecosistema que es la casa, un lugar que les perteneciera y donde pudieran sentarse, con calma y tranquilidad (y sobre todo, sin interrupciones) a escribir. Muy al contrario, muchas de ellas, como las hermanas Brontë, escribían a hurtadillas, a altas horas de la noche, una vez terminadas las actividades domésticas y el bordado, cuando su padre presbítero y su hermano alcohólico (quien por cierto, sí tenía una habitación propia) se habían dormido.

No he dejado de pensar en lo actuales que resultan estas reflexiones desde que empezó la Jornada Nacional de la Sana Distancia, en donde millones de mexicanas y mexicanos fuimos convocados a quedarnos en casa. ¿Qué significa, para muchas mujeres en tiempos del COVID-19, tener una habitación propia? Y no pienso solamente en un espacio físico, al que la mayoría de las mexicanas no tiene posibilidad de acceder no solo por un asunto de género sino también económico, sino más bien en esa posibilidad de encontrar, en medio de todas las responsabilidades domésticas, un tiempo y un lugar propio, un espacio en el cual poder elegir qué hacer o qué no, sin tener que estar al pendiente y resolviendo todas las eventualidades que ocurren alrededor.

El tema no es banal ni meramente doméstico. Vuelve, como siempre, a poner en medio del debate público (y político) el mundo privado en el que transcurren nuestras vidas. No he dejado de escuchar durante estas semanas lo difícil que ha sido para muchas mujeres (académicas, trabajadoras, estudiantes, freelancers) poder lidiar con el trabajo a distancia, las labores del hogar y el cuidado de los hijos que ahora están en casa o el de las personas enfermas o adultos mayores bajo su responsabilidad. El confinamiento y todos los cambios cotidianos, laborales y de convivencia que éste ha traído consigo puso en evidencia (y en muchos casos, agudizó) el añejo problema de la división del trabajo entre hombres y mujeres, esta famosa “división sexual” que sigue vigente en muchas de nuestras sociedades, en la cual, el trabajo se reparte en función de los roles de género. Esta repartición, en su vertiente tradicional y patriarcal, ha asociado las funciones de la mujer con la maternidad y, por lo tanto, se le ha atribuido “naturalmente” todas las tareas referentes al cuidado de las personas que forman parte de la familia y también de los trabajos domésticos. Este problema se hizo de nuevo evidente en las clases acomodadas y medias mexicanas, cuyas mujeres habían “delegado” estas labores en las empleadas domésticas y, en el caso de los cuidados, a las escuelas con sus horarios extendidos, las guarderías o las abuelas. Al no poder contar con estas redes de apoyo (remuneradas o no) muchas de ellas se volvieron a enfrentar a la muy desigual situación con respecto de sus compañeros varones, quienes han logrado mantener, en proporciones bastante mayores, ese espacio “propio” para poder seguir dedicándose a su vida laboral, académica o creativa. No niego con esto que existan hogares donde se viva una verdadera corresponsabilidad, en la cual hay un reparto equitativo de las labores domésticas, del cuidado y la crianza de hijas e hijos u otras personas dependientes entre los miembros de la familia sin importar el género. Que esto suceda es, sin duda, el efecto de una transformación en la estructura patriarcal a la cual le hace falta mucho camino para que pueda generalizarse. Según el INEGI (2010) el 76.7% del tiempo destinado a las labores del hogar, sin pago, lo cubrieron las mujeres. Según muestra un estudio de Mercedes Pedrero (“Diferencias de género y roles familiares en la asignación de tiempo destinado a cuidados”, 2018), en México las mujeres dedican, en promedio, el triple de tiempo que los hombres a las labores domésticas y de cuidados.

Para lograr una verdadera corresponsabilidad deben existir políticas públicas que la garanticen y así, por un lado, dar mayor oportunidad a las mujeres que quieran desarrollar una vida profesional o laboral fuera de casa y, por otro, impulsar la conciliación entre la vida familiar y laboral para las mujeres que trabajan. Estas políticas abarcan muchos ámbitos: el educativo, con la inclusión de la perspectiva de género en el diseño curricular de toda la educación primaria, media y superior para enfatizar la importancia de la igualdad entre hombres, mujeres y disidencias en todos los aspectos de la vida, incluyendo la doméstica. El laboral, con la implementación de licencias de trabajo más amplias para fomentar responsabilidades familiares en los hombres (por ejemplo, la licencia de paternidad y parental); y en políticas culturales, para promover representaciones sociales que vinculen de manera positiva la masculinidad con los cuidados (campañas publicitarias, por ejemplo). 

Han pasado muchos años desde que Virginia Woolf compuso este ensayo y, aunque hemos ido ganando terreno para la igualdad, todavía hacen mella sus reflexiones. Recuerdo uno de los primeros fragmentos de Los ingrávidos (2011) de Valeria Luiselli, donde la narradora (una escritora), más de ochenta años después, escribe: “En esta casa tan grande no tengo un lugar para escribir. Sobre mi mesa de trabajo hay pañales, cochecitos, transformers, biberones, sonajas, objetos que aún no termino de descifrar. Cosas minúsculas ocupan todo el espacio. Atravieso la sala y me siento en el sofá con mi computadora en el regazo. El niño mediano entra a la sala: ¿Qué estás haciendo, mamá? Escribiendo. ¿Escribiendo nomás un libro? Nomás escribiendo.” Hace algunos años la escritora Elma Correa hizo una pieza colectiva que después transformó en un proyecto en Instagram, habitaciones_propias, en donde convoca a mujeres para que envíen fotos de sus espacios de trabajo. Observo ese mosaico de lugares, algunos amplios, otros pequeños, unos individuales, otros compartidos. Lo que falta a estas fotos, me digo, es el ruido de fondo, las dinámicas de la casa, los niños gritando, las hermanas y hermanos correteando por ahí ¿cuáles de esos espacios son realmente propios? ¿cuántos escritorios o mesas están en estos momentos salpicadas de cochecitos, biberones, tareas? ¿Cuántas de esas computadoras tienen que ser compartidas por el resto de las personas que viven en el hogar? ¿Cómo afecta todo esto en la vida personal y laboral de todos, y en particular de las mujeres? ¿Cuáles son los criterios que permiten priorizar qué actividades son más importantes?

Para quienes tenemos el privilegio de no tener que salir a trabajar, la casa se ha convertido también en lugar de trabajo, en escuela y a veces en hospital. Es muy probable que de ahora en adelante las dinámicas laborales y escolares vayan a cambiar radicalmente. No se puede dejar a la buena voluntad de las empresas, empleadores, centros de trabajo, o a los individuos que operen y actúen de manera corresponsable. Urgen medidas que permitan regular el trabajo, así como políticas de conciliación claras para que las personas que están a cargo de los cuidados (de hijas, hijos, personas enfermas, etc.) puedan hacerlo sin tener que cumplir dobles o triples jornadas de trabajo.

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