Un triunfo de la juventud: la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica

Una ampliación de la noción de literatura

Llevo un par de meses retrasando esta reseña de la nueva Colección Popular del Fondo de Cultura Económica. La retraso porque cada vez que voy a la librería encuentro un montón de títulos nuevos y me pongo a leer para actualizar mis notas. La retraso también porque el sitio web del Fondo, que debería tener materiales que presentaran ordenadamente la colección, ha dejado de funcionar bien en el último tiempo, ya no publica boletín de novedades, no permite un acceso al catálogo histórico ni presenta documentos que expongan el programa editorial de la institución.[1] La retraso, finalmente, porque cada uno de los títulos que me encuentro en mis visitas a la librería es excelente. Casi cada uno de los títulos me parece un acierto, y muchos de ellos están destinados a volverse clásicos. La Colección Popular está despertando en mí una obsesión de coleccionista: quiero leer todos sus títulos, me enojo cuando uno de ellos no tiene la calidad que esperaba o tiene algún problema de edición y comento por teléfono con mis amigos los nuevos aciertos que le voy encontrando. Ha despertado en mí un entusiasmo similar al que despierta la época dorada de la editorial Minotauro, dirigida por Paco Porrúa en complicidad con Julio Cortázar, que durante años trajo a nuestra lengua lo mejor de la ciencia ficción y la fantasía, editando un título imprescindible tras otro y abundando en descubrimientos de libros raros e incitantes.

            No soy una persona de elogios fáciles, pero en este caso no quiero ocultar mi entusiasmo. La prensa nacional e internacional ha dedicado ya varios artículos hacia las pifias de la administración dirigida por Paco Ignacio Taibo II (yo mismo he dedicado algún artículo sobre el tema). Sin olvidar dichos temas, me parece innegable que el programa editorial que parece apuntarse en los nuevos títulos de esta  colección debe ser recibido como un triunfo, un parteaguas en la historia de la editorial y un posicionamiento decidido respecto de lo que puede ser la literatura dirigida a los jóvenes.

            Porque los jóvenes son los destinatarios de esta nueva Colección Popular. Paco Ignacio Taibo II y la Brigada para Leer en Libertad han construido con ellos una relación de muchos años. Los conocen bien: escriben para ellos, los encuentran cotidianamente en sus talleres y ferias del libro, dialogan con ellos en las plazas y calles. De esa relación de muchos años se nutre una concepción de la juventud que es mayormente urbana, autodidacta y de clase baja, que se porta mal y ama las aventuras, que es valiente y se indigna ante las injusticias. El público ideal de estos títulos está entre los jóvenes encapuchados que estudian en preparatorias estatales y se enfrentan a la policía en las marchas convocadas por familiares de desaparecidos. También (aunque en menor medida, por razones que explicaré más abajo), su público está entre las jóvenes mujeres que se movilizan contra la violencia de género. La nueva Colección Popular no le tiene miedo a la rabia. Gran parte de sus títulos participa de este sentimiento.

            Lo que hoy llamamos Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) tiene una vida relativamente reciente. Su perfil ha sido construido en la confluencia de un campo de fuerzas en las que intervienen el sistema escolar obligatorio, las políticas estatales de promoción de la lectura, la acción de editoriales, fundaciones y librerías y la labor cotidiana de cuentacuentos, mediadores y profesores. Sólo hay que pensar en la importancia de la labor de fundaciones como IBBY, de editoriales comerciales como SM o de programas como Salas de Lectura. Los libros de la nueva Colección Popular del Fondo se alejan radicalmente de la mayor parte de los títulos que circulan en esos espacios de mercado. Son mucho más baratos: tiene un precio promedio de noventa pesos, aunque hay algunos que cuesten cuarenta y cinco y los de mayor formato ronden los doscientos cincuenta. Usan papel revolución y tienen una caja estrecha, típica de las publicaciones masivas, aunque ella sea menos estrecha que la de la Colección Popular original creada por Arnaldo Orfila Reynal.

            Sobre todo, son libros crudos, que no rehuyen hablar de la injusticia y la violencia. Entre los temas favoritos de la colección están los feminicidios, la violencia de Estado, la corrupción, la explotación por parte de las empresas, las revoluciones sociales y el trabajo cotidiano de los periodistas. La mayoría de estos libros se nutre de códigos de literatura juvenil más antiguos que los de la LIJ actualmente en boga: descienden de los relatos de aventuras de Emilio Salgari y Julio Verne, de los grandes narradores realistas del siglo XIX, de la ciencia ficción y la novela de detectives. También provienen de códigos más recientes, pero alejados del sistema literario con prestigio, como el de la literatura underground de ciencia ficción y fantasía que circula en fanzines y folletos fotocopiados. En su planeación, la serie ha respondido a la enorme interpelación que representa el periodismo al campo literario mexicano al incluir una sólida serie de crónica (en la que, sin embargo, no hay todavía una autora mexicana). También responde a la inquietud autodidacta de muchos de estos jóvenes con la inclusión de algunos estudios históricos de buena calidad y de novelas históricas bien documentadas. Finalmente, comparte la inquietud típica de buena parte de la izquierda erudita que hace trabajo de base y cotidianamente va al archivo para rescatar textos divertidos, extraños e incitantes que pueden ser leídos por la gente común. De todas estas maneras, la nueva Colección Popular representa una interprelación a la noción tradicional de literatura, que es abierta por medio de la inclusión de registros distintos, todos ellos de muy alta calidad.

 

Algunos hitos del catálogo

De entre los rescates editados en la colección destacan los dos excepcionales libros de la reportera polaca Larisa Reisner, quien fue soldado en la guerra civil rusa. Sviyazhsk. Hombres y máquinas recoge dos extraordinarios artículos que cuentan las condiciones de trabajo de los obreros a principios del siglo XX y retrata el trágico frente de Sviyazhsk durante la guerra civil postrrevolucionari. Hamburgo en las barricadas y otros escritos de la Alemania de Weimar recoge un conjunto de textos bajo el cuidado de Richard Chappell que hacen la crónica de los intentos fallidos de revolución en Alemania, a los que se añaden evocaciones de Reisner a cargo de Boris Pasternak, Victor Shkolvsky, Karl Rádek, Lev Sosnovski y José Carlos Mariátegui. Ambos son títulos magníficos, auténticos descubrimientos que permiten conocer en español la obra de una gran escritora. Sólo se echa de menos una traducción directa del ruso (Hamburgo en las barricadas se tradujo del inglés), y un mayor cuidado para unificar los criterios de transcripción de nombres de este idioma.

            Otro rescate de este tipo es la magnífica novela de ciencia ficción Qué difícil es ser Dios de Borís y Arkadi Strugatski, que cuenta el viaje de un científico comprometido al reino de Arcanar, una sociedad feudal desgarrada por las luchas sociales y la persecución hacia artistas y reformadores, y el intento de este científico para salvar a los perseguidos y reformar esa sociedad. Se trata de una obra de culto que hace un profundo análisis de las contradicciones de aquellos que intentan cambiar el mundo. Siendo admirada y querida por los conocedores de la ciencia ficción, era inconseguible en nuestro idioma hasta la aparición de la edición del Fondo.

            Los dos libros de Reisner forman parte de la nueva serie verde de la Colección Popular, dedicada a la crónica periodística. Qué difícil es ser Dios es parte de la serie azul, dedicada a la ciencia ficción. Dentro de esta última serie hay otros libros que vale la pena mencionar. Uno de ellos es Volver a la piel de Gerardo Horacio Porcayo, escritor pionero del cyberpunk al que muchos seguimos desde hace décadas en una multitud de publicaciones pequeñas, páginas de internet y revistas fotocopiadas. A través de escritores como Porcayo, el Fondo se acerca por fin a esa otra historia de la literatura que ha tenido vida en tianguis culturales y ferias de colectivos autogestionados. En ella hay muchos autores y títulos que vale la pena conocer (por cierto, una de las novelas más importantes publicadas en esos medios, Ruido gris de Pepe Rojo, acaba de aparecer en la colección Vientos del Pueblo).

            Otra novela digna de mención de la serie azul es Moleste a Jack Barrón de Norman Spinrad, que cuenta la historia de un presentador de televisión que denuncia a un millonario que ha construido una empresa que vende la inmortalidad a sus clientes. También hay que mencionar un rescate originalmente publicado en la mítica editorial Minotauro. Se trata de Más que humano, obra clásica de la ciencia ficción de Theodore Sturgeon que cuenta cómo un conjunto de seres extraños se enfrentan a la violencia y la marginación y despiertan a la conciencia colectiva al conectarse a una red vital que les permite redescubrir el sentido de la vida humana. Por su estilo y por su ambición literaria, Más que humano es hermana de El sonido y la furia de William Faulkner y es ejemplo de cómo una novela de ciencia ficción puede ser gran literatura. Este libro también es ejemplo de la activa labor de Rocío Martínez, directora de la colección, así como de los experimentados editores de gestión del Fondo, para incorporar al catálogo obras clásicas que han aparecido en otras editoriales. A través de este esfuerzo se expande la idea original de Orfila, quien al momento de fundar la Colección Popular imaginó la posibilidad de hacer nuevas ediciones de clásicos del Fondo en formatos baratos que permitirían tirajes masivos.

            Este esfuerzo ha llevado a añadir a la Colección Popular títulos como los Cuentos completos de Dostoievsky y los ensayos reunidos de R. L. Stevenson (antes coeditados con Siruela), pero rinde frutos especialmente valiosos cuando se seleccionan títulos que originalmente salieron en pequeñas editoriales independientes. Es el caso, por ejemplo, de Space Invaders de Nona Fernández, tremenda novela juvenil que cuenta, a través de los sueños de una niña, la vida cotidiana de Chile en la época de la dictadura. Space Invaders se ha convertido en una novela de culto en los últimos años y ha conquistado a un público amplio a partir de su traducción al inglés, por lo que su publicación en el Fondo puede ser vista como ejemplo de buen ojo editorial. La obra de Nona Fernández es parte de la serie turquesa de la Colección Popular, dedicada a la literatura mexicana y latinoamericana y en donde también se publicó No de Ricardo Chávez Castañeda, que mezcla el diario, la novela y el ensayo para dar cuenta del terrible proceso por el que México se acostumbró a los feminicidios. A través de esta serie, la dirección del Fondo está comenzando a construir un perfil continental para la misma.

            Otro excelente rescate de una obra originalmente aparecida en una pequeña editorial independiente es Allegro, divertida novela de detectives de Ariel Dorfman protagonizada por un niño Mozart que le sigue la pista a un asesino de músicos. Allegro es parte de la serie negra de la colección, dedicada a la literatura policiaca, y en donde ­—como podría esperarse— están algunos de sus títulos más poderosos. Algunos de ellos, como El último Hammett de Juan Sasturain, tuvieron vida en ediciones de otras regiones pero han sido seleccionados para la colección por su papel de clásico. Son más frecuentes los títulos nuevos cuyos autores gravitan en torno de la Semana Negra de Gijón, el más importante festival de literatura policial en habla castellana y un evento con el que guarda estrecha relación el actual director del Fondo. De esa órbita vienen libros como La noche del caimán de Diego Ameixeiras o Luz de oriente de Jaime Biedma, combinación entre el género policial, la novela gótica y el relato apocalíptico que apareció con una extraña dedicatoria al actual director del Fondo. Aunque no apareció en la serie negra, vale la pena mencionar aquí también Mongo blanco, una excepcional novela de aventuras del actor y escritor español Carlos Bardem que acaba de ser distinguida con el premio Espartaco en la Semana Negra de Gijón y que cuenta la historia de un pirata y tratante de esclavos en el siglo XIX.

            A esta serie negra pertenecen otros dos libros dignos de leerse y disfrutarse: Monarcas, de Sebastien Rutés y Juan Hernández Luna, reconstruye la relación epistolar entre un cartelista de cine mexicano y un joven repartidor de periódicos francés, así como la búsqueda de ambos de una mujer misteriosa; Los impostores de Santiago Gamboa, es una extraordinaria novela sobre sociedades secretas, libros escondidos y conspiraciones que se desarrolla en China y une los destinos de un sacerdote francés, un periodista colombiano, un profesor peruano de literatura y un sinólogo alemán.

            La serie naranja, dedicada a la novela histórica, combina la edición de algunos clásicos con la aparición de literatura más reciente. Dentro de los clásicos hay que mencionar a Salambó de Gustave Flaubert (que por el momento sólo se vende en electrónico) y El Rey Carbón de Upton Sinclair, magnífica novela sobre el movimiento minero de los Estados Unidos. Dentro de las apuestas por libros nuevos puede mencionarse Jecker. El hombre que quiso vender México, obra de Martín Reyes Vayssade que combina la ficción narrativa con el ensayo y la investigación historiográfica para reconstruir la biografía del banquero suizo cuyos préstamos ayudaron a la segunda intervención francesa y al Imperio de Maximiliano. Mongo Blanco y las novelas nuevas de la serie naranja muestran con claridad la preferencia del equipo editorial por buenas obras de ficción documentadas con rigor historiográfico.

            Curiosamente, también apareció en esta serie la reedición del poemario clásico Taberna y otros lugares de Roque Dalton: quizá tenga que ver con que Dalton fue pionero en un género de poesía que utiliza el registro conversacional y se basa en el uso de documentos y testimonios para reconstruir la historia a través de la poesía. Sin embargo, la poesía tiene su propia serie, de color morado, que tiene menos títulos que las anteriores, pero en donde han aparecido dos títulos que me parecen interesantes: El despertar de la poesía es una antología de Antonio Machado cuidada por el extraordinario Luis García Montero y Antología inventada es un libro inclasificable donde Rafael Courtoise reúne textos desconocidos de autores reales del pasado y el futuro, así como textos reales de autores imaginarios o desconocidos.

            El estilo personal de gobernar ha sido siempre una marca del Fondo. Daniel Cosío Villegas impulsó una visión muy suya de lo que sería su editorial. Arnaldo Orfila rompió con la de Cosío e impulsó la suya  al abrir el catálogo del Fondo a la edición masiva con los Breviarios y la Colección Popular e incluir la literatura, la psicología y la colección sobre lengua y estudios literarios. Más cerca de nosotros, José Luis Martínez imprimió a su gestión un sello particular a través de colecciones maravillosas como la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas. Tomás Granados Salinas (que no fue director del Fondo, pero debió serlo) ayudó en la aparición de Libros sobre Libros. Sin embargo, buena parte de la crítica letrada sigue viendo en Taibo a un advenedizo y por ello señala con dedo acusador que “las novedades que ha lanzado el FCE (Dalton, Reisner, Serge) muestran las preferencias de Taibo” (como si ello constituyera una novedad), y se lamentan porque “un Estado que se erige como editor debe estar más allá del arbitrio de una sola persona”. Estoy de acuerdo con ello, y por eso creo fundamental fortalecer la labor de los comités editoriales y órganos consultivos que fueron creados para tratar de mitigar el personalismo en la dirección del Fondo: ellos han ayudado a que muchas de sus colecciones tengan el nivel que las hacen famosas. También me gustaría que no se repitieran las embarazosas muestras de propaganda de los sexenios panistas, que —con todo y comisiones consultivas— convirtieron Vida y Pensamiento de México en un altar dedicado a alabar las glorias intelectuales de los fundadores del PAN.

            Sin embargo, cerraré esta reseña señalando que la apertura de la noción de lo literario de ninguna manera ha significado abandonar la misión del Fondo. No, al menos, en esta Colección Popular, donde siguen presentes los títulos que le han dado definición, como El pueblo del sol de Antonio Caso, El cuento hispanoamericano de Seymour Menton, Las enseñanzas de don Juan de Carlos Castaneda, El libro de la imaginación de Edmundo Valadés y Los condenados de la tierra de Frantz Fanon. En el nuevo catálogo hay un esfuerzo sostenido por incorporar a autores consagrados de la literatura mexicana, más allá de las preferencias personales del director: se han incluido Farabeuf de Salvador Elizondo, Las mujeres del alba de Carlos Montemayor, Que se abra esa puerta de Carlos Monsiváis, una antología de cuentos de Juan Villoro, una antología de Carlos Pellicer, dos obras de Rosario Castellanos, una de Andrés Henestrosa, otra de Emilio Carballido y otra más de Ermilo Abreu Gómez… No dedico más espacio a este aspecto del catálogo porque me parece el menos interesante. Está allí para satisfacer las ansias de representatividad del nacionalismo cultural y los deseos de algunos letrados de honrar a sus antepasados ilustres, pero estoy seguro de que Taibo nunca logrará darles gusto, pues el odio irracional que se mueve hacia él también tiene un componente de clase.

Advertencias para mejorar un trabajo bien hecho

Y sin embargo, siendo esta colección un triunfo, no quiero cerrar esta reseña sin apuntar algunas cosas que me preocupan. Veo en la factura material de algunos títulos descuidos que no se condicen con el nivel de calidad al que nos tiene acostumbrado el Fondo y que pueden ser resultado de la prisa o el cansancio: cambios de color en la tipografía de un lomo, una cintilla de color equivocado para indicar la serie al que pertenece algún volumen… Traducciones que no se hacen directamente del idioma original, sino que son resultado de versiones al inglés, o han sido hechas por personas que no siempre tienen la preparación para un trabajo de este tipo, por lo que luego sus productos deben ser revisados por una persona más…

            Errores como los que acabo de señalar son típicos de las editoriales independientes y militantes. De ellas viene también la práctica de utilizar traducciones libres de derechos, como es el caso de la versión de Giner de los Ríos de Salambó, que ha tenido que ser revisada de nuevo por el equipo editorial del Fondo en el momento de su salida. ¿No es ésta una multiplicación innecesaria de trabajo para un equipo ya de por sí sobreexigido? El Fondo se construyó la infraestructura y el saber acumulado para hacer las cosas mejor. La actual administración puede aprovechar ambas. Para ello tendrá que aprender a cuidar a su gente. La precarización de los trabajadores del Fondo, que incluye la desaparición de áreas y la multiplicación de responsabilidades para sus editores, inició algunos años antes de la llegada de Taibo. La austeridad republicana ha llevado a una aceleración de ese proceso y no augura buenas condiciones de trabajo para las personas que sostienen la labor editorial. Sería una pena que la actual administración perdiera a esas personas, pues en un país como México, donde el oficio de editor no se enseña en las universidades, el Fondo ha sido una gran escuela para muchos de los mejores editores del país.

            La apuesta de esta colección es grande. Más allá de la polarización, que nubla la vista y empaña la capacidad de visión, existimos muchas personas que celebramos el trabajo innovador y bien hecho que se está realizando en la Colección Popular. Mi conversación cotidiana con los libreros es prueba de ello: a pesar de la falta de reseñas y el desprecio casi generalizado de la ciudad letrada, los libros son seguidos con entusiasmo y están construyendo su propio público lector. Muchos nos la tomamos en serio y esperamos de ella la excelencia. Eso, y no menos, es lo que el Fondo le debe al país.


[1]    El programa Desde el Fondo ha logrado construir en torno suyo un público y presenta regularmente reseñas de las nuevas obras y entrevistas con sus autores. A mí me parece un excelente esfuerzo de comunicación, de un tipo inédito en una editorial como el Fondo. Sin embargo, la inmensa mayoría de sus videos no están acompañados de metadatos que permitan saber fácilmente cuáles son los temas tratados en cada programa, por lo que su consulta histórica es difícil y cansada. A pesar de que esté bien hecho, Desde el Fondo tiene una función distinta a la del catálogo histórico o los documentos que estructuran un programa editorial, y no puede sustituirlos.

 

Salir de la versión móvil