O tú o yo, José José: notas de una escucha resignada

La muerte de José José desató en las redes sociales una oleada de lamentaciones que me desconcertó un poco. El 29 de septiembre, sin la menor intención de profundizar en el tema, escribí este breve párrafo en mi página de Facebook: 

“Lo estoy intentando: me puse a repasar las canciones de José José esperando encontrar algo que me permitiera unirme al duelo general. A lo largo de los años sólo he sentido repulsión por él, que por supuesto ha aparecido siempre por todas partes: ha invadido fiestas, casas, patios, camiones, coches… No es que no me guste: hay algo en él que me parece indigno, reptante, el sonido exacto de algo que me pone en guardia y me avisa que es el momento de salir corriendo. Claro que es una voz consagrada del machismo, pero modulada hacia el chantaje, la agresión pasiva (me humillo ante ti, mujer perversa, para que sientas tu maldad… Lo que ahora llaman lágrimas de onvre) los celos más burdos, desde luego la homofobia. O, más que nada, el placer de exhibirse como víctima, como pelele sin voluntad, ese llamado a disfrutar el derrumbe (“Sé que no soy el mejor/Que soy un fracaso/Por eso te guardo aquí/Compréndelo amor, compréndelo”). Ay ay ay. Les suplico que me iluminen y me digan si hay una letra con tantito sentido del humor. Desde ya pido disculpas a los que aman su música, pero guácala.”

Para mi sorpresa, esto provocó 143 comentarios. Aunque, previsiblemente, muchos lo defendieron, desde el primer momento vi que otras compartían mi opinión. Estupefacta vi cómo amigos que me caen bien parecían a punto de ofenderse. Me resigné a oír otra vez esas canciones de toda la vida, a repasar los videos.

La película Gavilán o paloma (1985) se ofrece como un ejercicio confesional en el que José José representa al propio José José. Cómo no, comienza con su interpretación de la pelonásticamente titulada “Mi vida”, que se interrumpe para dejar a cuadro al artista de la repetición, interesado en despejar la menor duda: lo que están por ver los espectadores es el recuento de “mi vida, con todos sus pecados” (sic) narrada con intención moralizante: “ojalá y sirva para que alguien en mis circunstancias no caiga en mis errores, ojalá y sirva para que alguien que haya caído pueda encontrar una forma de levantarse” (ya se ve que la riqueza léxica no es lo suyo). Como es obvio, la palabra “confesional” no aparece por casualidad: la película es un acto purgativo cuyo posible valor radica en la severidad con que la renegrida oveja revele los aspectos más humillantes, dolorosos o desagradables de su pasado. El escarnio público se justifica como posibilidad de instruir a otros pecadores, es una fábula que prescinde de desviaciones para señalar sin equívocos su moraleja. Pues cada llaga es una joya y cada vómito un sacramento, se multiplican las escenas que detallan el esmerado arrastre del personaje por las sinuosidades del abismo. Al odiarse odia el pecado e inicia el penoso caminar, siempre cuesta arriba, hacia una redención a cada paso más elusiva. Al buscar el adoctrinamiento moral de sus seguidores, sus criterios no son ante todo estéticos, sino didácticos: le importa ser claro, despejar dudas, señalar de manera evidente la ruta hacia la luz, la salida de emergencia, el botiquín. Lo cual también significa que sí recurre a principios estéticos: los de su religión, pues confía en su milenaria eficacia. Madres con un puñal clavado en el pecho, latigazos, corona de espinas: nada parece excesivo para esta economía del chantaje tan arraigada en la cultura mediática de nuestro país.   

Aunque la moralina es ingrediente constante de su obra, algunas canciones prescinden de elementos distractores y se presentan abiertamente como sermones, como el éxito de 1977, “Amar y querer”, considerada por el cantante la más importante que había grabado en una entrevista concedida a Uno TV en 2014. No hay enigmas en la letra, que pregona sin rebuscamientos su condena del placer: “Es que amar y querer no es igual/ Amar es sufrir, querer es gozar/ El querer es la carne y la flor/ Es buscar el obscuro rincón/ Es morder arañar y besar/ Es deseo fugaz, es deseo fugaz/” y la admiración por algo postulado como superior. Pero ¿qué es el amar y por qué es preferible? En esta canción se prodigan vaguedades (“El amar es el cielo y la luz/ el amar es total plenitud/ (…) el amor no conoce el final”), pero los pocos detalles que se dan son alarmantes (“El que ama no puede pensar/ todo lo da, todo lo da”). Lo único que parece fuera de dudas es que sufrir es mejor que andar por ahí cogiendo; lo esencial es reiterar la importancia del castigo. 

Llama la atención que se haya lanzado este regaño en los años en que su carrera se consolidaba, aunque la prohibición de los conciertos de rock, a raíz del festival de Avándaro, ayuda a entender el giro conservador [1]. Al parecer, José José y sus productores entendieron muy bien que la representación del pecado y el arrepentimiento podía atraer a cuantiosas audiencias: se crea un contraste, por un lado, entre la potencia de la voz, el control técnico sobre sus vaivenes, el goce del derrame emocional evocado (es decir, los componentes más físicos e instintivos) y, por otro, la amonestación que aclara el carácter pecaminoso y erróneo de lo anterior. Una y otra vez el cantante pone en escena su incapacidad de resistirse a la tentación, que se hace más poderosa y temible, mientras él comprueba cuán débil es su voluntad, qué escasas sus fuerzas e inevitable la caída. En suma, el mensaje moralizante sirve como permiso para seguir incurriendo en los mismos actos circulares, mientras se fortalece la intención de provocar lástima e invitar al público a ser testigo de la manipulación emotiva.

Por ello, es predecible el papel asignado a las mujeres, a veces tentadoras insensibles, pero ante todo colocadas en el sitio de sufridas inspiradoras de redención: desde las primeras escenas de Gavilán o paloma se establece que la madre soporta las borracheras e infidelidades de su esposo ante la mirada espantada del niño que procura protegerla. Unos años después él se empeñará en controlar a su pareja (“Cuando vayas conmigo no mires a nadie”) pero, simultáneamente, se sentirá prisionero en una jaula (“De tu alpiste me cansé”), se precipitará en el vicio y, de nuevo, asignará a la abnegada la misión de rescatarlo (“pero te juro por dios/ que nunca llorarás/ por lo que fue mi vida”), aunque tampoco sorprende encontrar descripciones de gran violencia (“A veces regreso borracho de angustia/ Te lleno de besos y caricias mustias/ pero estás dormida, no sientes caricias/ Te abrazo a mi pecho, me duermo contigo/ Mas luego despierto, tú no estás conmigo/solo está mi almohada).

El video de “Payaso” resume el drama aspiracional del personaje: la superioridad moral atribuida a la mujer redentora se convierte en una diferencia de clase, que hace imposible para el modesto empleado el acceso a la elegante y adinerada belleza que no repara en él y así justifica el despecho que lo lleva a refugiarse en el alcohol. No por nada, tanto Anel como Christian Bach, que la representa en Gavilán o paloma, son rubias. En semejante repertorio no faltan los personajes de cuento de hadas (“Con un poco de imaginación/Te enamorarás de un príncipe/que podría ser yo”) desplazándose entre la utilería más convencional (góndolas, candiles de oro, coros de ángeles). Tampoco se puede pasar por algo la indumentaria del cantante: si en otros países, durante los setentas y ochentas crecieron, se rizaron, se raparon, mohicanizaron y tiñeron las cabelleras de otros artistas, proliferaron los maquillajes, y los trajes incursionaron en toda posible extravagancia, si en escenarios alternativos de la Ciudad de México florecieron los vestidos de Astrid Hadad, José José siguió apareciendo de traje y corbata, cuidando el equilibrio de los colores, vigilando que su peinado fuera aceptable para las familias. 

Nada de esto haría inevitables los ripios, la despiadada fealdad de las metáforas (“Tan profundo como el viento/tan lejano como el tiempo”, “Fui gorrión que se quedó preso en tu jaula/ Porque yo corté mis alas, y el alpiste que me dabas/ fue tan poco y sin embargo yo te amaba” o “Conmigo te mecías en el aire/ volabas en caballo blanco el mundo”). Ni siquiera la intención de hacer penitencia explica por qué tanta gente se aprendió de memoria estas letras o por qué el cantante prefirió cantarlas. No hay ninguna recóndita propuesta estética que fracase en estos versos. Más bien revelan apresuramiento, descuido, falta de interés. Confiado en su voz y en su técnica, José José no parece haber imaginado la posibilidad de que una canción tuviera también una letra interesante o, por lo menos, cuidada. Ya sería una crueldad esperar que tuviera el ingenio y el sentido del humor que sí prodigó Juan Gabriel.     

Exactamente en los mismos años, Juan Gabriel visitó las mismas situaciones melodramáticas, pero se descubrió de inmediato como artista cómico. Sus canciones son lamentos de amor en los que el corazón herido se ríe a carcajadas de su desgracia, se da cuenta de su ridiculez, festeja la obviedad de las palabras que deberían eternizar su pena. Contempla los ejemplos que se le han ofrecido como educación sentimental y se ríe de ellos porque al ponerlos en práctica los encuentra ineptos. Esta caducidad procede de la distancia entre la imagen del cantante y las de sus modelos: basta imaginar a Jorge Negrete cantando “Querida”. Juan Gabriel no sólo comprueba que no es el ideal del charro cantor, sino que se dedica a sabotear minuciosamente esa imagen. No sale del closet: ocupa el escenario con un mariachi vestido de rosa. Por eso, sin imaginarse gran poeta, da con tesoros como “No me vuelvo a enamorar: totalmente para qué” y comparte con su público el disfrute de esa sensatez tan prosaica. Qué tristeza comprobar que, a través de tantos años de azote, José José nunca vislumbró nada comparable a “Pero qué necesidad, para qué tanto problema”.

Ni ese sentido del humor ni ese deseo de libertad están al alcance de José José, que prefiere atenerse a los esquemas recibidos en su infancia, tal como la presenta en Gavilán o paloma. Al fin y al cabo, reitera costumbres y certezas que los oyentes reconocen sin inquietud: ni el cantante ni su público se han propuesto ir más allá del bien y del mal, ya muy bien señalados en sus mapas. En ese sentido, su voz es un arrullo que garantiza la continuidad de un mundo quizá plagado de sufrimientos, pero reconocible y ordenado a lo largo de ejes bien definidos: los pecadores y los arrepentidos, las mujeres y los hombres, los pobres y los ricos están conscientes de sus límites, respetan las reglas, aceptan la distribución de premios y castigos, saben garantizados los placeres, las intensidades y los pecados que los llevarán a un final, si no feliz, por lo menos previsto y comprensible.  


[1] Agradezco a Ignacio Sánchez Prado el haberme señalado este dato.

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