Apuntes sobre un motín

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El simbolismo fue acaso demasiado pulcro: el capitolio del imperio más poderoso de la historia siendo invadido por una bola de amotinados que se apoderaron de las dos cámaras y saquearon las oficinas de prominentes congresistas. Lejos de enfrentarse al mismo despliegue de seguridad que aguardó a los manifestantes a favor de la sanidad universal o los derechos de los afroamericanos, los alborotadores recibieron todo menos un tapete rojo para irrumpir en un recinto donde una sesión conjunta del congreso estaba validando la elección presidencial de 2020. Aunque sí hubo miembros de la policía capitalina que opusieron resistencia –uno de ellos figuró entre los cinco fallecidos del día luego de recibir un golpe mortal con un extintor– otros más quitaron barreras, alentaron el avance como agentes de tránsito, se tomaron selfies con los intrusos y, al final del día, abrieron puertas con solicitud y ayudaron por lo menos a una señora de la tercera edad con un gorro tejido con la palabra “Trump” a bajar los escalones. La nación que cuenta con más de un millón de efectivos en servicio activo, con unas 800 bases militares en todo el mundo, fuerzas especiales en 149 países y un presupuesto militar más alto que el de los siguientes diez países sumados, la nación que lleva 20 años ocupando Afganistán y mandó cientos de miles de tropas a pelear dos veces en las arenas abrasadoras de Iraq, no pudo proteger la sede de su propio gobierno de una manifestación que fue ampliamente discutida en redes sociales y anunciada en la prensa. O más bien, no quiso.

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¿Qué pasó? La guardia nacional no fue movilizada más que en un contingente simbólico y tardaron en llegar refuerzos, en primer lugar por miedo entre los oficiales del capitolio a la mala “óptica” de mostrar un capitolio militarizado y en segundo, porque Trump, luego de instigar a la muchedumbre en un discurso en vivo en la mañana (“Luchamos como el infierno, y si no luchas como el infierno, ya no van a tener país… después de esto vamos a ir ahí caminando y yo estaré con ustedes”), no los llamó a filas. Escarmentada por el exceso de fuerza mostrada por las fuerzas federales contra los manifestantes del movimiento Black Lives Matter el verano pasado, la alcaldesa de la ciudad de Washington, D.C., Muriel Bowser, también había mostrado interés en minimizar la presencia policial. 

Pero además de las corporaciones federales y metropolitanas, el capitolio cuenta con su propia fuerza del orden, el policía del capitolio, que cuenta con un presupuesto anual de $460 millones de dólares –dos veces lo que gasta la ciudad de Denver, Colorado en sus uniformados– y una nada despreciable lista de 2,300 efectivos. Y entre ellos, como quedó constatado en video tras video grabado ese día, un buen número simpatizaba con los objetivos del motín, hasta tal grado que estaban dispuestos a mostrar su apoyo en público sin evidente temor a represalias.

No se puede entender el auge de la ultraderecha en Estados Unidos en los últimos treinta años sin tomar en cuenta la infiltración de sus creyentes en la policía y las fuerzas armadas. Parte de eso se explica, claro, por el atractivo que representa una fuerza de “seguridad” para los que se empapan de autoritarismo y de violencia, y que ostentan una visceral paranoia contra los comunistas, homosexuales, minorías e inmigrantes que profanan lo que una vez fue una ciudad sobre una colina, un ejemplo al mundo, país de un excepcionalismo que lo exentaba de las fuerzas históricas que condujeron a la decadencia de otros poderes (el manifiesto de Patrick Crusius, el que presuntamente realizó el tiroteo contra hispanos en el Walmart de El Paso, Texas en 2019, afirmó: “si podemos eliminar gente suficiente, entonces nuestra manera de vida será más sustentable”). Pero otra parte tiene que ver con el hambre insaciable de un imperio en constante necesidad de más sacrificios. En su libro Irregular Army, Matt Kennard narra cómo el ejército estadounidense, en apuros por conseguir más tropas en medio de su guerra global contra el “terror”, abrió sus puertas a neonazis, supremacistas blancos, pandilleros, criminales y personas con desórdenes mentales. Para las fuerzas armadas estaba la oportunidad de ensanchar sus huestes en un contexto de reclutamiento a la baja; para los grupos de ultraderecha, la de dotar a sus miembros con entrenamiento militar. Después de darse de baja, muchos luego gravitaron naturalmente a las corporaciones policiacas. El eslogan extraoficial del ejército por hacerse de la vista gorda con los extremistas que reclutaban era Don’t ask; don’t tell. Es decir, no te pregunto y tú no me dices. 

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Dentro del recinto, mientras tanto, y antes de ser desalojados, unos 140 diputados republicanos –más de la mitad de su bancada– y una docena de senadores se estaban preparando para objetar los resultados del colegio electoral que dio el triunfo al demócrata Joe Biden. Uno de los senadores, Josh Hawley de Missouri, jugó un papel particularmente destacado en cabildear a favor de las objeciones dentro y fomentar el motín afuera, con un puño levantado en apoyo a la muchedumbre captado en una foto icónica.

En diciembre, Hawley se unió a la llamada del senador Bernie Sanders de realizar un segundo pago de estímulo a los estadounidenses para ayudar a contrarrestar los efectos económicos de COVID-19. Los esfuerzos combinados de Hawley y Sanders fueron decisivos para asegurar que por lo menos una módica cantidad de $600 dólares fuera incluida en la ley que se aprobó justo antes del año nuevo, y siguen ejerciendo presión para que ésta se incremente. El senador de Missouri también ha propuesto que el gobierno federal cubra 80% de la nómina de las empresas durante la pandemia.

Hawley representa el potencial de una mutación en la cepa republicana hacia algo mucho más peligroso que Trump: una oferta económica que hable a los millones de estadounidenses dislocados por la globalización, la desindustrialización y un poder de compra en declive generacional, combinado con el paquete completo de xenofobia, racismo, nativismo y autoritarismo que alimentaron los acontecimientos de la semana pasada. Con un neoliberal como Biden en la Casa Blanca y un partido demócrata que hace mucho abandonó a Main Street a favor de Wall Street, el carril está despejado para una estrategia de ese tipo. Trump, que hizo campaña con un mensaje para el primero pero gobernó a favor del segundo, aún así casi ganó la reelección, a pesar, incluso, de su pésimo manejo de la pandemia. Quizás el sucesor no sea Hawley, que ha recibido un alud de censura a raíz de su comportamiento el día del motín. Quizás alguien más tome la batuta. Pero lo que la historia nos enseña de sobra es que el liberalismo no sólo abre la puerta a los extremismos de ultraderecha, es incapaz de volverla a cerrar.

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Finalmente, lo del 6 de enero, ¿qué fue? Muchos no han tenido empacho en llamarlo una insurrección o una tentativa de golpe. Otros afirman que forma parte de un largo autogolpe realizado por Trump desde el día de la elección.

Si golpe fuera, no tuvo posibilidad alguna de tener éxito. Aun con la infiltración de la ultraderecha en los rangos de las fuerzas del “orden”, el poder que blande en el partido republicano y su presencia en el congreso (dos creyentes en la teoría de la conspiración QAnon ganaron escaños el noviembre pasado), las instituciones del país no se encuentran en inminente peligro de colapso. En pocas palabras, el capital sigue consiguiendo lo que necesita de la democracia liberal, sin la necesidad, por ahora, de bajar la máscara.

Es más, los golpistas en potencia llegaron sin un plan, sin exigencias concretas, sin una estrategia para realizar una resistencia duradera. Sí, se erigió una horca afuera con la intención de ponerla en uso con el vicepresidente Mike Pence. Sí, algunos amotinados llegaron con amarres plásticos y cócteles Molotov. Sí, hubo muertos. Pero en comparación, por ejemplo, con la precisión milimétrica mostrada en el asalto del Palacio Nacional de Nicaragua ejecutado por los sandinistas y retratado por García Márquez, lo del capitolio pareció más bien la hora de los aficionados. Un hombre se mató descargando una pistola eléctrica en los genitales mientras intentaba robarse un cuadro. Otro posó para una foto con el podio que se robó de la jefa de la cámara baja, Nancy Pelosi. Otros más decidieron que era un gran momento para orinar y defecar por doquier. Y para un movimiento tan enamorado del derecho de portar armas, sorprende cuán pocas había entre la turbe enfurecida que rompió ventanas y empujó puertas para entrar. Es casi como si hubieran tomado una decisión táctica de no llevarlas para no suscitar una reacción más fuerte… o que tuvieron miedo de llegar a las últimas consecuencias. La ironía es, si hubieran querido hacerlo, habrían descubierto que no había casi nada que los detuviera.

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Una cita, atribuida al escritor Sinclair Lewis pero sin proveniencia exacta, dice: “Cuando el fascismo llega a Estados Unidos, será envuelto en una bandera y cargará una cruz.” El poeta Langston Hughes habló de los “fascismos nativos” del país con los que todos los afroamericanos del país estaban –y están– íntimamente familiarizados. El historiador Nikhil Pal Singh considera que el fascismo podría entenderse mejor como un Doppelgänger del liberalismo que se ha manifestado en zonas de “exclusión interna” como plantaciones, reservas, guetos y cárceles. Fascismo, entonces, no como un todo o nada sino una condición endémica que puede ser agravada y avivada.

Los primeros indicios postmotín no pintan bien. Joe Biden, el que se jactó de haber redactado la Ley Patriota después del atentado de 11-9, ha calificado como prioritaria la aprobación de una nueva ley contra el terrorismo doméstico. Donald Trump fue despojado de sus cuentas de redes sociales mientras que la app Parler, muy usada por la ultraderecha, fue desactivada. Malas lecturas, en suma, de la coyuntura y lo que será necesario para remediarla. Mientras tanto, la ciudad de Washington está militarizada, ahora sí, con la guardia nacional acampando en el sótano del capitolio y las amenazas de violencia para el día de la toma de posesión en aumento, con algunos prometiendo que habrá “una semana de asedio”. El nuevo normal.     

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