Responsabilidad Social Ltd.

En 1905 Andrew Carnegie, un industrial propietario de una de las acereras más grandes del mundo fundó la Carnegie Foundation. Había logrado ser el hombre más rico de su país por algunos años y estaba cambiando el juego de la beneficencia pública ahora por grandes corporaciones. Para él, la filantropía corporativa era un medio de combatir el comunismo y mantener el orden social altamente desigual de dichos años. En su ensayo, “El Evangelio de la riqueza”, sostenía que “hasta los más pobres pueden ser convencidos de que grandes sumas de dinero en manos de algunos de sus conciudadanos, y gastadas en fines públicos, son más valiosas que dispersas repartidas entre ellos” (Carnegie, 1989, 10).

A ese modelo de relaciones públicas de la riqueza corporativa se sumaron rápidamente otros grandes empresarios. En diciembre de 1913, la Rockefeller Foundation realizó su primera donación a gran escala a la Cruz Roja. La fundación era un instrumento de la familia para mejorar sus relaciones, después de haber enfrentado cargos por prácticas monopólicas de la Standard Oil Company dos años antes a nivel federal. Unos meses después, en abril de 1914, los Rockefeller contrataron a una que atacó el campamento de mineros de carbón en huelga, asesinando 21 hombres, mujeres y niños en Ludlow, Colorado.

En los siguientes años estas dos fundaciones no sólo delinearon un nuevo sistema de relaciones entre corporaciones, Estado e instituciones académicas, sino que definieron los límites de los impuestos sobre el ingreso. Ante la primera Guerra Mundial, el Impuesto sobre la renta se había incrementado de manera importante, pero el lobby filantrópico logró que las donaciones caritativas fueran consideradas deducciones de éstos. La nueva regulación permitió que explotaran las donaciones de grandes empresas a costa del erario público. En las siguientes décadas surgieron la Ford Foundation (derivada de la fortuna de Henry Ford), la Guggenheim Foundation (de capitales provenientes de la minería en México, Chile y Estados Unidos, y la W.K. Kellogg Foundation —sí, de la misma familia de los frutis lupis—).

¿Qué significa esta deducción? La propiedad donada por los grandes capitalistas no paga impuestos, lo que les permite mantener el valor de mercado de la propiedad (al esquivar el impuesto de ganancias de capital). Por otra parte, la donación paga el equivalente del mismo monto de impuesto sobre la renta del contribuyente, implicando una carga fiscal al estado por el mismo monto. Este sistema genera un resultado contraintuitivo: los sectores con más altos ingresos y cuyos ingresos provienen, en mayor medida, de ganancias de capital pueden, si hay tasas impositivas máximas relativamente altas, ganar dinero al hacer donaciones de caridad.[1] Nielsen, un experto en fundaciones en Estados Unidos, describía así el origen de la MacArthur Foundation en 1970: “El donador, John D. MacArthur, era el sórdido y avaricioso propietario de una gran y rentable compañía de seguros. De cívico y caritativo no tenía nada. Organizó su fundación en 1970 por las razones usuales: evasión de impuestos.”

2.

El modelo de organizaciones sin fines de lucro, financiadas por donaciones deducibles de impuestos, se extendió como modelo en casi todos los países occidentales sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Este modelo, por otra parte, permitió a la élite económica afianzar su influencia en los políticos a través de un tipo especial de ONG: los Think-Tanks. Este tipo de organizaciones son fundamentalmente académicas, dedicadas a analizar política pública, y en varios países financian la formación directa de cuadros burocráticos. Al invertir en ellas, las corporaciones y magnates pueden apoyar sus agendas políticas sobre el Estado parcial o totalmente financiado por el fisco. Qué ganga.

Es difícil sobreestimar la influencia que este tipo de fundaciones y organizaciones han tenido no sólo en políticas nacionales sino en tendencias globales. Diversos Think-tanks han sido la bisagra entre las corporaciones más poderosas del momento y los cambios fundamentales en la política estadounidense. Las fundaciones Rockefeller, Ford y Carnegie en los últimos años de la década de 1930 comenzaron a financiar a una pequeña ONG llamada Council of Foreign Relations, enfocada sobre todo en publicar análisis académicos de relaciones internacionales, pero que pronto ofreció formación a funcionarios públicos. La institución desarrolló el concepto de “Gran Área” en el cual se declaraba al mundo entero como un “interés nacional estadounidense”. Se trataba de una extrapolación del concepto nazi del “Área vital” (Lebensraum), que legitimó la expansión alemana en Europa y África. Según un informe del Council of Foreign Relations, más de la mitad de los burócratas de alto rango en Estados Unidos entre 1945 y 1972 eran egresados de algunos de sus programas de capacitación en relaciones internacionales.[2] Qué buena onda.

Existen muchos, demasiados ejemplos de cómo las fundaciones y Think-tanks producen y reproducen políticas públicas de largo aliento, lo que se conjunta con los métodos de injerencia del poder económico sobre el Estado (desde financiamiento directo hasta la participación en medios de comunicación masivos). El ejemplo más característico de esta agenda política de múltiples frentes es la de Mike Bloomberg, para la producción de poder político. A través de su fundación da becas a alcaldes en turno para tomar cursos en la Bloomberg Harvard City Leadership Initiative. Los ambiciosos jóvenes políticos pueden esperar no sólo un sello de Harvard, una cátedra en la brutalidad policiaca ejercida por el mismo Bloomberg en Nueva York (cuando fue alcalde de la ciudad), sino el acceso a posibles donaciones del magnate para sus campañas políticas. Más aún, si hacen su tarea bien, pueden tener buena cobertura en el medio de comunicación del multimillonario: Bloomberg News (en México: El Financiero-Bloomberg). Qué sutileza.

Es fácil argüir que todas estas instituciones financiadas parcialmente por los contribuyentes son, en última instancia, autónomas. La mayoría tienen liderazgos de largo aliento y agendas de largo plazo. Esta libertad, no obstante, depende de la generosidad de sus mecenas. Los hermanos Koch impulsaron la agenda libertaria del Instituto Cato (fundado por ellos y en el que han colaborado diez premios Nobel de Economía), que fue la ideología principal del nuevo crecimiento de la ultraderecha en Estados Unidos. Cuando el director del Instituto, Ed Crane, comenzó a apoyar el matrimonio del mismo sexo, la fundación Koch paró las donaciones y entabló una batalla legal. Tres meses después, Crane abandonaba la institución. Qué libertad.

3.

Usted disculpará el largo rodeo para regresar a México. Quería que nos pusiéramos de acuerdo en que estas organizaciones son un interregno entre la administración privada, los recursos públicos y una supuesta “utilidad pública”. Siempre es más fácil ver el árbol en el ojo al otro lado de la frontera. Ahora sí, a hablar de nuestros queridos capitalistas.

El impuesto sobre la renta (ISR) en México se institucionalizó hasta 1925 y su reglamento ya contemplaba algunas exenciones por vía de “previsión social”, que en esa época eran mayoritariamente administradas por las empresas.  A partir del reglamento de 1941 pero, en particular, en la nueva ley de 1953, las deducciones pasaron a ser parte de la Ley, y se separó la previsión social de los donativos a organizaciones. A partir de entonces, los contribuyentes pueden deducir de sus impuestos “Los donativos autorizados por la Secretaría de Hacienda para fines benéficos o culturales.” (DOF, 31/12/1953. p. 4, A 29, VII). La legislación tributaria permitió, en los siguientes, mayor facilidad para las donaciones a instituciones universitarias privadas, las cuales sustituyeron poco a poco a las universidades públicas como espacios de reproducción de las élites. Entre 1940 y 1970 surgieron el ITESM, la UIA, el ITAM, la Anáhuac y la UV en torno a figuras religiosas y empresariales.

Las últimas tres décadas han visto una explosión aún más inusitada de las ONG en el país. Esto obedece, en buena medida, a un fenómeno global. A partir de los años setenta, pero con mayor fuerza a partir de 1990, las corporaciones y grandes empresas comenzaron a tener departamentos de Responsabilidad Social, los cuales administraban las donaciones caritativas corporativas, anteriormente únicamente controladas por los propietarios. Más aún, de acuerdo con la “Pirámide de Responsabilidad Social Corporativa”(Carroll, 1991) (algo así como un Evangelio de la Riqueza 2.0), las empresas deben de procurar que sus empleados también participen de actividades de mejora de la comunidad, en su tiempo libre. Tan sólo en 2018, Fundación Walmart reportó que 75 mil de sus empleados y sus familias participaron en 1700 jornadas “voluntarias” de mejora en varias comunidades de la República. Ese año recibió, por 18º año consecutivo, el Distintivo Empresa Socialmente Responsable, otorgado por el Centro Mexicano para la Filantropía A.C. y por la Alianza por la Responsabilidad Social. Para ser justos, la empresa no tenía mucha necesidad de deducir impuestos ese año con su Fundación, porque ni pagó.

Actualmente, la Ley del ISR reconoce al menos siete diferentes tipos de asociaciones privadas que pueden recibir donativos deducibles de impuestos. Las donatarias autorizadas por el SAT, por su parte, crecieron de menos de 2 mil, en 1991, a más de 14 mil en 2020.  Como puede suponerse, éstas son variadísimas e incluso algunas instituciones públicas reciben ingresos complementarios por este sistema: mis dos Almas Mater, la UNAM y El Colegio de México, forman parte del universo de Asociaciones Civiles que pueden emitir recibos deducibles de impuestos. En la misma lista se encuentran al menos media docena de organizaciones que listan entre sus objetivos combatir el aborto; al menos una treintena de organizaciones con “Cristo” en su razón social; y el Salón de la Fama de los Diablos, A.C. Se encuentran también las Fundaciones más grandes del país, la Fundación Carlos Slim, Fundación Azteca, Fundación Televisa, Fundación Walmart, etc.

La Ley del ISR regula las actividades de injerencia, o incidencia, de este tipo de organizaciones, estableciendo que las ONG pueden “realizar actividades destinadas a influir en la legislación, siempre que dichas actividades no sean remuneradas y no se realicen en favor de personas o sectores que les hayan otorgado donativos.” En tanto es el SAT el único encargado de fiscalizar a este tipo de organismos, este último control es prácticamente inexistente. En realidad, como en Estados Unidos, las organizaciones de incidencia que han crecido en los últimos años han funcionado como bisagras entre las agendas empresariales y los gobernantes.

Es lugar común señalar la efectividad de las organizaciones alrededor de Claudio X González para influir el debate público en los últimos años: Mexicanos Primero, Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, Instituto Mexicano de la Competitividad. Tan sólo entre 2007 y 2019, los ingresos de éstas se multiplicaron por ocho, y en conjunto han recabado más de mil millones de pesos deducibles de impuestos. En años anteriores, presididos por Juan Pardinas, el IMCO propuso el fin del ISR y se opuso a la regulación de sus estructuras de gobierno. Un baluarte de la transparencia; en su página web aparece el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios como su principal financiador. No menciona, sin embargo, que al menos un tercio de sus ingresos (en el cálculo más conservador), provienen del fisco.

4.

There’s No Such Thing as a Free Lunch, fue el título del libro de Milton Friedman que defendía la idea de que todo gasto de gobierno tenía un costo social. Se encontraba en un error: sí existen, pero sólo para los grandes contribuyentes y financiados por el fisco. Las élites logran no sólo todos los beneficios del neoliberalismo, sino que hacen que el Estado pague hasta su caridad. Tan sólo entre 2003 y 2019, el monto de gasto ejercido por las donatarias autorizadas por el SAT pasó de mil millones de pesos anuales a más de 130 mil millones.

Dispense mi insistencia en este punto: entre un tercio y la totalidad de las donaciones deducibles de impuestos son propiedad del resto de los contribuyentes (y el 100% de los recursos pertenecen a la clase trabajadora). Este subsidio no sólo no regresa, en el sueño de Carnegie, a las clases populares, sino que se reinvierte en la reproducción de la élite y en apoyar su agenda política. En otros casos, ese dinero no sólo desaparece de las arcas públicas, sino que se desvanece en el aire de la burocracia de la Sociedad Civil. Dos años después del sismo del 19S, y después de flexibilizar las reglas para las donatarias con el fin de recibir fondos para los afectados de la catástrofe, el SAT reportó que las donatarias no habían ejercido 800 millones de pesos de las donaciones que recibieron de fondos nacionales y extranjeros. La principal deudora era la Cruz Roja, por un monto de 200 millones de pesos; una veterana en este tipo de escándalos. Cuando un sismo devastó Haití en 2010, la organización humanitaria recibió quinientos millones de dólares en donativos para la reconstrucción. Parte de ellos provenían de fundaciones privadas (también receptoras de donativos), otros de donantes individuales y, más, de fondos directamente públicos de otros países. Con ese monto, la ONG construyó la impresionante cifra de seis casas (sí, SEIS) en el país.

La “utilidad pública” de estas organizaciones las exenta de pagar impuestos, además de que les permite recibir donaciones deducibles de impuestos. Se supone deben de servirnos a todos, y por eso se financian directamente de los impuestos. Sin embargo, más allá de su financiamiento, su gobierno, objetivos y personal son privados y aparecen como completamente autónomos. El debate sobre sus funciones, estructuras de gobierno y límites de financiamiento, también nos corresponde a todos.


Referencias

Carnegie, Andrew. The gospel of wealth. FC Hagen & Company, 1889.

Carroll, Archie B. «The pyramid of corporate social responsibility: Toward the moral management of organizational stakeholders.» Business Horizons 34, núm. 4 (1991): 39-48.

Notas

[1] Para los curiosos, el costo de la aportación caritativa por cada peso/dólar es [p=1-ti-α(tii)], donde ti es el impuesto sobre la renta ordinario, tii es el impuesto sobre las ganancias de capital y  es la proporción de la ganancia de capital que compone la riqueza. Si ti y tii son suficientemente altas y  es cercano a 1, p es menor a cero (un subsidio). Esto fue verdad en Estados Unidos en la época de Rockefeller y Carnegie, pero también desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial y finales de la década de 1970. Ver Duquette, Nicolas J. «Founders’ Fortunes and Philanthropy: A History of the US Charitable-Contribution Deduction.» Business History Review 93, núm. 3 (2019): 553-584.

[2] Véase al respecto: Parmar, Inderjeet. Foundations of the American Century: The Ford, Carnegie, and Rockefeller Foundations in the Rise of American Power. United States, Columbia University Press, 2012; Grose, Peter. Continuing the Inquiry: The Council on Foreign Relations from 1921 to 1996. Council on Foreign Relations Press, 1996.

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