Geopolítica y geocultura en el conflicto ucraniano

¿Qué está sucediendo en Europa del Este? A lo largo de todo enero, los principales medios de comunicación de Occidente han saturado sus agendas con la cobertura minuto a minuto del enfrentamiento diplomático en curso entre, por un lado, Estados Unidos y algunos de sus socios más próximos en el seno de la OTAN (porque no todos los Estados miembros de la Organización han decidido alinearse en el conflicto), y, por el otro, Rusia (mayormente en solitario, aunque con retóricas de apoyo en la región, como sucede con Irán y China; y gestos simbólicos de respaldo, como ocurre con Venezuela, Nicaragua y Cuba), a causa de la importancia estratégica que para las partes involucradas tiene la política exterior de Ucrania. ¿Es este conflicto, en ese sentido, el preludio de una guerra con todo el potencial para expandirse por el resto de Europa, como ya vaticina el amarillismo en la prensa internacional?

Si se toma en consideración la historia reciente de la relación trilateral (Rusia-Estados Unidos-OTAN), lo que sucede ahora parece no ser muy distinto de lo que aconteció en 2014, cuando Crimea y una porción significativa de territorio en el extremo oriental de Ucrania (Donetsk y Lugansk) se separaron de dicho país; aquella regresando a formar parte del Estado ruso y éstas autoproclamándose repúblicas independientes desde entonces. De hecho, en muchos aspectos, aquel conflicto, que estalló abonado por la belicista política exterior de Barack Obama (como lo hicieron algunos golpes de Estado en América Latina y en África, en el marco de lo que se denominó, para esta última región, primavera árabe), hoy día tiende a ser visto como el origen de la situación actual, siendo la presente tensión diplomática que circunda a la zona próxima al Mar Negro poco menos que el apéndice no resulto de esa guerra.

Pero si las cosas son así, y si entre 2014 y 2022 no existe nada más que continuidad en un único conflicto irresuelto, ¿por qué, entonces, en el periodo de tiempo que media entre ambas fechas ni la retórica ni las acciones encaminadas a hacer escalar la confrontación entre ambas potencias y la Organización del Tratado del Atlántico Norte alcanzaron los niveles de preocupación en los que actualmente parecen hallarse, por lo menos para el cuerpo diplomático estadounidense, la prensa más próxima a los intereses demócratas de aquel Estado y, por su puesto, su gobierno, con el ejecutivo federal en primera línea de ataque? La respuesta no es sencilla porque, aunque mucho ha cambiado en la región en comparación con el estado de cosas que imperaba antes de 2014, poco o nada se ha modificado, por lo menos en el epicentro de la conflictividad, entre aquel año y el presente. 

Crimea sigue siendo parte del Estado ruso y, en general, aunque a nivel internacional (en especial entre los Estado occidentales) se sigue defendiendo la ilegalidad y la ilegitimidad del referéndum que le hizo reintegrarse a Rusia, el empuje de las consignas que apelan a su reincorporación a Ucrania como parte de su geografía ya no son tan abundantes ni tan pujantes como lo fueron en los meses posteriores a la celebración de dicho referéndum. Donetsk y Lugansk, por su parte, aunque no cuentan con un amplio reconocimiento internacional que les legitime como lo que ambas regiones afirman que son (repúblicas autónomas de pleno derecho), no son el principal objeto de discusiones ahora mismo, pues si bien es verdad que en la retórica de la diplomacia estadounidense se les sigue usando como chivos expiatorios para justificar la injerencia de Estados Unidos y de Europa en la zona —argumentando que es Rusia la potencia que fomenta el separatismo en la región—, en el fondo, en las rondas de negociaciones que se han llevado a cabo, el estatuto autónomo o no de ambas poblaciones no es el centro de la discusión. Es decir, ni alrededor de Crimea ni sobre Donetsk y Lugansk las principales demandas esgrimidas por Estados Unidos y aliados de la OTAN versan sobre un pretendido retorno de las cosas a la manera en que se hallaban y funcionaban previo a 2014.

Es la relativamente escasa preocupación que despiertan estos dos apartados (sin por ello dejar de ser estratégicos en las proyecciones bélicas ofensivas y defensivas de las partes involucradas) lo que indica que, en realidad, el quid de la cuestión no se explica por una única razón o causa fundamental sino que, por lo contrario, se deriva de un complejo entramado de tensiones políticas en el que se articulan, sobre todo, tres o cuatro problemáticas de primer orden. A saber: i) los ajustes impulsados por Joe Biden a la política exterior de Estados Unidos respecto de Rusia, ii) el impulso estadounidense de recobrar el control sobre la proyección regional de la OTAN, iii) los intereses energéticos de los capitales estadounidenses en Europa, y, iv) la necesidad, más o menos compartida en sus trazos generales, de Estados Unidos y cierta parte de Europa occidental de reposicionar a su cultura como el marco normativo dentro del cual deben de comprenderse, desarrollarse y manifestarse las relaciones entre los Estados, en escala global.

 Y es que, en efecto, si se observa con atención los primeros dos aspectos aquí señalados, lo primero que sale a relucir es que, lejos de ser una excepción, el empuje de la OTAN hacia el Este de Europa es más bien la regla de su comportamiento y, en todo rigor, hasta su razón de ser, desde el momento mismo de su fundación. De ahí que, en el contexto actual, por lo que respecta a dicha organización, su política hacia Ucrania y Rusia no sea una novedad, sino la continuación de una agenda estratégica que es mucho más longeva que el siglo que corre (algo que ya en reiteradas ocasiones han señalado el presidente ruso y su cuerpo diplomático, recordando las cinco expansiones de la Organización que se dieron con posterioridad al desmoronamiento de la Unión Soviética, previa promesa estadounidense de que tal avance no ocurriría).

La OTAN, por eso, en esta línea de ideas parece más bien ser un agente cautivo de los cambios recientes en la política exterior estadounidense y no tanto autora intelectual del escalamiento de las tensiones geopolíticas en curso. De ello da cuenta, de hecho, lo poco estructurada que ha sido la respuesta de la Organización, en cuanto tal, y la de sus miembros, en tanto que Estados soberanos e independientes, a lo largo de las últimas semanas: las declaraciones de algunos Estados parte, en Europa del Este, que sostienen que no participarán de una agresión armada en contra de Rusia y que amagan con retirar sus tropas de la Organización; la negativa a disponer de armamento y fuerzas armadas para alimentar a posibles fuerzas expedicionarias de la OTAN en el terreno o los sutiles, pero comunes, vaivenes de las declaraciones en materia de política exterior de gobiernos como el francés o el alemán son apenas un par de ejemplos que lo evidencian. 

No debe olvidarse, después de todo, que en Europa Rusia es, antes que una amenaza constante a la seguridad de algunos de sus Estados (Alemania y Francia en primer y segundo lugar), uno de sus principales socios comerciales (tanto en materia de importaciones como de exportaciones), en rubros tan sensibles de esas economías nacionales como lo son los recursos energéticos. Este solo dato hace que, en términos generales, las políticas exteriores de los Estados parte de la OTAN no sean tan monolíticas como algunos análisis en medios de comunicación sugieren (haciendo ver a Europa como poco menos que un autómata al servicio de la presidencia Estadounidense) ni tan fáciles de manipular como al gobierno estadounidense en turno le gustaría que fuesen.

Lo que sí sucede acá, no obstante, es que, por un lado, el mandato de Joe Biden al frente del ejecutivo federal de Estados Unidos no sólo se encuentra en su peor momento de aprobación popular desde que entró en funciones hace un año, sino que, en términos prácticos, su gestión ha sido incapaz de solucionar —más allá de la crisis sanitaria causada por el SARS-CoV-2— la mayor parte del desastre que dejó tras de sí Donald J. Trump en su paso por la Casa Blanca. Sin ir tan lejos, piénsese, por ejemplo, en las resistencias que el actual primer mandatario de esa nación ha encontrado en el seno de la Cámara de Representantes y del Senado para pasar sus propuestas legislativas (de las cuales depende el 90% de su agenda propuesta en campaña) hasta en las filas de su propio partido; impidiéndole alcanzar los votos necesarios para echar a andar sus proyectos estelares. Y es que, aunque en el discurso, Biden, sin duda, parece haber dado un giro de ciento ochenta grados respecto de lo observado con Trump, en los hechos, ya sea por bloqueos en el poder legislativo o en el judicial, su presidencia ha resultado ser mucho menos fuerte, eficaz y efectiva para resolver los problemas desatados por el trumpismo.

Biden en video llamada con Putin el 7 de diciembre 2021. Foto de la Casa Blanca. Tomada de Wikimedia Commons.

Buscando atajar la concepción popular que se tiene de su gobierno, en este sentido, Biden ha optado, en los últimos cuatro o cinco meses de su gobierno, por conferirle un lugar mucho más central a sus decisiones en materia de política exterior, procurando demostrar que en verdad es un mandatario capaz de hacer las cosas a su manera y sólo porque se lo ha propuesto. No es que cualquier asunto de política internacional importe demasiado a la ciudadanía estadounidense, en general; y al electorado demócrata, en particular; como para que este simple viraje le garantice a Biden recobrar algo del impulso con el que llegó a la Casa Blanca. Sin embargo, por lo menos en una clave simbólica, el constante confrontamiento con Rusia, alimentado y atizado por los medios de comunicación que le son afines, transmite al público cierta imagen de un hombre poderoso, como se supone que debería de ser el primer mandatario de una potencia económica, financiera, militar y nuclear, a la manera de Estados Unidos.

Sobre todo, aquí, Biden (como Trump, Obama, Bush y prácticamente cualquier otro presidente estadounidense antes que él), ha sabido elegir a su contrincante, pues Rusia, históricamente, ha demostrado ser capaz de resistir con estoicismo cada nuevo golpeteo proveniente desde el gobierno estadounidense sin llegar a colocarse en una posición de agresión, lo cual, en última instancia, siempre tiende a hacer que Estados Unidos sea percibido como el agente dominante en la relación, al tiempo que Rusia pasa por potencia de segundo orden, constantemente a la defensiva y susceptible de ceder cuando todos los caminos se le han cerrado. Las cosas no siempre operan así, pues Rusia también tiene un historial propio de agresiones en la zona geográfica que circunda sus fronteras, pero el tema de fondo, acá, es como una y otra potencia son percibidas en términos mediáticos.

Ahora bien, en línea con este punto se halla el segundo enunciado líneas arriba: en este momento, el gobierno de Estados Unidos está buscando recobrar el control sobre la proyección regional de la OTAN luego de que Donald Trump, entre tantas presiones ejercidas en contra de la Organización (sobre todo en materia de financiamiento y de participación armamentística en sus operaciones) colocó a Francia y a Alemania (y en menor media a Reino Unido, aunque también fue arrastrado por el alud) en una situación en la que sus respectivos gobiernos cobraron conciencia de que, en tiempos de crisis, Estados Unidos también puede convertirse en un problema y en una amenaza seria para la seguridad y la estabilidad de Europa. La insistencia del presidente francés, Emmanuel Macron, en pos de la sustitución del liderazgo estadounidense por uno endógeno a la geografía europea, en este sentido, no es el mero producto superficial de la vanidad del propio mandatario galo, sino, antes bien, consecuencia directa e inmediata de las difíciles posiciones a las cuales Trump arrastró a los integrantes de la Organización.

Ucrania, en esta línea de ideas, permite a Biden sostener algo del impulso que dio Trump a la OTAN (como cuando consiguió que los Estados europeos incrementasen su gasto en materia de defensa), al mismo tiempo que constriñe los alcances de ese empuje dentro de las necesidades geopolíticas de Estados Unidos en la región. Amarrar acuerdos con Europa que comprometan a sus Estados en las necesidades propias de Estados Unidos, así, es un propósito que pasa por la resolución del conflicto con Rusia por Ucrania en los términos en los que disponga el gobierno estadounidense. Y esto, para ponerlo sencillo, es una manera (no necesariamente la más efectiva o la que mejor resultará) de recomponer el compromiso ideológico de la Organización en medio de una Europa fragmentada entre gobiernos de extrema derecha que apelan al localismo y administraciones más cargadas hacia la izquierda (y por lo tanto poco receptivas a guerras internacionales), pero que para sobrevivir en el plano doméstico requieren desplazarse hacia el centro del espectro político en problemáticas que podrían considerarse que tienen bajo impacto en el electorado europeo (las guerras de la OTAN, desde el 11/S, después de todo, nunca se han presentado en los comicios europeos como un punto neurálgico de cualquier campaña exitosa). 

¿Cómo se inscribe, entonces, el problema de los energéticos (principalmente el gas y la electricidad que se genera a partir de él) en esta ecuación? El tema subyacente a este respecto resulta un tanto evidente, al grado de que es la coordenada de lectura que en diversos medios se ha seleccionado para analizar a la totalidad del conflicto en la región: por un lado, se hallan los proyectos rusos de infraestructura estratégica (Nord Stream 2) que, de operar tal y como lo proyectan sus capitales, colocarían a gran parte del Norte de Europa en una situación de mayor dependencia energética del gas ruso en tiempos en los que el acceso irrestricto a este hidrocarburo se hace cada vez más difícil; y, por el otro, la tentativa estadounidense no sólo de echar atrás esos proyectos sino, a su vez, de eventualmente sustituir a los capitales rusos como los principales proveedores de gas del viejo continente.

Ahora bien, como las posturas adoptadas por los dos extremos de la ecuación son clarísimas, aquí, más bien, lo que importa es saber leer a Europa, en conjunto; y a cada Estado europeo, en su singularidad; pues los grados de dependencia de los que son objeto, respecto del gas ruso, no son los mismos en cada caso, y eso hace toda la diferencia entre la adopción de posturas más hostiles o mucho más tendientes a la concertación en medio del conflicto. Por ahora, por lo pronto, lo que queda claro es que, en escala continental, los Estados más dependientes del hidrocarburo ruso son los principales diques de contención a los que se enfrenta la política exterior de Estados Unidos, toda vez que todo este asunto se presenta en un contexto en el que los precios de la electricidad a lo largo y ancho del continente se siguen incrementando desproporcionadamente, deviniendo en conflictos sociales internos sostenidos. 

Si avanza la presión estadounidense en esta dirección, por eso, será fundamental no perder de vista que, en los días por venir, las potencias europeas podrían estar justificando un cambio o una radicalización virulenta y agresiva en sus posturas acerca de Rusia y de Ucrania, justificando dicha decisión acusando a Rusia y a sus capitales de ser la causa subyacente del encarecimiento de los energéticos en el viejo continente, aunque las verdaderas razones de ello tengan raíces muy distintas, pero no por eso independientes.

Finalmente, pero no por ello menos importante, es comprender que la supervivencia de Rusia en la vastísima región que abarca su territorio no es una cuestión que dependa sólo de aspectos militares (como si todo el problema de fondo se pudiese, en verdad, reducir a la contención del avance de la OTAN). La sociedad rusa, aunque habita en un territorio que también forma parte de Asia, culturalmente siempre se ha identificado como una heredera más de la añeja tradición cultural de Occidente, de la Grecia y, sobre todo, de la Roma antiguas. En los márgenes de Europa del Este, ese es el fundamento que orienta a la totalidad de la proyección geopolítica de Rusia en la región, tomando cuerpo en la delimitación lenta pero sostenida de una amplia zona geocultural euroasiática en la que el empuje ruso y la influencia que éste tenga en las naciones que circundan a su territorio es fundamental.

De ahí que la expansión constante de la OTAN por Europa del Este y Oriente Medio (caso no resuelto de Turquía), para Rusia, en una valoración geopolítica decantada, no sea un problema, ni en primera ni en última instancia, sólo de expansión militar, de mayor presencia de efectivos castrenses en los bordes de su territorio o de una mayor instalación de armamento apuntando hacia su él (lo cual ya es, de por sí, grave). Más aún, en el imaginario geopolítico del actual gobierno ruso, también se halla el peligro que supone una mayor integración del Este con Occidente, a través de la sustitución de las formas culturales a partir de las cuales Rusia trabaja y reproduce las notas elementales de la civilización europea. No debe de obviarse, después de todo, que cualquier aspiración a consolidar el dominio de una nación poderosa en sus alrededores pasa no únicamente por el sometimiento y el uso abierto y directo de la fuerza sino, asimismo, por la legitimación que ese proyecto sea capaz de despertar en términos culturales, en la construcción de sentidos comunes y de valores compartidos. 

Desde una perspectiva estadounidense, lograr la recomposición orgánica de la hegemonía de Estados Unidos alrededor del mundo pasa por la aniquilación, también, de ese proyecto que con tanto esmero Vladimir Putin ha construido desde su primer mandato. Acá, sin embargo, el error cometido por Biden es que, al buscar el aislamiento de Rusia, en realidad la empuja cada vez más hacia posiciones en la que ésta tiene que construir consensos con India, China, Iran, Turquía, etc., fortaleciendo su proyecto euroasiático en otras geografías. 

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