Luis Prieto Reyes, el último cardenista 

El 1 de agosto de 1961, Luis Prieto Reyes cumplió treinta y dos años de edad. Tres días después, participó en la fundación del Movimiento de Liberación Nacional (MLN). El MLN fue el primer gran esfuerzo de articulación de la izquierda mexicana en su conjunto. Convocó lo mismo a socialistas y comunistas que a cardenistas y liberales de izquierda. El gran promotor detrás de esta iniciativa para luchar contra el imperialismo, por la soberanía nacional y la paz entre los pueblos fue el expresidente Lázaro Cárdenas. Luis Prieto no militaba formalmente en ningún partido u organización, pero desde aquellos años ya ostentaba su adhesión al cardenismo. 

El MLN es una pieza clave para entender el larguísimo proceso de democratización del sistema político mexicano; en su seno convergieron algunos de los actores que definirían el rumbo del país en la segunda mitad del siglo XX. Los más conocidos fueron los ingenieros Cuauhtémoc Cárdenas y Heberto Castillo. El primero encabezó la principal corriente disidente del PRI hacia fines de los 1980 y el segundo fundó el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) en 1974. Del lado de la izquierda que entró en un proceso de radicalización estuvieron los futuros líderes de organizaciones guerrilleras formadas en los sesenta: Pablo Gómez Ramírez del Grupo Popular Guerrillero (GPG), César Yáñez Muñoz de las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) y Genaro Vázquez Rojas de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR). Manuel Marcué Pardiñas y Jorge Carrión de la revista Política y Alonso Aguilar Monteverde y Fernando Carmona (quienes a principios de los setenta lanzaron la revista Estrategia y la editorial Nuestro Tiempo) estuvieron entre los principales intelectuales y difusores del proyecto. Aunque el Partido Popular Socialista (PPS) y el Partido Comunista Mexicano (PCM) estuvieron también entre los fundadores, fueron los que expresaron más desacuerdos políticos. El PCM marcó su ruptura a raíz de que Lázaro Cárdenas apoyó la candidatura de Gustavo Díaz Ordaz a la presidencia en 1964.

Luis Prieto tuvo que ver con todo esto de forma directa, de hecho, su nombre es uno de los que aparecen recurrentemente en los reportes que los espías (“orejas”) mandaban a sus superiores de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), debido a la energía que ponía en la organización de conferencias, mesas redondas y reuniones de todo tipo. Sin embargo, Luis no alardeaba en lo absoluto de su papel en la organización. Daba la impresión de que él se asumía simplemente como un mero soldado del nacionalismo revolucionario, uno de los millones de personajes anónimos que permiten que la historia marche. En general, aunque Luis conoció y convivió con la élite de izquierda y la crema y nata del circuito cultural, experimentó esa pertenencia con gran sencillez. Era muy divertido escucharlo contar anécdotas sobre grandes personajes (intelectuales, pintores, cineastas, escritores, actores, políticos) como si fueran cualesquier “hijos de vecina,” con excepción de los Cárdenas, por quienes mostraba una gran reverencia. Como servidor público y como historiador, la vida de Luis estuvo marcada por la lealtad al general y su hijo. 

Conocí a Luis Prieto en 2003, cuando empecé a rastrear la memoria de su sobrina Dení Prieto Stock, asesinada en la toma militar de la casa de seguridad de las FLN en Nepantla, el 14 de febrero de 1974. En aquel entonces, él aún presidía el Centro de Estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas” A.C. y organizaba las Jornadas de Historia de Occidente en Jiquilpan, Mich. Sin embargo, el trato que me dio no fue de colegas historiadores. Me invitó a su casa en Coyoacán, me recibió con calidez y me habló de Dení en términos muy personales y emotivos. Nunca sentí que nuestros cincuenta años de diferencia tuvieran algún peso, pues él tenía una forma jovial de ser. Supuse que tanta familiaridad podía deberse a que estaba reproduciendo una especie de ritual, pues no era extraño que se le acercaran a preguntarle sobre ese asunto. Además, noté que le hacía bien tener con quien platicarlo. A mí me ayudó también tener a alguien que se interesara en mi investigación, en un momento en que el tema de la guerra sucia todavía arrastraba el peso del tabú en que se había convertido décadas atrás. 

Entre 2003 y 2009 sostuve varias conversaciones con Luis Prieto, las cuales me dejaban llena de cuestionamientos sobre cómo interpretar a ese haz de actores con su diversidad de entendimientos sobre la guerra fría y su lugar individual en la lucha mundial entre el capitalismo y el socialismo. Jorge Prieto Laurens (tío de Luis) era un acérrimo anticomunista, cercano a grupos de ultraderecha, mientras que su hijo, Carlos Prieto Argüelles, era un simpatizante fervoroso de la revolución cubana y la hija de éste, una guerrillera socialista. Dení militaba en las FLN, una organización fundada el 6 de agosto de 1969, cuyo líder, César Yáñez, se había desencantado de la política moderada del MLN. Aunque los Prieto pertenecían a una misma constelación, no tenían posibilidades de convergencia, como cuando un plato cae exactamente en su punto de quiebre y los añicos salen volando y terminan muy distanciados entre sí. ¿Cuál había sido el punto de quiebre de los Prieto? Sólo yo me hacía esas preguntas metafísicas, pues a Luis le divertía tener una familia plural, con trayectorias tan memorables, no le daba demasiada importancia a las fracturas ideológicas.

Uno de los temas más espinosos de nuestras charlas era el relativo a los restos mortales de Dení. El 15 de febrero de 1974, el ejército llevó cinco cadáveres al Panteón Dolores de la Ciudad de México y los sepultó en fosas de corte sin nombre, en la sección más remota del cementerio, a orillas de un barranco. Los cinco fueron registrados como adultos desconocidos. Luis afirmaba que siete años después recibió una carta del panteón, pidiéndole a la familia Prieto que fuera a recoger los restos, pues serían desechados por no contar con derecho de piso. Luis llevó a cabo la exhumación y cremación de los restos, que depositó en la urna de una iglesia, contrario a sus creencias jacobinas. En plena guerra sucia, llevar a cabo una identificación forense era impensable. Sin embargo, yo revisé meticulosamente el registro del panteón, llamado “burro,” y no encontré ninguna indicación de que los administradores hubieran identificado los restos de Dení. 

No quería mortificar a Luis con mis dudas, pues me daba la impresión de que era un episodio que tenía bloqueado. Sin embargo, un día le pregunté sin ambages: “cómo supiste que era el cuerpo de Dení?” Sin pensarlo un segundo, respondió: “porque la osamenta era muy pequeña.” “La otra mujer asesinada en Nepantla también era de estatura corta,” le solté. Luis bajó la mirada, con el gesto de alguien que se concentra en un problema difícil. Me reveló entonces algo que, creo, no le había dicho a nadie: “El cráneo tenía todavía el cabello castaño claro y corto de Dení.” Aún tuve el valor de preguntarle: “Tenía orificios de bala?” A lo que respondió con un parco “sí, aquí” señalando la región occipital. En ese momento se hizo un silencio pesado en la sala de su casa, donde conversábamos. Nunca volví a inquirirle sobre el tema. La última vez que lo vi fue en 2012, en una función de estreno del documental biográfico sobre Dení, Flor en Otomí de Luisa Riley, proyecto que él apoyó entusiastamente. 

Luis Prieto falleció el 2 de septiembre de 2020, a un mes de haber cumplido 91 años y a 59 de haber participado en la fundación del MLN. No sé qué pensaba de la actual administración, pero segura estoy de que lamentó no haber visto a Cuauhtémoc Cárdenas ocupando la silla presidencial. Luis tuvo una vida muy fructífera, tanto en lo profesional como en lo personal. Si el peso de un individuo puede medirse por sus amigos, Luis valía oro puro. Más de uno lo recordaremos como un hombre erudito, generoso, sencillo, simpático, políglota y gran conversador. Podía hacer de un tema, como su trabajo en la comisión del Río Balsas en 1960, algo sumamente divertido. Decía que su platillo favorito era el chicharrón en salsa verde, parecía que no había detalle de su vida en que no fuera un nacionalista convencido. En octubre de 2019 participó en las Jornadas de Historia de Occidente, por lo que puede decirse que murió al pie del cañón. Fue el último cardenista por apego y convicción, ajeno por completo a toda lucha por el poder. Será enormemente extrañado, pero quiero pensar que se fue en paz, sin pendientes. Para mí, sólo quedó un pendiente: que se acordara de los detalles precisos que lo llevaron a identificar la fosa donde fue enterrada Dení en el Panteón Dolores. Requiescat in pace.

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