El relámpago de la conciencia ante la peligrosa Cumbre de América del Norte 

Los días 10, 11 y 12 de enero de 2023 se celebraron tres importantes cumbres en Palacio Nacional: la reunión Biden-LópezObrador, la trilateral Biden-LópezObrador-Trudeau y el cónclave López Obrador-Trudeau. Los tres eventos aceleraron el proceso de integración subordinada de México a Estados Unidos, apelmazaron las soberanías de México y EUA (al ampliar las instancias de decisión “bilateral”), abrieron la puerta a las trasnacionales canadienses y contrajeron drásticamente los márgenes de decisión del gobierno mexicano. Adicionalmene la propuesta del presidente Andrés Manuel López Obrador de promover la integración de EUA, Canadá y América Latina, tomando como modelo la Alianza para el Progreso, resucitó el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), impulsado por George Walker Bush, y afortunadamente frenado en la histórica cumbre de Mar del Plata, del 4 de noviembre de 2005, gracias la intervención de los entonces presidentes Luis Ignacio “Lula” da Silva, Nestor Kichner, Hugo Chávez y Evo Morales. 

La integración económica de México a EUA y Canadá: un desastre social preprogramado

El lanzamiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), impulsado por Carlos Salinas de Gortari, impuso una camisa de fuerza a cualquier tentativa de ampliación de derechos laborales, ambientales o intento de cambio social profundo en México. EL TLCAN, como la gran mayoría de los acuerdos de libre comercio en el mundo según lo ha señalado Noam Chomski en su libro ¿Quién domina el mundo?, son básicamente acuerdos de inversión, en los cuales, los dueños del capital establecen reglas respecto al clima de negocios que regirá el territorio donde colocarán y reproducirán sus capitales. El TLCAN tuvo numerosos efectos negativos en la vida de México: fue el instrumento clave en la aplicación del neoliberalismo, reblandeció la rectoría económica del Estado mexicano, desmanteló el sector social de la economía, destruyó a los pequeños productores del campo, convirtió el territorio mexicano en un archipiélago de sucursales de trasnacionales, precarizó el trabajó y entregó a manos extranjeras el sector financiero. Quizá lo peor de todo es que produjo un nuevo sentido común integracionista y precipitó un drástico cambio psicogeográfico, psicopolítico e identitario, provocando lo que hubiera sido impensable antes de 1994: amplios sectores sociales que se sienten más vinculados a América del Norte que a América Latina. La entrada en vigor del TLCAN fue vista como una amenaza tan seria a la soberanía nacional que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional eligió la fecha de su entrada en vigor, el primero de enero de 1994, para protagonizar la insurrección indígena que sonó como una campanada a la conciencia en todo el mundo y constituyó un referente en la lucha contra la globalización del capital y su modernidad excluyente. 

El triunfo electoral del presidente Andrés Manuel López Obrador en 2018 pareció abrir, al menos en el imaginario político, un momento de rectificación respecto al proceso de subordinación a los designios imperiales, la aplicación de los dogmas neoliberales y la entrega de recursos. Su primeros posicionamientos sobre el TLCAN y la integración económica marcaron una diferencia respecto a los gobiernos anteriores. De acuerdo a Juan Manuel Sandoval, coordinador del Grupo de Trabajo “Globalización, fronteras e integración regional” del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales y Humanidades (CLACSO), en 2018 MORENA ganó además de la presidencia, la mayoría del Senado, consecuentemente la aprobación del TMEC requería la venia de Andrés Manuel López Obrador. Ante esta situación Enrique Peña Nieto se vio forzado a consultar a Andrés Manuel López Obrador, quien exigió el reconocimiento explícito de la soberanía mexicana en materia de hidrocarburos y ganó parcialmente la negociación al incluir un texto al respecto, pero el resto del tratado se mantuvo igual, por lo que ahora existe jurídicamente un texto contradictorio. Pese a este acierto inicial, el nuevo gobierno prosiguió la integración económica subordinada de México a EUA, según lo enfatiza Juan Manuel Sandoval, quien también es coordinador del Seminario Permanente de Estudios Chicanos y de Fronteras, del Instituto Nacional de Antropología e Historia. La subsunción del territorio mexicano a la reproducción de los capitales estadounidenses se expresó fundamentalmente a traves de tres ejes contenidos en el Plan Nacional de Desarrollo: la Zona Económica Especial de la Frontera Norte (que en la práctica amplifica el llamado corredor del rifle en el que se producen muchos complementes del complejo militar industrial estadounidense), el Ferrocarril Interoceánico y el Plan del Tren Maya

Apelmazamiento de soberanías

Adicionalmente a esta integración, digamos estructural, los recientes acuerdos tomados en las tres cumbres antes mencionadas son numerosos, representan un enorme peligro para nuestra soberanía, siembran un paisaje de desastre social y marcan un punto de inflexión en la historia de México. Un rasgo muy importante de dichas medidas consiste en que trasladan a un ámbito binacional la toma de decisiones que antes eran atribución exclusiva del Estado mexicano. Por ejemplo en políticas migratorias y manejo de fronteras predominó el enfoque de la securitización de las fronteras, es decir, el enfoque predominantemente militar, así como una creciente injerencia norteamericana en la toma de decisiones sobre la política mexicana de asilo. En vísperas de la reunión trilateral, el 5 de enero de 2022, en la sala Roosevelt, de la Casa Blanca, el presidente Joe Biden dijo: “quiero anunciar que México ha aceptado recibir a 30 mil migrantes por mes procedentes de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Haití… también establecimos patrullas conjuntas y fuerzas del orden con México y Guatemala que comparten información en tiempo real sobre los lugares que los contrabandistas utilizan para convencer a los grupos de migrantes a cruzar ilegalmente… [además] integramos a nuestros oficiales de la Patrulla Fronteriza con patrullas mexicanas para detectar y allanar las operaciones de contrabando de personas” (Discurso de Joe Biden, trad. mía). 

La participación de México en la Nueva Guerra Fría

Alrededor de la cumbre de América del Norte, el gobierno anunció acuerdos que intensificarán los proyectos de integración: el Plan Sonora, los acuerdos migratorios y la colaboración en materia de seguridad. Desde su toma de posesión el presidente de EUA Joe Biden ha señalado que China le pisa los talones y que se requiere de un esfuerzo económico, científico y militar para garantizar la supremacía norteamericana. Uno de los ejes de ese esfuerzo se centra actualmente en la fabricación de semiconductores y microchips que permitirán la victoria tecnológica y el desarrollo militar necesario para una eventual confrontación con China. En ese marco se aprobó recientemente la llamada Ley Chip que otorgó 50 mil millones de dólares al gobierno estadounidense para la fabricación de dichos componentes. En ese marco y tras intensos cabildeos del embajador de EUA en México, Kent Salazar, el canciller Marcelo Ebrard anunció el 10 de diciembre de 2022 que como parte del diálogo económico de Alto Nivel, el presidente Biden ofreció establecer un clúster entre Arizona y Sonora para gastar parte de los 50 mmdd de la Ley Chip, para la producción de semiconductores indispensables para la industria automotriz, aeronáutica y de armamento. El nuevo corredor industrial bilateral permitirá robarle a China porciones del 87% de ese mercado que controla actualmente. Tras el acuerdo económico de alto nivel el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que el Plan Sonora implicará el uso de energía solar y eólica, la fabricación de baterías de litio y el establecimiento de plantas de semiconductores.

La integración de América Latina a EUA

La agenda formal y anunciada de la reunión bilateral México-EUA y de la trilateral fue totalmente dominada por los intereses estadounidenses: migración regional, integración económica y Plan Sonora, cambio climático y medio ambiente, y seguridad de América del Norte. Fuera de programa el gobierno mexicano impulsó la propuesta de la integración de EUA, Canadá y América Latina. La iniciativa mexicana abandona drásticamente la postura de independencia e integración de América Latina impulsada a partir de la Cumbre de Mar del Plata, así como las posiciones en ese sentido sostenida en las declaraciones de La Habana y Caracas de la CELAC en las cuales no se plantea una integración con EUA sino la construcción estratégica de condiciones para la independencia de América Latina. Durante el encuentro bilateral sostenido en Palacio Nacional entre las delegaciones de los gobiernos de México y EUA, el presidente Andrés Manuel López Obrador puso como ejemplo de la relación entre EUA y América Latina, la “Alianza para el Progreso”, a la que se refirió como el momento en el que EUA ha invertido más en el continente. Posteriormente propuso a Joe Biden relanzar un plan semejante. La propuesta del presidente alude a un programa contrainsurgente lanzado por el gobierno de John F. Kennedy para contener el comunismo en la región. El 13 de marzo de 1961, durante la tristemente célebre reunión de la OEA en Punta del Este, Uruguay, Kennedy echó a andar un plan de “progreso democrático”. En aquel entonces Ernesto Che Guevara, quien era entonces Director del Banco Central de Cuba, denunció que era un plan para separar a Cuba de América Latina, “hemos denunciado a la Alianza para el Progreso como un vehículo destinado a separar al pueblo de Cuba de los otros pueblos de América… esta Alianza para el Progreso es un intento de buscar solución dentro de los marcos del imperialismo económico”. El 15 de abril de ese mismo año, EUA lanzó la invasión de Bahía de Cochinos contra Cuba.

Navegando por olas civiles

La presión estadounidense para refuncionalizar la economía mexicana en función de sus necesidades ha sido cada vez más intensa desde 1994. El triunfo electoral del presidente Andrés Manuel López Obrador en 2018 pareció iniciar un proceso de rectificación, pero desafortunadamente la reivindicación de la integración económica ha ganado cada vez mayor peso en el discurso presidencial.  Si bien ha habido algunos gestos diplomáticos en los que se ha presentado una cierta recuperación de la soberanía nacional, como la construcción de las refinerías, y la defensa de PEMEX y CFE, así como en el ámbito de la política exterior, por ejemplo, la defensa de Cuba, la apertura de la negociación política entre el gobierno de la República Boliviarina de Venezuela y la oposición, el decidido apoyo a Evo Morales durante el golpe de Estado y el reciente asilo a la familia del profesor Pedro Castillo, tras su derrocamiento en Perú. Ttambién es cierto que en muchos aspectos importantes la integración de la economía mexicana ha continuado y cada día aumenta la consolidación de un modelo de desarrollo exógeno.

La aceleración de la integración se debió, desde mi punto de vista, a dos factores: la intensa presión estadounidense en un contexto de Nueva Guerra Fría y el hecho de que el gobierno mexicano y particularmente la corriente interior de la 4T representada, entre otros, por el canciller Marcelo Ebrard, el embajador de México en EUA Pablo Moctezuma, el Secretario de Agricultura, Víctor Villalobos, y el empresario Alfonso Romo han establecido la integración económica como un objetivo que catapultará el desarrollo y supuestamente “enganchará a México a la locomotora del progreso”. Por su parte el presidente Andrés Manuel López Obrador ha transitado de una postura en la que originalmente cuestionó el TLCAN a otra en la que ha defendido de manera entusiasta no solo el libre comercio sino incluso la integración económica de México, EUA y Canadá. 

Ante está situación es importante cuestionar la “naturalidad”, “inevitabilidad” e “irreversibilidad” de la integración, advertir sus peligros y construir una poderosa corriente de opinión pública capaz de mostrar la existencia de alternativas reales, que sin dejar de buscar relaciones cordiales con EUA y Canadá, fortalezca la independencia nacional, promueva la independencia e integración de  América Latina (que una vez unida podría negociar mucho mejor sus relaciones con América del Norte y otras regiones). Una América Latina unida, podría fomentar una gobernabilidad mundial basada en el multilateralismo, la paz y el respeto a la soberanía de las naciones, en lugar de sumarse a uno de los bandos en la actual y peligrosa contienda por el poder global librada entre EUA y China. La única salida por el momento es navegar en olas civiles, incidir en la lucha interna de la 4T en favor de las corrientes resilientes al imperialismo y exigir un cambio de rumbo al gobierno mexicano que debería armonizar sus objetivos respecto a sus promesas de campaña y la plataforma por la que votamos la mayoría de los electores. Tal vez, es hora de dejar iluminar nuestra conciencia por el relámpago que cae en el instante de peligro, cuando estamos a punto de interiorizar la visión que el dominador tiene de nosotros. No es fácil reconocer que después de tantos años de lucha, la integración marcha más rápida y profundamente que la recuperación de nuestra independencia. Advertirlo nos produce una sensación de shock. Pero tenemos que reaccionar rápido. Tenemos la responsabilidad colectiva de producir —​​una vez más— una chispa de esperanza. 

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